El presidente Luis Abinader ha planteado una meta ambiciosa para el país: duplicar su producto interno bruto real para el año 2036. Esa aspiración, organizada bajo la iniciativa Meta RD 2036, no puede entenderse únicamente como una proyección macroeconómica. De acuerdo con el decreto que creó la Comisión Meta RD 2036, su propósito es identificar las acciones y reformas necesarias para duplicar el PIB real dominicano para el año 2036, en articulación con la Estrategia Nacional de Desarrollo y la Estrategia Nacional de Competitividad.
Ante este reto, la pregunta decisiva a responder no es solo si el país puede duplicar su economía, sino si será capaz de desarrollar las capacidades humanas, institucionales, productivas y tecnológicas que permitan sostener ese crecimiento con calidad, inclusión y productividad. En ese punto, el planteamiento reciente del Gobierno de abocarse a una transformación profunda del sistema educativo dominicano debe leerse como una pieza estratégica de la Meta RD 2036, no como una reforma sectorial aislada.
Pero esa lectura estratégica debe hacerse de forma matizada: la educación no puede reducirse a una variable económica ni a un mecanismo de producción de capital humano. La educación tiene, ante todo, una finalidad profundamente humana: formar personas capaces de comprender el mundo, construir sentido, ejercer su libertad con responsabilidad, convivir con otros, participar en la vida democrática y contribuir al bien común. Por eso, si la Meta RD 2036 quiere ser algo más que una meta de crecimiento, debe asumir que duplicar el PIB solo tendrá pleno sentido si va acompañado de una ampliación real de las capacidades humanas, ciudadanas, culturales y éticas de la sociedad dominicana.
En su discurso ante la Asamblea Nacional, el pasado 37 de febrero, el presidente Abinader formuló algunos planteamientos que deben servir de orientación para responder a esta pregunta y colocar a la educación como un pilar fundamental del desarrollo sostenible. Su anuncio de una reforma legislativa y curricular orientada a diseñar un nuevo sistema educativo capaz de formar el capital humano necesario para duplicar el tamaño de la economía para el año 2036 va en esa dirección. Esa formulación es particularmente relevante porque vincula explícitamente la transformación educativa, el capital humano, la competitividad y el crecimiento económico.
Esta orientación ha sido asumida por el ministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología. El ministro Rafael Santos Badía ha señalado que no se trata simplemente de fusionar instituciones, sino de avanzar hacia la creación de un nuevo sistema educativo dominicano, articulado en torno a una reforma profunda e integral. También ha afirmado que, para alcanzar la meta de duplicar el tamaño de la economía nacional y del PIB hacia 2036, es imprescindible promover una transformación profunda del sistema educativo, orientada a la calidad, la pertinencia y la innovación.
Este planteamiento encuentra respaldo directo en el reciente informe de la OCDE,Foundations for Growth and Competitiveness 2026. Para la OCDE, según lo expuesto en este documento, la educación, las competencias y el capital humano constituyen factores habilitantes fundamentales para el crecimiento y la competitividad. Para los países de esta organización, la educación no es un componente social separado de la economía, sino una de las condiciones estructurales para elevar la productividad, aprovechar la innovación tecnológica y fortalecer la capacidad competitiva de los países.
Ahora bien, esta relación entre educación y competitividad debe entenderse con cuidado. Si bien es cierto que la educación contribuye al crecimiento económico, lo hace precisamente porque no se limita, exclusivamente, a entrenar personas para ocupar puestos de trabajo. Su aporte más profundo consiste en formar sujetos capaces de pensar, discernir, crear, cooperar, actuar éticamente y aprender a lo largo de toda la vida. Una economía moderna necesita competencias, pero una sociedad verdaderamente desarrollada también necesita ciudadanía, cultura democrática, sensibilidad social y sentido de responsabilidad colectiva.
