El sentido más profundo de la misión y del compromiso de nosotros como Iglesia es: Comunión y Participación. Estar y sentirnos unidos a la Santísima Trinidad nos lleva a unirnos, organizarnos y participar; a no quedarnos tranquilos pensando, buscando mi bienestar personal en la Iglesia.

La felicidad está en el encuentro con el otro; entregándome y compartiendo con el otro es como disfrutamos la Comunión y la Participación; para el otro yo, yo soy el otro; pero yo solo, tengo que ser como yo, no como el otro… Cuando quiero ser como el otro, me niego a mí mismo, niego mi identidad, lo cual no tiene sentido. Solo entregándome como yo, con mis cualidades y mis limitaciones al otro, me realizo, porque me trasciendo y hago presente la Comunión Trinitaria: “YO/VOLUNTAD DE DIOS/OTRO” y participo en hacer presente el Reino de Dios, que hace presente el amor: “al otro como a mí”, es lo que Dios quiere. En ese sentido, hacer la voluntad de Dios nos lleva a trascendernos a mí mismo y al otro por igual; así somos nosotros… Aquí está la raíz de la sinodalidad…

El vivir y sentirme unido a la Trinidad necesariamente me lleva a estar unido a toda la humanidad y así complemento al otro y viceversa. Nos necesitamos mutuamente porque me hace salir de mí y enriquecerme con la diversidad, con lo diferente de mí, que tiene el otro; me complemento y por igual complemento al otro. Esa identidad que aparece uniéndonos el Otro y Yo, es el NOSOTROS, base del Reino de Dios.

Dios no nos necesita porque Él existía sin ti y sin mí; pero espera y se complace en que seamos como Él. Dios es amor. Nuestro gran desafío es “ser como Dios” en la entrega solidaria sin esperar recompensa. Eso es amar. Eso es vida. Unir a los hombres con Dios, para vivir su vida, su amor y su verdad. Eso es hacer presente el Reino de Dios.

Así iniciamos una vida nueva y los demás dones de Dios se hacen realidad. Aquí se inicia la presencia del Reino de Dios: “Sí…, pero no…” Sí, porque está presente el amor; no, porque estamos incompletos, continúan las limitaciones temporales. Lo definitivo, la plenitud de vida, será cuando lleguemos a la Casa del Padre de Todos, como ha dicho Jesús: “No se turbe vuestro corazón; crean en Dios, crean también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo se lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para ustedes”.

Ordinariamente, escuchamos el lamento de que Dios se ha olvidado de nosotros al ver calamidades tanto a nivel personal como comunitarias y especialmente el empobrecido dice: “nos cayó la yagua de brasa”; pero si nos vemos a nosotros mismos; si analizáramos el comportamiento de la élite social, que tiene el control de los recursos de nuestra nación; si analizáramos cómo están repartidas y administradas las riquezas que Dios ha puesto en nuestras manos para la subsistencia de todos; si sintiéramos en carne propia la carencia de bienes, que está sufriendo la mayoría de la humanidad…, otro gallo cantaría, y no estuviéramos padeciendo los males que están azotando a la humanidad, creados por nosotros mismos, por nuestro egoísmo, por nuestro afán de acumular. Dios ha hecho suficiente para que podamos vivir con dignidad…

Siglo XXI: la ambición sin control, acumular en exceso, el consumo desmedido, la corrupción, la impunidad, el clientelismo y la vida fácil asfixian a una gran parte de la humanidad. Los hijos de las tinieblas son más hábiles que los hijos de la luz, Lc. 16,8.

