Durante décadas, la transparencia fue presentada como uno de los pilares morales de la democracia liberal. Abrir archivos, publicar documentos, exponer procesos: todo aquello que iluminara el funcionamiento del poder era entendido como un avance civilizatorio. Sin embargo, en la política contemporánea esa lógica se ha invertido. Hoy, la transparencia ya no siempre busca esclarecer; en muchos casos, busca desactivar.
La reciente publicación masiva de archivos vinculados al caso Epstein, así como otros episodios de desclasificación y sobreexposición informativa durante la administración de Donald Trump, no pueden leerse como hechos aislados. Forman parte de una estrategia más amplia que podríamos definir como caos controlado: una forma de ejercicio del poder que sacrifica el misterio para obtener inmunidad mediática y política.
No se trata de ocultar documentos, sino de publicarlos en tal cantidad y desorden que resulten imposibles de procesar. En lugar de censura, saturación. En lugar de silencio, ruido.
Esta estrategia —conocida en el ámbito de la comunicación política como flooding the zone (inundar la zona) — no persigue convencer al adversario ni refutar acusaciones. Su objetivo es más sutil y eficaz: destruir la posibilidad misma de una narrativa coherente.
Cuando todo se revela al mismo tiempo, nada adquiere jerarquía moral.
Del implicado al ejecutor de la revelación
Uno de los movimientos más sofisticados de esta estrategia consiste en invertir el rol del poder. Si una institución judicial obliga a publicar documentos comprometedores, el gobernante aparece como acorralado. Pero cuando es el propio poder ejecutivo quien autoriza y firma la divulgación masiva, el efecto simbólico se transforma por completo: deja de ser el posible implicado y pasa a encarnar al verdugo de una élite abstracta.
La operación es tan simple como eficaz: ¿Cómo podría estar ocultando algo quien ha ordenado abrir los archivos?
La pregunta no busca respuesta; busca clausura. La publicación ya no se interpreta como un acto de justicia, sino como una prueba anticipada de inocencia. El poder no se defiende: se adelanta, ocupa el centro del escenario y dicta los términos del debate.
Invisibilidad por exceso
Existe una creencia ingenua, heredada del periodismo clásico, según la cual la verdad emerge de la acumulación de datos. Pero esa lógica presupone algo que en la actualidad ya no existe: la capacidad colectiva de procesar información compleja.
La publicación de millones de páginas de documentos no produce claridad; produce parálisis cognitiva. El ciudadano medio no puede leer, contextualizar ni verificar ese volumen de información. El resultado no es indignación sostenida, sino agotamiento. Y el agotamiento es políticamente funcional.
En el caos informativo, todas las afirmaciones adquieren el mismo estatus:
— pruebas sólidas
— rumores
— anotaciones administrativas
— especulación mediática
Toda flota en el mismo pantano. Y cuando todo parece confuso, la duda sustituye a la culpa.
Modernidad líquida y fragilidad moral
Este fenómeno no es solo político; es profundamente antropológico. Como advirtió Zygmunt Bauman, en la modernidad líquida la sobreabundancia de estímulos no produce mayor conciencia, sino fragilidad moral. Cuando todo es urgente, nada es verdaderamente importante; cuando todo es visible, nada es verdaderamente asumido como responsabilidad.
La saturación informativa no genera ciudadanos más críticos, sino sujetos exhaustos, incapaces de sostener juicios estables. En ese contexto, la culpa se disuelve, la indignación se fragmenta y el poder deja de necesitar ocultarse: basta con fluir.
La confusión como forma de victoria
En la era de la posverdad, el objetivo ya no es demostrar que algo es falso, sino impedir que algo sea reconocido como verdadero. No se busca convencer a todos, sino evitar que alguien esté seguro de la verdad.
Esta estrategia produce una polarización perfecta: para unos, el líder se convierte en un héroe de la transparencia; para otros, en un manipulador que oculta la verdad a plena luz.
Ambas percepciones se neutralizan mutuamente. No hay consenso posible y, sin consenso, no hay sanción política efectiva. El resultado es un empate moral permanente, donde el poder puede seguir operando sin necesidad de legitimarse.
Transparencia selectiva, control del tiempo y músculo económico
Otro elemento central de esta lógica es el control del ritmo. Al publicar bajo su propia administración, el poder decide cuándo, cómo y en qué contexto emerge la información. Incluso las partes censuradas por “seguridad nacional” pasan a formar parte del espectáculo.
