Hablar de Cuba es hablar también de una idea que rebasa sus fronteras: la convicción de que los pueblos pueden avanzar cuando colocan la dignidad humana, la cooperación y la solidaridad por encima del egoísmo y la dominación. En esta tercera entrega sobre el amor a escala social se examinan algunas expresiones concretas de ese principio en la vida cubana: el deporte, la formación profesional, la salud, la fe y la disposición permanente de tender la mano, incluso en medio de la adversidad.
Cuba es una nación que, durante más de cinco décadas, ha sido referente continental y mundial en educación, salud, arte, deporte y solidaridad. Con recursos limitados, ha logrado espacios únicos entre los pueblos en desarrollo y ha vivido luchando para no desaparecer ante un cerco contra la isla que vulnera el derecho de los pueblos a una vida digna.
Hoy, sin lugar a duda, Cuba necesita el respaldo de todos los países por lo que ha hecho por el mundo.
En el deporte, su ejemplo es insólito: con seis o siete medallas de oro por millón de habitantes, ha superado a todos los países de las Américas y a varias potencias económicas mundiales. El deporte en la patria de Teófilo Stevenson (1952-2012) y Ana Fidelia Quirot, nacida en 1963, no es solo entretenimiento, sino una forma de convivencia social, al punto de que sus entrenadores han llevado conocimientos a otros países, mostrando que competir y compartir son dos caras del mismo amor a escala social.
Incluso en condiciones materiales difíciles, las canchas de baloncesto y voleibol de tabloncillo contrastan con la precariedad de muchos países donde los jóvenes apenas juegan sobre cemento rústico. Ese esfuerzo por dignificar el deporte es también una expresión de solidaridad con su gente.
En la formación de capital humano, el país cuenta con cientos de centros de formación técnica en distintas áreas y cerca de medio centenar de universidades, que han graduado a más de 1,5 millones de profesionales, incluidos más de 100 mil médicos y decenas de miles de extranjeros desde la creación de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) en 1999. Muchos de ellos están repartidos por todo el mundo, con su bata blanca como símbolo de servicio.
Según el sitio web Worldometer, Cuba registra una esperanza de vida de 78,62 años, ligeramente por debajo de Costa Rica, con 81,38 años; Chile, con 81,72; y cercana a Estados Unidos, con 79,76 años.
Sin embargo, las estimaciones de la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, contenidas en World Population Prospects 2024, sitúan la esperanza de vida al nacer en 2023 en 78,1 años para Cuba, 80,8 para Costa Rica, 81,2 para Chile y 79,3 para Estados Unidos. Las diferencias entre ambas referencias obedecen al año de medición y a la metodología empleada por cada fuente.
La solidaridad internacional ha sido constante: cientos de miles de colaboradores cubanos han trabajado en cerca de un centenar de países pobres, sin importar ideologías. Incluso naciones que en el pasado condenaron a Cuba se beneficiaron de esa cooperación. Este principio del amor a escala social ha inspirado la convivencia entre pueblos, incluido el estadounidense, cuyo corazón mantiene vínculos con Cuba pese a las tensiones políticas.
El amor a escala social se refleja igualmente en la espiritualidad. Cuba ha mantenido puentes de comunicación entre la Iglesia católica, que ha recibido la visita de tres papas, y otras denominaciones como la Episcopal, Bautista y Presbiteriana, fortaleciendo la libertad y la convivencia religiosa en la isla. De ello se sabe poco, ya que se difunde más el conflicto que el ecumenismo cubano.
La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, entonces presidida por monseñor Wilton D. Gregory, nacido en Chicago, Illinois, en 1947, expresó una posición crítica frente al endurecimiento del embargo. En una carta enviada el 18 de mayo de 2004 al presidente George W. Bush, Gregory sostuvo: “De acuerdo con el papa Juan Pablo II y con los obispos cubanos, consideramos que el embargo económico es moralmente inaceptable y políticamente contraproducente” (negritas de PT).
La USCCB ha mantenido una postura constante en favor del diálogo y contra el bloqueo, enviando delegaciones para encuentros con obispos y comunidades católicas cubanas en la isla, sin dejar de hacer las críticas que su fe le dicta.
