El mundo vive un proceso silencioso de transformación. Las cadenas de valor se reorganizan, las inversiones se redistribuyen y las economías buscan espacios donde puedan competir con mayor precisión. En este escenario, el tamaño de un país pesa menos que antes; lo que verdaderamente importa es la claridad de propósito con la que decide insertarse en un entorno global cada vez más exigente.

Desde Brasil —una economía acostumbrada a pensar en dimensiones continentales— se observa un principio que no depende del tamaño, sino de la visión: un país crece cuando mira más allá de sus fronteras. La apertura al mundo, bien gestionada, no es un gesto diplomático: es una estrategia de desarrollo. Los países que entienden esto utilizan la política exterior como un canal para ampliar esa ambición.

Las economías pequeñas, de hecho, pueden convertir su escala en una ventaja. Son más ágiles, más cercanas internamente y, cuando existe dirección, más capaces de coordinar esfuerzos de manera rápida y coherente. El desafío no es la extensión geográfica, sino la voluntad de usar esa agilidad para insertarse en conversaciones donde el valor futuro se está definiendo.

Esa relación entre visión interna y proyección externa la he visto con claridad en mi experiencia. En Brasil, las conexiones entre sectores productivos, instituciones técnicas y centros de innovación muestran cómo la interacción internacional puede traducirse en capacidades concretas dentro del país. La diplomacia, cuando se orienta a resultados, se convierte en un mecanismo para expandir posibilidades.

Esa misma comprensión se reforzó durante mis años en Japón. En un centro de manejo de residuos sólidos en Tokio vi cómo una ciudad sin espacio convirtió la escasez en innovación. Era una síntesis perfecta: las limitaciones no anulan el progreso cuando existe ambición, disciplina y un ecosistema que articula gobierno, empresas y conocimiento. Aquella lección dejó claro que lo que impulsa a un país no es su geografía, sino la forma en que decide enfrentarla.

Pensar en grande, especialmente desde economías pequeñas, significa participar activamente en los espacios globales donde se dibujan las oportunidades, identificar nichos donde la excelencia es posible y construir una reputación internacional basada en consistencia, apertura y resultados. No se trata de replicar modelos de potencias mayores, sino de crear uno propio, ajustado a la escala pero ambicioso en la dirección.

Los países que logran articular visión interna con presencia externa generan confianza. Y la confianza es el activo más valioso del siglo XXI: abre puertas, atrae socios, y convierte a una nación en un referente creíble, estable y con propósito.

Por eso, el potencial de un país no se define por los límites de su mapa, sino por la amplitud con que elige imaginar su futuro. La geografía es un punto de partida; la ambición, en cambio, es lo que determina hasta dónde es posible llegar.

Robert Takata

Embajador RD en Brasil

Robert Takata es Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana en Brasil y diplomático de carrera, con formación en Derecho, Relaciones Internacionales, Diplomacia, así como con maestría en Alta Gestión Pública por la PUCMM y la ENA de Francia. Ha ocupado diversos cargos en el servicio exterior, incluyendo Embajador en Japón con concurrencias en Australia, Nueva Zelanda, Indonesia, Singapur y Tuvalu, promoviendo la cooperación económica, tecnológica y cultural. Su trayectoria combina experiencia en integración regional, cooperación, geopolítica, liderazgo académico, conferencista y columnista, destacándose por su visión global, capacidad de innovación y compromiso con proyectar a la República Dominicana como un actor moderno y confiable en el escenario internacional.

Ver más