El artículo que publiqué recientemente, “Educación superior dominicana: universidad, ecosistema pluriforme y transformación educativa nacional”, los dos publicados en este mismo periódico por Fernando Ferrán sobre la universidad y el trabajo de David Lapaix sobre la educación técnico-profesional pueden leerse como parte de una misma preocupación intelectual y ciudadana: repensar, con rigor y sentido de futuro, el papel de la educación, de la educación superior y de la educación técnica en la transformación educativa nacional.

En su artículo “La universidad después de la universidad”, Ferrán señala la transformación histórica que la universidad está experimentando como resultado del impacto de la inteligencia artificial. En su otro artículo, “El eclipse de la universidad dominicana”, lleva esa preocupación al ámbito nacional y advierte sobre un riesgo particularmente serio: que la universidad se reduzca a una fábrica de títulos, debilitando su misión cultural, ciudadana e intelectual. Por su parte, David Lapaix, en “El mito de la educación técnico-profesional”, enriquece el debate al advertirnos de que la formación técnica es necesaria, pero no puede convertirse en una solución universal a problemas de raíces económicas, productivas y sociales más profundas.

En mi artículo, intenté  situar esta discusión desde una perspectiva sistémica: la necesidad de construir un ecosistema pluriforme de educación superior, en el que la universidad sea fortalecida en su misión más alta sin ser obligada a responder por sí sola a todas las demandas sociales, productivas, tecnológicas y culturales del país. Leídos en conjunto, estos textos pueden iniciar un diálogo académico que otras voces del mundo universitario, científico, técnico, empresarial, cultural y social deberán enriquecer.

Propiciar y estimular que este diálogo se lleve a cabo es nuestra intención con el presente artículo. Considero que este diálogo, a nivel técnico, profesional y académico, es.  urgente. El país está inmerso en una amplia discusión sobre la transformación de su sistema educativo. Se revisan marcos normativos, modelos de gobernanza y políticas públicas. Sin embargo, existe el riesgo de que la educación superior quede en segundo plano o sea abordada solo desde perspectivas parciales: financiamiento, regulación, acreditación o fondos de investigación.

Todos esos temas son importantes, pero no agotan la cuestión de fondo. La pregunta decisiva es más amplia: ¿qué sistema de educación superior necesita la República Dominicana para formar las capacidades humanas, científicas, técnicas, éticas y ciudadanas que requiere su desarrollo? La educación superior no puede ser un apéndice del sistema ni una agenda reservada a especialistas. Es una dimensión estratégica del proyecto nacional.

Las reflexiones expresadas en estos artículos, desde perspectivas diferentes y con énfasis diversos, coinciden en la visión de que los diversos modelos de hacer educación vigentes hoy se desarrollaron para un mundo que ya no existe. Por ejemplo, durante los siglos XIX y XX, la universidad concentró funciones que hoy comienzan a desagregarse: producir conocimiento, transmitir información, formar profesionales, certificar competencias y legitimar saberes especializados. Ese modelo respondió a una época en la que el conocimiento era relativamente escaso, los expertos estaban concentrados y la transmisión del saber dependía del libro, la conferencia, el ensayo, el examen, el aula y el título.

La inteligencia artificial, con su irrupción disruptiva y su desarrollo acelerado,  ha producido una transformación que venía gestándose desde hace décadas. Hoy la universidad ya no tiene el monopolio de la información ni posee en exclusiva los medios para enseñar, certificar o producir conocimiento. Plataformas digitales, laboratorios corporativos, sistemas de aprendizaje personalizados, redes de investigación, microcredenciales y nuevas formas de validación profesional asumen funciones que durante mucho tiempo estuvieron concentradas en la institución universitaria.