Desde esta perspectiva, la transformación educativa anunciada por el Gobierno adquiere un significado aún mayor. No se trata solo de modificar leyes, reorganizar instituciones, revisar currículos o actualizar planes de estudio. Se trata de definir qué tipo de sistema educativo necesita la República Dominicana para impulsar un salto histórico en su desarrollo. Si Meta RD 2036 aspira a duplicar el PIB real, la transformación educativa debe proponerse duplicar las capacidades del país: aprender, innovar, producir, emprender, investigar, enseñar, gestionar y convivir. Pero también debe proponerse fortalecer capacidades más profundas: pensar críticamente, actuar con sentido ético, participar en la vida democrática, respetar la dignidad de los demás, cuidar el ambiente, valorar la cultura y construir proyectos de vida con sentido. Sin esa dimensión humanística, el crecimiento puede aumentar el tamaño de la economía, pero no necesariamente la calidad de la sociedad.
Es importante que el gobierno aprenda de las lecciones de la OECD y que escuche la advertencia que, a partir de la experiencia vivida, nos hace cuando nos dicen que muchas economías enfrentan una desaceleración de la productividad laboral, asociada, entre otros factores, al debilitamiento de la acumulación de capital humano. Esto quiere decir que cuando los sistemas educativos no logran desarrollar las competencias requeridas por la sociedad y la economía, el crecimiento potencial de los países se reduce. Para la República Dominicana, esta advertencia es crucial. No habrá crecimiento sostenido si no se mejora de manera sustantiva la calidad de los aprendizajes.
Las evaluaciones recientes, que dan cuenta del estado de la educación en el país, coinciden en afirmar que se ha avanzado en cobertura, inversión e infraestructura educativa, pero aún persisten desafíos profundos en lectura, matemáticas, ciencias, formación docente, gestión escolar, pertinencia curricular, educación secundaria, formación técnico-profesional, educación superior e investigación. Por eso, una transformación profunda no puede limitarse a ajustes administrativos. Debe tocar el núcleo pedagógico, institucional y cultural del sistema educativo.
En ese sentido, esa transformación debe tener como objetivo central que los estudiantes logren los aprendizajes fundamentales que servirán de base para los aprendizajes subsiguientes. La evidencia internacional disponible muestra que ningún país puede aspirar a una economía del conocimiento si sus niños no aprenden a leer comprensivamente, a razonar matemáticamente, a expresarse con claridad, a formular preguntas, a comprender fenómenos científicos y a desarrollar el pensamiento crítico. Estos aprendizajes fundamentales, por otro lado, no deben entenderse solo como competencias instrumentales; también deben incluir la formación moral, cívica, estética y socioemocional que permite a cada persona reconocerse como sujeto de dignidad, convivir con otros, deliberar democráticamente y actuar con responsabilidad en una sociedad plural. La competitividad futura se cimenta desde los primeros grados de la escuela, pero allí también se construye la humanidad moral y ciudadana del país.
El segundo eje debe ser la transformación de la educación secundaria. Se hace imperativo que la secundaria dominicana deje de ser un nivel débil, disperso y poco conectado con los proyectos de vida de los jóvenes. La secundaria debe convertirse en una etapa de consolidación de competencias, orientación vocacional, ciudadanía democrática, cultura digital, pensamiento científico y preparación para trayectorias diversas: educación superior, formación técnico-profesional, emprendimiento o inserción laboral digna. Pero, sobre todo, debe ser una etapa en la que los jóvenes puedan construir identidad, proyecto de vida, sentido de pertenencia y capacidad para participar de manera responsable en la sociedad.
El tercer eje es la educación técnico-profesional. Los países que han logrado desarrollar sistemas educativos fuertemente articulados con sus sistemas productivos han partido de esfuerzos sostenidos para actualizar sus títulos técnicos,expandir los talleres que sirvan de base a una formación pertinente a las necesidades del mercado, y priorizar la formación en centros de trabajo, lo que busca conectar la escuela con el empleo y alinear la educación con las necesidades productivas y tecnológicas del mercado laboral.