Si existe algo verdaderamente incriminatorio, queda sepultado entre miles de páginas irrelevantes o ambiguas. La defensa perfecta no es negar los hechos, sino diluirlos hasta que pierdan forma.
A esta arquitectura simbólica se suma el pragmatismo transaccional: cuando la tensión social aumenta, el poder recurre al músculo económico como pacificador. Fondos, inversiones, acuerdos puntuales. La ideología deja de ser un límite y se convierte en una herramienta intercambiable. El objetivo no es la coherencia, sino la estabilidad funcional.
Cuando la transparencia deja de ser virtud
Este fenómeno revela una transformación inquietante de la democracia contemporánea. La transparencia, despojada de contexto, método y responsabilidad institucional, deja de ser un instrumento de control ciudadano y se convierte en una herramienta de inmunidad política.
No estamos ante un exceso de información, sino ante una crisis de legibilidad del poder. Y cuando el poder deja de ser legible, también deja de ser controlable.
El Control de la Narrativa: Del Implicado al Verdugo
Como ya he señalado, en política quien asesta el primer golpe dicta los términos del debate. Si un tribunal hubiera forzado la entrega de los archivos, Trump habría quedado reducido al papel de una víctima atrincherada. Sin embargo, al ser él quien firma la ley y autoriza la desclasificación, convierte la debilidad en ofensiva: se apropia del personaje del “único que se atreve a destapar la cloaca”. Con este movimiento, deja de ser un sospechoso para convertirse en el verdugo de la élite, canjeando el misterio por un relato de heroísmo y transparencia radical.
Este movimiento transforma su imagen: deja de ser un posible implicado para convertirse en el verdugo de la élite. Es un ejercicio de poder donde la transparencia no busca la justicia, sino el control del relato heroico.
La Técnica del "Césped Cortado"
Al publicar los archivos bajo su propia administración, Trump mantiene el control sobre el timing y, lo más importante, sobre las partes tachadas por "seguridad nacional". Es el argumento de defensa perfecto: "¿Cómo voy a esconder algo si yo mismo di las ordenes de publicar los archivos?". Si existe algo mínimamente incriminatorio, queda sepultado bajo una montaña de revelaciones sobre otros personajes, cortando la hierba que sobresale para que todo parezca uniforme y bajo control.
¿Será suficiente la "Transparencia Selectiva"?
La gran pregunta es si este movimiento de ajedrez bastará para calmar las calles. Actualmente, el debate se ha desplazado: ya no se discute solo el contenido de los documentos, sino por qué el Departamento de Justicia detiene las investigaciones.
Sin embargo, la estrategia de “golpear, esperar y negociar” enfrenta un peligro real: el del propio exceso. Cuando la coerción se convierte en la norma, la violencia deja de ser una táctica para transformarse en una condición permanente. En Minneapolis, las muertes de civiles durante los operativos federales han desatado una indignación que alcanza un punto de ruptura imposible de comprar con dinero ni de diluir en océanos de datos. Es aquí donde el pragmatismo transaccional choca con la realidad humana; cuando el tablero de ajedrez vuela por los aires, no hay transparencia selectiva que valga, pues la verdad ya no se deja caer, estalla. Y esto mismo se repetirá mañana en Chicago
Este es el límite de la saturación: cuando una sola verdad se vuelve tropelaria, innegable y moralmente incontrovertible, la narrativa de control se fragmenta. Trump ha apostado a que todo tiene precio y que toda verdad puede perderse en la proliferación de información; sin embargo, la historia enseña que hay momentos en que la evidencia simple y directa —una vida arrebatada, un vecindario en protesta— desbarata el artificio y transforma el tablero político en una ruina inesperada.
En ese sentido, lo que sobresale no es castigado por censura, sino por exceso: la propia lógica de desbordamiento se come su propia estrategia y muestra, con brutal claridad, aquello que no puede ignorarse.
El precio del ruido
La gran paradoja es que esta estrategia funciona precisamente porque simula una virtud democrática. Pero su efecto final es corrosivo: debilita la confianza, banaliza la responsabilidad y acostumbra a la sociedad a vivir en un estado de incertidumbre permanente.
La transparencia, cuando se convierte en una herramienta de abuso ofensivo, deja de iluminar el poder: lo vuelve invisible. Y lo invisible, en política, es una forma de impunidad.
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