El 28 de marzo tuve la satisfacción de participar en una tertulia sobre medio ambiente que, más que un encuentro académico, fue una experiencia de convivencia y reflexión. Nos reunimos en Jarabacoa, en el hermoso proyecto Eco de la Montaña, invitado por el grupo social y cultural La Tertulia de Santiago. Entre conversación y almuerzo, compartí mis impresiones sobre el cuidado de los recursos forestales e hitos de cinco siglos, una intervención que nació en la palabra hablada y que ahora presento en dos entregas escritas para los lectores de Acento.com.

Cuando los conquistadores españoles llegaron a nuestra isla en 1492, se inició la presión sobre los bosques; debido a que, desde el segundo viaje de Colón, se evidenció que los colonialistas llegaron para hacer riqueza a costa de lo que fuera. La tala y el cambio de uso de la tierra marcaron una ruptura con las prácticas de producción de lo que consumían los pobladores originarios.

Junto a las prácticas de desplazar el bosque de manera irracional surgió también, años después, la idea de repoblar los terrenos deforestados, aunque más como necesidad económica y de beneficencia que como conciencia. Un ejemplo de esto lo constituye la acción de doña Juana I, reina de Castilla, llamada injustamente «Juana la Loca» (1479-1553), quien con una cédula real (decreto del rey) mandó a plantar árboles frutales para que todos los indígenas de las nuevas tierras conquistadas comieran. Tal vez esta disposición fue uno de los antecedentes jurídicos más antiguos para plantar árboles en América, aunque no fueran forestales, sino de lo que hoy es del dominio agronómico.

Cabe destacar que las cédulas reales que se emitieron desde el breve reinado de doña Juana en 1510 disponían que los montes de frutales fueran comunes para que la gente pudiera consumir frutas y fomentar su siembra; otra ley fue la del emperador Carlos I, la cual expresaba que los encomenderos hicieran plantar árboles de las especies de sauces y otros en los terrenos que fueran convenientes, para usarlos como leña, como podemos leer en Calixto García, quien en su obra «Leyes agrarias en el contexto de las Leyes de Indias» cita a Iulian de Paredes (1681) en «Recopilación de las leyes de los reinos de las Indias», que cito en «Primavera de la Reforestación».

La deforestación se generalizó con la presencia francesa en el siglo XVIII en la isla de Quisqueya, sobre todo en la parte occidental o Haití, por la explotación maderera, cultivos de las cañas de azúcar, pasto y consumo de leña. En la parte oriental de la isla o Santo Domingo español se incrementó a partir de la segunda mitad del 1700, con los mismos cultivos a menor escala y con relativa afectación de los bosques.

En el contexto de la ocupación de Toussaint Louverture en 1801 se intentó regular los cortes de madera, un primer esfuerzo por normar lo que ya era un problema estructural.

La madera, además de recurso económico, se volvió recurso político: sirvió para sostener y financiar precariamente la lucha contra los franceses en 1809, como establece la historiografía dominicana. Y con la ocupación haitiana de la parte este de la isla en 1822, el bosque entra en la letra de la ley, como diría un experto legal.

El código agrario de Boyer de 1826 protege al bosque ribereño. Vega, citado por Taveras, P. en «El bosque de galería y el nacimiento de la República Dominicana (6)», establece que por primera vez se cita el papel de los árboles en el ambiente climático y con sentido conservacionista.

Ese código influyó en la Ley de Policía Rural y Urbana de 1848, que establece reglas para el corte y la protección de los árboles de madera preciosa y las riberas o galerías de los ríos. Mientras tanto, la caoba se convierte en símbolo de riqueza y preocupación, la base esencial de la economía nacional, sostén de la nueva república proclamada. Marca el tránsito de ver el árbol como mercancía a reconocerlo como parte del entorno vital, como plantean los principales historiadores dominicanos.

En 1861, a pocos meses de la anexión a España, Fernando Layunta, director del Jardín Botánico de La Habana, viene al país, evalúa la situación forestal y reporta al rey que no había necesidad de reforestación porque existía bosque por mucho tiempo. (Taveras, P. citando el trabajo de Raymundo González sobre la presencia de Layunta en el país, en «Metamorfosis forestal en el siglo XIX» (3).

El auge de la industria azucarera a partir de la década de 1870, en la restaurada República Dominicana, hace desaparecer bosques en gran parte del país para plantar caña, usar traviesas para las vías férreas, edificaciones, leña como energía para alimentar las calderas, establecer pastizales para el ganado, exportar madera y plantar cacao y café, pero también surgen voces como Hostos, Bonó y Abad que reclamaban a su manera la protección e incremento del bosque. Es la metamorfosis de la conciencia, porque se pasa de la indiferencia a la preocupación por el recurso bosque. (Taveras, P. «Metamorfosis…» (7).

Posteriormente al inicio del auge económico del final del siglo XIX, surge el decreto n.º 2295 del presidente Billini, que, como dicen los especialistas, retoma el código de Boyer, la Ley de Policía Rural y Urbana, y la preocupación de la época por la deforestación y la protección del bosque de galería en 1884.

La geografía del padre Meriño, publicada en 1884, ampliada y corregida para la edición de 1889, con sentido pedagógico y moderno, contribuye de manera significativa a la creación de conciencia de lo que tenemos como recursos naturales y culturales en el país, cuando trata nociones conceptuales y menciona todos los sistemas geográficos de la República Dominicana, que son los ecosistemas de montañas, ríos, lagos, costeros-marinos, sabanas, valles, cavernas y cuevas, entre otros aspectos de la geografía física; además de lo histórico y social.

Finalizando el siglo XIX, en 1895, se aprueba la impopular Ley de los Animales Domésticos, ley n.º 3522, conocida como la «Ley de los Animales de Lilis», que protege los ríos y los bosques de galería, incluyendo aquellas fuentes de agua temporales. Taveras, P«Metamorfosis… (14)».

Referencias

Pedro José Taveras Alonzo

Antropólogo social

Quien suscribe cuenta con 23 años de experiencia como técnico en el Programa Nacional de Reforestación que se ejecuta desde el 1997 en República Dominicana.

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