La irrupción de Liza Collado en el panorama poético del país ha sido vertiginosa. Desde su primer poemario publicado en 2025, Amor a contraluz, hasta Todavía (Sial Pigmalión, Madrid, 2026) —y que me corresponde presentar hoy en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá—, su voz se transforma de modo más firme y preciso. Desde ya se inserta, con voz propia y auténtica, en la tradición del presente, de una sensibilidad poética que persigue la originalidad, a partir de la escritura de una obra lírica matizada por la reflexión del lenguaje. Sus versos y sus frases poéticas apuntan a una forma sintáctica del poema como reflejo de una pasión contenida, pero cargada de sentimiento y aprendizaje de la vida emocional.
Su poesía encarna y define la ilusión de una obra poética esencialmente autobiográfica y personal. Este libro representa la dignidad del yo femenino, en su plenitud. El padre, el matrimonio, la ciudad, el trabajo, la casa, el hogar, la soledad o el amor participan como ejes de mediación y pretexto de su escritura. Así pues, Liza Collado transforma la experiencia cotidiana del presente y la memoria del pasado en palabras cargadas de sabiduría y emoción. Resuenan, en efecto, en su voz, los ecos sensibles y apasionados de su mente incandescente y su corazón herido por las vicisitudes y los avatares de la vida cotidiana y la relación de pareja. Las anécdotas vividas y los hechos del pasado los transforma en imágenes y símbolos cifrados y en visiones de la desilusión, pero se convierten en fortaleza en su espíritu femenino. Collado transforma así los detalles y los gestos diarios en reflexión poética y materia prima o sustancia de su estro lírico. Su libro contiene una poesía que se alimenta de las miradas y se nutre de la experiencia sensible. El aprendizaje del dolor y su transfiguración lo troca en materia del conocimiento, en memoria, en sustancia del olvido voluntario como cura de lo perdido. La escritura aquí actúa como catarsis del espíritu y evasión de la culpa y el dolor del recuerdo. Nuestra poeta funda, pues, un mundo poético basado en la reflexión poética del lenguaje. Su poesía, en cierto modo, se vuelve existencial y de matiz ontológico. Es decir, en ontología del deseo y la culpa, voluntad y perdón, en la que se entreteje y teje —o entrelaza— su universo de símbolos poéticos.
En este poemario, la figura del padre ejerce un poder de imantación imaginario muy poderoso, que se convierte en fuente de inspiración. El padre ausente y los recuerdos de la paternidad actúan como motivo o impulso de creación en su sensibilidad poética. Elegía al padre, elogio y homenaje, diálogo imaginario, soledad y desarraigo, nostalgia de lo perdido, memoria contra olvido: así se lee y percibe el mundo que erige y construye, con palabras sensibles, Liza Collado en este poemario del dolor y el amor. Este libro participa como el poema de la hija al padre ausente, en clave de homenaje y gratitud, en forma de monólogo rítmico: en elegía y oda de la memoria. Se trata de una poesía intimista, reflexiva, introspectiva, de la pasión y la emoción: de la moral de la palabra. Es así una poesía sensible, sensorial, es decir, escrita con los sentidos y la memoria del corazón: poesía de la vida cotidiana, de la cotidianidad. El silencio aquí habla y significa. El sentimiento refleja sabiduría. La experiencia duele y se vuelve aprendizaje sensible del dolor, la pérdida y la ausencia.
Hay ecos y voces invisibles del pasado y la memoria del tiempo:
"La vida me ha dejado cicatrices que ya no duelen solo brillan cuando el sol insiste", dice.
Sabiduría de lo visible y de la experiencia cotidiana, canto más de experiencia que de inocencia, este libro se lee como una radiografía del desencanto y la promesa de un ser femenino que anhela y desea la redención de su espíritu vital. Es, en cierto sentido, una poesía conversacional que funciona como autoayuda y resiliencia de la autora, donde el yo poético expresa sus deseos y se sumerge —o se hunde— en la nostalgia del dolor y la pérdida. Le duele la memoria y también los recuerdos. La memoria se vuelve aquí materia prima de su imaginación poética. Los versos fluyen en un ritmo vertical entre el silencio y las palabras. Amor y desamor, apego y desapego entran en diálogo de atracción y repulsión. Es poesía moral que reivindica una ética de la vida y del amor. Representa una poesía de la pérdida y del abandono: refleja la dignidad y la valentía del sujeto poético. En fin, poesía de la separación entre el amor y el desamor. O entre el amor ideal y el desamor real, y en el que la muerte del erotismo y el deseo encarna un drama personal femenino del amor entre parejas.
