Cada aniversario de Los Palmeros nos obliga a preguntarnos por el signo que dejaron en la historia oficial dominicana, pues la lucha de Amaury Germán Aristy y sus compañeros es una de las páginas que deja más inquietudes sobre de la construcción democrática, y sobre la historia al margen del poder, que sobrevino tras el tiranicidio y la transición impuesta desde los Estados Unidos, los estamentos militares criollos (trujillistas) y grupos fácticos de poder local que prefirieron obstaculizar la democracia con el signo de Juan Bosch y el PRD.
¿Cuál fue el símbolo del sacrificio de estos jóvenes que colaboraban con Francisco Alberto Caamaño? ¿Qué significado tiene aún el gesto de morir combatiendo, pese a la desigualdad que los empujó a la resistencia, o el idílico recuerdo que la memoria colectiva ha querido preservar? Las preguntas no son menores: se trata de descifrar el sentido de una gesta que, más de medio siglo después, sigue interpelando al presente. Y más aún, cuando quedamos atónitos ante lo sucedido el 3 de enero pasado, en Venezuela, cuando Estados Unidos retoma su política de Doctrina de Monroe y reivindica la supuesta propiedad suya sobre el petróleo de Venezuela.
Lo cierto es que Amaury Germán Aristy, Virgilio Perdomo Pérez, Bienvenido Leal Prandy (La Chuta) y Ulises Cerón Polanco no fueron simples combatientes que los ilusionó el sueño cubano, el foquismo como idea y acción de redención. Representan una estirpe valerosa no por la inmolación, sino por la coherencia. Y fue ese pensamiento, que aun en sus dos décadas de vida, los llevó a colocar la muerte en el terreno de lo mítico, de lo épico, de lo que trasciende la política inmediata. Pero ¿qué significa para un país que sus jóvenes que murieron por un sueño sean recordados más por la forma de morir que por la posibilidad de vivir en justicia? A 54 años del sacrificio de Las Américas la respuesta queda en el péndulo del tiempo.
Preguntar por el signo de Los Palmeros es también preguntarnos: ¿Qué hemos hecho con esa historia, con ese gesto, con esa entrega de vida de gente joven y preocupada por el futuro del país?
Ciertamente, la desigualdad que galopa en la sociedad dominicana fue el telón de fondo de aquella lucha. Los Palmeros se enfrentaron a un Estado que respondía con represión, mientras la mayoría de la población sobrevivía en condiciones precarias. La heroicidad de su gesto contrasta con la indiferencia de una sociedad que, en gran medida, no acompañó su causa, como tampoco la de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Los Palmeros querían completar una transición de la dictadura a la democracia que no había sido posible. Cuando hubo una democracia sincera, objetiva, apenas duró tres meses y fue sepultada, para que gobernaran militares corruptos y antidemocráticos, que obedecían las órdenes que les llegaban desde Washington.
Esa tensión entre lo heroico y lo desigual es parte del signo que dejaron: la resistencia como acto solitario frente a un poder desmesurado. Y, todavía, hay muchos Palmeros que viven sus batallas contra los poderes fácticos y son pocos, muy pocos, los que se unen. El tiempo es diferente. El mundo ha cambiado, al igual que la política. Y la República Dominicana también es parte de los cambios.
Sin dudas, hay también un componente idílico en la memoria de Los Palmeros. Se les recuerda como jóvenes idealistas, como símbolos de pureza política, como mártires que se llenaron de gloria. Pero, ese relato, aunque necesario para mantener viva la memoria, corre el riesgo de edulcorar la tragedia y de ocultar las contradicciones de su tiempo.
Así, mientras evocamos la gloria de Los Palmeros, el país sigue atrapado en desigualdades y enlazado con trabas que ellos quisieron erradicar. La corrupción, la exclusión social y la violencia institucional persisten. La desigualdad persiste. La violencia social persiste. La pobreza persiste. ¿No es acaso un signo de derrota que, 54 años después, las causas que motivaron su sacrificio sigan vigentes? Y por eso escribimos, porque la memoria sin crítica se convierte en ritual vacío, incapaz de transformar el presente.
Preguntar por el signo de Los Palmeros es también preguntarnos: ¿Qué hemos hecho con esa historia, con ese gesto, con esa entrega de vida de gente joven y preocupada por el futuro del país? ¿La hemos convertido en inspiración para construir un país más justo, o lo hemos reducido a conmemoraciones anuales de sus familiares y amigos, que aún sobreviven y reconocen su valentía y arrojo?
En definitiva, Los Palmeros nos dejaron un signo complejo: heroísmo en la derrota, desigualdad como motor de la lucha, e idealismo como refugio de la memoria.
Recordarlos es un deber, pero recordarlos críticamente es una obligación mayor. Solo así su sacrificio dejará de ser un mito congelado y podrá convertirse en una fuerza viva para enfrentar las injusticias, las micro y macro batallas cotidianas. Reforzar y profundizar la democracia dominicana. Con su ejemplo y sin que nadie siga perdiendo la vida en ese empeño.
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