El crimen cometido contra la indefensa niña de tres años Brianna Genao Rosario es horrendo, macabro, inaudito. No hay palabras suficientes para describir la brutalidad de un acto que desgarra la conciencia nacional.
Las investigaciones señalan que dos tíos abuelos violaron, asesinaron y desaparecieron el cuerpo de la infante, en un intento no solo de consumar la barbarie, sino también de encubrirla con la impunidad. La perversidad de este crimen no se limita al hecho en sí, sino que se extiende a la intención de borrar toda huella de humanidad, de existencia de una niña que comenzaba a vivir.
Lo que provoca mayor conmoción es la calma hostil de la comunidad de Barrero, en Imbert, Puerto Plata. Resulta inconcebible que, frente a un crimen tan atroz, algunos comunitarios opten por proteger a los responsables y preocuparse más por retomar sus rutinas que por exigir justicia. Esa indiferencia es, en sí misma, otra forma de violencia.
Más horrendo aún es constatar que la violación y asesinato de una menor pueda pasar con aparente normalidad, sin mover conciencias, sin despertar indignación. Esa pasividad social sugiere que la violencia contra niñas, adolescentes y mujeres se ha convertido en una práctica cotidiana, tolerada por la costumbre y silenciada por la indiferencia.
Este acto criminal, planificado, discutido y posteriormente ejecutado con sevicia y maldad, pone los pelos de punta a cualquier persona con sensibilidad, pero también a cualquier país, por más acostumbrado que se encuentre frente a actos criminales.
Porque si la indiferencia se impone, entonces no solo habrán asesinado a Brianna: habrán asesinado también nuestra capacidad de indignarnos, de defender la vida y de proteger lo más sagrado que tenemos —nuestra infancia.
La crueldad, la maldad, el desatino de abusar de una menor de tres años, que a su vez es su sobrina, solo puede darse en una mente educada en la criminalidad y en la sinrazón.
La pregunta obligada es si se trata del primer crimen cometido por estos hermanos, o si anteriormente habrían cometido otros crímenes, de igual naturaleza, que pudieran quedar impunes.
¿Es una pérdida del juicio, de la razón, lo que lleva a estos criminales a cometer el horror de violar y asesinar a una menor indefensa?
¿Es la desconexión con la realidad lo que lleva a estos malvados a la comisión de un acto criminal tan nauseabundo?
¿Es la falta de educación, la falta de información, la carencia de sensibilidad social y cultural, la ausencia de sentimiento afectivo y religioso, lo que lleva a estos monstruos a actuar de ese modo?
De acuerdo con el testimonio ofrecido por estos sujetos a la Policía Nacional, uno de los hermanos tenía dudas sobre la violación a una pariente, pero el otro lo impulsó y lo desafió a que, por valentía, emprendieran la acción.
La sociedad dominicana no puede permitirse normalizar el horror. Cada crimen contra una mujer o una niña es un ataque directo a la dignidad humana y a los valores más elementales de convivencia. Callar, proteger a los culpables o mirar hacia otro lado equivale a ser cómplice.
Este crimen no debe quedar como una estadística más ni como un recuerdo fugaz en la memoria colectiva. La justicia debe actuar con firmeza, pero también la sociedad debe despertar de su letargo moral.
Porque si la indiferencia se impone, entonces no solo habrán asesinado a Brianna: habrán asesinado también nuestra capacidad de indignarnos, de defender la vida y de proteger lo más sagrado que tenemos —nuestra infancia.
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