CAPÍTULO 6
EL MESÓN DE LA CAVA
La insistencia para alcanzar una relación da sus frutos si la meta perseguida se abre revelando su fuero interior ofreciendo una amistad sincera.
Santo Domingo, 2019. 6:45 p. m.
El vehículo blanco de Aurelio se detuvo frente al Residencial Ballena No. 10. Gascue. El entorno era moderno: un grupo de condominios de niveles diferentes formaban un semicírculo que hacían juego con toldos verdes. Abajo, un amplio parqueo techado para los carros de los propietarios era vigilado por un hombre de color. Aurelio supuso que era haitiano, como la mayoría de guardianes de las torres y condominios de la ciudad capital. Al parecer hacía las veces de vigilante y portero a la vez. Finalmente, un amplio portón corredizo de hierro servía de muro de contención a los visitantes e intrusos. Los condominios y torres de Santo Domingo eran especies de fortines particulares para enfrentar la delincuencia desbordada. Era, pues, el típico inmueble del Santo Domingo moderno habitado por gente de clase media acomodada.
Aurelio tomó el celular en sus manos y marcó el número de Lucía. No hubo respuesta inmediata. Aurelio se inquietó. Pasado un angustiante minuto, repitió la llamada y esta vez, una voz sonora se hizo escuchar.
—Aló?
—Lucía?
—Sí, ella habla.
—Es Aurelio Javier, estoy ya aquí abajo.
La respuesta no se hizo esperar.
—Bajo enseguida, se escuchó la voz en el auricular de Aurelio.
Aurelio, en ese momento, comenzó a respirar. Las cosas comenzaban a fluir.
No pasaron tres minutos cuando una figura salió y se acercó al portón corredizo. El vigilante abrió y la mujer se presentó. Aurelio la recordó enseguida. La misma mujer de Novo Centro…Vestía un traje negro, cabellos sueltos, portaba cartera, zapatos sin tacones altos. Aurelio salió de su vehículo, le hizo un saludo reservado y le abrió la puerta del carro.
—Lucía, le dijo, mucho aprecio que hayas aceptado mi invitación.
Ella le dio las manos y se acomodó dentro. Se miraron mutuamente. Antes de partir, Aurelio desenvolvió un paquete. Eran algunos ejemplares de sus libros.
—Son para ti, es una forma para que comiences a conocerme a través de mis obras.
Lucía no se esperaba esto.
—Ah, gracias los leeré con gusto, fue su única reacción.
El vehículo tomó el rumbo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y antes de llegar al Supermercado Nacional de la Máximo Gómez, dobló a la izquierda, en la calle Juan Sánchez Ramírez pasó frente a la embajada haitiana, siguió de largo, hizo un giro a la izquierda y tomó la calle Correa y Cidrón hasta la Abraham Lincoln. Aquí, subió hasta la calle José Contreras, luego la Avenida Enrique Jiménez Moya. La tomó a la derecha. Subió y dando un medio giro en la tercera esquina, enfilando hacia el paseo de la avenida Anacaona, sin llegar a ella. 200 metros más adelante, Aurelio hizo que el vehículo hiciera un giro de 360 grados y se estacionaron frente al Mesón de la Cava, el destino final.
Durante el trayecto, Aurelio y Lucía hablaron apenas. Nada en especial. Una especie de silencio compartido.
“El Mesón de la Cava es un restaurante que de frente no dice nada. Está enclavado en una gruta natural, prehistórica, de piedra caliza, creada como resultado de la acción del mar cuando este llegaba hasta el lugar dejando las huellas demostrativas del movimiento de la isla, millones de años atrás. Los emprendedores que aprovecharon la caverna lo idearon y acondicionaron el entorno en el año 1967 cuando el ancien régime transformó todo el sector, construyó abajo la Avenida José Contreras y más arriba un paseo de diez kilómetros paralelo a la avenida Anacaona, que desembocan ambos en la Avenida Luperón, paseo paradisiaco utilizado desde entonces por los caminantes capitalinos.
Para penetrar en el restaurante-caverna hay que bajar por una escalera circular que transporta al visitante a un entorno de película. Abajo, numerosas mesas para los comensales están dispuestas en semicírculo. Al llegar abajo el visitante se siente aislado del mundo exterior. Ningún ruido, que no sea música ambiental”.
La reservación estaba hecha. Una mesa para dos. La ocuparon de inmediato. Aurelio notó enseguida que Lucía se encontraba afable y suelta. Se quedó observándola fijamente mientras ella repasaba el menú que un mozo, vestido de negro, le había entregado. Sus ojos morunos, el cabello sedoso y la tez reluciente le atraían, reproduciendo la impresión que le causó días antes en Novo Centro. Se decidieron por refrigerios, vino para ella y una botella de agua Perrier para él.
Acto seguido, Aurelio rompió el hielo.
—Comencemos por mí, dijo Aurelio.
A partir de ese momento, empezó a desnudarse. Un monólogo de alrededor de diez minutos se impuso. El relato de su vida pasada, sus matrimonios, sus divorcios, sus hijos, a qué se dedicaba, el connubium entre la actividad política y la académica. Su tormentosa vida revolucionaria. A veces, ella le interrumpía formulándole algunas preguntas. Era una forma de asimilar el torrente de informaciones que Aurelio le había suministrado en tan poco tiempo.
