El sentimiento de descontento en Duarte con la dominación haitiana acrecentó cuando tuvo la posibilidad de examinar y/o conocer de cerca los procesos políticos norteamericano, inglés, francés y español, con los que tuvo contacto directo en su viaje por esos países.. Estas experiencias y los conocimientos adquiridos le hicieron ver con más claridad que nuestro país debía transitar camino independiente y separarse de Haití para no caer jamás en brazos de país extranjero alguno.
Las utopías son los más bellos estandartes de los pueblos, ya que sintetizan las ideas más avanzadas de cada época –que, aunque irrealizables en las circunstancias en que se las concibe, tienen amplias posibilidades de convertirse en realidad en condiciones materiales y sociales más propicias-. Por ello, no sin razón, nuestro gran humanista Pedro Henríquez Ureña ha dicho que un pueblo sin utopía es un pueblo sin esperanza en el futuro. O más textualmente: “La palabra utopía, en vez de flecha destructora, debe ser nuestra flecha de anhelo”[1].
En torno a cómo hacer realidad las utopías, Henríquez Ureña nos recuerda:
"No es ilusión la utopía, sino creer que los ideales se realizan sobre la tierra sin esfuerzo y sin sacrificio. Hay que trabajar. Nuestro ideal no será la obra de uno, dos o tres hombres de genio, sino de la cooperación sostenida, llena de fe, de muchos, innumerables hombres modestos; de entre ellos surgirán, cuando los tiempos estén maduros para la acción decisiva, los espíritus directores; si la fortuna nos es propicia, sabremos descubrir en ellos los capitanes y timoneles, y echaremos al mar las naves".[2]
Una idea clave resalta en la cita anterior: la concreción de la utopía es el resultado de la participación activa de todo un pueblo, no la obra de uno, dos o tres genios, por más preclaros que estos sean. Al mismo tiempo nos dice que los conductores de ese proceso surgirán del pueblo mismo, en la medida en que se le vaya dando forma a la obra y estén dadas las condiciones para su edificación definitiva. Entonces, del conjunto de los hombres modestos -principales arquitectos de todo proceso social-, saldrán los capitanes y los timoneles que conducirán las naves a buen puerto.
Algunas utopías se quedan exclusivamente en las lindes nacionales, mientras que otras las trascienden para convertirse en regionales o universales. El caso de las utopías regionales se nos hace patético en Simón Bolívar, José de San Martín, Francisco Morazán, José Martí, Eugenio María de Hostos, Emeterio Betances, Gregorio Luperón y Pedro Henríquez Ureña, entre otros, quienes soñaron (¡y quizás no será sólo un sueño!) ver a nuestra América convertida en una Patria Grande, para que nuestro continente, convertido en una Patria Única, pueda ser el eje del mundo: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”[3], sentenciaba Martí.

En esa misma línea de pensamiento, el Quijote de la Identidad Americana, Henríquez Ureña, apunta lo siguiente:
"Si nuestra América no ha de ser sino una prolongación de Europa, si lo único que hacemos es ofrecer suelo nuevo a la explotación del hombre por el hombre (y por desgracia, esa es hasta ahora nuestra única realidad), si no nos decidimos a que ésta sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación: Sería preferible dejar desiertas nuestras planicies y nuestras pampas si sólo hubieran de servir para que en ellas se multiplicaran los dolores humanos, no los dolores que nada alcanzará a evitar nunca, los que son hijos del amor y la muerte, sino los que la codicia y la soberbia infringen al débil y al hambriento. Nuestra América se justificará ante la humanidad del futuro cuando, constituida en magna patria, fuerte y próspera por los dones de la naturaleza y el trabajo de sus hijos, dé el ejemplo de la sociedad donde se cumple ´la emancipación del brazo y de la inteligencia.´ En nuestro suelo nacerá entonces el hombre libre, el que, hallando fáciles y justos los deberes, florecerá en generosidad y en creación".[4]

"¡He aquí la esencia de La Utopía de América de Henríquez Ureña!: La creación de una Magna Patria, resultado de una Gran Confederación de Repúblicas Independientes, donde se respeten las peculiaridades propias de cada una de ellas, pero teniendo como norte la prosperidad material y espiritual, el bienestar colectivo, el ideal de justicia social, la libertad plena, el desarrollo cultural integral, el respeto a la multiculturalidad y la emancipación del brazo y la inteligencia de todos sus hijos e hijas. Pero que, para hacerla realidad, Henríquez Ureña insiste en recordarnos: “Hay que trabajar con fe, con esperanza; todos los días. Amigos míos: a trabajar.”[5]
De las utopías universales tenemos algunos ejemplos: en la antigüedad griega, la República del inmenso Platón, mediante la cual se buscaba que los filósofos fueran quienes gobernaran las polis o ciudades-Estados, por considerar que eran los más capaces, los que tenían dominio pleno de los conocimientos teóricos, prácticos, espirituales y ético-morales; en la época moderna, la Utopía del humanista inglés Tomás Moro (1478-1535), mediante la cual plantea un modelo de sociedad colectivista, donde todo fuera producido por todos en beneficio de todos; la Ciudad del Sol del sociólogo y filósofo italiano Tommaso Campanella (1568-1639), en la que concibe un tipo de sociedad similar al planteado por Moro, solo que, a diferencia de éste, le confería suma importancia a los adelantos técnicos, y la perspectiva de los socialistas utópicos ingleses, franceses e italianos (Robert Owen, Henri de Saint-Simon, Robert Owen, Charles Fourier, Étienne Cabet, Augusto Blanqui, François -Graco- Babeuf y Filippo Buonarroti), quienes buscaban crear un espíritu colectivo y una transformación pacífica de la sociedad a través de la educación.
A diferencia de aquellas, la utopía del patricio Juan Pablo Duarte tiene una raigambre esencialmente nacional (aunque sin obviar lo regional y lo universal, en tanto latinoamericano y ser humano). De ahí que sus ideas tengan el necesario arraigo respecto de la realidad que exigía Martí: “Las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz y de ser de suelo afín, para que prendan y prosperen.”[6]
Así, el ideal duartiano, en tanto cumple con esas exigencias (y contando con un mayor desarrollo cultural y político de nuestro pueblo) se presenta con amplias posibilidades de prender y crecer en los corazones más nobles y sensibles: los corazones de la juventud y de los diferentes sectores con sensibilidad patriótica, teniendo como norte la construcción de una República Dominicana totalmente libre, independiente y soberana, donde se garantice el bienestar pleno, la justicia social y la equidad de todos los ciudadanos y las ciudadanas del país.
1.- Génesis de la Utopía de Duarte
Juan Pablo Duarte y Diez nació en el seno de una familia que tuvo como síndrome la migración y el exilio, en ocasiones por razones económicas y, en otras, por razones políticas. Esto se evidencia en el caso de su padre, Don Juan José Duarte Rodríguez, quien nació en Vejer de la Frontera, provincia de Cádiz, España, el 15 de septiembre de 1768, hijo de Don Manuel Duarte y Jiménez y Doña Ana María Rodríguez Tapia.

A finales del siglo XVIII, Don Juan José Duarte Rodríguez llega a la parte Este de la Isla de Santo Domingo, donde cinco años más tarde contrajo matrimonio con Doña Manuela Diez Jiménez, nativa de Santa Cruz del Seibo. Ella nació el 16 de julio de 1786, hija a su vez de Don Antonio Diez Bayllo y Doña Rufina Jiménez Benítez.
Hacia el año 1801, cuando el líder de la Revolución Haitiana, Toussaint L’Ouverture, asume el control de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo en nombre de Francia, en virtud de lo estipulado en el Tratado de Basilea, Don Juan José Duarte y Doña Manuela Diez emigran a Mayagüez, Puerto Rico, donde nace su hijo mayor Vicente Celestino Duarte y Diez, hacia el año 1802.
La familia Duarte y Diez regresó al país procedente de Puerto Rico en 1811, tras la conclusión de la Guerra de la Reconquista que había encabezado el hatero de la común de Cotuí, Don Juan Sánchez Ramírez. A partir de ese momento la parte Este de la Isla de Santo Domingo volvió a ser colonia española en virtud de lo estipulado en el Acta de Bondillo, donde se consignaban cinco importantes resoluciones, a saber:
“Artículo primero: La Junta, en nombre del pueblo de la parte Española de la Isla de Santo Domingo, a quien representa, reconoce, como lo tiene reconocido, al señor Don Fernando 7º. por legítimo Rey y Señor natural y, por consiguiente a la Suprema Junta Central de Madrid, en quien reside la Real Autoridad.
Segundo: en atención al mérito que se ha adquirido, siendo el Caudillo y motor de la gloriosa empresa de librarse al pueblo de Santo Domingo del vergonzoso yugo del tirano Napoleón, Emperador de los franceses, y en vista de la protección que por su mérito ha conseguido del señor Don Toribio Montes, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, Gobernador, Intendente y Capitán General de la Isla de Puerto Rico, la Junta nombra por Gobernador político y militar e Intendente interino a Don Juan Sánchez Ramírez, Comandante General del Ejército Español en Santo Domingo, hasta la aprobación de S.A.S. la Suprema Junta Central de Madrid.
