“Escribí mi primer cuento a mano, no tenía maquinilla ni sobre y lo envié al concurso del grupo La Máscara en una funda de colmado de despachar arroz”, rememora el escritor dominicano, que ha publicado veintisiete libros.
Rafael es de Miches y no tuvo que irse muy lejos para construir el mundo de ficción que está en sus libros. Lo tenía todo adentro, en los ojos, en la sangre y en el alma. Y un día, impulsado por la inspiración y auspiciado por los vientos del recuerdo, tomó una libreta y se puso a escribir.
A su papá le decían Chachá y no era un hombre de letras. Era agricultor, un agricultor que vivía a la orilla del mar. Y cuando presentaba a Rafael ante sus amigos decía: de mis hijos, él es el menos apto para la agricultura. Lo de él es otra cosa. Era la literatura.
Su primer cuento fue La culebra de Guaco. Lo escribió después de leer los Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, de Juan Bosch, y lo hizo a mano; no tenía maquinilla de escribir y un amigo tuvo que pasárselo. Eso fue en el año 1969 y con él ganó mención en el premio de La Máscara.
Él quería ser escritor, pero un escritor sin maquinilla estaba incompleto. Así que un día, cuando empezó tomar las cosas más en serio, fue a una compraventa y adquirió una. “Si iba a ser escritor necesitaba una maquinilla de escribir”. Su sonrisa y su recuerdo de ese hecho van juntos. De ahí, de esa vieja maquinilla y de los pequeños tambores que sonaban en sus teclas, salió Punto por punto (Editora Colonial, 1983), su primer libro de cuentos.
Después escribió la novela Residuos de sombra, donde narró la historia de un médico mentalmente perturbado a consecuencia de las torturas que recibió en una cárcel trujillista.
“Residuos de sombra -explica- plantea lo que queda después de la dictadura, las secuelas: muchachos sin padres, mujeres viudas, frustraciones, gente atormentada”.
Después vinieron historias que huelen a mar, narraciones que llevan adentro los recuerdos de aquellos tiempos en que los muchachos, bañados de salitre, mojaban sus pies con los marullos, que es el seudónimo que le tienen en Miches a las olas bravas cuando llegan al litoral, y el tiempo en que los micheros provocaban a María la O, diciéndole María la O / tu mai e puta / y la mía no.
También publicó A la orilla del mar (Cocolo Editorial, 1997), un libro para niños con historias de peces, pescadores y cangrejos.
Según consta en sus libros, el arrullo del mar, el lamento de los ahogados y los misterios de la inmensidad, son parte de su infancia.
Para los habitantes de Miches, el mar es mujer, es la mar, y con ella todos los micheros, escritores o no, tiene una tormentosa relación. Y fue de ahí, de esa relación con el mar y sus leyendas, y del mar y sus misterios, fue que nació una de sus principales novelas: Pedro el Cruel. Es la historia de un hombre condenado a vagar por los siglos de los siglos por haber matado a su mujer y que, como parte de su errancia, pasaba seis meses en tierra y seis meses.
Rafael Peralta Romero (Miches, 1948) tiene veintisiete obras publicadas, entre ellas, seis novelas, once libros de cuento, cinco poemarios y varios de ensayo.
Rafael Peralta Romero escribe mirando al sur. Vive en un piso alto, en un punto de Santo Domingo, esta ciudad que fue construida con hilachas de asombro, y cada día, envuelto en silencio de sus libros y arruado por el himno de su mecedora, cumple con el ritual de ver las tardes morir. “Según cambia los colores, también cambia la ciudad”, dice hablando consigo mismo.
Aquí esta su historia y aquí están las historias de sus historias.
¿Qué sonido recuerda del Miches de su infancia?
El sonido del mar. Los muchachos de Miches le llamábamos a las olas marullo.
Yo nací a tres cuadras del mar, a unos doscientos metros. En un momento mi papá, que era un hombre de la tierra, se metió en un negocio con un amigo de él, hicieron el chinchorro más grande de la historia de Miches, que por eso fracasó, por grande.
El chinchorro salía a la mar y nosotros teníamos que esperarlo en la playa. Cuando llegaban, la carga de peces se repartía. La primera repartición era dividirla entre dos, una porción para el dueño y otra para los operarios. Había uno que se quedaba en la yola mientras tiraban las redes. Él era como el capitán, manejaba la yola. Se llamaba Zenoncito.
