La entrevista ocurrió una tarde de abril de este año, en la casona de la calle Las Mercedes que Orlando Menicucci llama “OM”, en la Zona Colonial de Santo Domingo.

Afuera, la ciudad parecía debatirse entre el bullicio cotidiano y el cansancio del calor; adentro, en cambio, el tiempo adquiría otro ritmo.

El taller respiraba memoria.

Había lienzos apoyados contra las paredes, bocetos, pigmentos, pinceles, texturas y superficies atravesadas por el color. Todo parecía encontrarse en estado de transformación, como si las obras no estuvieran terminadas del todo, sino esperando todavía otra conversación con el artista.

La luz de la tarde entraba lentamente por los ventanales y se desplazaba sobre las pinturas: azules contenidos, tierras suaves, transparencias y atmósferas que parecían guardar algo íntimo de Santiago, Puerto Plata y la memoria familiar.

Por momentos, el espacio parecía una capilla dedicada al color y a la contemplación.

Mientras conversábamos, tuve la sensación de que en aquel taller convivían varias ciudades y varios tiempos: el Santiago de su infancia, el Puerto Plata del Atlántico y la montaña, el Santo Domingo cultural de décadas intensas y el país todavía inconcluso que tantos artistas dominicanos han intentado interpretar desde sus obras.

Cada cuadro parecía contener una atmósfera más que una escena.

Incluso el olor del lugar, mezcla de óleo, madera, polvo y tela que remitía a una idea antigua del oficio artístico: la pintura entendida no como espectáculo, sino como permanencia.

Entre la palabra y la imagen, Orlando Minicucci contempla una de sus obras, donde el color se convierte en pensamiento y la pintura en una forma de interpretar el mundo.

El recuerdo

La primera vez que visité la casa de los Menicucci en Santiago no imaginé que estaba entrando, sin saberlo, a uno de esos territorios donde el arte no se aprende: se respira.

Llegué llevado por vínculos familiares y amistades juveniles. Su hermano estudiaba en el Colegio De La Salle de Santiago y fue quien me invitó por primera vez a su casa. Orlando, además, era amigo de mi hermano Freddy en aquellos años intensos de la Juventud Cristiana de Santiago y del país, cuando todavía creíamos que la fe, la cultura y la solidaridad podían transformar la nación desde la sensibilidad y el pensamiento.

Pero aquella casa tenía algo distinto.

No era únicamente un hogar: parecía un espacio donde convivían la memoria, la imagen y la celebración.

En el centro de esa atmósfera estaba la madre.

Formó parte del comité organizador y fue reina del carnaval de Santiago. Orlando la recuerda preparando vestuarios, organizando telas y viviendo intensamente la fiesta popular.

“Mi madre aún vive en mi casa cada día”, me dice.

Lo expresa con naturalidad, pero detrás de la frase se percibe una gratitud profunda.

Mientras ella construía personajes para el carnaval, el niño aprendía a mirar.

Antes de ser pintor, Orlando Menicucci fue un observador.

“Mi primer recuerdo artístico fue mirar el mundo a través del lente de la cámara de mi padre.”

Después vendría la imagen de la madre preparando el carnaval.

Entre ambas escenas parece haberse construido toda su obra: la mirada y el rito, la observación y la imaginación.

El maestro Orlando Minicucci junto a una de sus obras, en un momento de reflexión y diálogo sobre el arte como expresión de la memoria, la sensibilidad y la condición humana.

Santiago, Puerto Plata y la pintura

Santiago le dio la raíz.

“Mi existencia y mi creatividad nacen de Santiago”, afirma.

No se refiere únicamente a la ciudad física, abrazada por el Atlántico, custodiada por la montaña Isabel de Torres y abierta al horizonte marino. Habla de una sensibilidad particular, de una manera de percibir la luz, de escuchar el paso del tiempo y de convertir la memoria en contemplación.

Cuando le pregunto qué color tiene su infancia, sonríe.

“Todos. Pero en tonalidades pasteles.”

Como si los recuerdos no pertenecieran a un solo color, sino a una atmósfera completa.

Pero existe también una tercera ciudad en su universo emocional y artístico: Puerto Plata.

Allí vivió durante años y participó activamente en la Plataforma Dominicana de Performance, colectivo que reunió artistas de distintas disciplinas y promovió importantes festivales culturales en la ciudad atlántica.

Puerto Plata dejó huellas visibles en su pintura.

Muchas de sus obras contienen la atmósfera de la costa norte: la bahía, la humedad luminosa del Atlántico, las montañas de Isabel de Torres y la presencia simbólica del Cristo que domina la ciudad desde las alturas.

“Viví muchos años allí”, recuerda.

Basta observar algunos de sus lienzos para descubrir cómo la montaña emerge entre transparencias y neblinas, suspendida entre el cielo y el mar.

Vivir en Puerto Plata enriqueció también su trabajo como gestor cultural y amplió su mirada sobre el arte más allá de los centros tradicionales de producción artística.

Durante más de cinco décadas, Orlando Menicucci ha desarrollado una propuesta pictórica profundamente personal.

Cuando le pregunto cómo define su lenguaje artístico, responde sin vacilar:

“Mi técnica es fresco seco Menicucci moreliano.”

La expresión resume buena parte de su identidad creadora.

Menicucci por la singularidad de una búsqueda propia desarrollada durante décadas.