Tercero: El Gobernador en lo sucesivo convocará los miembros de la Junta siempre que lo tenga a bien y será el Presidente de ella, en la inteligencia de que esta solo queda con voz consultiva, y la decisiva solo pertenecerá al Gobernador.
Cuarto: El sistema administrativo y orden judicial continuará como antes hasta la toma de posesión de la Plaza de Santo Domingo, que se hará una organización provincial arreglada a las Leyes del Reino y Ordenanzas Municipales.
Quinto: El Gobernador prestará antes del ejercicio de sus funciones, en presencia de la Junta, juramento de fidelidad a S.M. y de obediencia a las leyes españolas.[7]
Tras juramentarse ese mismo día, en correspondencia con lo establecido en el artículo quinto del Acta de Bondillo, Sánchez Ramírez pasó a ser gobernador de una colonia que era a su vez gobernada por la colonia peninsular España, ya que en ese momento estaba bajo el dominio del imperio francés que encabezaba Napoleón Bonaparte, a través de su hermano José Bonaparte.
La colonia de Santo Domingo había quedado totalmente destrozada y con una miseria generalizada, en virtud de las constantes guerras que se habían escenificado desde 1793 -como consecuencia de la guerra que libraban Francia y España en Europa por disputas territoriales que concluyeron con el Tratado de Basilea en 1795, mediante el cual España cede la parte Este de la Isla de Santo Domingo a Francia-, hasta diciembre de 1808, fecha en que concluye formalmente la Guerra de la Reconquista.
Sánchez Ramírez no estuvo en capacidad de afrontar esa situación adecuadamente, ya que se vio obligado a entregar una gran cantidad de recursos económicos y parte de la producción de madera preciosa de la colonia por el apoyo militar recibido tanto del capitán general Toribio Montes de Puerto Rico como de la Armada Inglesa de Barlovento, con asiento en Jamaica.
La calamidad pública en que quedó la colonia de Santo Domingo fue de tal magnitud que se vio precisada a buscar apoyo en las finanzas de la Metrópolis, pero la contribución no fue suficiente para encarar los grandes retos y el Capitán General tuvo que recurrir hasta a la venta de esclavos para cubrir los sueldos de sus funcionarios. Esto contribuyó a que rápidamente se produjera un clima de inconformidad y descontento generalizado con el recién renovado viejo orden colonial, a lo que se agregó el nepotismo puesto en práctica por Sánchez Ramírez, quien colocó en diferentes cargos públicos y posiciones militares a sus parientes, amigos y relacionados.
Con apenas meses en el poder, Sánchez Ramírez tuvo que afrontar varias conspiraciones. La primera fue encabezada por Manuel del Monte, un pariente cercano del Comisario Regio Francisco Javier Caro, el cual fue descubierto, reducido a prisión, sumariado y remitido posteriormente a España, aunque sin mayores consecuencias, ya que el mismo pudo retornar a Santo Domingo posteriormente, en virtud de la gran influencia que ejerció su pariente ante la Corte Real.
Otra conspiración importante la dirigió el cubano Fermín García, en 1809, quien tramaba declarar a Santo Domingo independiente de España. Este fue acusado de sedicioso y encerrado por espacio de siete años en la Fortaleza la Torre del Homenaje, cargado de grillos en los pies y en las manos, antes de ser embarcado hacia la Península Ibérica.
Hubo, igualmente, un intento de complot de cuatro sargentos franceses que intentaron darle un golpe de Estado a Sánchez Ramírez para restituir el dominio francés en la Colonia de Santo Domingo, pero fracasaron en su acción y fueron fusilados.
La más importante rebelión armada del período fue la que ocurrió a medianos de 1810, en la que estaban involucrados extranjeros y dominicanos, inclusive, algunos altos oficiales del ejército.
La acción armada se conoce en la historia dominicana como la “revolución de los italianos”, por el rol que jugaron algunos oficiales de la península itálica que habían desertado del recién desalojado ejército francés y se habían establecido en el país, como fueron los casos de Emilio Pezzi, Galo y Gazotti.
Asimismo, participaron varios venezolanos, haitianos, boricuas y dominicanos, entre ellos: el caraqueño José Ricardo Castaño, el haitiano José Foló, el puertorriqueño José Ramírez y los dominicanos Ciriaco Ramírez, Cristóbal Húber Franco y Salvador Félix. Esto llevó a pensar a las autoridades que se trataba de un movimiento independentista similar al que se había producido en Caracas el 19 de abril de 1810.
La sublevación fue delatada por uno de los involucrados, el mulato boricua nombrado Juan José. Sus principales implicados fueron procesados por un tribunal dirigido por el propio Capitán General Sánchez Ramírez, siendo algunos condenados a prisión, otros deportados y cuatro de ellos llevados a la horca y fusilados.
En medio de esa situación de tensión permanente y dificultades de todo tipo, el Gobernador Sánchez Ramírez enferma de hidropesía o retención de líquido en los tejidos, muriendo varios meses después: el 11 de febrero de 1811.
Tras la muerte de Sánchez Ramírez, asumen el poder interinamente el Coronel Don Manuel Caballero y Masot, como Gobernador, y el licenciado José Núñez de Cáceres, como Teniente de Gobernador, Asesor Jurídico e Intendente Político, quienes tuvieron que enfrentar varias rebeliones por no querer liberalizar el país acorde con los cambios que se habían producido en España, cuando las Cortes Generales aprobaron y promulgaron el 19 de marzo de 1812 la Constitución de Cádiz, resultado de la guerra popular de liberación que libraron los españoles contra la ocupación de España por las tropas napoleónicas francesas, al mando del general José Bonaparte.
En la Constitución liberal de Cádiz se eliminaron los tribunales de la Santa Inquisición y se abrió la posibilidad de que los blancos, los mulatos y los negros libres nacidos en Hispanoamérica pasaran a ser ciudadanos españoles con derecho a elegir, ser elegidos y enviar representantes a las Cortes.
Es así como, reivindicando esos derechos, un grupo de negros libertos y esclavos de las comunidades de Mendoza y Mojarra, localizadas en la parte oriental de la ciudad de Santo Domingo, dirigidos por Pedro de Seda, José Leocadio, Pedro Henríquez, María de Jesús y otros, se plantearon desarrollar un movimiento insurreccional armado. Este fue delatado por uno de sus integrantes, siendo sus principales cabecillas ahorcados, descuartizados y sus restos fritos en alquitrán, con lo cual se pretendía aterrorizar a los demás negros y mulatos que tuvieran planeadas nuevas rebeliones.
Caballero y Masot y Núñez de Cáceres, se mantuvieron interinamente en el poder desde el 11 de febrero de 1811 hasta el 7 de mayo 1813, sin lograr encarar con éxito los acuciantes y graves problemas por los que atravesaba la colonia de Santo Domingo.
Meses antes del traspaso de mando, el 26 de enero de 1813, nació el niño Juan Pablo Duarte en la ciudad de Santo Domingo y fue bautizado el 4 de febrero de ese mismo año, siendo sus padrinos: el señor Luís Méndez y su esposa, señora Vicenta de la Cueva.
En aquel año, el catedrático de la Universidad de Santo Domingo, doctor Andrés López de Medrano, escribió el primer libro de lógica y filosofía que se produjo en el país, intitulado Lógica. Elementos de Filosofía Moderna Destinada a la Juventud Dominicana, bajo el patrocinio del Arzobispo de Santo Domingo Don Pedro Valera y Jiménez, que sería publicado en el año 1814 por la Imprenta de la Capitanía General de Santo Domingo, que para entonces ocupaba el Mariscal cubano Carlos Urrutia y Matos. A propósito, en la Comisión Oficial de Recibo del Nuevo Gobernador de la colonia de Santo Domingo el 7 de mayo de 1813, Mariscal Don Carlos Urrutia, estuvieron los intelectuales y altos funcionarios del gobierno colonial y municipal, licenciado José Núñez de Cáceres y doctor Andrés López de Medrano.
Don Juan José Duarte, por aquellos años, había trabajado tesoneramente en su almacén de venta de artículos marítimos para barcos y efectos ferreteros en general, ubicado en las proximidades del puerto de Santo Domingo, específicamente en la calle de La Atarazana, hoy calle Las Damas. Negocio único en su ramo en toda la ciudad de Santo Domingo, con el que logró acumular una importante fortuna en bienes inmobiliarios y dinero, de los cuales antes de morir entregó a Duarte una casa ubicada en la calle Isabel La Católica, que el patriota vendió posteriormente para obtener recursos para la conspiración revolucionaria. En su matrimonio con doña Manuela Diez, Don Juan José Duarte Rodríguez procreó a Vicente Celestino, Juan Pablo, Manuel, Filomena, Rosa Protomártir y María Francisca.