¿Qué beneficio deja a un escritor nacer y crecer a orillas del mar?
El mar ha sido siempre un elemento llamativo para los escritores, sobre todo para los poetas. Vivir en una aldea de gente que cree en mitos, que cree en cosas, es un mundo muy particular. Eso favorece mucho a un narrador.
Con lo de nacer y crecer a la orilla de la mar yo no me puedo quejar porque le saqué provecho, escribí un libro solo sobre esa temática, que es la colección de cuentos que titula A la orilla de la mar. Además, cuando apareció novela Los tres entierros de Dino Bidal, Manuel Mora Serrano, que fue el presentador, vio que era el inicio de la novela del mar que estábamos esperando. Según su apreciación, aquí no se escribe del mar en la narrativa, no obstante que vivimos rodeados de mar, por un lado, el Atlántico y por el otro el Caribe.
Los poetas aluden y le cantan a la mar, sin embargo, no hay mucha narrativa. En ese libro se narran escenas del mar, una pelea entre un tiburón y Dino Bidal, por ejemplo. Dino Bidal era un hombre fuerte que no le tenía miedo a nada, y un tiburón llega a la orilla y Dino Bidal se le encarama encima, armado de un cuchillo. Se narra la batalla entre el hombre y el pez. Él le mete el cuchillo entre la espalda y la cabeza y lo hiere y se ve la sangre, y la gente en la orilla asustada, quizá creyeron que era sangre humana.
¿Los pescadores, con su vocación de espera, son de los grandes olvidados de la literatura dominicana?
No te equivocas. La narrativa dominicana ha privilegiado la vida del campesino, luego evoluciona hacia lo urbano y enfoca la diversidad de personajes que caracterizan la sociedad urbana, políticos, prostitutas, policías, vagos y rufianes. El pescador ha sido enfocado de soslayo. Ni siquiera en Miches, La Romana, Samaná, Baní, Pedernales, zonas de abundante actividad pesquera, se le da suficiente protagonismo en la obra literaria. Los servidores del mar están tocados tangencialmente.
¿Hay una psicología del mar? ¿Es decir, el que nace a orillas del mar se lleva el mar adentro adonde quiera que vaya?
Me gustaría responderte con palabras del poeta Víctor Villegas. Villegas nació en San Pedro de Macorís y decía que tenía que ir a ver el mar todos los días porque el mar era parte de él y él era parte del mar.
Yo introduje las palabras que Villegas no dijo, porque yo compuse frases que él dijo supuestamente, pero que él no la va a negar porque él, en mi novela, habla en forma poética. Él dice entre el mar y yo existe una consustanciación. Esa palabra es casi exclusiva de la fe católica. Porque la consustanciación es la relación de Jesucristo con la Eucarística. Jesucristo es el pan y el vino. Yo le atribuyo a Villegas haber dicho eso porque todo el mar para él era indispensable.
Me acaba de llegar el título de un libro de Enrique Eusebio, un poeta que murió relativamente joven: Desde la presencia del mar hasta el centro de la vida, un gran título. Él era de Santo Domingo, que también tiene su porción de mar.
¿En el mar de Miches también vivía María?
Si, en Miches los muchachos decíamos María la O tu mai e puta y la mía no, y nos echábamos para atrás cuando venía el marullo. Allá se cantaba eso como un desafío a la mar, nos parecía que se irritaba e intentaba tomar represalias. Nuestra seguridad, además de la inocencia, radicaba en que pisábamos tierra y éramos conscientes de que no nos alcanzaría.
¿En el Miches de su infancia había muchas leyendas?
Si, claro, leyendas y sobre todo supersticiones. La leyenda más notoria es la de Pedro el Cruel, que dio para una novela. Había otras creencias que quizá no tienen el nivel de leyenda, como es el caso de creer que si en el río cae un pelo de caballo se convierte en un pez anguilla.
También decían que no se puede vestir un bebé entre dos personas y eso lo asocian con la muerte. Otra: al bebé no se le puede pasar por una ventana pues sale ladrón. Cuando le hacen gracia al bebé y le dicen que es bello hay un peligro, el peligro de que le hagan mal de ojo.
