El silencio suele confundirse con prudencia.

Con espera.

Con una manera sensata de no empeorar las cosas.

Pero no todo silencio es inocente.

La historia, incluso la más antigua, está llena de silencios que pesan.

Hubo siglos en los que no se escucharon profetas: solo espera.

Cuatrocientos años entre una palabra y otra.

Un silencio largo y denso, donde no hablar no significaba ausencia, sino prueba:

un tiempo de formación, de decantación, de preparación interior.

También hubo otros silencios.

Más incómodos.

El silencio de Job, cuando ya no entendía el dolor.

El de los salmos que preguntan sin recibir respuesta.

El silencio de Jesús ante el juicio, en Nazaret, en el Calvario.

Silencios que no gritan, pero interpelan.

Que no explican, pero revelan.

Porque el silencio también comunica:

permite una conexión más íntima

y expresa verdades que las palabras no siempre alcanzan.

No todos los silencios son cobardía.

Algunos son profundidad.

Otros, sabiduría en estado de espera.

Una fuerza interior que sostiene la reflexión

y abre espacio a la creación.

El silencio como lienzo donde la mente encuentra claridad y la comprensión puede florecer.

Pero hay silencios distintos.

Silencios que no esperan nada.

Que no buscan sentido, sino protección.

Esos son los que gobiernan.

La historia dominicana conoce bien ese silencio.

El silencio impuesto por el terror durante la Era de Trujillo, cuando hablar costaba la vida y callar parecía la única forma de seguir respirando.

El silencio que rodeó a las Hermanas Mirabal,

hasta que su asesinato rompió demasiado tarde la quietud forzada.

Pero también hubo silencios elegidos.

El silencio ante la libertad y la pobreza, tratadas como temas incómodos.

El silencio sobre resistencias populares, como la de los gavilleros, relegadas al margen de la historia oficial.

El silencio que acompañó la soledad de una independencia sin respaldo, cuando figuras como Juan Pablo Duarte o José Núñez de Cáceres

fueron empujadas al olvido, mientras el país buscaba amparo afuera.

No todo silencio fue impuesto.

Muchos fueron aceptados.

Administrados.

Convertidos en costumbre.

Pero también existieron silencios que no fueron sumisión, sino lealtad.

El silencio de mujeres y hombres que callaron no para protegerse, sino para no traicionar.

María Trinidad Sánchez guardó ese silencio.

Pudo salvar su vida revelando nombres, pero eligió no hacerlo.

Prefirió el fusilamiento, el 28 de febrero de 1845,

antes que entregar a sus compañeros conspiradores. Su silencio no fue ausencia de palabra: fue fidelidad hasta la muerte.

No habló. No cedió. Y en ese silencio se volvió mártir de la patria.

También yo he guardado silencio.

Por educación. Por respeto.

Creí, durante un tiempo, que callar ayudaba a preservar lo esencial.

Que el silencio era una forma de presencia, un espacio fértil donde se ordenaban las ideas

y maduraban las convicciones.

Hoy sé que no todos los silencios cuidan.

Algunos solo postergan.

Por eso escribo.

Y por eso ya no callo.

Cuando una sociedad aprende a callar para no incomodarse, el silencio deja de ser una pausa

y se convierte en una forma de poder.

Ya no hace falta imponer el abuso: basta con no nombrarlo.

La injusticia no necesita defensa: le alcanza con no ser discutida.

Así, el silencio gobierna sin firmar decretos.

No aparece en los titulares.

No tiene rostro.

Pero decide.

El problema no es callar alguna vez.

El problema es hacer del silencio una política cotidiana. Una ética de supervivencia. Un modo de convivencia.

Porque llega un momento en que el silencio ya no protege: compromete.

Y entonces no es que nos hayan quitado la palabra.

Es que aprendimos a no usarla.

Pero no toda respuesta al silencio es el grito.

Existe otra forma, más exigente: la palabra que se levanta.

Paulo Freire lo llamó esperanzar:

no esperar sentados,

sino ponerse de pie;

no aguardar tiempos mejores,

sino construirlos;

no confiar en que otros hablen,

sino juntarse para decir lo necesario.

Esperanzar es romper el silencio sin estridencias,

pero con decisión.

Es transformar la palabra en acto.

Nombrar la injusticia para que deje de ser costumbre.

Cuando una sociedad decide hablar, no para imponerse, sino para comprometerse, el silencio pierde su poder.

Ya no gobierna.

Porque el verdadero antídoto contra el silencio que oprime no es el ruido, sino la conciencia compartida.

No la denuncia solitaria, sino la palabra que convoca.

Tal vez ahí comience lo verdaderamente político:

cuando dejamos de callar por miedo y empezamos a hablar para servir y construir.

No para destruir el país ni el mundo, sino para reinventarlos.

Porque el silencio también puede ser un espacio

donde se cultivan los pensamientos y las emociones más profundas, incluso cuando no hay palabras.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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