En el ámbito protestante también han existido centenares de voces de apoyo a la isla y en contra del bloqueo, cuyas consecuencias agravan el hambre y la falta de servicios.
El reverendo Jesse Jackson (1941-2026), activista por los derechos civiles junto a Martin Luther King Jr., pastor bautista estadounidense y dos veces precandidato presidencial de Estados Unidos, visitó Cuba en varias ocasiones, al menos dos veces durante la década de 1980, para reunirse con feligreses, autoridades y opositores. Incluso demandó al Gobierno cubano la liberación de detenidos en situaciones de conflictos críticos. Fue un gran amigo de la Cuba del amor a escala social.
El reverendo Michael Kinnamon (1942), teólogo, autor de numerosos textos y exsecretario general del Consejo Nacional de Iglesias de Estados Unidos, ha enfatizado la lucha por el diálogo, la denuncia de las restricciones de viajes a la isla impuestas por su país y la oposición al bloqueo, causa que ha defendido desde 1968.
El obispo Thomas Hoyt Jr. (1941-2013), teólogo y pensador de la Iglesia Cristiana Metodista Episcopal, fortaleció la comunión con la población cristiana cubana y promovió intercambios teológicos y apoyo social.
Por su parte, el obispo Michael Curry (1953), reconocido teólogo de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos, respaldó la solidaridad con Cuba y se pronunció contra la Ley Helms-Burton, que refuerza el bloqueo mediante sanciones a empresas e instituciones que intercambian con la isla. Asimismo, ha mantenido relaciones con la Iglesia Episcopal y expresiones de solidaridad con Cuba.
Estos líderes, junto a centenares de obispos y pastores norteamericanos, han clamado por el diálogo y la distensión entre ambos gobiernos, desafiando sanciones y reuniéndose con autoridades y feligreses. Sus demandas y su apoyo hacia Cuba, lejos de debilitar a las iglesias o al Estado, han fortalecido la práctica del amor a escala social.
Ese amor a escala social, expresado en la solidaridad cubana, también se manifestó en momentos críticos para Estados Unidos. Tras el huracán Katrina, en 2005, Cuba ofreció el contingente médico internacionalista Henry Reeve —norteamericano que luchó por la independencia de Cuba—, con alrededor de 1.500 profesionales bilingües, preparados con mochilas cargadas de medicinas para trabajar en condiciones extremas y llegar a lugares a los que otros médicos no pudieran acceder por la situación climática.
El contingente permaneció durante varios días reunido en el Palacio de Convenciones, bajo la máxima martiana: “Díganme en qué puedo servir”.
Aunque la ayuda no fue aceptada, el gesto conmovió al mundo socialmente sensible.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Cuba dispuso sus aeropuertos para recibir vuelos de emergencia que no pudieran aterrizar en Estados Unidos, mostrando disposición a colaborar con sangre y atenciones médicas, sin importar los 40 años que Estados Unidos llevaba hostigándola, según declaraciones de las autoridades cubanas recogidas por distintos medios.
Días después, un vuelo entre Estados Unidos y Cancún aterrizó en Cuba con 135 pasajeros por un indicio de peligro que, afortunadamente, resultó ser un simple olor.
Estos gestos, ignorados por sectores estadounidenses de gran poder, reflejan la esencia del amor a escala social: responder con solidaridad a la agresión y al aislamiento, sin dejar de cumplir con los protocolos de la aviación civil.
Cuba ha sobrevivido a más de 65 años de bloqueo criminal, logrando avances que muchos países no han alcanzado. Con esfuerzo propio y lazos de amistad e internacionalismo, ha mantenido su compromiso con la solidaridad y el amor a escala social.
El deber de todo ser humano en este hemisferio y en el mundo es respaldar a Cuba.
El bloqueo es inconcebible y, como dijo Juan Pablo II: “Que Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas posibilidades y que el mundo se abra a Cuba”.
La población más pobre del planeta obtendría grandes beneficios de esa apertura, al tiempo que se beneficiaría el valeroso y sacrificado pueblo cubano y se extendería el amor a escala social entre todos los pueblos, incluso entre los estadounidenses.
¡Que el cielo nos ilumine a todos!
¡Con Cuba siempre!
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