Una de las primeras medidas adoptadas por el gobierno de Urrutia tras asumir el cargo en mayo de 1813, consistió en estudiar conjuntamente con el licenciado José Núñez de Cáceres la forma de suprimir la circulación del papel moneda, decisión que asumió al poco tiempo argumentando que lo mejor era sustituirlo por monedas de cobre para atender la exigencia de los militares que solicitaban se les pagaran sus sueldos en dinero metálico. Esta medida perjudicó enormemente a los propietarios y comerciantes que habían acumulado una gran cantidad de papel moneda, lo que llevó a muchos de ellos a la quiebra, ya que aunque el gobierno se comprometió a dar una justa y adecuada indemnización, no pudo cumplir cabalmente con su promesa por las limitaciones financieras en que se desenvolvía.
La realidad colonial era bastante difícil: el gobierno no tenía recursos para pagar a propietarios y comerciantes, porque la producción agropecuaria del país era insuficiente para convertir la cosecha en dinero efectivo. Esto lo vislumbró con gran claridad el Mariscal Urrutia, razón por la cual adoptó la disposición de que todos los habitantes de Santo Domingo hicieran conucos en los frentes y en los patios de sus casas y lo sembraran de frutos menores para enfrentar la escasez alimentaria que padecía la colonia.
La medida hubiese resultado enteramente satisfactoria, si en lugar de fomentar la pequeña y mediana propiedad en la ciudad de Santo Domingo y sus alrededores, el Gobierno hubiese estimulado la producción agropecuaria a mediana y a gran escala en todo el territorio, destinada tanto al comercio local como al comercio exterior, para obtener las divisas requeridas por la colonia española para suplirse en el extranjeros de los bienes necesarios. Al centrarse en la población capitaleña, la cual estaba acostumbrada a las comodidades burocráticas citadinas, al trabajo de los esclavos y a ejercer empleos que no implicaran grandes esfuerzos físicos, no se obtuvieron totalmente los resultados esperados y, en cambio, los habitantes se mofaban del Gobernador, denominándolo bajo el mote de “Carlos Conuco”. Sólo en el Cibao se cultivaban productos agrícolas para la exportación, siendo el tabaco la base de la economía de esa zona del país, mientras que en el Sur y en el Este primaban el corte de madera preciosa y la ganadería, como las actividades económicas básicas.
Otras medidas de seguridad ciudadana y convivencia social, adoptadas por el gobierno del Mariscal Urrutia, orientadas a combatir la delincuencia, la vagancia y la perturbación de la tranquilidad ciudadana, no fueron del todo bien recibidas por la población de Santo Domingo y de otros puntos del país. Observemos lo que nos dice el escritor Manuel Antonio Machado Báez al respecto:
"Se prohibían bailes de noche en las calles y plazas. Solamente se permitían en las casas de familias las vísperas de días festivos o en las pascuas, hasta la una de la noche. No se daban licencias para sacar por las calles toros con veta. En los cafés, ‘confiterías, tabernas, fondas y otras casas públicas’ se prohibían los juegos. Después de la prima noche nadie podía pararse embozado en las esquinas, plazas o contornos de la casa de ningún vecino. No se permitían músicas, ni serenatas al son de la guitarra después de las diez de la noche. Los campesinos no podían usar armas durante su estada en la capital. Todas las tiendas, almacenes, salas de villar debían mantener un farol a la puerta de sus negocios y se prohibían en los barrios las cantinas los días de fiestas. Las personas que violaban esas rigurosas y ridículas disposiciones eran detenidas y condenadas al pago de una multa de cuatro pesos, que era aplicada a los pobres de San lázaro y de la Cárcel, o llevadas a trabajar a las plantaciones de frutos menores establecidas en las tierras del Égido, de las cuales el pintoresco mariscal se había adueñado".[8]
No obstante, es importante destacar que al término de su mandato hacia 1818, cuando el Mariscal Urrutia fue designado Gobernador de Guatemala, la agricultura de los alrededores de la ciudad de Santo Domingo estaba en auge y, consecuentemente, el comercio evidenciaba una reanimación importante. De igual modo, la vagancia y la delincuencia habían logrado una disminución considerable, como resultado de las disposiciones relativas a la convivencia social y a la seguridad ciudadana, adoptabas anteriormente.
Urrutia en su mandato dispuso la reapertura de la Universidad de Santo Tomás de Aquino hacia el año 1815, pasando a ser su rector el licenciado José Núñez de Cáceres y convirtiéndose en uno de los centros de educación superior más codiciados de América Latina y el Caribe, en aquella época, debido al estado de agitación política en que estaban inmersos diferentes países hispanoamericanos, en procura de lograr su independencia frente a España.
Tal como refiere Franklin Franco, entre 1815 y 1823 estudiaron en esta universidad alrededor de 237 estudiantes, procedentes de diferentes nacionalidades de América Latina y el Caribe: 88 dominicanos, 72 puertorriqueños, 47 venezolanos y 30 cubanos. Esto lo que atribuye Franco al hecho de que:
"Una buena proporción de terratenientes, comerciantes y burócratas suramericanos, atemorizados por el clima de intranquilidad que se comenzó a vivir en aquellos lugares, enviaron a sus hijos al exterior a continuar sus estudios, para salvarlos de la ‘vorágine’ que allí comenzaba. La mayor parte fue mandada a la Península, pero una pequeña proporción, sobre todo de Venezuela, llegó a Santo Domingo para continuar sus estudios e ingresó a la Universidad de Santo Tomás de Aquino. Y detalle importante: el número de estudiantes extranjeros fue creciendo aquí en la misma medida que se incrementaba la lucha independentista en Hispanoamérica. Por ese motivo, tan pronto fue ordenada la reapertura de la Universidad, comenzó el flujo migratorio estudiantil que no se había registrado en mucho tiempo".[9]
En el año 1818, asume el poder el Brigadier Sebastián Kindelán, quien tuvo que afrontar una gran escasez de dinero, tal como le había ocurrido a Urrutia, para pagar las acreencias del Estado. Esto le llevó a tocar las puertas del Gobierno de La Habana y de la Corte Real, sin lograr los resultados esperados.
El Gobernador, tratando de paliar la situación, hace una nueva emisión de papel moneda para cumplir con los sueldos de los funcionarios civiles y militares y con otras responsabilidades del Estado, pero el remedio fue peor que la enfermedad, ya que los productores y comerciantes preferían dejar dañar sus productos y mercancías y no recibir ese dinero totalmente devaluado e inorgánico.
Hacia el año 1819, Duarte tenía apenas 6 años de edad, momento en que su hermana Rosa Duarte refiere ya había aprendido sus primeras letras y recitaba de memoria todo el catecismo, lo que refleja que Juan Pablo fue un niño bastante despierto, con una gran capacidad memorística y con una acendrada devoción hacia la doctrina cristiana. Veamos en detalle lo que nos dice Rosa Duarte al respecto:
"Siendo muy niño su madre le enseñaba el abecedario, la Sra. de Montilla íntima amiga de su madre, quiso ser ella la que lo enseñara a leer. Su madre aceptó el amistoso ofrecimiento, y con dicha Sra. a la edad de seis años sabía leer, y de memoria recitaba todo el catecismo: sus padres dispusieron entonces ponerlo en la escuela de varones, la criada que lo cuidaba y lo amaba con idolatría le puso la pluma en la mano para que no le dieran palmetas, el maestro lo elogió mucho porque su primera plana no tuvo que corregirle. De esa escuela pasó a la del Señor Manuel Aybar, persona muy instruida y sus alumnos eran los más adelantados. Su mucha aplicación le granjeaba siempre el cariño y la estimación de sus maestros que lo presentaban a sus demás discípulos, como modelo de aplicación y de buena conducta. En dicha escuela fue siempre primer decurión, distinción que sus condiscípulos veían sin envidia, pues todos lo amaban por su carácter dulce y afable. Los pocos conocimientos que adquirió fueron debidos a su amor al estudio (hablando el Pbro. Dr. José Antonio Bonilla, sobre la facilidad que tenía Duarte para comprenderlo todo, el Pro. Dr. Gutiérrez le contestó: Duarte posee un talento natural, si hubiera nacido en Europa, a esa edad sería un sabio".[10]
Las dotes naturales de Duarte para el estudio, así como su carisma entre los maestros y condiscípulos, permiten afirmar que desde muy niño fue una persona con condiciones excepcionales para lograr en la vida todo lo que se propusiera. El tiempo se encargaría de confirmarlo, llegando a convertirse en la figura más importante de su país, la República Dominicana, tanto para aquellos que lo admiraban y siguieron sus pasos, como para todos aquellos que le odiaban, persiguieron y deportaron de su suelo natal a perpetuidad.
En este período, la crisis económica, social y política de la colonia se profundizó, lo que fue caldo de cultivo para que, incluso, altos funcionarios de la burocracia colonial, como en el caso del Auditor de Guerra Núñez de Cáceres, estuvieran conspirando abiertamente para derrocar el régimen colonial y establecer un nuevo orden político y constitucional, que estuviera en consonancia con los nuevos aires de autonomía e independencia que se respiraban en México, Suramérica y Centroamérica.
