En 1927, la fundación de la Academia de la Lengua fue un acontecimiento auspicioso para la enseñanza del español como lengua materna. Representaba la más alta atención por parte de la sociedad y el Estado acerca de las necesidades y los problemas que en torno a esta entonces se planteaban.
Las orientaciones de épocas anteriores continuaron en la enseñanza de la lengua, aunque con cambios de designaciones y de algunos contenidos. En la enseñanza primaria la asignatura Lenguaje cambió de nombre, empezó a llamarse Lengua Castellana (Lenguaje Práctica); en la secundaria predominó la enseñanza de la gramática bajo la asignatura Castellano, hubo un reforzamiento de los estudios gramaticales.
Hay que resaltar el mantenimiento de la clase de retórica, pero no como asignatura, sino como contenido de la asignatura Castellano. En esa época el indicador más relevante de los cambios en la enseñanza de las letras lo constituyó la asignatura Historia de la Literatura, que poco a poco tomaba el espacio llenado desde épocas anteriores por la asignatura Retórica y Poética.
Desde el siglo XIX, la enseñanza de la literatura estuvo integrada a la enseñanza de la lengua, en forma de fábulas, leyendas, etc. en la expresión oral; también en la lectura de trozos literarios en verso y en prosa. Llegó la clase de composición y con ella se amplió su presencia en los ejercicios de lectura y redacción.
Luego, poco a poco, en el bachillerato fue apareciendo la asignatura Historia de la Literatura. La presencia de la literatura como disciplina en la enseñanza del español se encontraba en esa situación cuando los hermanos Max y Pedro Henríquez Ureña ocuparon las funciones de mayor principalía en la educación dominicana a principio de la década del 30, quienes dieron a esa disciplina el impulso decisivo en la escuela dominicana.
En Max predominó la perspectiva histórica. Fue una novedad la asignatura Literatura Patria. El concepto de literatura comparada fue también una novedad. La manera de priorizar la literatura del país, estudiando la hispanoamericana y la española solo en relación con aquella, implicaba un concepto altamente histórico (o historicista como sostenemos en otra obra) de parte del autor de Panorama histórico de la literatura cubana, Panorama histórico de la literatura dominicana y Breve historia del modernismo, obras que testimonian de la visión dominante acerca de la literatura en el quehacer literario de Max Henríquez Ureña.
Si Max Henríquez Ureña debe ser considerado como un gran reformador del sistema educativo dominicano en la década del treinta, su hermano Pedro debe ser tenido como el modernizador de los estudios de letras en República Dominicana.
El plan de estudios de la carrera de letras en la Universidad de Santo Domingo es un testimonio del impulso dado por Pedro Henríquez Ureña a la renovación de la enseñanza de la lengua y la literatura en el país, profundizando los cambios introducidos por Max. En dicho plan se advierten tres orientaciones: universalidad, historicidad y cientificidad.
La renovación de los estudios de letras se observa en: la visión histórica y científica y en el fortalecimiento de la capacidad práctica y teórica de los estudiantes.
En el conjunto de las disposiciones adoptadas por Pedro Henríquez Ureña con respecto a la enseñanza de la lengua, Castellano en las Escuelas Normales, Lengua Española en la enseñanza secundaria, se revelaba con claridad un pensamiento renovador de las letras en la educación dominicana, a tono con los grandes conocimientos y con las experiencias que este gran humanista había acumulado en otros países en base a sus escritos y a sus prácticas docentes.
El programa de enseñanza de la lengua de Pedro Henríquez Ureña superó los anteriores planes de estudios. A la vez puso en evidencia una progresión continua en la renovación de las concepciones, los contenidos y las estrategias de la clase de lengua, incorporando también aspectos ya establecidos en esa enseñanza.
La conceptuación de la nueva clase de literatura, los contenidos y las estrategias de lengua española oficializados en ese periodo constituyeron los cambios más radicales en el siglo XX en los estudios de letras en República Dominicana.
Por primera vez, se distinguieron y especificaron la clase de lengua y de literatura, pues la tradicional asignatura Poética y Retórica asumía las dos subáreas. En ese programa se superaron también la concepción y la nomenclatura de la gramática, actualizando su enseñanza acorde con las orientaciones más actuales. Sobre todo, se superó el concepto de que la gramática castellana era el núcleo, sinónimo de la clase de español.
En los estudios primarios la clase de lectura y escritura, así como de español propiamente dicho, conocido también como lenguaje, se habían implantado y codificado de tal manera que en el país como en toda América hispánica se usaban los mismos métodos, planes de estudios semejantes, y con frecuencia los mismos libros de textos y de consulta.
La enseñanza de la literatura había superado la antigua clase de retórica y poética, orientándose hacia las dos vertientes principales que trajo la modernidad en los inicios del siglo XX: el estudio directo mediante la lectura de obras literarias completas y el estudio histórico a través de la consideración de la literatura como realidad cultural diversa: literatura dominicana, hispanoamericana, española y universal.
Ese fue el balance recibido por las administraciones educativas que sucedieron a Pedro Henríquez Ureña. También por los intelectuales que, desde el inicio de la Era de Trujillo, en 1930, fueron el soporte cultural de ese régimen.