¿Como usted empezó a escribir?
Antes de que yo escribiera algo, un agrónomo de Moca que servía en Miches al Banco Agrícola se hizo amigo de mi padre. Vivía en una pequeña pensión y encontró en mi padre, Alejandro Peralta, una persona para tomar café y hablar. Mi papa no era un intelectual, ni siquiera un profesional, pero que hablaba y no se amedrentaba ante los inteligentes. Mi padre llamaba inteligente a toda persona que había cursado estudios superiores. El agrónomo se llamaba Rafael Espinal.
Un día mi padre le dijo que entre sus hijos yo era el menos apto para la labor agrícola, y el agrónomo le respondió que yo iba a ser el literato de la familia.
En el octavo grado a los estudiantes les daban una clase de literatura, que consistía en biografías de escritores dominicanos.
En una campaña que hicieron unos seminaristas de la diócesis de La Altagracia en mi pueblo yo dije que quería ser escritor y que quizás eso me impedía decidirme para ser sacerdote. Y un seminarista llamado Parménides me explicó que del clero han salido grandes escritores. Y en la época del siglo XVI, XVII, XVIII, en la lengua española los escritores generalmente eran sacerdotes. Yo dije, bueno, si yo puedo ser sacerdote y escritor y me voy al semanario.
El seminario es el sitio donde conozco una biblioteca. El padre Felipe, el obispo que murió en diciembre de 2025, era director espiritual y nos puso a comentar un texto bíblic, me dijo que yo debía cultivar el estilo. Lo dijo porque yo manejé un comentario bíblico con algún humor, traduje expresiones que están en la Biblia a la lengua coloquial y a él le gustó.
Yo veía unas convocatorias que se hacían cada año a un concurso de cuentos del grupo La Máscara y un día, en 1969, participé.
En Miches circuló una información de que en un lugar llamado Guaco, que era una parte agrícola, pero en la playa, andaba una culebra cuya cabeza era equivalente en dimensión a la cabeza de una vaca. Entonces yo dije voy a escribir eso como cuento.
En esos días llegó a Miches un estudiante universitario que tenía el libro Cuentos escritos en el exilio, la edición que contiene los Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, se lo tomé prestado por unas horas. Leí losAapuntes y el cuento La Nochebuena de Encarnación Mendoza.
Escribí la historia de la culebra con cosas que yo puse de ficción y la envié a La Máscara. No tenía sobre y lo puse en una funda de colmado de las que se usaban para despachar el arroz. Ganó una mención, que para mí era un premio grande.
Fue el primer cuento enviado desde un pueblo, un muchacho que no sabía ni escribir a maquinilla, que buscó quien se lo pasara. Federico Henríquez Gratereaux era presidente del jurado y durante mucho tiempo me saludó como el autor de La culebra de Guaco.
Se publicó en el año 1969 en un volumen titulado Cuentos premiados 1969 por el Movimiento La Máscara.
Después vienen los estudios superiores. Estudiar redacción en la carrera de Comunicación Social y ser miembro del MCU (Movimiento Cultural Universitario) me sirvió mucho. Pero yo tengo que esperar hasta el año 1983 cuando público mi primer libro de cuentos titulado Punto por punto.
Punto por punto es un libro de mucha micheridad. Muchas historias contadas ahí se originaron en Miches. Por ejemplo, el cuento que da título al libro y que ha ganado muchos comentarios, parte de una anécdota de un conocido hombre de Miches que cuenta una historia a los amigos sin que nadie pudiera saber qué fue lo que realmente le ocurrió.
Cuando publiqué ese libro le dije a unos amigos -Bruno Silié y Rafael García Bidó- escritores residentes en San Pedro de Macorís, que mi próximo libro de cuentos se titularía Diablo azul para narrar la incursión en Miches de los soldados gringos durante la ocupación del 1916 en Miches.
El cuento Diablo azul narra maldades que ellos hacían, como robarse una gallina, pero no ir de noche a robársela, sino ver una gallina, dispararle con su arma de militar y llevársela, coger un caballo prestado a la fuerza y por igual, violar mujeres.