—Y tú?, preguntó Aurelio, háblame de ti?
—Hace ya varios años que vivo aquí, comenzó Lucía su relato. Pasé mucho tiempo en el exterior. Tengo tres hijos, dos viven conmigo y un tercero que tiene su residencia fuera del país. Divorciada, después de más de veinte años de matrimonio.
—Qué pasó con tu matrimonio?, preguntó Aurelio cautelosamente.
—Es una larga historia de amor y lágrimas. Deterioro progresivo de las relaciones, hasta que no pude más y se produjo el colapso… Rompí.
A partir de ahí, Lucía, con una franqueza que sorprendió a Aurelio teniendo en cuenta que era la primera vez que hablaban, relató los inconvenientes que tuvo con su divorcio, papeles, acusaciones infundadas y relaciones actuales difíciles.
—Él rehízo su vida con otra mujer y yo, ahora me siento libre, sin ataduras de ninguna índole.
Al trasmitir sus avatares, Lucía, ciertamente, denotaba naturalidad. franqueza. Forma de ser que Aurelio confirmaría en el curso de los próximos meses en futuros encuentros.
Había ya transcurrido una hora, cuando timbró el móvil de Lucía.
—No puedo, dijo ella a alguien con quien continuó hablando en francés, estoy ocupada, si se te olvidó la llave del apartamento, je suis desolée, il faudra que tu m’attends.
—Excúsame Aurelio, dijo Lucía al cerrar el teléfono, a mi hija se le olvidó la llave del apartamento. Hay también una prima que debe dormir con nosotros.
—Te puedo regresar a tu casa. No hay problemas, dijo Aurelio.
—De ningún modo, contestó ella, tenemos tiempo todavía.
Sin embargo, Aurelio la notaba inquieta.
—Háblame de tu arte, le preguntó Aurelio. Leí algo de ti, tu curriculum, pero, cómo te clasificas?
Lucía habló entonces de su vida artística, explicando con lujo de detalles su labor. A medida que hablaba, Aurelio percibía el amplio dominio que aquella mujer exhibía de su profesión. Un portento.
El móvil de ella sonó de nuevo. Esta vez, era otra persona.
—Es mi hijo, excúsame de nuevo.
—Je ne peux pas maintenant, je serai de retour dans une heure, mais tu peux m attendre à l’entrée pour t ouvrir la porte.
Y cerró la comunicación.
Aurelio, que hablaba francés, comprendió la situación embarazosa. Pero no dijo nada.
8:30 p. m.
La conversación continuó por media hora más. Se sentía cierta complacencia mutua, pero Lucía, después de las llamadas recibidas, se mostraba inquieta.
Aurelio comprendió la situación.
—Te puedo regresar ya?
—Sí, respondió ella, si no te importa.
—De ningún modo.
Y salieron. Subieron por la escalera de caracol y al instante estaban de nuevo en la explanada a la salida. Minutos después, Aurelio la depositó frente a su condominio.
—Me siento muy bien que hayas aceptado mi invitación. Espero ser tu amigo, le dijo Aurelio.
—Igual, respondió ella con una sonrisa.
Se despidieron. Aurelio al dejarla no vio por ningún lado a los “entrometidos” hijos que casi estuvieron a punto de marchitarles la soirée.
Cosa rara. Aurelio, esa noche durmió como un lirón. No experimentó insomnio.
Al día siguiente, en la mañana, Aurelio, al despertarse, como de costumbre, se conectó a su móvil.
Y entonces vio el mensaje:
“Buenos días, Aurelio, gracias por la invitación de ayer. Pasé un momento muy agradable e interesante en tu compañía. Lamento la interrupción de mis pichones. Gracias también por tus libros que voy a leer con sumo interés. Un abrazo. PD. En casa todo entró en su cauce con prima y todo”.
Y la respuesta de Aurelio fue la siguiente:
“Buenos días, Lucía hace mucho tiempo que no dormía tan placenteramente como anoche después del encuentro contigo donde compartimos vivencias personales. Salí con una percepción muy agradable de tu persona y la atracción que inicialmente produjiste en mí espero se consolide y que nuestra amistad sea duradera”.
Lucía respondió:
—“Tus palabras son muy amables”.
Y Aurelio prosiguió:
—Por otro lado, la irrupción de mis pichones “No tienes por qué disculparte, forma parte de la vida, simplemente noté tu preocupación como madre”.
Los mensajes cruzados reflejaban un proceso amistoso en desarrollo entre dos seres de vidas y experiencias tan diferentes.
Y los días y meses venideros arrastrarían consigo nuevas situaciones que iban paulatinamente dibujando un fresco de contradictorias perspectivas.
Meses después, por el intermedio de la magia del wattsapp Aurelio y Lucía se intercambiarían dos poemas:
Aurelio: Lucía “Podría decir que al escribir sucede lo mismo que cuando uno se enamora. De pronto, uno necesita escribir y no sabe por qué. Uno se enamora y no sabe por qué” (Ernesto Sábato).
Lucía: “Aurelio, Ernesto Sábato es mucho honor. Uno no sabe porque se enamora o no”. Blaise Pascal dijo: “La coeur a ses raisons que la raison ne connais pas”.
Un año después de ese primer encuentro, el Mesón de la Cava les retrotrae a estos dos soñadores reminiscencias imborrables.
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