Cuando un rumor mueve a una cuidad
Hay recuerdos que marcan a una generación sin necesidad de haberlos vivido personalmente. Uno de ellos volvió a mi memoria al escuchar, años después, a mi esposa contar una escena que marcó su infancia. Se trataba del rumor del maremoto de 1998, cuando en la madrugada se desató una ola de llamadas telefónicas, gritos entre vecinos y advertencias improvisadas que corrieron de casa en casa anunciando la llegada inminente de una ola enorme hacia Santo Domingo.
No hubo un temblor previo ni un evento natural que explicara el pánico. Lo que sí existía era un ambiente de profunda desconfianza hacia las autoridades, marcado no por fallos en los pronósticos técnicos, que fueron correctos, sino por la decisión de restarles importancia y transmitir a la población que no había razón para preocuparse durante el paso del huracán Georges, semanas antes.
Por eso, cuando esa madrugada las autoridades salieron a desmentir el rumor y a pedir calma, una parte importante de la población simplemente no les creyó. La credibilidad ya estaba dañada. Y en ausencia de confianza, el rumor ocupó el lugar de la información.
Ella vivía entonces en la zona sur de la ciudad. Su familia, como tantas otras, despertó sobresaltada por lo que escuchaban desde la calle y por llamadas de parientes insistiendo en que abandonaran la zona baja. En cuestión de minutos tomaron lo indispensable y, junto a vecinos igualmente confundidos, caminaron o corrieron hacia los farallones del parque Mirador Sur, convencidos de que las zonas altas eran el único lugar seguro. No hubo sirenas ni instrucciones oficiales. Solo el rumor y el rumor bastó para movilizar a cientos de familias en plena madrugada.
Yo supe del episodio a través de mi papá, que al día siguiente leyó en el periódico la crónica de lo ocurrido. Recuerdo la sorpresa con que comentaba los testimonios recopilados por los reporteros. Nunca imaginé que la que años después sería mi esposa había estado entre las familias que vivieron esa noche de miedo colectivo, impulsado no por los hechos sino por mensajes desordenados, mal verificados y repetidos con la convicción sincera de quien cree estar protegiendo a los suyos.
A pesar de los años transcurridos, la lección sigue vigente. La desinformación puede mover multitudes con la misma fuerza que los hechos reales.
Hoy los mecanismos son distintos, pero el fenómeno es el mismo. Basta que se anuncie una tormenta para que las redes se llenen de videos antiguos, algunos grabados fuera del país, circulando como si fueran señales inmediatas de desastre. O que se difunda la noticia falsa de la muerte de alguna figura pública, como ha ocurrido en varias ocasiones con artistas reconocidos, para que miles reaccionen antes de verificar. En un país emocional y conectado, la emoción viaja más rápido que la verdad.
Cuando el ruido sustituye la realidad
El episodio de 1998 no fue una excepción histórica. Fue un anticipo de un fenómeno que hoy domina nuestra conversación pública. Cada tormenta, cada temblor, cada noticia inesperada desata una avalancha de contenido fuera de contexto. Videos de otros años circulan como si fueran actuales. Fotografías modificadas se presentan como evidencia irrefutable. Supuestos avances informativos generan pánico antes que claridad.
En medio del ruido, la ciudadanía pierde la brújula. Y un país sin brújula informativa es un país vulnerable.
Percepciones importadas y reputaciones en riesgo
La desinformación no solo altera nuestra vida interna. También distorsiona la forma en que somos vistos desde el exterior. Lo he visto en los programas internacionales que coordinamos. En más de una ocasión estudiantes y voluntarios afrodescendientes han llegado al país preocupados por comentarios o videos sobre el racismo dominicano que encontraron en redes sociales. Esa percepción, sostenida por contenido descontextualizado, les genera ansiedad antes incluso de recoger su equipaje.
Sin embargo, al integrarse en una familia dominicana, asistir a una escuela local o convivir con comunidades abiertas y solidarias, su experiencia contradice esos temores. La vida real desmiente la caricatura digital. Y esto demuestra algo crucial. La desinformación no solo manipula hechos. También manipula percepciones, identidades y reputaciones nacionales.
Un país vulnerable a la manipulación emocional
La desinformación prospera en entornos donde coinciden tres factores. Alta conectividad, baja alfabetización mediática y una cultura pública profundamente emocional. En República Dominicana basta con querer ayudar reenviando algo para convertirse sin querer en multiplicador del error.