La naturaleza y la profundidad de estos cambios no deben llevarnos a la errónea percepción de que la universidad haya perdido su sentido. Lo que está terminando, todo parece indicar,  es una forma específica de universidad: la universidad industrial, burocrática, masificada, centrada en la transmisión de información, en la rigidez curricular y en la certificación como promesa de movilidad social. Por eso, la pregunta decisiva no es si la universidad sobrevivirá, sino cuáles universidades comprenderán que su tarea principal ya no puede ser la misma.

Lo que los hechos ponen en evidencia es que, en un mundo saturado de información, la función más importante de la universidad dejará de ser la mera transmisión de respuestas y pasará a ser la de formar criterio. En el futuro, que ya es presente, la principal función de la universidad  no será repetir contenidos, sino enseñar a discernir; no será simplemente preparar para ocupaciones existentes, sino formar personas capaces de formular preguntas relevantes, comprender contextos complejos, deliberar éticamente y actuar con responsabilidad.

En este contexto  adquiere relevancia la recuperación que hace Ferrán de Ortega y Gasset, quien advirtió, en su ensayo “Misión de la Universidad”, que la universidad podía degradarse si se convertía en una simple maquinaria de formación profesional, olvidando su misión cultural y ciudadana. Esa advertencia conserva plena actualidad. Una universidad que solo entrega títulos, pero no forma cultura, criterio y responsabilidad pública, puede crecer en matrícula mientras se vacía por dentro.

Ferrán asume esta idea con especial fuerza al referirse al riesgo de la “fábrica de títulos”. El país ha ampliado el acceso, ha aumentado la matrícula y ha permitido que miles de familias vean en la educación superior una vía de movilidad social. Ese avance no debe minimizarse. Pero la democratización del acceso no garantiza, por sí sola, la calidad de la formación. Podemos tener más graduados y, al mismo tiempo, menos capacidad para fomentar el pensamiento crítico, producir conocimiento y elevar la vida pública.

Este tema resulta de especial relevancia en  la República Dominicana. La expansión de la educación superior ha sido un logro social importante, pero el crecimiento cuantitativo no siempre ha estado acompañado de una mejora equivalente en la investigación, la formación intelectual, la innovación o la deliberación ciudadana. Esa paradoja debe enfrentarse sin triunfalismo ni espíritu destructivo. La crítica a la universidad dominicana no debe entenderse como una descalificación, sino como un reconocimiento de su importancia estratégica.

Las sociedades que reducen  la función de la  universidad a la obtención de una credencial laboral para sus estudiantes corren el riesgo de que el estudiante termine siendo tratado como cliente; la carrera, como producto; el título, como mercancía. Si bien la universidad no debe ignorar el mercado laboral, debe evitar que la rentabilidad sustituya a la formación intelectual; de lo contrario, la institución pierde parte esencial de su razón de ser.

Esta tendencia produce lo que Ortega llamó el “sabio ignorante” para referirse a una persona competente en un área estrecha, pero incapaz de comprender las dimensiones históricas, sociales, éticas y políticas de los problemas que enfrenta. El país no necesita únicamente profesionales titulados. Necesita profesionales cultos, ciudadanos críticos, técnicos competentes, investigadores rigurosos y líderes capaces de comprender la complejidad de su tiempo.

Históricamente las universidades  han tenido, además, una responsabilidad democrática. Las democracias modernas necesitan instituciones capaces de promover el debate informado, el intercambio crítico de ideas y la deliberación sobre asuntos colectivos. En una época de polarización, desinformación, emociones inmediatas y redes sociales aceleradas, la universidad debería ser uno de los espacios en los que una sociedad aprende a discutir consigo misma. Si las universidades no forman personas capaces de distinguir entre información y conocimiento, entre persuasión y argumentación, entre popularidad y verdad, la esfera pública se empobrece.