Con solo ojear la larga lista de la intelligentsia durante la Era de Trujillo, elaborada por Manuel Núñez en su obra Peña Batlle en la Era de Trujillo (2007), puede uno darse cuenta de que un buen número de los más connotados intelectuales nació a finales del siglo XIX y que, por tanto, recibió una formación primaria, secundaria y universitaria acorde con ese estado de la enseñanza de la lengua anterior a la escuela de la época de Trujillo.
Entre esos intelectuales están: Rafael Vidal Torres (1894-1992), Rafael Estrella Ureña (1899-1945), Julio Ortega Frier (1888-1953), Max Henríquez Ureña (1885-1968), Virgilio Díaz Ordóñez (1895-1969), Francisco Prats Ramírez (1898-1968), Arturo Logroño (1891-1949), Ramón Emilio Reyes (1886-1970), Manuel de Jesús Troncoso de la Concha (1898-1955), Vicente Tolentino Rojas (1883-1959).
Varios de los nombrados fueron los protagonistas de los cambios en la educación dominicana, antes o durante la época iniciada en 1930: Julio Ortega Frier, Max Henríquez Ureña, Virgilio Díaz Ordóñez, Arturo Logroño, Ramón Emilio Reyes.
El interés de observar esos datos es el de situar los frutos vivos de la educación anterior a Trujillo a fin de que se comprenda que el país no estaba desprovisto de institución y conocimientos sólidos. La escuela dominicana era una realidad creada pieza a pieza décadas atrás por Eugenio María de Hostos.
Otros intelectuales nacidos a principios del siglo XX que conformaban una generación más joven que la anterior, llegaron también a la Era de Trujillo con su formación hecha.
Cuando Trujillo ascendió al poder y cuando pudo formar la escuela dominicana a la imagen de su régimen, ya esos intelectuales eran reconocidos en la sociedad. No debieron su aprendizaje a los planes de estudios establecidos en los años treinta.
Eso es válido también para los intelectuales que se opusieron a la política de Trujillo, muchos de los cuales fueron al exilio. Tomemos algunos nombres de los nacidos a principios del siglo XX, adeptos o no a Trujillo: Emilio Rodríguez Demorizi (1904-1986), Manuel Arturo Peña Batlle (1902-1954), Juan Isidro Jiménez Grullón (1903-1983), Tomás Hernández Franco (1904-1952), Rafael Feliberto Bonnelly (1904-1979), Pedro Troncoso Sánchez (1904-1989), Pedro L. Vergés Vidal (1903-1981), Pedro René Contín Aybar (1919-1981), Joaquín Balaguer (1906-2002), Juan Bosch (1909-2001), Luis Julián Pérez (1909-1999).
Ninguno de los nombrados de los nacidos a finales de siglo XIX o de los nacidos a inicios del siglo XX aprendió lengua y literatura en base a los planes de estudios que se establecieron durante ese régimen de gobierno. Todos llegaron con su gramática, con su lenguaje en su lectoescritura y con su literatura aprendida. Incluso con las concepciones educativas y los métodos de enseñanza desde los tiempos de Hostos y sus discípulos de la primera generación.
Juan Bosch es el ejemplo más elocuente de un intelectual formado antes del sistema escolar de Trujillo. Nacido en 1909, autodidacta, empezó a destacarse en los textos desde 1929; en 1933 escribió el libro de cuentos que lo proyectó como uno de los escritores más importantes del país: Camino Real.
En 1933, cuando Pedro Henríquez Ureña dejó la Superintendencia General de Enseñanza, la enseñanza del español ya se había formado y consolidado. La clase de lengua era un área ya constituida en el aspecto conceptual, es decir en los planes de estudios y los contenidos de la enseñanza. Poco se agregó después en esos aspectos.
Con todo, el desarrollo de la clase de lengua fue indetenible. Luego de Pedro Henríquez Ureña, la enseñanza del español en el país adquirió un curso diferente a la situación descrita anteriormente. Faltaba una tarea muy importante por acometer: fortalecer la gestión educativa y normativizar la enseñanza del español.
Aunque iniciados años atrás, esos aspectos caracterizaron las acciones educativas desde el arribo de Ramón Emilio Jiménez a la Superintendencia General de Enseñanza en 1934 y sobre todo a raíz del nuevo mandato presidencial de Trujillo y la creación de la Secretaría de Educación, Bellas Artes y Cultos en 1935. A ese funcionario le cupo la responsabilidad de poner en práctica en el ámbito educativo la filosofía y la política de lo útil, lo práctico y lo vernáculo, que caracterizaron la Era de Trujillo.
Con base en ese modelo de pensamiento se fue acrecentando la ruptura con la concepción humanística e intelectualista de Hostos y Pedro Henríquez Ureña, y la educación desde entonces se encauzó hacia dos orientaciones: el impulso de las escuelas vocacionales, cuyo paradigma fue la Escuela de Bellas Artes, y el enfoque normativista en la enseñanza primaria y secundaria.
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