La crisis revolucionaria de esos años se llevó de encuentro al brigadier Sebastián Kindelán y viene a sustituirlo en mayo de 1821 el brigadier Pascual Real, el cual trató de desactivar las acciones conspirativas que se urdían desde las mismas filas del Gobierno, tratando de ganar para su causa al Jefe del Batallón de los Morenos, Coronel Pablo Alí, a través del ofrecimiento de ascensos y cartas de ciudadanía a él y a varios de sus capitanes.
Sin embargo, el hecho de que Alí y su gente no reunían los requisitos establecidos en la Constitución de Cádiz para lograr la Carta de Ciudadanía le permitió a Núñez de Cáceres reconquistar al Jefe de los Morenos para la causa independentista, logrando a su vez incorporar al Comandante del Ejército del Sur, Don Manuel Carvajal; al Capitán de Caballería, Vásquez, y a otros importantes comandantes militares.
En la noche del 30 de noviembre de 1821, Núñez de Cáceres, Pablo Alí y el Batallón de los Pardos y Morenos arrestan al Gobernador y Brigadier español Pascual Real. De esa manera, el 1º. de diciembre de 1821 queda constituido formalmente el Estado Independiente de Haití Español, para diferenciarlo de la República de Haití, pasando a ejercer la presidencia del Gobierno Provisional, el licenciado Núñez de Cáceres.
El recién posesionado mandatario desplegó grandes esfuerzos en procura de incorporar el nuevo estado bajo el amparo de la Gran Colombia que presidía Simón Bolívar, para lo cual envió a Antonio María Pineda como emisario. El general de hombres libres de América del Sur se encontraba en esos momentos en en Venezuela, reorganizando su ejército para la ofensiva final que debía desplegar tras el triunfo de la Batalla de Carabobo del 24 de junio de 1821, hasta lograr la victoria definitiva en 1823 con la Batalla Naval del Lago de Maracaibo y la toma del Castillo de San Felipe de Puerto Cabello.
Bolívar se enteró de todo lo que había ocurrido en Santo Domingo, el 8 de febrero de 1822, apenas un día antes de la consumación de la ocupación militar del presidente haitiano Jean Pierre Boyer, quien en comunicación de la fecha muestra de acuerdo con el movimiento independentista encabezado por José Núñez de Cáceres.
No obstante, no hay que olvidar el apoyo que le había dado el presidente liberal haitiano Alexander Petión a Simón Bolívar en favor de la causa independentista de Sudamérica. Petión era partidario de la tesis louverturiana de la indivisibilidad de la Isla de Santo Domingo, expresada en la frase: “La Isla de Santo Domingo es una e indivisible”. Por esta razón se puede estimar como poco probable que aun cuando la comunicación hubiese llegado a tiempo a mano del libertador Bolívar, él estuviera inclinado a favorecer totalmente la causa de Núñez de Cáceres en detrimento de los planes del gobierno haitiano y que aceptara como miembro de plenos poderes al recién proclamado Estado Independiente de Haití Español en la Gran Colombia.

El presidente de Haití, Jean Pierre Boyer, estaba muy atento a los acontecimientos de Santo Domingo, quien tras lograr la reunificación de su país hacia el año 1820 con la derrota del rey tropical Henri I y al contar con importantes aliados a lo largo de la frontera, estimó que la ocasión era propicia para darle concreción al ideal de Toussaint L’Ouverture de la indivisibilidad de la Isla de Santo Domingo. Boyer tenía en sus manos el control de la situación, ya que entre diciembre de 1821 y enero de 1822 logró que los pueblos de Santiago, Puerto Plata, Cotuí, La Vega, San Francisco de Macorís, Azua, San Juan de la Maguana y Neiba se pronunciaran en favor de la unificación total de la Isla. Es por eso por lo que el 11 de enero de 1822 envía una comunicación bastante dura al presidente Núñez de Cáceres, en la que le dice, entre otras cosas, las siguientes:
"Yo voy a hacer la visita de toda la parte del Este con fuerzas imponentes, no como conquistador (no quiera Dios que ese título se acerque jamás a mi pensamiento), sino como pacificador y conciliador de todos los intereses en armonía con las leyes del Estado. No espero encontrar por todas partes sino hermanos, amigos e hijos que abrazar. No hay obstáculo capaz de detenerme".[11]
En una comunicación del 19 de enero de 1822, después de analizar que no tenía otra salida que rendirse ante la fuerza arrolladora de Boyer y su ejército de más de 12 mil hombres, Núñez de Cáceres le expresaba haber leído el mensaje que le había remitido a los jefes militares y a la municipalidad, razón por la cual habían acordado “todos unánimemente en colocarse al amparo de las leyes de la República de Haití.”[12]
El 9 de febrero de 1822 se produce la ocupación de la parte Este de la Isla de Santo Domingo por el presidente de Haití, Jean Pierre Boyer, y las tropas de su ejército. Boyer fue recibido a las 7 de la mañana de ese día en la Puerta del Conde por parte de los miembros del Cuerpo Municipal, quienes se dirigieron al Palacio Consistorial de Santo Domingo y en un acto protocolar el licenciado Núñez de Cáceres procedió a entregar las llaves de la ciudad, con el propósito de significar que el primer centro urbano colonial de América se sometía a su dominio.
Boyer reiteró en aquella ocasión los términos de su carta del 11 de enero de 1822, en el sentido de que no se trataba de una conquista y que los sentimientos que le animaban eran “los de un padre, un hermano y un amigo que viene a abrazar con todo el afecto de su corazón, a los nuevos haitianos que se han unido a la familia.”[13] De esa manera, desaparece el Estado Independiente de Haití Español y la Isla de Santo Domingo completa pasa a ser gobernada por las clases dominantes haitianas.
Don Juan José Duarte Rodríguez, el padre de Juan Pablo Duarte y Diez, era un hombre de un temperamento y un carácter sumamente fuertes. Estos rasgos de su personalidad fueron los que le llevaron hacia el año 1822, momento en que se produce la ocupación haitiana, a ser el único comerciante español de la parte Este de la Isla de Santo Domingo que se negó a firmar el manifiesto de adhesión a Haití. Desde entonces no fue bien visto por las autoridades haitianas, lo que explica el que siempre estuvieron pendientes de todos los pasos que daba la familia Duarte y Diez.
Cuando se produce este hecho, Duarte tan sólo tenía 9 años de edad, pero la actitud asumida por su padre tuvo una impronta indiscutible en él, ya que la misma fue muy comentada en el seno de su familia. Ésta tenía un gran ascendente social en la ciudad amurallada, razón por la cual la actitud de don Juan José frente a los haitianos se constituyó, por aquella época, en la comidilla de todo Santo Domingo, por la valentía mostrada.
En sus Apuntes Rosa Duarte nos sigue retratando el ambiente social y educativo donde desarrolló su adolescencia y juventud su hermano Juan Pablo, cuando expresa:
"Los pocos conocimientos que adquirió fueron debidos a su amor al estudio estimulado por el laudable propósito de ilustrarse para poder liberar su patria; él tuvo la desgracia que al llegar a la edad de la razón su patria gemía bajo la ominosa dominación haitiana. El gobierno haitiano cerró la Ilustre Universidad permitiendo tan sólo algunas escuelas en donde se enseñaba lo apenas necesario para el exiguo comercio que allí se hacía, y más tarde al fin de su oscurantísimo reinado permitió una escuela pública donde se enseñaba el francés. En la Escuela del Sr. Manuel Aybar aprendió a leer, escribir, Gramática Castellana, aritmética y teneduría de libros. Con Monsieur Bruat estudió el francés, y más después el inglés con Mr. Groot. Su padre para complacerlo lo mandó a viajar con un amigo, que iba para el Norte de América y pensaba de ese punto dirigirse a Europa. En New York siguió aprendiendo el inglés, y empezó a estudiar Geografía Universal con Mr. W. Davis que le daba clase a domicilio; del Norte pasó a Inglaterra, de Inglaterra a Francia, desembarcó en el Havre, y siguió directamente a París, en donde se perfeccionó en el francés, de Francia pasó a España por Bayona. Barcelona fue la última ciudad de España que visitó y su punto de partida para América; a su llegada a Puerto Rico encontró un buque que lo trasladó inmediatamente a Saint Thomas y de allí a Santo Domingo en donde fue recibido con alborozo por sus padres y parientes, y sus consecuentes amigos que lo eran sus amigos de infancia, sus compañeros de estudio. Entre las personas que fueron a felicitar a sus padres por su feliz regreso se encontraba el Sr. Dr. Manuel María Valverde (Padre) muy amigo y estimado de la familia, después que el Dr. lo abrazó le preguntó qué era lo que más le había llamado la atención y agradado en sus viajes: ‘los fueros y libertades de Barcelona’, le contestó, ‘fueros y libertades que espero demos nosotros un día a nuestra patria’. Sus palabras fueron acogidas con entusiasmo por la juventud que le rodeaba. El Dr. Valverde también entusiasmado le dijo: en tan magna empresa cuenta con mi cooperación".[14]
Esto quiere decir que el origen de la utopía de Duarte es necesario buscarlo en sus primeros años de juventud, período en que comenzó a enjuiciar con ojos críticos la dominación de nuestro país por parte del gobierno haitiano de Boyer.