Ahora bien, esta defensa de la misión universitaria no debe llevarnos a pedirle a la universidad que lo haga todo. Si la universidad debe recuperar su misión cultural, científica, ciudadana y humanista, también debemos liberarla de funciones que otras instituciones pueden y deben asumir en un sistema más amplio. Transformar la educación superior no significa pedirle a la universidad que responda por sí sola a todas las demandas del país. Ese ha sido uno de los errores del modelo heredado: suponer que toda formación superior debe asumir la forma universitaria, que toda necesidad de talento debe resolverse mediante carreras largas y que toda institución debe parecerse a la universidad tradicional.

En este punto, los planteamientos de David Lapaix en su ensayo ayudan a evitar otra simplificación. Su crítica al “mito” de la educación técnico-profesional no rechaza la importancia de esta modalidad; cuestiona su sobredimensionamiento cuando se la presenta como solución directa al desempleo juvenil, a la baja productividad o a la desconexión entre la educación y el mercado laboral. Si criticamos el modelo universitario único, no debemos sustituirlo por otro reduccionismo: la idea de que la formación técnica resolverá por sí sola los problemas estructurales del desarrollo.

Cada vez más se reconoce que los cambios tecnológicos hacen que  una educación técnico-profesional sea indispensable en un sistema moderno, pero su eficacia depende de condiciones que trascienden el ámbito educativo: la estructura productiva, la calidad del empleo, la informalidad, la innovación empresarial y las políticas de desarrollo. La República Dominicana necesita fortalecerla, pero con inteligencia estratégica. Lapaix muestra que esta modalidad aún ocupa un lugar minoritario en el sistema educativo dominicano y que su expansión no puede pensarse al margen de la demanda real de la economía.

Al mismo tiempo, el análisis de Lapaix muestra, como signo esperanzador, que la educación técnico-profesional dominicana presenta indicadores de eficiencia y de desempeño académico superiores a los de la modalidad académica. Promueve más, abandona menos y obtiene mejores resultados en las pruebas nacionales. Esto significa que no estamos ante una modalidad residual o de segunda categoría. Estamos ante un activo educativo que debe fortalecerse, modernizarse y articularse mejor; por ello, hay que evitar masificarlo sin criterio.

Todo indica que la fortaleza de la educación profesional en nuestro país  parece estar asociada a una mayor estructuración, un sentido de propósito, una organización curricular, un clima institucional y una conexión con los aprendizajes aplicados. Una expansión indiscriminada podría debilitar esas condiciones. La tarea no es expandir por expandir, sino fortalecer estratégicamente: invertir en talleres, laboratorios, docentes especializados, equipamientos, vínculos productivos, certificaciones acumulables y trayectorias hacia niveles superiores.

Este aporte para un mejor entendimiento de la educación técnico-profesional enriquece nuestra propuesta de desarrollar un ecosistema pluriforme. La educación superior que necesitamos no debe organizarse en torno a una sola institución ni a una sola modalidad. Tampoco debe convertir la universidad, la educación técnico-profesional, las microcredenciales o la formación digital en respuestas mágicas. Cada componente del sistema tiene potencialidades y límites. La tarea de la política pública es reconocerlos, articularlos y gobernarlos con sentido de conjunto.

Si aceptamos como hecho verificable que muchas funciones históricas de la universidad se están desagregando, entonces debemos dar un paso adicional y reconocer que la respuesta no puede ser ni defender nostálgicamente el viejo molde universitario ni ampliar acríticamente cualquier otra modalidad. Lo que esta realidad nos sugiere es la necesidad de  construir un ecosistema pluriforme de educación superior, integrado por instituciones diversas, con misiones diferenciadas, trayectorias articuladas, estándares de calidad pertinentes y mecanismos reales de movilidad.

En ese ecosistema deben coexistir universidades académicas, universidades profesionales, institutos tecnológicos, centros de formación técnica superior, instituciones especializadas, programas de educación continua, plataformas digitales, sistemas de certificación flexible y modalidades de aprendizaje a lo largo de la vida. La diversidad institucional no debe verse como una amenaza. Es una condición necesaria para responder a la complejidad del presente. No todos necesitan la misma formación, ni todas las instituciones deben investigar con la misma intensidad, ni todos los caminos hacia el conocimiento deben pasar por la universidad tradicional.