Su padre la enseñó a leer el mundo y, como tal, este libro se convierte en un diálogo con su memoria y su voz:
"Mi padre escribía con la paciencia del que ama, con un lápiz breve y un cuaderno de lluvia. Decía que las calles también necesitan gramática, que un saludo bien dicho puede detener una tormenta", afirma.
Con estos versos, la poeta se revela deudora de la sabiduría que le dio origen a la poesía en la clasicidad griega, cuando surgió del asombro y del misterio de la palabra. Lo hace al articular y tejer versos que encierran una enorme sabiduría filosófica, de la cual se nutrió la poesía en su nacimiento poético. Liza Collado explora y desvela la sabiduría ancestral que albergan las cosas cotidianas y los pequeños detalles de la vida humana. Diálogo con su voz y su figura, los poemas iniciales de este libro son así una reminiscencia de su memoria sentimental.
"El tiempo, ese huésped invisible, ha dejado su abrigo en la silla del alma. No entra ni sale: respira conmigo", dice.
Estos poemas también se leen como diálogo con la soledad en un mundo de palabras sensibles. Es decir, recrea el cosmos del drama social y de las relaciones humanas.
Dice la poeta:
"Porque cuando uno deja de sentir, el mundo se vuelve una sombra amable, y hasta la tristeza se acomoda como si fuera hogar".
Todavía es libro de la derrota y de la pérdida. Y de ahí que reivindique las cenizas y la tristeza sobre la alegría, y el dolor del recuerdo. Postula una nueva forma de amar ante las caídas y el ardor del amor herido y del alma rota. Aquí la escritura poética sirve de catarsis y terapia, evasión y escape resiliente de lo trágico. El poema se vuelve clamor y canto, grito secreto y callado. Rabia contenida y cicatriz que antes fue herida. Así pues, con la escritura, su ser poético, después de arder, calla y sana las heridas del dolor. De ese modo, el amor quema, pues es llama azul que enciende la herida del mundo, pero que el tiempo, como gran escultor, cura y olvida. Es poesía del rencor y del silencio como terapia de la culpa.
"Aprendí que hay heridas que florecen con el tiempo, que la tristeza también es maestra y que uno no sana cuando olvida, sino cuando comprende", dice la poeta.
Liza Collado explora con su sensibilidad en el territorio de la mirada sensible y del tacto certero. Ausculta en la temperatura fría o cálida del cuerpo y el alma. Así vemos y percibimos el deshielo del amor o la muerte de la llama de la pasión amorosa. Las estaciones en su mundo poético son representadas por el frío y la tristeza, y las cosas se revelan por su rumor. En la recreación simbólica del mundo que hace, el hombre está ausente. Es decir, el amado se vuelve invisible y se esfuma en el silencio y el olvido. La raíz de gran parte de la composición de los poemas del libro Todavía está atravesada por parábolas, metáforas y metonimias que se expresan como trampas y acertijos de la imaginación. Hay más fe y calma que furia y rabia; o, más bien, una ira contenida por la sabiduría a la manera del estoico o el budista.
Este poemario es una larga elegía del amor y el desamor, del amor y sus avatares y desdichas. Se lee como la historia de una relación amorosa y de un hogar de amor no correspondido. Es la anatomía de un abandono voluntario como búsqueda de felicidad y de paz. En este libro abundan ideas y reflexiones sobre el amor como en pocas obras en nuestra tradición poética. No es un poemario erótico ni de erotismo. Es, más bien, un poemario del amor puro, clásico, del amor en una sola dirección, del amor asimétrico. Es poesía amorosa en su mejor acepción.
Hay en este texto dos ausencias: el padre fallecido y el esposo ausente. Dos figuras masculinas que ejercen un poder de evocación particularmente determinantes en su vida personal. Así pues, Liza Collado ha dado en la llaga del amor y en sus cicatrices dolorosas. Es decir, ha puesto el dedo en la herida del amor y en el fuego del desamor. Con este libro, nuestra poeta y comunicadora ha pisado con pie firme en el espacio y el tiempo de la pasión amorosa y en la poesía de amor.
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