La referencia más exacta que tenemos de la hostilidad de Duarte hacia el régimen haitiano es el mes de junio del año 1829, momento en que se dirigía a estudiar al exterior cuando apenas tenía 16 años de edad, en compañía de Don Pablo Pujol, los hijos de éste y sus dos sirvientas.
Ante la pregunta capciosa del capitán del bergantín norteamericano George Washington, míster John Haradan Jr., en que viajaba Duarte, en torno a si éste era haitiano o de otra nacionalidad, a lo que respondió en un inusual tono colérico y en forma tajante: Yo soy dominicano.

De acuerdo con investigaciones recientes realizadas por las hermanas Leonor y María Teresa Ayala Duarte González, el joven Juan Pablo se embarcó por el puerto de Santo Domingo con sus acompañantes en el mes de junio de 1829 y tras una larga travesía arribó a los puertos norteamericanos y europeos siguientes: Puerto de Providence (Rhode Island, Estados Unidos), en el bergantín George Washington el 2 de julio de 1829; puerto de Nueva York en la Goleta Olympus, el 10 de julio de 1829; después del viaje trasatlántico entre América y Europa llegan al puerto de Southampton, Inglaterra, el 26 de agosto de 1829; al puerto de Londres el 3 de septiembre de 1829; al puerto de Havre, Francia, el 11 de septiembre de 1829; a París, el 25 de septiembre de 1829 y, a su destino final, Barcelona, España, en octubre de 1829,[15] donde Duarte duró alrededor de dos años estudiando y conociendo la realidad española, para regresar nuevamente a su país el mes de noviembre de 1831.
El sentimiento de descontento en Duarte acrecentó cuando tuvo la posibilidad de examinar y/o conocer de cerca los procesos políticos norteamericano, inglés, francés y español, con los que tuvo contacto directo en su viaje por esos países, aunque fuera someramente. Estas experiencias y los conocimientos adquiridos le hicieron ver con más claridad que nuestro país debía transitar camino independiente y separarse de Haití para no caer jamás en brazos de país extranjero alguno.
En su texto La Ideología Revolucionaria de Juan Pablo Duarte, el escritor Juan Isidro Jimenes-Grullón, después de analizar cada una de las corrientes en boga en los países que el patricio visitó transitoriamente y en aquel en que se estableció de forma definitiva, sostiene que las corrientes que más influyeron en la formación de su ideología transformadora fueron el liberalismo, el romanticismo y el nacionalismo, al tiempo que descarta que tuviera algún tipo de relación directa con el enciclopedismo, la ilustración y otras corrientes filosóficas en boga en Europa, debido a que, según su consideración:
"Esas doctrinas apenas habían llegado a España, donde la filosofía seguía obedeciendo a los cánones de la escolástica, y es poco probable que durante su corta permanencia en Inglaterra y Francia pudiera estudiar las concepciones de un Locke, un Hume, un Condillac y las de los materialistas mecanicistas franceses. Era para entonces demasiado joven y carecía de las bases culturales imprescindibles para dicho estudio. En lo que respecta a la visión del hombre y su historia, hay que admitir que la corriente que más influyó en él fue la del romanticismo. Para la captación de este lo preparaban sus iniciales estereotipos dinámicos y la evidente primacía que en su psiquismo tenía lo afectivo. Es más: esta primacía explica -al menos parcialmente- que se solidarizara con la concepción de la libertad individual propugnada por el liberalismo".[16]
Estimo que aunque Duarte no tuviera la posibilidad de estudiar los textos fundamentales de los liberales ingleses y los enciclopedistas e ilustrados franceses, pudo percibir en el ambiente y en el trato con la gente los aires de libertad y progreso que se vivía por aquella época en Inglaterra y Francia. Asimismo, no debemos olvidar que por aquella época estaban muy en boga en España las obras ilustradas de los escritores españoles Luís Vincent-Vives y Fray Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro. De manera, que no se puede descartar de forma tajante, que Duarte tuviera algún tipo de contacto e influencia directa o indirecta de las ideas ilustradas. Además, recuérdese que hacia el año 1814 en el país el doctor López de Medrano había publicado un libro de lógica en que se hacía referencia a los precursores del liberalismo y de la ilustración Francis Bacon, John Locke, David Hume, Georg Berkeley, René Descartes y Esteban Bonnot de Condillac, así como al ilustrado moderado español Feijoo y Montenegro.
A su regreso, cuando se le presentó la primera oportunidad de manifestar su firme y decidida oposición al régimen haitiano, Duarte la aprovechó sin titubear. Se entera de que José María Serra estaba regando pasquines clandestinos contra el gobierno haitiano, le busca y se integra con él a desarrollar esa actividad de manera decidida.
Duarte entendió que esa era la ocasión propicia para empujar hacia delante su ideal utópico: lograr la independencia total y absoluta de República Dominicana. Así lo confirma su hermana Rosa Duarte, cuando afirma:
"Duarte desde su regreso a su patria no pensó en otra cosa que en ilustrarse y allegar prosélitos; él era de una constitución delicada, por lo que demostraba mucho menos edad de la que tenía; las gentes le dieron a la revolución el nombre de la revolución de los muchachos, pues a más de que la mayor parte eran muy jóvenes, el que hacía de jefe no representaba diez y ocho años…
"Año 1834.- Empezó a estudiar latinidad con el Pro. Dr. Dn. Juan Vicente Moscoso, y también Historia y continuó los estudios de Geografía Universal. Empezó más después a estudiar las matemáticas y el dibujo con Mr. Calié. Se ocupaba también de aprender la música, con Dn. Antonio Mendoza aprendió la flauta; su instrumento favorito fue la guitarra. Bajo la dominación haitiana el que podía costear su uniforme y su armamento pertenecía a la Guardia Nacional; así fue que principió su carrera militar de furrier de su compañía, la revolución seguía su curso y el año de mil ochocientos treinta y ocho, el diez y seis de julio, a las once de la mañana, acompañado de un gran número de patriotas inauguró la revolución bajo el Lema Sacrosanto de Dios, Patria y Libertad, República Dominicana, jurando libertar la patria o morir en la demanda".[17]
Es evidente que Duarte tenía la conciencia de que para conducir un proceso revolucionario adecuadamente era necesario adquirir una formación integral que le permitiera dotarse de una visión amplia y profunda sobre el mundo y la realidad concreta que pretendía transformar. También tenía bastante claro que para lograr el triunfo de la causa independentista frente a un ejército tan poderoso como el haitiano era esencial entrenarse en el campo militar para ponerse en condiciones de combatirlo exitosamente.
Hacia el año 1834 ingresó como furrier a la Guardia Nacional, en 1842 había logrado ascender al rango de Capitán y en 1843 pasó a Coronel, lo que indica que hasta en esta área Duarte logró ser uno de los mejores. Asimismo, cuando regresó al país en marzo de 1844 del exilio que padeció por espacio de un año, fue investido con el rango de General de Brigada adjunto para dirigir de común acuerdo con el General Pedro Santana las operaciones del Ejército del Sur.
Finalmente, a partir del 9 junio de 1844, cuando los trinitarios le asestaron un golpe demoledor a los sectores conservadores y entreguistas de la Junta Central Gubernativa que encabezada el tribuno Tomás Bobadilla y Briones, el patricio Juan Pablo Duarte pasó ser Comandante de la Plaza de Armas de Santo Domingo, que era equivalente a lo que es hoy el Ministro de las Fuerzas Armadas. Esto es una muestra más que suficiente de que Duarte fue, al mismo tiempo, un hombre con una gran formación teórica y con un gran sentido práctico, contrario a como quieren presentarlo sus biógrafos tradicionales, como un idealista y romántico empedernido.
2.- Desarrollo de la Utopía en el Pensamiento y en la Praxis de Duarte
Después desarrollar una intensa labor propagandística contra el gobierno haitiano por espacio de cinco años, junto a José María Serra, Duarte se propone dar pasos más efectivos para concretizar su utopía. Es por ello que le sugiere a su dilecto amigo crear una organización clandestina para conducir la lucha independentista nacional: la Sociedad Secreta “La Trinitaria”. Mostrando el gran sentido de responsabilidad que debe tener siempre un verdadero líder, Duarte le expresa a su compatriota Serra lo siguiente: “Nada hacemos, querido amigo, con estar excitando al pueblo y conformarnos con esa disposición, sin hacerla servir para un fin positivo, práctico y trascendental.”[18]
Con la puesta en marcha de esa sociedad independentista, el 16 de julio de 1838, Juan Pablo Duarte, en su condición de Presidente, junto a ocho patriotas más: José María Serra, Juan Isidro Pérez, Juan Nepomuceno Ravelo, Félix María Ruiz, Benito González, Jacinto de la Concha, Pedro Alejandrino Pina, y Felipe Alfau, le imprimió un carácter de mayor trascendencia a su proyecto utópico. Esto revela a Duarte, con apenas 25 años, como un hombre esencialmente práctico, dispuesto a hacer realidad su utopía, contrario a como han pretendido presentarlo algunos sectores interesados de la clase dominante tradicional de la República Dominicana, como un ser humano que siempre vivía soñando ilusoriamente y pintando pajaritos en el aire.