Este planteamiento, lejos de  debilitar a la universidad, la fortalece y protege. Tampoco debilita la educación técnico-profesional; la sitúa en el lugar que le corresponde,  pieza estratégica dentro de una arquitectura educativa más amplia. La universidad debe ser la joya de la corona del sistema de educación superior, pero, precisamente para serlo, no debe convertirse en un recipiente de todas las demandas que el país no sabe organizar de otro modo. Su misión más alta debe preservarse y fortalecerse: formar pensamiento crítico, producir conocimiento riguroso, cultivar la vida intelectual, sostener la formación humanista, abrir la deliberación pública, formar ciudadanía y ayudar a formular las grandes preguntas de su tiempo.

Esta perspectiva nos lleva a la conclusión de que, ante el auge acelerado de la inteligencia artificial, a la universidad le corresponde admitir esta realidad y no  competir con ella en velocidad de respuesta ni en acumulación de datos; la especificidad de su función tiene que buscarla en la formación de juicio, en el desarrollo de la capacidad de interpretación, en la ética del conocimiento, en la conversación exigente y en la búsqueda de sentido. Mientras más inteligentes se vuelvan las máquinas, más importante será formar seres humanos capaces de orientar esa inteligencia. Mientras más abundantes sean las respuestas disponibles, más urgente será aprender a preguntar.

Esta nueva forma de orientar el quehacer de la universidad tiene raíces  profundamente humanistas. En tiempos de inteligencia artificial, automatización y aceleración tecnológica, conviene recordar que la finalidad última de la educación no es producir individuos funcionales a un sistema, sino formar personas capaces de pensar, convivir, crear, servir y asumir responsabilidad. Desde una universidad católica, esta preocupación adquiere una resonancia particular. La reciente encíclica Magnifica Humanitas ha insistido en la centralidad de la dignidad humana frente a las tendencias que reducen la educación a la utilidad, la competencia o la productividad.

Esta visión de la universidad, por tanto, nos conduce a la convicción de que la universidad que viene no puede ser simplemente más tecnológica; debe ser más humana. No debe limitarse a incorporar inteligencia artificial en sus procesos, sino que también debe preguntarse qué tipo de inteligencia humana quiere formar en una época de máquinas inteligentes. No debe abandonar la ciencia, sino articularla con la ética. No debe renunciar a la empleabilidad, sino ubicarla en una visión más amplia de vida digna, ciudadanía responsable y desarrollo integral.

En este sentido, cobran relevancia las palabras con las que, hace ya algunos años, Martha Nussbaum nos alertó al reflexionar sobre  la democracia: éstas no pueden sostenerse únicamente en competencias técnicas; necesitan ciudadanos capaces de pensar críticamente, comprender al otro, argumentar con rigor y ejercer juicio moral. Su defensa de las humanidades no es nostalgia académica, sino una afirmación política: sin formación humanista, la educación puede producir profesionales competentes, pero no necesariamente ciudadanos capaces de sostener una vida democrática de calidad.

Para que la universidad así concebida cumpla su misión, necesita formar parte de un sistema más amplio. El país necesita instituciones capaces de formar técnicos superiores de alta calidad, especialistas tecnológicos, profesionales aplicados, docentes renovados, investigadores, innovadores, emprendedores y ciudadanos críticos. Necesita trayectorias flexibles que le permitan entrar, salir, retornar, acumular aprendizajes y moverse entre instituciones. Necesita un Marco Nacional de Cualificaciones que funcione como puente entre educación técnica, educación superior, formación profesional, educación continua y mundo del trabajo.

