Este 16 de mayo se cumplen 84 años desde que las mujeres dominicanas ejercieron por primera vez el derecho al voto. Era 1942. Rafael Leónidas Trujillo gobernaba el país bajo una dictadura, y el sufragio femenino, una conquista impulsada durante años por mujeres organizadas, llegó envuelto en una paradoja que todavía incomoda: fue reconocido formalmente dentro de un régimen autoritario que luego lo utilizó como herramienta de legitimación política.

Para entender qué significa esa fecha en la historia de América Latina, hay que mirar el mapa completo. El voto femenino no llegó a todos los países al mismo tiempo, ni por las mismas razones, ni con los mismos efectos democráticos.

La cronología que nos ubica

El continente americano no fue uniforme en la conquista del sufragio femenino. Hubo países pioneros, casos de reconocimiento parcial, procesos demorados y experiencias, como la dominicana, en las que el avance formal coexistió con la represión política.

La línea de tiempo regional suele iniciar en 1929, cuando Ecuador se convirtió en el primer país latinoamericano en reconocer el sufragio femenino. Ese avance estuvo precedido por la acción de Matilde Hidalgo, quien en 1924 solicitó votar en elecciones legislativas y abrió un precedente histórico para las mujeres ecuatorianas.

Matilde Hidalgo de Poncel.

Luego se produjeron reconocimientos en países como Brasil y Uruguay, en 1932; Cuba, en 1934; El Salvador, en 1939; y Panamá, antes de que la República Dominicana incorporara formalmente el voto femenino en 1942.

Algunas cronologías varían según se tome como referencia el reconocimiento legal, el voto municipal, el voto nacional o el primer ejercicio efectivo del sufragio. Por eso, más que fijar un ranking cerrado, conviene entender el caso dominicano dentro de una ola regional que avanzó de forma desigual.

En el caso dominicano, la Constitución promulgada el 10 de enero de 1942 incorporó el derecho al voto femenino, que fue ejercido por primera vez el 16 de mayo de ese mismo año, en unas elecciones realizadas bajo el control del régimen trujillista.

La segunda mitad del siglo XX completó el cuadro regional: Venezuela reconoció el sufragio femenino en la década de 1940; Argentina lo hizo en 1947, mediante la Ley 13.010; Chile reconoció el voto femenino para elecciones presidenciales en 1949; Costa Rica también lo incorporó en 1949; Bolivia, en 1952; México, en 1953 para elecciones federales; Colombia, en 1954; Honduras, Nicaragua y Perú, en 1955; y Paraguay, en 1961, siendo el último país sudamericano en reconocer ese derecho.

La paradoja dominicana: el voto que nació en la dictadura

Que la República Dominicana reconociera el sufragio femenino antes que países como Argentina, México, Colombia, Perú o Paraguay no es un dato menor. Pero el contexto obliga a leer ese hito con cuidado.

La lucha real comenzó mucho antes de 1942. Para 1922, la maestra normal y periodista Feminista Petronila Angélica Gómez Brea funda la revista Fémina; en 1025, Gómez Brea crea la Liga Feminista Dominicana. En 1927, Abigaíl Mejía Soliére, feminista, educadora, escritora, periodista fundó el Club Nosotras. En 1931, creó la Acción Feminista Dominicana (AFD), considerada la primera organización feminista del país, con una agenda orientada a la educación, los derechos civiles y la ciudadanía política de las mujeres.

Ana Emilia Abigaíl Mejía Solière.

Mejía no vivió para ver la materialización legal de esa lucha. Falleció el 15 de marzo de 1941, un año antes de que las dominicanas votaran por primera vez. Décadas después, sus restos fueron trasladados al Panteón de la Patria, como reconocimiento a su papel en la historia política y social del país.

La Acción Feminista Dominicana organizó en 1934 el llamado “Voto de Ensayo”, un ejercicio simbólico en el que participaron más de 96,000 mujeres. Algunas fuentes registran la cifra en 96,424 sufragantes, mientras otras la sitúan en 96,242, por lo que resulta más preciso hablar de más de 96,000 dominicanas movilizadas en aquel ensayo.

Ocho años después, el régimen de Trujillo incorporó el voto femenino al orden constitucional. La investigación académica ha señalado que ese reconocimiento fue utilizado por la dictadura como “arma de propaganda” para proyectar un falso barniz democrático, y que parte del movimiento feminista terminó siendo cooptado por el aparato ideológico trujillista.

