Me confesó mi viejo amigo Ezequiel Martínez Velásquez, después de una larga conversación en la terraza de un hotel de la Zona Colonial, que en todo momento fue consciente de haber sido criticado y con razón, por el hecho de recrear en su obra ciertos períodos de su vida en los que había estado perdido, como brújula sin destino en alta mar.
–Lo admito, me dijo. Es así. Admito las críticas. Lo cierto es que no puedo entregar nada, salvo aquello que me toca muy de cerca y muy profundo, prosiguió. Son otros quiénes cuentan historias tan bonitas y maquilladas acerca de sí mismos, que a veces logran que me avergüence de mi pasado. Sin embargo – continuó con énfasis y muy seguro de lo que decía, he pensado desde siempre que existe, en el simple hecho de atreverse a ser honesto a la hora de narrar, no solo un valor intrínseco e inherente a la literatura sino una conexión real y más próxima al lector, el cual no suele buscar historias simples y que se acomoden como lente a su retina. No encontré modo de rebatirle. Él y yo habíamos estado de acuerdo, desde muy jóvenes, en aquellas cuestiones.
En una época, ya lejana, – me contó, se había acostumbrado a transitar las noches de bar en bar buscando descender al mismísimo infierno y encontrar no sabía qué cosas pérdidas en sus propios abismos. Hoy, le estremecía tan solo recordar lo ya vivido. Por aquel entonces la juerga y los anocheceres de ronda nada tenían que ver con ese tipo de aprendizaje vital e intelectual que se supone concedía el hecho de probar experiencias disolutas. En su caso, al menos según sus palabras y yo le creía, respondían sencilla y llanamente a momentos de amarga soledad en los que sentía, de algún modo, que su vida naufragaba. En esos casos una conversación íntima y de alto voltaje bajo la luz tenue de un biombo, le arrastraba sin saberlo ni proponérselo siquiera hacia zonas ocultas de su existencia. Y lo hacía con total naturalidad, sin poses ni pretensiones grandilocuentes, tan solo entregado a satisfacer un instante de absoluto desenfreno. Hubo noches que parecían no tener fin. De haberlo podido hacer, de estar tal facultad en su mano – me explicaba con sonrisa irónica e ingenua, hubiera alargado el tiempo hasta el infinito para hacer, de uno de aquellos momentos, veladas eternas..
Una de esas madrugadas en las que el destino parecía sobrevolar al filo de la navaja, terminó en un antro decadente, oscuro y ruidoso hasta ensordecer sus oídos. Ya había recorrido la noche de cabo a rabo en busca de placeres, cuando alguien sentado a su lado en el mostrador del último lupanar, se acercó y le preguntó, casi en confidencia, si conocía La Morocota. La palabra le pareció de inmediato tan curiosa como musicalmente atractiva. Despertó, quizás por ello, muy rápido su interés y respondió que no. No la conocía. Aquel individuo le indicó, poniendo cuidado en que entendiera bien las instrucciones, dónde quedaba el lugar. Al final bajo aún más la voz y quiso advertirle de una sola cosa, allí iban a parar las almas que no lograban encontrar sosiego. Era, según sus palabras, el último atracadero en la noche para barcos sin rumbo y Ezequiel supo de inmediato que aquel era su destino. Abandonó entonces el bar y salió discretamente en busca de la dirección que había guardado en su memoria.
Apenas hubo traspasado las puertas de aquel antro comprendió que el tiempo y el espacio no transcurren siempre de igual modo para todos. Allí tenían cabida solo los cuerpos rotos, aquellos que la vida había lanzado fuera de su natural transcurrir. Los outsider que fueron arrojados a la orilla por el atribulado mar que tenían delante. Muchos de ellos, lo supo al instante, veían alejarse un gran amor en cubierta a bordo de un gigantesco vapor. Todos los presentes, casi sin excepción, en La Morocota eran náufragos de alguna batalla perdida. Tan pronto como logró avanzar unos cuantos pasos, comenzó a sentir que había dejado de respirar a través de sus antiguos pulmones. Dos branquias inmensas habían ocupado un espacio en su interior de pez anfibio y fuera del tiempo. La música que se escuchaba por doquier parecían más bien alaridos, gritos espeluznantes, aullidos de seres aterrados introducidos en ardientes hornos a insoportable temperatura. Intentó escapar, salir de aquel infierno, pero no sabía de dónde procedía la fuerza diabólica que le impedía desprenderse de los hilos que le arrastraban sin piedad hasta el despeñadero.
Buscó sosegarse, encontrar una mesa en el rincón más apartado y oscuro de ese lugar, mientras observaba el constante ir y venir de cuerpos que cruzaban frente a él. Las mujeres, totalmente desinhibidas y sin ningún tipo de pudor, le parecían francamente vulgares, tanto en sus gestos como en su impúdica vestimenta. Los hombres no eran mucho mejores ni menos rudos que cualquiera de ellas. El culto al machismo más miserable y vergonzante era mas que evidente. Quienes viven en el mundo cotidiano no pueden llegar a imaginar la existencia de un espacio tan sórdido entre las arterias de la ciudad. Descender hasta esas profundidades del ser humano es como fondear fosas abisales, como sumergirse en el fondo del mar y encontrarse con especies adaptadas a una vida sin luz, que no necesitan de la vista, mientras exista el tacto y las sensaciones cercanas a la piel.
Cuando, al fin se filtró un rayo de sol por una de aquellas ventanas, se dio cuenta de hasta dónde había rodado en aquellas horas su alma. Todos los presentes, como por arte de magia, fueron desapareciendo poco a poco del lugar y comenzó a sentirse absolutamente vacío y desamparado, turbado por primera vez en aquella larga jornada y sin saber bien qué hacer. Pidió la cuenta y la joven que le llevó la factura insinuó con una breve sonrisa, ensayada infinitas veces, que le dejara una buena propina y así lo hizo. Salió del local observando el mundo como quien lo descubre por vez primera. Tomó su vehículo, que estaba solo en el parqueo, y buscó en el dial de la radio una emisora de música clásica que le permitiera subir a la superficie. Se sentía exhausto y en el fondo del más profundo abismo cuando comenzaron a sonar las primeras notas de La catedral sumergida de Claude Debussy.
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