Necesita, además, como condición necesaria, un sistema de aseguramiento de la calidad que no confunda la excelencia con la uniformidad ni la calidad con la burocracia. Acreditaciones, indicadores y procedimientos son necesarios, pero no pueden sustituir la verdadera pregunta: si las instituciones están formando personas con criterio, produciendo conocimiento y contribuyendo a resolver problemas nacionales.

Es necesario, también, que el sistema educativo se dote de  una gobernanza distinta que evite que la falta de articulación convierta el sistema educativo en un archipiélago institucional: muchas puertas y credenciales, pero poca coherencia, movilidad y equidad. Por eso, el Estado tiene un papel irrenunciable: regular sin asfixiar, promover la diversidad sin permitir la fragmentación, financiar con criterios de justicia, exigir rendición de cuentas y proteger el sentido público del sistema.

Nuestro debate educativo ha tendido a concentrarse en la educación preuniversitaria y, cuando aborda la educación superior, suele hacerlo a partir de temas importantes pero parciales: gobernanza, fondos de investigación, regulación institucional o distribución de competencias. El asunto de fondo es más profundo: qué sistema de educación superior necesita el país para formar las capacidades humanas, científicas, técnicas, éticas y ciudadanas que requiere su desarrollo.

Por eso este diálogo no debe agotarse en cuatro textos. Debe continuar. Debe incorporar a rectores, docentes, investigadores, estudiantes, empleadores, egresados, técnicos, comunidades, autoridades públicas y actores sociales.

El debate sobre la transformaócni de la eduócacin nacional necesita que se discuta y profundice cómo fortalecer la investigación; cómo formar docentes para una escuela renovada; cómo articular la educación técnica con la superior; cómo asegurar calidad sin uniformidad; cómo financiar la inclusión; cómo preservar la misión humanista de la universidad; cómo incorporar la inteligencia artificial sin perder el juicio humano; cómo vincular la educación superior con el desarrollo territorial; cómo fortalecer estratégicamente la educación técnico-profesional sin convertirla en mito; y cómo formar profesionales capaces de servir a una democracia más exigente.

La universidad no desaparecerá. Pero dejará de ser el único centro de gravedad del conocimiento. Su valor no dependerá de retener todas las funciones que históricamente concentró, sino de ejercer con mayor profundidad aquellas que le son propias e insustituibles. La universidad en la que intente hacerlo todo probablemente terminará haciendo mal demasiadas cosas. La que sepa reconocer su misión singular dentro de un ecosistema más amplio podrá recuperar relevancia, legitimidad y profundidad.

La conversación que proponemos  nace de la convicción y la esperanza de que, entre todos, podemos superar los desafíos que tenemos por delante. Nos invita a abandonar la nostalgia institucional, mirar de frente la transformación tecnológica, reconocer la crisis del modelo heredado e imaginar una universidad más centrada en el criterio que en la información, más en la formación que en la certificación, más en la humanidad que en la burocracia.

Debemos entrar a esta conversación convencidos de que la pregunta que debemos responder  ya no es únicamente qué universidad queremos,  sino que estamos frente a una pregunta más amplia: ¿qué educación superior necesita la República Dominicana después del modelo único, después de la universidad industrial, después de la fábrica de títulos y después de la ilusión de que una sola modalidad puede resolver por sí misma los desafíos complejos del país?

Responder esa pregunta exige un diálogo académico de altura, abierto, respetuoso y comprometido con el país. Mi artículo anterior, los dos artículos de Fernando Ferrán y el aporte de David Lapaix pueden leerse como una invitación inicial. Ojalá otras voces se sumen para perfilar, entre todos, la educación superior que la República Dominicana necesita.

Radhamés Mejía

Académico

Educador. Profesor Emérito de la PUCMM ExVicerrector de la PUCMM por más de 35 años y exrector de UNAPEC. Actualmente es Coodinador de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana (ACRD). En la actualidad es Director del Centro de Investigación y Desarrollo Humano (CIEDHUMANO)-PUCMM.

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