Esta es una línea estratégica indispensable. Es cierto que el país necesitará técnicos calificados, trabajadores con competencias digitales, mandos medios competentes y jóvenes preparados para sectores de mayor valor agregado, pero es de vital importancia que la educación técnico-profesional no se conciba como una formación de segunda categoría ni como un simple adiestramiento para el empleo. Debe ser una vía de desarrollo humano, de dignificación del trabajo, de movilidad social y de formación de ciudadanos técnicamente competentes, éticamente responsables y conscientes del valor social de su oficio.
El cuarto eje debe ser la articulación efectiva del sistema educativo. Este sistema debe desarrollar la capacidad de operar de manera coherente para responder a las necesidades del país. La República Dominicana no puede seguir funcionando con subsistemas que dialogan poco entre sí: educación preuniversitaria, educación superior, formación técnico-profesional, capacitación laboral, certificación de competencias y educación continua. Una transformación profunda exige construir un sistema integrado de formación a lo largo de la vida, articulado con el Marco Nacional de Cualificaciones y con las demandas presentes y futuras del desarrollo nacional.
El quinto eje es la educación superior. En el nuevo sistema educativo que desarrollemos, las universidades deben ocupar un lugar central en la Meta RD 2036. No basta con formar profesionales. Deben producir conocimiento, fortalecer la investigación, vincularse con los sectores productivos, contribuir a la innovación, formar talento avanzado y apoyar la solución de problemas nacionales. Una economía que aspire a duplicar su tamaño necesita universidades capaces de generar pensamiento, ciencia, tecnología y capacidades institucionales. Pero también necesita universidades que formen conciencia crítica, compromiso público, sensibilidad ética y una visión humanista del desarrollo.
El sexto eje estratégico es la profesión docente. Hay cierto consenso entre los especialistas, que nos indican que no hay transformación educativa profunda sin docentes mejor formados, acompañados, evaluados, reconocidos y profesionalmente empoderados. La formación STEAM de miles de docentes anunciada por el Gobierno puede ser una iniciativa importante si se inserta en una estrategia más amplia de fortalecimiento del capital profesional docente, del desarrollo pedagógico, del liderazgo escolar y de la mejora continua de la práctica en el aula. Pero esa formación debe integrar también una dimensión humanística, dado que el docente no es solo un transmisor de contenidos ni un facilitador técnico del aprendizaje; es, ante todo, un formador de personas, un mediador cultural, un referente ético y un actor central en la construcción de ciudadanía.
El séptimo eje es la equidad. Un país debe aspirar a desarrollar su competitividad con base en la equidad, no en la exclusión. Cada niño que no aprende, cada joven que abandona la escuela, cada estudiante pobre que recibe una educación de baja calidad, representan una pérdida humana, social y económica. La inclusión no es un adorno moral de la política educativa; es una condición para la productividad nacional. Un país que desperdicia talento no puede duplicar de forma sostenible su economía.
El octavo eje es la innovación y la inteligencia artificial. La OCDE sostiene, en este informe que hoy reseñamos y en otros, que la inteligencia artificial puede abrir una nueva ola de productividad, pero sus beneficios dependerán de las políticas públicas, de la infraestructura digital, de la capacidad de adopción tecnológica y, sobre todo, del nivel y la adaptabilidad de las capacidades humanas. Por eso, la transformación educativa dominicana debe preparar a los estudiantes no solo para usar la tecnología, sino también para comprenderla, evaluarla, crear con ella y actuar éticamente en entornos digitales. Es importante que comencemos a ver y abordar la inteligencia artificial desde una perspectiva educativa que forme criterio, desarrolle responsabilidad, prudencia, sentido de justicia y conciencia sobre los límites humanos, sociales y éticos del desarrollo tecnológico.