La misión de la Iglesia, nuestra misión, es Comunión y Participación. Esta nos exige fidelidad al servicio solidario y a compartir los bienes de la creación como nos propone, como nos invita Dios, nuestro Señor, Gen. 1, 29-31: “Miren, a ustedes les doy todas las plantas de la tierra que producen semillas, y todos los árboles que dan frutos…”

Nuestra vida tiene diferentes etapas y en cada una de ellas tenemos que ajustar nuestra respuesta con fidelidad creativa a lo que Dios nos ha pedido y nos va diciendo y vamos escribiendo en nuestra historia personal/comunitaria…

Así, se hace presente la necesidad de discernir; buscar el cómo mantener la fidelidad creativa en el servicio débil y solidario que Dios nos ha pedido desde el inicio de nuestra opción vital…

Dios solo tiene una Palabra y nos trasciende; Dios sabe a dónde nos lleva, más que el Yo. El Yo camina dando “tuntunazos”. Las circunstancias personales en que vivimos no son las que nos invitan; ni la experiencia personal es lo absoluto; pero sí debemos tenerlas en cuenta, con nuestra creatividad, para lograr el ajuste necesario y continuar el crecimiento, de la opción vital, discerniendo personal y comunitariamente sin violentar mi libertad, ni la libertad del otro, que hasta Dios mismo la respeta… El Absoluto es Él y está en cada uno de nosotros. El sello, la presencia de ese Absoluto en mi interior es la Paz. Pase lo que pase, y aun en medio de la turbulencia vital, permanece la Paz.

Recordemos el “sub angelo lucis” (como ángel de luz), la presencia del Mal Espíritu, que san Ignacio nos hace presente en el proceso de discernimiento… El Mal Espíritu nos puede presentar trampas, acciones con apariencia de bondad… Es decir, nos presenta engañifas, acciones que al principio son buenas y en aparente sintonía con nuestra opción vital; pero al medio y al fin nos desvían de la invitación originaria de Dios…

La invitación originaria de Dios tiene una lógica específica: al principio, al medio y al fin es buena. Es coherente y se caracteriza por EL MÁS de la espiritualidad ignaciana… En ese sentido, el límite a la invitación inicial de Dios en mí/nosotros, se lo pone mi/nuestra libertad. No las circunstancias; ni mi experiencia personal porque estaría poniendo mi yo como la referencia definitiva para discernir; solo Dios y mi libertad son los sujetos que tienen que coincidir en mi decidir para actuar.

En ese sentido, el proceso de discernimiento es el que va marcando los pasos a seguir, no es mi urgencia personal, no es mi interés personal, no son las circunstancias, ni mi experiencia…, en fin, no es el YO quien nos da el ritmo al que tenemos que bailar con Dios… La paciencia es primordial; la relación con el otro empobrecido es determinante y permanecer en actitud de búsqueda y acogida; no podemos desesperarnos porque algo que venimos viviendo desde hace mucho tiempo el otro no lo capta rápidamente; para otros es la primera vez que lo planteamos, y tenemos que darle tiempo al tiempo porque así es como maduran las frutas; no por mucha hambre que tenga puedo comer un mango nuevo… “No por mucho madrugar amanece más temprano”.

Tenemos que compartir lo anhelado, el deseo más profundo, que nos empapa, y eso lleva su tiempo; el proyecto, la invitación de Dios a seguir creciendo en mi opción vital no es exclusivamente mío solo, sino que es Nuestro. No puedo salir del Nosotros como si fuera yo solo. Yo soy del Otro y el Otro es mío y por eso somos Nosotros, esta identidad debo cultivarla en la lógica de Jesús: hasta el extremo… La Comunión y Participación me exigen compartir, dialogar. Así crecemos todos. Somos un cuerpo espiritual. Somos Nosotros. En mi Sí están presentes mucha gente. Ahí reposa el Reino… Ahí está la raíz de la sinodalidad porque ganamos todos.

La Comunión y Participación nos funde en un nuevo sujeto: NOSOTROS sin anular el Yo. La diversidad del Otro y mis diferencias ante el Otro nos enriquecen mutuamente. Al Otro como a Mí es el camino de ser como la Trinidad amorosa: YO/DIOS/OTRO. Dios es quien nos une y estimula nuestro crecimiento apoyado en el Más, que nos hace crecer sin perder la identidad originaria.

Regino Martínez S.J.

Sacerdote

El sacerdote Regino Martínez es el coordinador del Servicio Jesuita para los Migrantes Refugiados en Dajabón.

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