Moreliano por la influencia emocional y cultural de Santiago y por la herencia pictórica de Yoryi Morel, cuya sensibilidad cibaeña forma parte del imaginario artístico dominicano.

“Mi pintura no busca reproducir literalmente la realidad.

Construye atmósferas, transparencias y sugerencias visuales donde la retina del espectador termina completando el proceso de contemplación”

Ganador del Premio Nacional de Artes Visuales 2021, ha levantado una de las trayectorias más singulares del arte dominicano contemporáneo.

Pero más allá de premios y reconocimientos, hay algo que define su universo creador: la necesidad permanente de encontrar una relación armónica entre color, espacio, emoción y mirada.

En un ambiente de cordial intercambio intelectual, el maestro Orlando Minicucci responde las preguntas de Danilo Ginebra, explicando aspectos de su obra, su visión artística y las motivaciones que inspiran su creación plástica.

El alma y la materia

Cuando una idea llega a Orlando Menicucci, no aparece primero como palabra.

“Llega como una emoción precisa de una imagen… Algo interior comienza entonces a desplazarse lentamente en mi hasta encontrar color, textura y forma”

Por eso el silencio ocupa un lugar esencial en su proceso creador.

“No pinto por pintar. Necesito entrar en ese silencio-momento para poder conectar y plasmar lo deseado.”

A ese estado interior lo llama el Tao.

Habla de él como quien describe una ceremonia íntima.

No es una teoría abstracta ni una pose intelectual.

“Es el instante en que desaparece el ruido exterior y como artista logro alinearme con aquello que necesito expresar. Entonces la pintura comienza a surgir”

El silencio, en su caso, no significa ausencia.

Es conexión.

Es concentración.

Es belleza.

Cada cuadro terminado le revela algo nuevo de sí mismo.

“Cada obra terminada es una revelación.”

Ninguna obra concluye del todo.

“Después de cada pintura terminada aparece nuevamente el deseo de continuar, de corregir, de evolucionar, de encontrar otros trazos necesarios y otros colores posibles”

En su taller se percibe esa relación paciente con el tiempo.

Orlando no pinta desde la ansiedad.

Espera.

Observa.

Escucha.

Y solo entonces interviene el lienzo.

Orlando Minicucci, captado por sorpresa durante una caminata por la Ciudad Colonial, uno de sus lugares favoritos para recrearse, reflexionar e inspirarse.

Lo sagrado y la memoria

Cuando le pregunto dónde entra Dios en su arte, no responde con teoría.

Simplemente señala una de sus pinturas.

“Míralo ahí.”

En ese gesto silencioso parece resumirse toda su visión creadora.

Lo sagrado no está fuera del arte.

“Él está dentro del acto mismo de crear”

“Es un culto a la creación”, agrega.

Quizás por eso en sus cuadros no hay estridencia.

Incluso cuando aborda tensiones sociales o heridas colectivas, lo hace mediante atmósferas suspendidas, trazos suaves y colores que parecen guardar memoria.

Los temas, dice “persiguen al artista porque pertenecen a la historia y al presente. Están presentes en nuestra historia y en nuestro presente.”

Cada época obliga a repensar la mirada.

Cada crisis transforma la sensibilidad del creador.

“Cada momento nos hace repensar. Tenemos que ajustarnos, pero nunca dejar de expresarnos.”

Una de las obras emblemáticas del maestro Orlando Minicucci, creador de un lenguaje plástico singular que ha enriquecido el arte dominicano con su permanente búsqueda estética, su sensibilidad humanista y su inconfundible capacidad de interpretación visual.

El país y la cultura

Hay una tristeza serena cuando Orlando habla de la cultura dominicana.

“Este país todavía tiene una deuda con sus artistas.”

Lo dice sin amargura.

Como una observación nacida de la experiencia.

Por eso insiste en la necesidad de descentralizar la cultura.

“No merecemos una cultura centralizada en Santo Domingo y un poco en Santiago. El país somos todos.”

Sus palabras no nacen del resentimiento.

Provienen de una convicción profunda: la belleza también debe democratizarse.

Y cuando le pregunto qué consejo daría a un joven creador que trabaja lejos de galerías y grandes circuitos culturales, responde con sencillez:

“Que no se detenga. Que rompa el miedo y confíe en él.”

Legado

Mientras converso con Orlando Menicucci, tengo la impresión de que no habla únicamente un pintor.

Habla también una geografía emocional dominicana.

Santiago aparece constantemente en sus palabras.

Puerto Plata emerge entre la montaña y el mar.

Y Santo Domingo sirve de escenario para una vida dedicada al arte.

Cuando le pregunto cómo quisiera ser recordado por la historia del arte dominicano, responde:

“Vivo en mis obras.”

Y unos minutos después añade otra frase que parece resumir toda una vida de creación:

“Orlando no ha muerto.”

Lo dice sin dramatismo.

Como quien comprende que la verdadera permanencia de un artista no está en los homenajes ni en los reconocimientos.

Está en la obra.

Está en la mirada de quienes, frente a uno de sus lienzos, descubren que la pintura todavía puede ser una forma de contemplar el mundo.

Su técnica de fresco seco Menicucci moreliano constituye hoy una de las expresiones más personales de la pintura dominicana contemporánea.

Y quizás esa sea la forma más hermosa de permanecer.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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