En la producción literaria, Hostos es un excelente expositor del género autobiográfico. Eso se observa en sus diarios y otros escritos de juventud de la época de sus estudios de Derecho en España; de emigración a Francia; de viajes y búsqueda de plasmación de sus ideales y planes políticos y educativos por las Antillas y América del Sur.

En ese género, su principal obra es La peregrinación de Bayoán, la cual puede ser tipificada como novela testimonial. En ella narra un periplo de su constante errar entre América y Europa. También escribió diarios en los cuales narra diferentes etapas de su vida.

En esos escritos se dedica ampliamente a explorar su carácter mediante el autoexamen. La narración, el monólogo y la interrogación le permiten llevar un control de su persona y de sus relaciones sociales.

La introspección lo lleva al replanteo de sus acciones, comportamientos y esquemas de pensamiento. También a reconstruir imágenes notables de momentos críticos de su niñez y juventud, y conectarlas con su presente.

Como muestra Hostos en sus Diarios, desde la infancia la escritura y la lectura son actividades que trascienden el aprendizaje de habilidades y técnicas necesarias para su formación intelectual y desarrollo social; lo normal para cualquier niño de preescolar o primaria. En él son ejercicios de auscultación de su conciencia en los que se descubre a sí mismo y delata cruciales circunstancias de su vida.

En ese sentido, es paradigmático este ejemplo que trae en su diario. Hostos relata con perdurable dolor el terrible episodio en la página del 24 de mayo de 1874:

“A la vuelta al pueblo fue a la escuela. Estaba detrás de su casa y la dirigía una buena doña Rafaela, que, al par que a él y otros niños de poca más edad, enseñaba lectura y rezo a una porción de niñas de la vecindad.

La escritura sirvió al niño para tener la revelación de la justicia. Deseo a todos los niños de la tierra una tarde igual a aquella en que Eugenio María, completamente satisfecho de una plana que había hecho con el mayor esmero, recibió en premio una reconvención violenta y un castigo. Estaba él seguro de haber hecho todo lo posible porque la plana fuera elogiada y premiado su trabajo y, sin embargo, lo castigaron. Fue aquel el dolor primero más delicado y más intenso de una vida que el amor de la justicia había de consagrar a los dolores más acerbos. Mientras cumplía arrodillado la sentencia que le habían impuesto, su pensamiento interior trabajaba con una actividad vertiginosa y las lágrimas calientes que arrasaban sus ojos y el fruncimiento violento de los labios denotaban al exterior la crisis primera de aquel espíritu infantil.

Nunca probablemente madre alguna oyó de labios de un niño quejas más acerbas, protestas más viriles, acentos de más activa indignación que las de aquella tarde oídas por la madre de Eugenio María. La madre, asustada de aquella vehemencia y temiendo que el enérgico deseo manifestado por su hijo de no volver a la escuela en que le hacían una injusticia fuera el germen de un espíritu vengativo, dio la razón al maestro contra el niño y le obligó a prepararse para volver a la escuela al día siguiente. Es deplorable que no se haya conservado puntualmente la memoria de aquel día. El estallido del sentimiento de justicia en un alma es un momento augusto cuyo recuerdo minucioso sería tan útil para seguir el desenvolvimiento de un alma nueva cuanto para la historia del desarrollo de las pasiones y las ideas en el alma humana. Qué hizo aquel niño en aquella tarde memorable: si jugó con sus hermanos o se mantuvo retraído y silencioso; si el silencio revelaba tristeza o rencor; si en ésta iba mezclado el recuerdo de la injusticia sufrida al recuerdo desesperante de haberla visto amadrinada por su madre; si de aquí partió algún cambio perceptible en la conducta y en el carácter del niño: he ahí otros tantos puntos de gravísimo interés que, desdichadamente, no podemos nosotros fijar.