La contradicción no borra la lucha de las sufragistas dominicanas. Más bien la complejiza. Las mujeres conquistaron un derecho político fundamental, pero ese derecho fue reconocido en un contexto donde no existían libertades democráticas plenas.

Lo que la cronología no dice

Ubicar a la República Dominicana entre los países latinoamericanos que reconocieron relativamente temprano el voto femenino puede generar una ilusión de adelanto histórico. Pero votar no es lo mismo que gobernar, ni tener derecho al sufragio equivale automáticamente a tener poder real.

Ochenta y cuatro años después del primer sufragio femenino, las mujeres representan la mayoría del padrón electoral dominicano. Para las elecciones de 2024, los datos disponibles de la Junta Central Electoral (JCE) situaban a las mujeres como el 51.28 % del registro electoral.

También son mayoría en la educación superior. Según el informe Radiografía de la mujer dominicana al 2026, divulgado por FUNGLODE/OPD, las mujeres representan, en promedio, el 63.7 % de la matrícula estudiantil superior. Sin embargo, ese capital educativo no se traduce de manera proporcional en autonomía económica ni en acceso a los espacios de decisión política.

En el plano legislativo, el país ha registrado avances importantes. De acuerdo con el Observatorio Político Dominicano (OPD-FUNGLODE), en las elecciones congresuales de 2024 fueron escogidas 74 mujeres de 222 legisladores, equivalente al 33.3 %, la mayor cantidad de mujeres legisladoras en la historia dominicana.

Pero la representación formal sigue chocando con la estructura del poder. En marzo de 2026, la magistrada Dolores Fernández Sánchez, miembro titular del Pleno y coordinadora de la Comisión de Género de la JCE, advirtió que las mujeres ocupan menos del 30 % de las instancias internas de poder en los partidos políticos dominicanos.

El sufragio fue la puerta. Pero la casa sigue siendo, en gran medida, administrada por otros.

El mapa hoy: ¿dónde está la región?

América Latina y el Caribe muestran hoy algunos de los avances más relevantes del mundo en representación femenina parlamentaria. Según la Unión Interparlamentaria (UIP), al 1 de enero de 2026 las mujeres ocupaban el 35.6 % de los escaños parlamentarios en las Américas, considerando todas las cámaras y países de la región.

La región también concentra varios de los países que han alcanzado la paridad o una mayoría femenina en cámaras bajas o únicas. Bolivia, Cuba, Nicaragua y México figuran entre los casos que llegaron al 50 % o más de representación femenina, según datos de la UIP y ONU Mujeres.

La República Dominicana avanza, pero todavía se mantiene lejos de la paridad. El país mejoró en indicadores globales de igualdad de género al escalar 21 posiciones en el Global Gender Gap Report 2025 del Foro Económico Mundial, ubicándose en el puesto 61 de 148 países evaluados.

Aun así, el progreso estadístico no elimina las brechas estructurales. La JCE planteó en marzo de 2026 que ya no basta con hablar de cuotas y llamó a asumir la paridad como principio estructural de la democracia.

También propuso una Mesa Técnica de Asesoría Permanente, articulada con el Ministerio de la Mujer y la sociedad civil, para dar seguimiento a estos desafíos desde el ámbito institucional.

Entre el llamado institucional y la transformación real de los estatutos partidarios hay una distancia que, en 84 años de historia sufragista dominicana, todavía no se ha terminado de recorrer.

Una fecha para leer en clave regional

El 16 de mayo de 1942 no fue solo un hito dominicano. Fue parte de una ola continental que, durante varias décadas, transformó el mapa político de América Latina.

Esa ola fue impulsada por mujeres como Matilde Hidalgo en Ecuador, Paulina Luisi en Uruguay, Bertha Lutz en Brasil y Petronila Angélica Gómez Brea y Abigaíl Mejía en Santo Domingo. Actuaron en contextos distintos, muchas veces sin coordinación formal entre ellas, pero con una misma convicción: que las mujeres debían ser reconocidas como sujetas plenas de ciudadanía, debían acceder a la educación, tener derechos civiles y políticos.

Lo que esa generación no pudo prever es que conquistar el derecho al voto sería apenas el primer capítulo.

El segundo, el derecho a decidir, dirigir y ocupar los espacios donde se construye el poder real, lleva décadas escribiéndose. Y en la República Dominicana, como en buena parte de la región, todavía no tiene punto final.

Abraham Marmolejos

Periodista, docente y estratega de comunicación, con experiencia en medios digitales, periodismo de investigación y creación de contenido.

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