Desde pequeñas, muchas mujeres crecemos sintiendo vergüenza de nuestro cuerpo. Vivimos pendientes de lo que otros esperan de nosotras y podemos llegar a silenciar nuestros deseos antes de reconocerlos.
Las palabras nos ayudan a nombrar los silencios. Pensar en el erotismo es acercarnos a los sabores, las caricias, los anhelos y las pasiones.
Aunque suele asociarse con los cuerpos desnudos, su significado es mucho más amplio. El término erotismo proviene del griego érōs, relacionado con el amor y el deseo. Nos remite a la atracción y a esa fuerza que nos acerca a lo que despierta nuestros sentidos, así como a nuestra capacidad de imaginar y emocionarnos.
Está presente en una mirada, una caricia, una canción que nos conmueve, el calor del sol sobre la piel, el aroma de la tierra mojada, el placer de bailar o la tranquilidad de leer. Cada mujer vive estas experiencias desde su historia, sus sueños y su mundo más íntimo.
Octavio Paz, al hablar de la relación entre erotismo y poesía, escribe: «el primero es una poética corporal y la segunda una erótica verbal» (Paz, 1993, p. 10). Esta imagen nos invita a descubrir cómo la sensibilidad y la imaginación se entrelazan y dan significado a nuestras vivencias.
¿Cómo no va a resultarnos difícil hablar del placer si desde niñas recibimos mensajes sobre cómo debe comportarse una mujer, qué puede mostrar y qué debe callar? Las críticas, los silencios y las miradas de desaprobación pueden llevarnos a ocultar lo que sentimos.
Esas enseñanzas influyen en nuestra relación con nosotras mismas. Revisarlas no significa culpar a quienes nos educaron. Cada generación transmite, muchas veces sin proponérselo, lo que también recibió. Se trata de mirar esa herencia con comprensión y preguntarnos qué queremos conservar y qué estamos dispuestas a transformar.
Me gusta pensar en nuestro cuerpo como una morada. Quizás necesitamos volver a habitarnos, reconocer nuestros espacios interiores y descubrir qué nos hace sentir bien. No hay edad, apariencia física ni situación sentimental que determine quién puede vivir su erotismo.
La libertad también implica decir que no, establecer límites y cambiar de opinión. No se trata de adoptar nuevas exigencias, sino de decidir por nosotras mismas. El placer sexual es reconocido como una dimensión del bienestar y la salud sexual (Ford et al., 2021).
Esta es la conversación que quiero proponer: un encuentro entre mujeres de distintas edades e historias para compartir vivencias y hablar con confianza de la sensualidad, el deseo y el placer. Un lugar donde escucharnos sin juzgarnos y reconocer que cada una tiene su propia manera de vivir el erotismo.
No venimos a enseñarles a las mujeres cómo deben vivir su erotismo. Queremos que puedan descubrir, sin vergüenza y sin imposiciones, cómo desean vivirlo.
Quizás el primer paso sea permitirnos sentir sin culpa y disfrutar de nuestra propia vida.
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