Lo único que acaso puede referirse a aquel primer desengaño de un alma nativamente creyente, como todas, en la realidad de la justicia, son dos recuerdos de aquellos días totalmente distintos entre sí, pero que tal vez tenían en los hechos que los originaron una mayor intimidad y relación.

El niño se hizo solitario, y se recuerda que el más vivo de sus placeres en aquellos días era sentarse solo en el balcón, en pleno día, a contemplar el cielo, las nubes y la mar.” (Diarios, Infancia: Nueva York, 24 de mayo de 1874).

En ese texto, el aprendizaje de la lectoescritura es asociado al castigo, a la injusticia de la profesora, pues el niño hizo bien su plana, pero no satisfizo a la maestra y, en lugar de recompensa, fue víctima de vejación.

Así, la escritura es también asociada a un terrible pensamiento interior y a “la crisis primera de aquel espíritu infantil”.

Hostos expresa un sentimiento de rebeldía contra la injusticia: el niño, que hizo “todo lo posible porque la plana fuera elogiada y premiado su trabajo y, sin embargo, lo castigaron”.

Ese trauma lo marcó, pero no por eso derivó en un síndrome de aprendizaje de la escritura o cualquier otro trastorno relacionado con esta; todo lo contrario, extrajo una experiencia positiva que le permitió desarrollar el hábito de la escritura: diarios, artículos y textos más amplios, complejos y formales.

En la formación del carácter de Hostos, desde entonces la escritura y la lectura tienen una función terapéutica de plana que, además de sus funciones esenciales de expresión y comunicación, hay que esforzarse en rellenar lo mejor posible.

En él la escritura de textos tramados por la razón y el entendimiento es un hábito adquirido que ejercita para autoexaminarse y salvarse del aguijón de la imaginación:

“Porque la reflexión y la experiencia están diciéndome que el hábito es al alma lo que el movimiento al cuerpo, por eso me empeño en adquirir el de examinarme diariamente y por eso escribo hoy, pues ya estaba diciéndome la imaginación que no hay fruto en lo pequeño, y nada grande le doy para exaltarla.”

De la misma manera, la lectura atenta de textos provechosos es una ayuda para desarrollar el dominio de sí mismo, contener y vencer la tendencia a soñar propia de su carácter:

“Nada grande: leer sin atención, aunque con esfuerzo,”

“…contener tres veces a la soñadora, compelerme a vencerla por medio de una lectura provechosa (La Mélancolie, de Colin), despertar con este libro el recuerdo de ideas que había yo concebido sobre la materia que trata, ése ha sido mi día.” (septiembre 24, 12 h noche)

El siguiente decálogo, extraído de un escrito de 1858 que Hostos llama: “monografía de mi inteligencia para fortalecerla, y estímulo de la voluntad para formarla”, contiene los elementos para ser persona, “ser hombre”, mediante la expulsión de la fantasía y del desarrollo del entendimiento.

  1. Moderar la imaginación.
  2. Dirigir la mirada al fondo del “caos que va conmigo”.
  3. Ejercitar la reflexión.
  4. Moralizarse.
  5. Procurar el renacimiento de la voluntad.
  6. Luchar contra las sombras de la inteligencia y el vacío del espíritu.
  7. Ocupar por lo racional lo que se tiene de oscuro.
  8. Completar el trabajo de la inteligencia para lograr “ser hombre completo”.
  9. Vencer la apatía sumando fuerzas nuevas.
  10. Mirada retrospectiva; examen del presente, incursión al porvenir.

He aquí ese texto:

“¿Es tiempo todavía para ser hombre? Lo veremos. Recurramos a los veintisiete años al mismo remedio que me salvó a los diecinueve. Moderemos la imaginación dirigiendo cada noche o cada mañana una mirada atenta al fondo de este caos que va conmigo; ejercitemos otra vez la reflexión; moralicémonos. Los años corren, las esperanzas pasan; la fuerza primitiva desfallece. Rehagámonos. Si la voluntad no renace, hombre al agua, inteligencia a las sombras, ¡espíritu al vacío!