El Juramento Trinitario, firmado mediante un pacto de sangre por los nueve fundadores de la sociedad secreta La Trinitaria el 16 de julio de 1838, es alto indicador de que la utopía duartiana de independencia absoluta quería dejar de ser la expresión del deseo de una sola persona para convertirse en un anhelo colectivo. He aquí el texto del Juramento Trinitario:
"En el nombre de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro Presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos, encarnados y azules, atravesados por una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja; y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo".[19]
En ese Juramento fundacional se destacan varios aspectos que nos parecen esenciales, a saber:
- El alto sentido cristiano que animó a todos los integrantes de la sociedad secreta La Trinitaria, comenzando por su presidente Juan Pablo Duarte, al adoptar como símbolo imperecedero el de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad Omnipotente: Dios-Padre, Dios-Hijo y Dios-Espíritu Santo, lo que erige en fundamento que da origen a la bandera tricolor (el rojo, el azul y el blanco en forma de cruz); al lema inmortal Dios, Patria y Libertad, así como al simbolismo contenido en el escudo: una palma, un laurel y el texto sagrado de la Biblia abierto en San Juan 8:32, que reza: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libre”; así como también a la forma de organización adoptada, consistente en la creación de células secretas o clandestinas integradas por tres personas cada una, sin contacto directo con el resto de la entidad, para evitar su destrucción en caso de represión o persecución de algunos de sus miembros o dirigentes.
- El alto sentido de compromiso, honorabilidad y sentido patriótico de que estaban imbuidos, lo cual se puso en evidencia al hacer el voto solemne de cooperar con su persona, vida y bienes a la separación definitiva de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo con respecto al gobierno haitiano e implantar una república libre, soberana e independiente, que se denominaría República Dominicana, en honor a la Orden de los Predicadores Los Dominicos (“Perros del señor”), quienes lucharon en favor de la justicia, la libertad y el bienestar de nuestros pobladores aborígenes, mediante el Sermón de Adviento, pronunciado en las pascuas de 1511, por el sacerdote Fray Antón de Montesinos, con la anuencia de sus superiores.
Las palabras de Duarte, pronunciadas luego de la firma del Juramento por parte de cada uno de miembros fundadores de La Trinitaria, reflejan claramente la disposición al sacrificio que tenían los miembros de ésta, en aras de la liberación definitiva del país. Estas palabras eran:
"No es la cruz el signo del padecimiento; es el símbolo de la redención: queda bajo su égida constituida La Trinitaria, y cada uno de sus NUEVE socios obligados a reconstituirla mientras exista uno, hasta cumplir el voto que hacemos de redimir la Patria del poder de los haitianos".[20]
Eso hizo la mayor parte de los trinitarios, con la sola excepción de Felipe Alfau, de quien se dice procedió a delatar los propósitos del movimiento independentista ante las autoridades haitianas, tras el derrocamiento de Boyer en marzo de 1843.
El ideal duartiano asumió características ampliamente populares a través de la proyección pública del trabajo de La Trinitaria, por medio de la Sociedad La Filantrópica y la Sociedad Dramática, bajo el manto de sociedades para la difusión cultural y la escenificación de obras teatrales, con el claro propósito de despertar el sentimiento nacionalista y crear una conciencia revolucionaria en la población de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo.

Asimismo, Duarte y el padre Gaspar Hernández se dedicaron a enseñar Filosofía e Idiomas a los jóvenes inquietos de la época, lo que le atrajo gran simpatía y contribuyó a acrecentar ampliamente su liderazgo entre la juventud.
Conocedor de las dificultades por las que estaba atravesando el dictador Jean Pierre Boyer en Haití, al abolir la Cámara de Diputados y tomar un conjunto de medidas totalmente impopulares y autocráticas en ambas partes de la Isla de Santo Domingo, Duarte sugiere tomar contacto con la oposición haitiana que se había agrupado inicialmente en la Sociedad por los Derechos del Hombre y del Ciudadano y que, posteriormente, pasaron a constituir el Movimiento La Reforma. Para iniciar esos contactos, los trinitarios designan en primer lugar a Juan Nepomuceno Ravelo, cuyos esfuerzos fueron infructuosos, al no contar con las relaciones primarias que se requerían en un momento de grandes desafíos y peligros como los que se vivían en Haití a finales de 1842 y en los primeros meses de 1843. Fracasado ese primer intento, los trinitarios envían a Ramón Matías Mella y Castillo, quien era bien conocido en Haití, ya que había sido Comandante y Gobernador Militar de la Común de San Cristóbal y tenía buenos contactos en la parte occidental de la Isla, logrando establecer exitosamente un acuerdo con los revolucionarios haitianos.
Los trinitarios se comprometieron a asumir la dirección de los trabajos conspirativos en la parte oriental de la Isla, mientras los haitianos se responsabilizaron de la occidental. La caída de Boyer se produjo el 20 de marzo de 1843, pero la noticia del hecho llegó a Santo Domingo el 24 de marzo, momento en que los trinitarios salieron a las calles para mostrar su identificación con el Movimiento La Reforma y evidenciar claramente sus propósitos independentistas.
Tras algunos escarceos de los militares identificados con el caído dictador haitiano, que dejó como saldo cinco muertos y varios heridos, sectores opositores haitianos que vivían en esta parte de la Isla, junto a los trinitarios, pasaron a conformar la Junta Popular de Santo Domingo, cuyo Presidente pasó a ser el haitiano Alcius Ponthieux y el Secretario, Ramón Matías Mella, dominicano.
Los trinitarios, ni cortos ni perezosos, agilizaron sus acciones conspirativas en favor de la independencia nacional. Es así como el 5 de abril de 1843, la Junta Popular de Santo Domingo designa al ciudadano Juan Pablo Duarte -quien era a la sazón miembro de la misma-, con una carta de ruta, para que asumiera la responsabilidad de instalar juntas populares en las diferentes comunes por las que pasaría, llegando a dejar constituidas las Juntas Populares de Bayaguana, El Llano, Hato Mayor y El Seibo.
En la común del Seibo entró en contacto con los hermanos Ramón y Pedro Santana, hateros que habían sido afectados por la política agraria de Boyer, a quienes les propuso integrarse a las acciones conspirativas en favor de la Independencia Nacional. Es a partir de ese encuentro cuando los hermanos Santana deciden vincularse decididamente a la causa separatista. Posteriormente, Pedro Santana asumiría el liderazgo militar de la recién creada República Dominicana y se convierte en uno de los principales verdugos del patricio Duarte y los demás trinitarios.

Hasta los oídos de los miembros del Gobierno Provisional de Haití llegó la noticia de que los trinitarios, encabezados por Duarte, Sánchez y Mella, estaban encabezando una conspiración para separase de la parte occidental y proclamar su independencia política. Para esto designan al general de división Charles Riviére Hérard como jefe del ejército y lo envían a la parte Norte y Este de la Isla, con el propósito de restablecer la autoridad. Entre las amplias atribuciones de que fue investido el general Riviére Hérard, estaban:

- Oponer la fuerza a la fuerza, en caso de encontrar resistencia en alguno de los puntos por donde se desplazaría.
- Reorganizar las administraciones civiles y militares, las tropas de líneas y los cuerpos de policía: nombrar, revocar o destituir a todos los funcionarios públicos, aplicar las promociones, destituciones y retiros que juzgara convenientes, tomar todas las medidas y expedir los decretos necesarios para asegurar el triunfo de la Revolución, el orden y la tranquilidad pública.
- A su regreso, en el seno del Gobierno Provisional, el general Charles Riviére Hérard dimitiría los poderes de que se le había investido y daría cuenta de su misión.
El general Riviére Hérard dividió su poderoso ejército en tres columnas, teniendo todas como punto de llegada y encuentro a Santo Domingo: una entró por el Sur, otra por Santiago y la tercera, encabezada por el propio Hérard, se dirigió primero a Puerto Plata, donde nombró como Comandante de la Plaza de Armas al teniente coronel Antonio López Villanueva; luego se dirigió a Santiago, Moca y La Vega, tras las huellas de la conspiración armada de que había sido alertado; posteriormente se dirige a San Francisco de Macorís, donde detuvo al cura Salvador de Peña por encontrar propagandas alusivas a los trinitarios y procedió a restituir como comandante de la Plaza de Armas al teniente coronel Charlot, quien había sido destituido por el municipio.
De allí se dirigió a Cotuí, donde se dio cuenta de que el cura Juan Puigver era amigo y cómplice del cura de Macorís, Salvador de Peña, y la palanca que hacía mover al municipio, lo que le hizo comprender las razones que motivaron la destitución del teniente coronel Prud’homme como Comandante de la Plaza de Armas. Posteriormente procedió a hacer preso al cura Puigver y al patricio Ramón Matías Mella, quien en ese momento se encontraba organizando la conspiración en el lugar, a los cuales envió a Puerto Príncipe, al tiempo de restituir en el puesto a Prud’homme.

