La relación entre el profesor Juan Bosch y el embajador norteamericano John Bartlow Martín fue compleja, difícil y contradictoria. Pero no siempre fue así. Comenzó con respeto mutuo, e incluso, admiración intelectual, pero como muchas veces pasa en las relaciones humanas y políticas, terminó en una profunda desconfianza y muchas desavenencias.
Ambos eran escritores y políticos. Tal vez más escritores que políticos. Se conocieron en junio de 1962 en República Dominicana. El profesor tenía solo diez meses que había llegado al país tras un largo exilio de 24 años. Y Martín era embajador nombrado por el presidente Jhon F. Kennedy.
Tal vez influyó en su nombramiento el hecho de que estuviera aquí en 1938, en pleno apogeo de la dictadura, que acababa de cometer la masacre de 1937 de miles de haitianos. Bosch, ironía de la historia, salió del país ese mismo año, huyéndole a las pretensiones de Trujillo de hacerlo diputado.
Es decir, en el mismo año en que se iba Juan Bosch, Martín llegaba con su esposa, aunque solo por 4 meses, tiempo suficiente para percatarse del asfixiante ambiente que se respiraba en RD, que sería denunciado por él en un artículo.
24 años después, en 1962, ambos, Bosch y Martín, se juntaron aquí, pero ya en circunstancias muy diferentes. Cuando se conocieron, Bosch era novelista, ensayista, pero sobre todo, uno de los grandes cuentistas de América Latina, y Martín un periodista y autor de cierto nivel en Estados Unidos.
Esa afinidad cultural facilitó una relación inicial cordial. De hecho, Martín admiraba el talento literario de Bosch. Pero al margen de esa afinidad literaria, ambos tenían roles muy definidos. Martín era el embajador de Estados Unidos y el profesor Bosch era el candidato presidencial del PRD con posibilidades de convertirse en presidente de la República, en momentos ampliamente tensados por los conflictos creados a raíz de la muerte de Trujillo y por el temor a una nueva Cuba en Santo Domingo.
Esas circunstancias iban a pautar las relaciones personales y políticas entre el profesor y el embajador. El profesor era muy educado, gentil, culto, pero sobre todo, muy puntilloso en su dignidad personal, y jamás permitiría ser dirigido, o siquiera influido, por directrices del embajador ni de nadie. Y el embajador sabía que tenía que cumplir una misión, y tenía su carácter para hacerla cumplir. Y en eso también él era inflexible.
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No hay constancias de que en las elecciones de 1962, que Bosch ganó abrumadoramente, Martín viera a Bosch con el cristal del anticomunismo, que tal vez llegaría a verlo más adelante. Sin embargo, cuando Bosch asumió la presidencia en febrero de 1963 poco a poco afloraron las tensiones.
Martín entendía que su misión era ayudar a construir una democracia estable tras la caída de Trujillo. Pero también estaba profundamente influido por el clima de la Guerra Fría y por el temor de Washington a que surgiera una "segunda Cuba" en nuestro país.
Bosch, por su parte, defendía una democracia social avanzada, con libertades públicas, separación entre Iglesia y Estado, limitación del poder militar y protección de los sectores populares. La República Dominicana no estaba preparada para asimilar las ideas de Bosch.
Aunque ni remotamente era comunista, sus ideas alarmaron a empresarios, militares, al clero, a los terratenientes y todo el sector conservador dominicano, así como a funcionarios estadounidenses. Para esos sectores, esa política de Bosch, si bien no era propiamente comunista o socialista, sí podía facilitar el avance político de la llamada izquierda radical, en ese momento representada esencialmente por el Movimiento Popular Dominicano y el 14 de Junio.
Con el paso de los meses, Martín comenzó a ver a Bosch como un dirigente ingenuo frente al peligro de la izquierda. Ese peligro siempre fue sobreestimado por Martín y por los norteamericanos. En la República Dominicana no había la mínima condición para convertirse en una segunda Cuba. Todo era un fantasma, pero el miedo a ese fantasma era lo que pautada la política norteamericana para América Latina, y concretamente, para República Dominicana.
Bosch, en cambio, llegó a considerar que el embajador intervenía excesivamente en los asuntos internos dominicanos y que actuaba más como tutor político que como representante diplomático. El golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963 terminó de romper cualquier posibilidad de entendimiento. Aunque no existe evidencia de que Martín organizara directamente el derrocamiento, Bosch quedó convencido de que Washington no había hecho lo suficiente para defender el orden constitucional y que el embajador había perdido confianza en su gobierno. Esa sensación de traición acompañó a Bosch durante décadas.
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La magnitud y matices de ese conflicto intelectual y político entre esos dos personajes, cada quien muy influyente en su terreno, fue tal que décadas después mereció la atención intelectual y académica del expresidente Leonel Fernández.
Discípulo de Bosch, el doctor Fernández le dedicó a ese conflicto una obra completa, intitulada: Ideas en conflicto: Diálogo póstumo entre Juan Bosch y John Bartlow Martín. Al igual que el reputado escritor, fallecido recientemente, Rafael Lantigua, considero esa obra la mejor del profesor Fernández.
En ella, el autor reconstruye el debate y las contradicciones entre ambos personajes, a partir de un voluminoso libro que escribió el embajador Martín, el intitulado: El destino Dominicano, que para el profesor Bosch debió llamarse El Desatino Dominicano. En esa obra, que le fue regalada por el propio profesor Juan Bosch, el doctor Fernández encontró centenares de notas y comentarios hechos al margen y a los lados por Bosch, sobre todo en los puntos que consideraba que Martín erraba su enfoque o mentía deliberadamente.
Con la lectura del libro de Martín y de las notas y comentarios del profesor Bosch, que son de incalculables valor históricos, unido a los libros escritos por Bosch sobre esos acontecimientos, como Crisis de la Democracia en América Latina, el doctor Leonel Fernández, construye un interesante diálogo póstumo entre ambos personajes y presenta sus opuestas visiones sobre la democracia dominicana, el papel de Estados Unidos y las causas del colapso y el derrocamiento del gobierno de Bosch y de todo lo que vino después.
En síntesis, Bosch y Martín pasaron de ser dos intelectuales que se admiraban mutuamente a convertirse en protagonistas de una disputa histórica. Uno defendía la soberanía dominicana y una transformación democrática profunda; el otro creía que debía evitarse a toda costa cualquier deriva que pudiera favorecer al comunismo en República Dominicana. Entre ambos quedó reflejado el gran drama de la República Dominicana de los años sesenta: la lucha entre las aspiraciones democráticas nacionales y las presiones geopolíticas de la Guerra Fría, lo que también queda reflejada en la enjundiosa obra del doctor Leonel Fernández, cuya lectura recomiendo a los que, como yo, les interesan esos temas.
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