“En los juegos reales no se trata de ganar, sino de evitar perder demasiado”. John von Neumann
A finales de la década de los noventa, cuando concluía mis estudios doctorales en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Carolina de Praga, el entonces presidente checo Václav Havel había instituido una tradición poco común: una vez al mes, el último jueves, se reunía a puerta cerrada con los doctorandos para debatir ideas, no consignas. Era un ritual intelectual en una Europa que aún creía que la historia había terminado.
Recuerdo especialmente una de aquellas sesiones. Havel hablaba con convicción sobre la inminente entrada de la República Checa en la OTAN. La presentaba como una garantía de seguridad, casi como una póliza de seguro geopolítica. Cuando se abrió el turno de preguntas, levanté la mano y formulé una objeción que incomodó a la sala:
—¿Por qué está tan seguro de que pertenecer a la OTAN garantiza realmente la seguridad del país?
Havel respondió citando el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte: el principio de defensa colectiva. Un ataque contra uno es un ataque contra todos.
Le respondí con un dato histórico: en julio de 1974, Grecia y Turquía —ambos miembros de la OTAN— se enfrentaron militarmente en Chipre. La alianza no evitó la guerra ni protegió a la víctima. El Artículo 5 no se activó. La geopolítica real pasó por encima del papel.
Para cerrar mi intervención cité a Winston Churchill, quien lo había formulado sin sentimentalismos:
“No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Solo tenemos intereses eternos y perpetuos”.
Aquella frase quedó flotando en la sala. Porque decía algo que Europa, y buena parte de Occidente, prefería no escuchar: las alianzas no son vínculos morales; son contratos de conveniencia. Cuando los intereses dejan de coincidir, los tratados se convierten en papel mojado.
Hay momentos en la historia en los que el mundo deja de moverse por ideologías y comienza a moverse por estructuras. Este año 2026 es uno de esos momentos. Lo que estamos presenciando no es una suma de conflictos regionales, sino un juego estratégico planetario entre dos actores centrales: Estados Unidos y China. Para entenderlo no basta con hablar de democracia, autoritarismo o valores. Hace falta una herramienta más fría, más honesta y poderosa: la teoría de juegos.
Porque lo que está en disputa hoy no es quién tiene razón, sino quién controla el dinero, la energía, las rutas comerciales y las reglas del sistema global. Y como en toda partida de alto riesgo, los jugadores ya no están luchando por ganar, sino por no caer primero al abismo.
La teoría de juegos parte de una premisa simple: los actores no buscan el bien ni el mal, sino maximizar su interés propio dentro de un sistema de restricciones. La geopolítica contemporánea es exactamente eso: una partida en la que cada potencia intenta asegurar recursos, estabilidad monetaria y supervivencia estratégica. Todo lo demás —retórica, ideología, discursos morales— es puro ruido.
El orden que nació en 1971
El sistema que hoy se está rompiendo nació en 1971, cuando Richard Nixon desligó el dólar del oro. Desde ese momento, la moneda estadounidense dejó de tener respaldo físico y pasó a depender de dos pilares políticos:
- El petrodólar: Arabia Saudí vendería su petróleo exclusivamente en dólares.
- La apertura de China: Estados Unidos integró a China al sistema comercial global para convertirla en el gran productor mundial… siempre dentro del circuito del dólar.
Durante tres décadas, el sistema funcionó de manera casi perfecta. China exportaba. Estados Unidos consumía. El mundo acumulaba dólares. Pero tras la crisis financiera de 2008, algo cambió de forma irreversible: China comprendió que el dólar no era solo una moneda, sino un instrumento de dominación geopolítica.
Desde entonces, Pekín comenzó a construir una arquitectura alternativa: la Bolsa de Oro de Shanghái, acuerdos energéticos en yuanes, control de metales estratégicos, acumulación de reservas físicas. No para destruir el dólar, sino para no quedar prisionera de él.
Eso es lo que Washington percibe hoy como una amenaza existencial.
La guerra invisible por el petróleo y los minerales
Aquí es donde la teoría de juegos explica lo que la narrativa mediática no ve. Las crisis en Venezuela, Irán, Yemen, Nigeria y el Mar Rojo no son accidentes. Son movimientos en un tablero energético y monetario.
China importa cerca del 75 % de su petróleo. La mitad procede de Oriente Medio. Alrededor del 20 % de Rusia.
Si Estados Unidos logra desestabilizar Oriente Medio y aislar Venezuela, China se verá obligada a depender más del hemisferio occidental para su energía… y por tanto, a pagar en dólares. Lo mismo ocurre con el litio, el cobre, la plata y los minerales estratégicos para la industria de vehículos eléctricos y la inteligencia artificial.
No se trata de ideología. Se trata de forzar a China a seguir financiando el sistema del dólar.
La trampa estadounidense
Estados Unidos quiere dos cosas incompatibles:
- Que China siga usando el dólar.
- Que China se someta al poder estadounidense.
Pero en teoría de juegos eso es una contradicción. La coerción destruye la confianza. Y sin confianza, ninguna moneda puede sostener un sistema global.
Las sanciones tecnológicas, los bloqueos de semiconductores y la presión financiera empujan a China exactamente en la dirección contraria: la desconexión.
China también tiene armas
A comienzos de este año, China restringió exportaciones de plata. Como controla gran parte del mercado, el precio se disparó en la COMEX de Nueva York, desestabilizando los mercados estadounidenses. Pekín también puede deshacerse de bonos del Tesoro, presionar mercados de materias primas o reconfigurar rutas comerciales.
Eso es lo que en teoría de juegos se llama destrucción mutuamente asegurada financiera.
Si Estados Unidos corta el petróleo a China, pues China puede colapsar el sistema de deuda estadounidense. Si China desafía demasiado al dólar, su propia economía sufre. Ambos están atrapados.
La escalera sobre el abismo
La relación entre China y Estados Unidos se parece a dos personas subiendo una escalera suspendida sobre un vacío. Si uno intenta ponerse por encima del otro, la escalera se inclina. Si uno avanza demasiado, ambos caen.
Esa es la lógica de 2026.
Pronóstico para 2026
Todo apunta a que el momento decisivo llegará en abril, cuando Donald Trump visite China en su segundo mandato. Washington buscará un “gran acuerdo”: apertura financiera china a cambio de estabilidad geopolítica. Pekín buscará lo contrario: reconocimiento, respeto y un sistema multipolar.
Si Estados Unidos insiste en tratar a China como subordinada, la escalera se romperá.
Si ambos aceptan que ninguno puede dominar al otro, el sistema podrá reformarse sin colapsar.
La teoría de juegos es clara: el juego actual no tiene ganadores, solo formas distintas de perder.
Y el verdadero dilema de 2026 no es quién vencerá, sino si el mundo será lo suficientemente racional para no destruir el tablero mientras juega.
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