El poder en el ámbito de lo político, en general, se ha concretado en el control que emperadores y gobernantes –de todo tipo- han ejercido sobre el resto de la población. Históricamente las formas de gobierno han sido muy variadas, desde las llamadas democracias hasta las dictaduras de cualquier corte.
El Estado es la organización política que ejerce el monopolio del uso de la fuerza (soberanía) a toda su población, a través de un conjunto de instituciones burocráticas relativamente estables, normadas sus funciones por leyes y normativas que especifican su naturaleza y funciones. Hoy predomina el llamado Estado-nación.
A principio de los años 70, Louis Althusser escribió un “librito” pequeño, por su número de páginas (85), pero muy polémico, por su contenido: Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Hacía una distinción entre el poder de Estado y aparato de Estado, atribuyéndole a este último el control ideológico. Su lista incluía las instituciones religiosas, escolares, familiares, jurídicas, políticas, sindical, de información y cultural.
Otras instituciones del Estado tienen el monopolio de la violencia “legítima” (así ha de esperarse) como medio de dominación y defensa. Entre estas están: las fuerzas armadas y la policía, las burocracias administrativas y los tribunales. Todas ellas asumen la función de defensa, gobernación, justicia, seguridad, entre otras.
Se ha hablado de un cuarto poder: el de los Medios de Comunicación, a través de los cuales se imponen maneras de saber y comprender los hechos y realidades, “imponiendo” determinadas concepciones de las cosas. Décadas atrás “informaban” sobre los acontecimientos nacionales e internacionales, hoy es otra cosa.
En el 2009, Manuel Castells, publicó un libro que tituló Comunicación y Poder en el cual pone en el debate, en el contexto de que vivimos, “el por qué, cómo y quién construye y ejerce las relaciones de poder mediante la gestión de los procesos de comunicación…”.
Reconociendo que el “proceso de comunicación influye decisivamente en la forma de construir y desafiar las relaciones de poder en todos los campos de las prácticas sociales, incluida la práctica política”, aborda el tema de lo que él llama “la sociedad red”, como un fenómeno característico y propio de principios del siglo XXI.
Desde esa perspectiva, Castells sostiene que: “el proceso de formación y ejercicio de las relaciones de poder se transforma radicalmente en el nuevo contexto organizativo y tecnológico del auge de las redes digitales de comunicación globales y se erige en el sistema de procesamiento de símbolos fundamental de nuestra época”.
En ese contexto, y de manera muy especial para los jóvenes, han surgido unos nuevos actores sociales, los llamados, “influencers” o creadores de contenido, los cuales moldean maneras distintas de opinar, como estilos de vida y hábitos de consumo mediante la interacción directa por variadas plataformas Instagram, Tik Tok, YouTube, etc.
Estamos ante un panorama distinto en el cual aparecen nuevos líderes de opinión que reemplazan a figuras intelectuales tradicionales por creadores de contenido de la inmediatez y la cercanía. Así, el análisis de los fenómenos sociales y otros, son desplazados por pareceres y opiniones, en general, principalmente emocionales.
En las generaciones más jóvenes, estos nuevos influyen mucho en su forma de hablar y comportarse, se llega a decir, incluso, que en el desarrollo de su identidad (esto será tema de otra entrega). Los discursos políticos cambian, junto con las características mismas de los “líderes políticos”.
Estos últimos, pasan de ser una figura de barricada y tarima, con largos y. a veces, enjundiosos discursos, a una figura de marketing, de interacción bidireccional en tiempo real, de posibilidad de viralización, de contenido atractivo y visuales, por lo que la imagen cambia de manera significativa.
El poder, en su expresión cotidiana, cambia y no tenemos aún idea de hacia dónde todo este proceso nos dirige, sobre todo, con un liderazgo centrado en la inmediatez.
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