Del mismo modo que este breve trabajo de un momento ha calmado ya la neuralgia, debe calmar, quiero que calme, dolores más intensos, la ordenada ocupación de lo que tengo de racional en lo que tengo de oscuro.

Si tengo constancia, este trabajo completará el de mi inteligencia y lograré ser hombre completo. Venceré a la apatía que está venciéndome y, sumando fuerzas nuevas a las antiguas que el desuso ha ido inutilizando, llegaré a lo que busco.

Desde mañana (¿por qué no desde hoy?; la vela se va acabando y la voluntad no tiene pabilo); desde mañana, mirada retrospectiva; examen del presente, incursión al porvenir. Sea esto lo que, en 1858, examen de conciencia para reargüir el sentimiento; monografía de mi inteligencia para fortalecerla, y estímulo de la voluntad para formarla” (Diarios, Juventud: 23 de sept. 1866, medianoche).

Como se observa en ese texto y es común en todos sus escritos, Hostos asumió el lenguaje, la escritura y la lectura como actividades esenciales del proceso de la realización de su ser, su carácter y su historia. Por eso delata signos de ansiedad y angustia propios de una persona en búsqueda de definición de su vocación y de su perfil intelectual.

Al respecto, Juan Bosch afirma en su obra Mujeres en Hostos (1938):

“Producto de su razón fue el ideal del hombre perfecto, en el cual trabajó, sobre sí mismo, minuto tras minuto, sin un solo desmayo. Ahora bien, si el perfecto es aquel que con más propiedad encarna las disposiciones de la naturaleza, lógico es que sea él quien mejor responda a esa ley inflexible que ordena al hombre completar su realidad física y espiritual uniéndose a la mitad que le corresponde.”

Él se hacía una imagen de su persona que no lograba forjar; vivía concentrado en sus comportamientos; en lo que hacía, en lo que leía, en cómo pensaba.

Se observa insatisfecho de sí mismo, de cómo él se veía a sí mismo. Le preocupaba, sobre todo, ser demasiado imaginativo y soñador y poco racional, como puede verse en la década de 1860-1870, en la cual se autocriticaba, no sintiéndose a gusto con su carácter.

Hostos se queja del abandono intelectual en que vivió durante un tiempo. Busca ser menos imaginativo, menos soñador, desarrollar la fortaleza racional, pero atribuye las dificultades para lograrlo a rasgos personales que considera negativos en la formación de su carácter.

Habla, en primer lugar, de su vocación literaria. Le siguen el orgullo y la timidez. Así lo expresa en este pasaje de uno de sus diarios (1866):

“La vocación literaria; el orgullo y la timidez que han formado mi carácter; la falta de emulación; mi rebeldía contra todo formalismo, fueron las causas determinantes del abandono intelectual en que he vivido.” (Diarios, 1866, septiembre 26, 12 h noche).

Esa lucha por modelar su carácter se manifiesta en su sentido crítico, muy desarrollado contra sí mismo y contra su entorno, lo cual le imprime, con mucha frecuencia, un tono amargo a sus textos.

Así, en general, podríamos decir que, sin importar los géneros, los escritos de Hostos pertenecen al modo dramático. En sus textos, en su relación con el lenguaje y el pensamiento, él asume el rol del personaje trágico.

Manuel Matos Moquete

Manuel Matos Moquete. Fecha de nacimiento: 6 de abril de 1944. Lugar: Tamayo, provincia Bahoruco, República Dominicana. Profesor, escritor, investigador. Escritor-Docente-Investigador. Doctor en Literatura, Universidad París VIII, París, 1982. Especialidad: análisis del texto literario: poética, temática, fantasmática. Orientación científica: Translingüística y Análisis del Discurso. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de República Dominicana, 1992. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Lengua, 2000. Premio Nacional de Literatura 2019.

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