Finalmente, se dirigió a Santo Domingo, ciudad a la que entró el 12 de julio de 1843, encontrando todas las puertas de los ciudadanos de origen español cerradas, razón por la cual, según sus propias palabras, se vio precisado “a organizar el municipio y castigar a los facciosos”.
Varios miembros de La Trinitaria fueron enviados a prisión, mientras que Juan Pablo Duarte, Pedro Alejandrino Pina y Juan Isidro Pérez, tras permanecer ocultos durante algunos días, tomaron el camino del destierro el 2 de agosto de 1843. La dirección del movimiento patriótico fue asumida, entonces, por Francisco del Rosario Sánchez y el hermano mayor de Duarte, Vicente Celestino Duarte, quienes lograron escapar de la acción represiva del general Riviére Hérard.
Duarte se había mantenido trabajando arduamente en el país, hasta su exilio en agosto de 1843, con tal de ver realizada plenamente su utopía. No obstante encontrarse en el exterior, prosiguió su orientación y prédica a través de cartas que enviaba a sus compañeros de ideal. Igualmente, realizaba gestiones en Venezuela y Curazao para conseguir pertrechos militares para la conspiración patriótica y, ante el fracaso estrepitoso de las mismas, Duarte envió una carta a su madre y hermanos/as a Santo Domingo el 4 de febrero de 1844 -justamente 23 días antes de producirse la Independencia Nacional-, en la que les proponía lo siguiente:
"El único medio que encuentro para reunirme con ustedes es independizar la Patria; para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que ustedes de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente ofrendamos en aras de la Patria lo que a costa del amor y el sacrificio de nuestro padre hemos heredado. Independizada la Patria puedo hacerme cargo del almacén, y a más heredero del ilimitado crédito de nuestro padre, y de sus conocimientos en el ramo de la Marina, nuestros negocios mejorarán y no tendremos porqué arrepentirnos de habernos mostrado dignos hijos de la Patria".[21]
Esta es la muestra más inequívoca del desprendimiento total del Fundador de la Nación Dominicana, en aras de lograr la independencia absoluta de su país, a lo cual accedieron su anciana madre y sus hermanos y hermanas, poniendo en riesgo su seguridad y la de los suyos en función de una causa y un futuro verdaderamente inciertos, en aquel momento. En efecto, esta acción sin par en favor de la Patria bien amada le acarrearía a Juan Pablo Duarte y a su familia -acostumbrados a vivir en la mayor abundancia y comodidad material-, la más escalofriante miseria y mendicidad, amén del destierro injusto e inhumano a que fueron sometidos todos y cada uno de ellos, a perpetuidad.
El 27 de febrero de 1844, los trinitarios, junto a ciertos sectores conservadores que se unieron a la causa liberadora a última hora, llevaron a cabo la acción revolucionaria independentista frente al gobierno haitiano, con lo que se cristalizó, aunque de manera parcial, la utopía duartiana. Decimos parcialmente, por el hecho de que justamente esos sectores tenían en sus manos el poder económico y militar, lo que le permitió alzarse con el poder político y mantener en el ostracismo a los verdaderos forjadores de la nacionalidad dominicana. Esos sectores estaban encabezados por Tomás Bobadilla, Pedro Santana y Buenaventura Báez, entre otros. Sin embargo, es bueno destacar que, de todas maneras, el proceso de liberación de nuestro país frente a Haití constituyó un paso decisivo en el establecimiento de la nacionalidad y en la configuración de la identidad del pueblo dominicano.
Ahora abordaremos un elemento clave en el pensamiento del patricio Juan Pablo Duarte, pero que ha sido manipulado por los sectores dominantes de Haití y la República Dominicana para endilgarle una supuesta visión racista o antihaitiana que nunca tuvo. Veamos lo que nos dicen sus palabras desprejuiciadas, pero con un claro sentido de la identidad histórico-cultural de los dos pueblos que conforman la Isla de Santo Domingo, cuando motivó a Serra a formar La Trinitaria:
"Entre los dominicanos y los haitianos no es posible una fusión. Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recorriendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores, y veo cómo los vence y cómo sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente. Le reconozco poseedor de dos virtudes eminentes, el amor la libertad y el valor; pero los dominicanos que en tantas ocasiones han vertido gloriosamente su sangre, lo habrán hecho sólo para sellar la afrenta de que en premio de sus sacrificios le otorguen sus dominadores la gracia de besarles las manos? No más humillación! Si los españoles tienen su monarquía española, y Francia la suya francesa, si hasta los haitianos han construido la República Haitiana, por qué han de estar los dominicanos sometidos, ya a la Francia, ya a España, ya a los mismos haitianos, sin pensar en constituirnos como los demás? No, mil veces! No más dominación! Viva la República Dominicana!"[22]
Para Duarte no era posible -como no lo es, ni lo podrá ser nunca- una fusión entre los pueblos haitiano y dominicano, ya que poseen historias, culturas, formas de pensar, formas de vida y modos de actuar esencialmente diferentes. No obstante, reconoce que el pueblo haitiano -tras recorrer las páginas gloriosas de su historia-, ha sido poseedor de dos virtudes poco comunes y eminentes en los seres humanos y en los pueblos: un amor profundo por la libertad y un valor admirable para vencer poderes excesivamente superiores a los suyos que le permitió salir de su centenaria condición de esclavo y se constituyó en una nación libre e independiente frente al yugo opresor francés.
Del mismo modo, era del parecer que así como España y Francia tenían derecho a tener su monarquía y los haitianos su república, los dominicanos tenían el mismo derecho a constituirse en Nación libre e independiente de toda dominación extranjera, sin importar que esta última sea española, francesa o haitiana.
Es esa perspectiva amplia la que le permite al patricio Duarte incorporar a su proyecto liberador a todos los sectores sociales y a las diferentes razas que integraban la sociedad multicolor dominicana de la primera mitad del siglo XIX, para convertir en una realidad indiscutible el triunfo de la independencia nacional de la parte Este de la Isla de Santo Domingo frente a los sectores dominantes haitianos. Esto lo confirma Rosa Duarte cuando nos habla de su hermano Juan Pablo:
"Él llevaba los libros en el almacén de su padre, y daba clases gratis, de escritura y de idiomas a los que demostraban deseo de aprender; los enseñaba con gusto sin hacer distinción de clases ni de colores, lo que le atraía una popularidad incontrastable, pues estaba fundada en la gratitud; y no tan sólo transmitía sus conocimientos, sino que tenía a la disposición de sus amigos o del que los necesitara sus libros, sus libros que él tanto estimaba".[23]
La actitud de colaboración desinteresada y entusiasta que mostró Duarte ante sus contemporáneos es un claro indicador de que en sus relaciones humanas con los demás -muy especialmente en las distintas acciones educativas desplegadas con los jóvenes de entonces- no conoció de diferencias sociales y raciales para compartir los conocimientos adquiridos, lo que le valió el aprecio de todos sus relacionados y acrecentó su liderazgo ampliamente entre ellos.
Para Duarte, el racismo, proviniera de blancos, negros, mulatos o cobrizos, constituía una aberración y una disminución de la condición humana. El patricio entendió que el color de piel no determina la calidad de las personas ni el aporte individual o social que se está en capacidad de hacer; muy al contrario, creía que una persona se eleva ante las demás por su cualificación ético-moral, su amor al prójimo, su amor por la patria, su entrega a la causa de la justicia y su incesante preparación intelectual.
La revolucionaria concepción de la unidad racial era muy necesaria en nuestro país en ese momento, dado que para el año1838, fecha en que se fundó La Trinitaria, tan sólo habían transcurrido 16 años de que en el país se había abolido formalmente la esclavitud de los negros a mano de los blancos y todavía se expresaban enconos y rencores de un lado y del otro. Este tipo de situaciones no lo podía permitir Duarte en una causa cuyo propósito central era lograr la libertad, la igualdad, la independencia y la justicia social en favor de toda la ciudadanía. Esto se pone en evidencia más claramente en los siguientes versos suyos, donde llama a todos los dominicanos a trabajar unidos por el bienestar de la Patria, sin distingo de raza y sin tomar en cuenta el color de piel:
Los blancos, morenos,
cobrizos, cruzados,
marchando serenos,
unidos y osados,
la Patria salvemos
de viles tiranos,
y al mundo mostremos
que somos hermanos.[24]
Estos significativos versos, en los que llama a la unión de las diferentes razas, en calidad de hermanos, para salvar la Patria de gobernantes autocráticos, contrarios a la democracia, a la soberanía y a la libertad, son una muestra más que palmaria de que el racismo y los prejuicios sociales no se aposentaron en su noble, bondadoso y sincero corazón de romántico empedernido.