En este contexto, el proceso de reforma anunciado por el Gobierno debe evitar un riesgo muy alto: la forma original como esta reforma fue planteada desde el gobierno: limitar la transformación educativa a un debate sobre la estructura institucional. La posible creación de un nuevo sistema educativo, o incluso de un ministerio unificado, solo será relevante si está alineada con una visión pedagógica, social, productiva y cultural más amplia. No se trata simplemente de reorganizar las administraciones, sino de reconstruir los fundamentos del aprendizaje, la calidad, la pertinencia, la equidad y la innovación.
La transformación profunda de la educación debe convertirse, por tanto, en el corazón estratégico de la Meta RD 2036. Desde el gobierno se deben hacer cuantos esfuerzos sean necesarios para proyectar la imagen y garantizar que esto sea su prioridad. En este momento, si la meta económica no se acompaña de una meta educativa igualmente ambiciosa y de esfuerzos similares para lograrla, tanto los que se realizan como los que se realizarán en el campo económico, el país podría crecer más, pero no necesariamente mejor. Es importante tener presente que, si este desfase ocurriera, el país podría aumentar su PIB, pero lo haría a costa de mantener brechas sociales, así como de una baja productividad laboral, empleos precarios y una capacidad de innovación limitada. En cambio, si la transformación educativa se diseña con una visión a largo plazo, puede convertirse en la principal palanca para un desarrollo más inclusivo, competitivo y sostenible.
El Gobierno ha planteado la necesidad de reformas orientadas a elevar la productividad, fortalecer el capital humano, impulsar la innovación y romper la llamada trampa del ingreso medio. Es importante que tenga en cuenta que, para que esa aspiración tan ambiciosa se haga realidad, se requiere, como condición necesaria, una educación distinta. Esta nueva educación debe concebirse no solo para cubrir contenidos, sino también para formar capacidades. No una educación organizada en compartimentos estancos, sino articulada como un sistema. No una educación centrada en la repetición, sino en la comprensión, la creatividad, la resolución de problemas y el aprendizaje permanente.
La República Dominicana tiene ante sí una oportunidad histórica. Por primera vez, el debate sobre crecimiento económico, competitividad y transformación educativa puede articularse en una visión nacional común. Meta RD 2036 puede convertirse en algo más que una estrategia para duplicar el PIB. Puede ser la ocasión para redefinir el proyecto educativo del país y preguntarnos, con seriedad, qué capacidades necesita desarrollar nuestra sociedad para vivir mejor, producir mejor, convivir mejor y competir con dignidad en el mundo que viene.
La historia económica mundial muestra que la educación es la base invisible de las economías avanzadas. Sin importar el análisis, esto se debe a que actividades como carreteras, puertos, zonas francas, turismo, agroindustria, tecnología, servicios globales e innovación dependen de personas con determinadas competencias . Sin talento humano, la infraestructura se subutiliza; sin conocimiento, la inversión no rinde; sin docentes de excelencia, el futuro está en riesgo; sin universidades fuertes, la innovación se detiene; y sin igualdad en la educación, la productividad nacional se ve afectada.
Por eso, la transformación profunda de la educación debe verse como la condición de posibilidad de la República Dominicana que se quiere construir hacia 2036. El verdadero desafío no es solo duplicar el PIB. El verdadero desafío es formar el país capaz de sostener ese crecimiento con productividad, innovación, justicia social y dignidad humana. Una economía más grande solo será una conquista histórica si se traduce en una sociedad más educada, más libre, más democrática, más solidaria y más consciente del valor de cada persona.
Debemos concluir resaltando que los países deben reconstruir deliberadamente los fundamentos de su crecimiento. Para la República Dominicana, ese fundamento se llama educación. Y si el Gobierno ha decidido abocarse a una transformación profunda del sistema educativo, el país debe asumir ese proceso como una causa nacional, no como una reforma burocrática. Ahí se juega, en buena medida, la viabilidad de la Meta RD 2036 y la posibilidad de construir una sociedad más próspera, más justa, más culta, más democrática y verdaderamente desarrollada.
Noticias relacionadas
Compartir esta nota