Aquí surge un desafío delicado pero real. Muchos de los contenidos falsos que circulan masivamente provienen de adultos mayores, una generación que creció confiando en la veracidad implícita de la palabra escrita y que no fue formada en hábitos de verificación digital. No comparten desinformación por irresponsabilidad. Lo hacen por protección. Quieren alertar, prevenir y cuidar.
Educar para la verdad implica acompañar a esas generaciones con empatía y paciencia. Pasar de compartir por impulso a compartir con criterio. Convertirse, en lugar de ser propagadores involuntarios del ruido, en guardianes de la veracidad.
La juventud frente al océano de contenido
En el otro extremo generacional, los jóvenes dominicanos crecen en un entorno donde lo verdadero y lo falso se mezclan indistintamente. Existen discursos diseñados para manipular emociones, explotar inseguridades o sembrar polarización.
Sin una formación sólida en pensamiento crítico, verificar información se convierte casi en una tarea imposible.
El currículo escolar dominicano incluye valores, convivencia y ciudadanía, pero todavía no incorpora de manera sistemática competencias como verificar fuentes, distinguir hechos de opiniones, identificar manipulación emocional, cuestionar imágenes y videos y rastrear la procedencia de un contenido viral. Estamos formando ciudadanos para un mundo que ya no existe.
Herramientas para aprender a distinguir verdad y mentira
Me preocupa que algunas veces cuando hablamos de educar para la verdad nos quedemos en exhortaciones generales. Entiendo que se necesitan herramientas concretas, accesibles y confiables. Tenemos el deber de opinar pero también de presentar alternativas, si existen, o de invitar a que sean desarrolladas si no existieran. Entre las más reconocidas internacionalmente se encuentran las siguientes, que resultan especialmente útiles para estos fines.
Guías y manuales: UNESCO, Journalism Fake News and Disinformation, International Fact Checking Network, MediaWise del Instituto Poynter.
Plataformas de verificación: AFP Factual, Newtral, Maldita.ES, FactCheck.
Educación digital: Google, Be Internet Awesome, Common Sense Media, UNICEF, Digital Literacy for Youth.
Podcasts recomendados: The Skeptics Guide to the Universe, You Are Not So Smart, The Anti-Disinformation Podcast.
Debemos desarrollar más productos como estos en nuestro propio contexto. Integrar estos recursos en escuelas, familias, organizaciones y medios es un paso decisivo para fortalecer nuestra cultura cívica.
La desinformación debilita nuestra democracia
Una democracia solo funciona cuando las personas comparten un mínimo de realidad común. Hoy esa base está fragmentada. Dos ciudadanos pueden interpretar un mismo hecho de manera radicalmente distinta porque viven inmersos en ecosistemas informativos completamente divergentes.
Sin verdad, no hay diálogo. Sin diálogo no hay ciudadanía activa. Sin ciudadanía activa no hay democracia.
La desinformación crea sospechas, refuerza prejuicios, inventa enemigos y convierte diferencias normales en conflictos irreconciliables. También debilita la filantropía, el voluntariado y la confianza social. Sin credibilidad, cualquier esfuerzo colectivo pierde fuerza.
Educar para la verdad, un pacto pendiente
Educar para la verdad es desarrollar pensamiento crítico, hábitos de verificación y una ética de conversación respetuosa. Es enseñar a verificar antes de compartir, a dudar con criterio, a escuchar sin agresión, a buscar fuentes confiables, a dialogar sin miedo a la diferencia y a acompañar con paciencia a quienes no crecieron en la era digital.
También implica recuperar el contacto con la vida real. Proyectos comunitarios, voluntariado e intercambios culturales. Nada combate mejor la desinformación que la experiencia humana concreta.
La verdad como bien público
La verdad es infraestructura democrática. No se ve, pero sostiene todo. Sin verdad no hay confianza. Sin confianza no hay comunidad. Sin comunidad no hay país.
Si hacemos de la verdad un valor educativo, cultural y cívico, la República Dominicana será un país no solo más informado, sino más sabio. En un mundo saturado de ruido, educar para la verdad es quizás la forma más profunda de libertad.
Como país que aspira a una ciudadanía global activa, tenemos un deber común. Cuidar la verdad que compartimos. Ese es el punto de partida para construir una sociedad más justa, más segura y más humana.
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