Ahí se narra una pequeña venganza. Una mujer, una prostituta que estaba afectada de gonorrea se fue al río a bañarse por donde sabía que iban a pasar los soldados gringos, y todos la usaron violentamente. La venganza de ella se dio, pues todos quedaron infectados, lo que significa, desde luego, una venganza “patriótica”.
El nombre de Diablo azul se origina porque había un soldado de la invasión, que era el colmo de los malos. Tenía un tatuaje en un brazo con el diablo dibujado, con esa tinta azul que eran los tatuajes de antes. Mientras muchos hombres se dibujaban un corazón herido o una mujer con una figura bella ahí, en su muñeca o en su brazo, este tipo tenía dibujado el mismo diablo y el pueblo le puso por nombre Diablo Azul.
Fue derrotado porque un día, en un billar, se puso de necio, y un señor llamado Dionisio de la Cruz le pegó dos bolazos
Contra el síndrome de la novela única

¿Como empezó a escribir novelas?
Cuando ingresé a la universidad y me hicieron el test de inteligencia o de aptitudes, me preguntaron qué cosa que nunca había hecho me gustaría hacer y yo respondí escribir una novela. Ellos consideraron que yo era un aspirante a escritor y me recomendaron estudiar letras o periodismo. Y estudié periodismo.
Tenía cerca de veinte años de terminar los estudios en la UASD cuando escribí y publiqué la novela Residuos de sombra, que tiene que ver con la dictadura de Trujillo, pero con el final de la dictatura.
Cuando yo llegué a la capital me establecí en el barrio Los Mina y vi un hombre extraño en la ropa y en el comportamiento. Era un médico a pesar de su mal aspecto y poca higiene. Estaba alocado y una enfermera me dijo a ese hombre lo que le pasa es que lo torturaron en la Aviación y se quedó así. Él era un excelente médico. Y dije: ahí está mi novela.
Residuos de sombra plantea lo que queda después de la dictadura, las secuelas: muchachos sin padres, mujeres viudas, frustraciones, gente atormentada. Publiqué mi novela en 1997.
Los dominicanos padecemos algo que los críticos literarios han llamado el síndrome de la novela única, que los escritores dominicanos publicaban una novela, Galván una novela; Marrero una novela, Cestero una novela, hasta que se empezó a romper eso con Amelia Francasci, con Marcio Veloz Maggiolo y después con Doi Gautier.
Por eso, cuando yo publiqué mi primera novela dije yo quiero superar el síndrome de la novela única. No quiero morir y publicar una sola novela. Eso me impulsó a que en el 2000 publicara Los tres entierros de Dino Bidal, una novela que narra un crimen ocurrido en Miches, en la playa de Guaco.
Había un hombre que en la realidad se llamaba Domingo Belén. Pero este personaje en mi novela se llama Dino Bidal. Le encargaron una gran porción de terreno, unos extranjeros que adquirieron esa tierra, y después desistieron del proyecto que iban a realizar, que era un ingenio azucarero.
Unos señores que estaban por ahí dijeron ¿y este señor se va a quedar con toda esa tierra? y decidieron salir de él. Hicieron un plan y se lo plantearon a un cabo de la guardia que era jefe de un pequeño destacamento que había en esa playa y lo mataron los guardias por paga. Lo mataron y lo enterraron tres veces. Nada más te voy a contar un entierro, el primer entierro. Frente al cuartelito hicieron un hoyo y metieron el cadáver ahí.
El cabo Martínez, un sujeto ambicioso y perverso, involucró a los otros guardias sin ellos tener participación en el negocio.
Después intervienen las autoridades y se investiga el crimen. Jorge Martínez Lavandier era el fiscal, él me lo contó todo. La novela está escrita casi como él la contó, más elementos que necesita poner el autor, porque nadie puede contar una novela tal como te la cuentan. Tiene que agregar, tiene que cambiar el orden a algunas cosas y algo muy importante, aplicar elementos de enlace para dar cohesión a la historia.
Esa es mi segunda novela, publicada en el año 2000. Después de Los tres entierros de Dino Bidal vino un tiempo de muchos cuentos. Escribí Cuentos de visiones y delirios, un grupo de narraciones fantásticas que yo las escribí más o menos igual, cuando escribía Diablo azul. Iba a ser un solo libro, y cuando vi que había tantos cuentos fantásticos decidí separarlos y agregarle más cuentos a cada volumen.
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