Con esta perspectiva visionaria, se adelantó a su época y entendió el concepto de nación como algo amplio e incluyente, que comprende a los diferentes sectores que habitan un territorio, poseen una misma cultura, tienen una lengua común y se sienten copartícipes de los mismos sentimientos patrióticos, de identidad, alegría, tristeza o esperanza que embargan a los integrantes de un determinado conglomerado humano.

Más aún, en el momento histórico en que le tocó vivir, tanto en la parte Este de la Isla de Santo Domingo como en el vecino Haití, se expresaban con bastante arraigo serias manifestaciones de racismo. De este lado, el menosprecio de los blancos y los mulatos hacia los negros y, en la parte occidental, la segregación de los blancos por parte de los negros, como forma de venganza por las situaciones de injusticia a que habían sido sometidos en épocas pretéritas. Es por esa razón, que siguiendo los ideales de igualdad y respeto a la dignidad humana, trazados por el fundador de La Trinitaria, en la Manifestación de los Pueblos de la parte Este de la Isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana, publicada el 16 de enero de 1844, se establece que estos “han resuelto separarse para siempre de la República Haitiana para proveer a su seguridad y a su conservación, constituyéndose, según los antiguos límites, en Estado libre y soberano.”[25]
De igual manera, se consignan como las primeras disposiciones legales del nuevo Estado independiente, las siguientes:
"Las leyes fundamentales de ese Estado garantizarán el régimen democrático, asegurarán la libertad de los ciudadanos aboliendo para siempre la esclavitud y establecerán la igualdad de los derechos civiles y políticos sin miramientos para con las distinciones de origen y nacimiento".[26]
Está claro que los esfuerzos desplegados por Duarte y los trinitarios en favor de la Independencia Nacional no implicaban una lucha racial entre blancos, negros y mulatos, sino más bien una acción positiva por la conversión de la parte Este de la Isla de Santo Domingo en una Nación libre, independiente y soberana, respetuosa de la libertad de los ciudadanos y reconocedora de la igualdad de derechos civiles y políticos, sin tomar en cuenta su condición social, racial o de género.
En esa misma tesitura, siguiendo lo trazado por la Manifestación del 16 de Enero, se inscribe el primer Decreto de la Junta Central Gubernativa del 1 de marzo de 1844, cuando dice: “La esclavitud ha desaparecido para siempre del territorio de la República Dominicana, y que el que propague lo contrario será considerado delincuente, perseguido y castigado si hubiera lugar”.[27]
La Primera Constitución de la República Dominicana, votada en San Cristóbal el 6 de noviembre de 1844, siguiendo la visión de los fundadores de la nacionalidad dominicana, muy a pesar de haber sido desterrados a perpetuidad y declarados traidores a la Patria por el dictador Pedro Santana, establece en el Capítulo II, sobre el Derecho Público de los Dominicanos, artículo 14 que: “Los dominicanos nacen, y pertenecen libres e iguales en derecho, y todos son admisibles a los empleos públicos, estando para siempre abolida la esclavitud.”[28]
Sin lugar a dudas, el espíritu de los forjadores de la nacionalidad dominicana no estaba animado por querellas de tipo racial, sino por el ideal de libertad plena para todos los seres humanos. Esto nos deja ver que el antihaitianismo -que luego se erigió en ideología de Estado durante la dictadura trujillista, tomando como referencia histórica las invasiones haitianas de 1801, 1805 y 1822 y las guerras post-independentistas libradas entre 1844 y 1856-, no era para entonces la forma básica de definición de lo nacional, sino la intelección de la identidad dominicana como la resultante de un complejo proceso histórico-cultural de lucha sistemática del pueblo dominicano por su independencia y su libertad que ha hecho posible la configuración del ser nacional y la formación del Estado dominicano.
Consumada la independencia nacional, la Junta Central Gubernativa ordenó la toma del Puerto de Santo Domingo y de todas las embarcaciones haitianas, y, al mismo tiempo, designó una comisión para que partiera de inmediato a Curazao, abordo de la goleta "Leonor", al mando del almirante Juan Alejandro Acosta, en busca del patricio Juan Pablo Duarte. Esta fue la primera embarcación oficial de la República y la primera unidad naval que enarboló la Bandera Dominicana en ultramar. A su llegada al puerto de Santo Domingo, una multitud le dio la bienvenida con gran entusiasmo y el Arzobispo de la Arquidiócesis de Santo Domingo, Tomás Portes e Infante, le recibió con la frase lapidaria: “¡Salve Padre de la Patria!”.
Al tomar asiento en la Junta Central Gubernativa en marzo de 1844, Duarte nos da una semblanza de su utopía en proyecto de realización, muestra su agradecimiento a quienes contribuyeron a su cristalización y lanza una sentencia a los traidores de la Patria que pretendieran impedir su consumación definitiva. Veamos:
"Un día, viendo gemir a mi patria bajo el yugo de un pueblo invasor, concebí el pensamiento de quebrantar sus hierros y os pedí su cooperación, la prestasteis, y hoy la Patria es libre: benditos sean todos los que han realizado transformación tan gloriosa. Ahora todos debemos propender a hacer que esta libertad sea fecunda en bienes. ¿Haremos feliz a nuestra Patria? Ah! Maldito sea todo aquel que ahora ni nunca ocasione su desgracia!"[29]
Como ser humano enormemente agradecido, prodiga bendiciones para todos aquellos sectores que contribuyeron a hacer una realidad incontrastable su proyecto de redención de la Patria querida, al tiempo que perfila una República Dominicana soberana, libre, democrática, participativa y “fecunda en bienes” para la redistribución justa y equitativa de sus frutos entre todos sus hijos e hijas. No obstante, como era consciente de que en las propias filas del proyecto revolucionario había fariseos y traidores integrados a esta causa de forma oportunista y en función de la defensa de sus intereses particulares y bastardos, el patricio cuestiona a los presentes sobre la cuota que estaban dispuestos a aportar para hacer feliz a la Nación Dominicana y a sus integrantes. En tal virtud, un hombre amoroso y bien educado como era Duarte se atreve a llamarles malditos a todos aquellos que en lo adelante se atrevieran a causarle desgracias y pesares a su Patria.
En su Proyecto de Ley Fundamental, Duarte recoge lo esencial de su utopía y la denomina Ley Suprema del Pueblo Dominicano. Veamos:
"La Ley Suprema del Pueblo Dominicano es y será siempre su existencia política como Nación libre e independiente de toda dominación, protectorado, intervención e influencia extranjera, cual la concibieron los Fundadores de nuestra asociación política al decir el 16 de julio de 1838, Dios, Patria y Libertad".[30]
Este fue el Proyecto de Constitución que elaboró el Padre de la Patria para su aplicación, luego de consumada la Independencia Nacional, pero no pudo llevarse a cabo mientras las fuerzas conservadoras mantuvieron el control de la Junta Central Gubernativa. Cuando los trinitarios recuperan el poder el 9 de junio de 1844 de manos del conservador Tomás Bobadilla, intentaron ponerlo en ejecución, pero el tiempo no le alcanzó para darle aprobación formal y concretizarlo, porque apenas tenían un mes y tres días al frente del organismo colegiado, cuando el general Pedro Santana, en confabulación con el cónsul francés en el país, Eustache Juchereau de Saint-Denys, perpetraron un golpe de Estado contrate su Presidente, Francisco del Rosario Sánchez, aprovechando que el Comandante de la Plaza de Armas de Santo Domingo, Juan Pablo Duarte, se encontraba en el Cibao, calmando los ánimos de todos aquellos ciudadanos que lo habían proclamado Presidente de la República.
En esa Constitución, Duarte deja ver con suma claridad que la ley suprema del pueblo dominicano es su configuración como Nación libre e independiente de toda dominación extranjera o de cualquier tratado o protectorado, mediante el que se pretenda menoscabar en lo más mínimo la soberanía plena de la República Dominicana.
En esa misma propuesta de Carta Magna, Duarte esboza el carácter que debía asumir todo gobierno que resultara del proceso revolucionario conducido por los trinitarios, en consonancia con la voluntad libérrima del pueblo soberano, tal como lo concibió en su utopía:
"Puesto que el gobierno se establece para bien general de la asociación y de los asociados, el de la Nación Dominicana es y deberá ser siempre y antes de todo, propio y jamás ni nunca de imposición extraña, bien sea ésta directa, indirecta, próxima o remotamente; es y deberá ser siempre popular en cuanto a su origen; electivo en cuanto al modo de organizarle; representativo en cuanto a su esencia y responsable en cuanto a sus actos".[31]
Lo primero que debe hacer todo gobierno que se diga seguidor de la utopía de Duarte es garantizar la independencia absoluta de la República Dominicana y conjuntamente con esto haber recibido su poder de la voluntad libérrima del ejercicio soberano del pueblo, expresado en las urnas mediante el sufragio universal. Asimismo, producto de la ejercitación democrática y participativa del pueblo, debe ser representativo del sentir nacional y local, al tiempo que bien responsable de sus actos.
Los gobiernos que se han instalado en el país después de la independencia nacional, en su generalidad y salvo honrosas excepciones, no han respondido a los principios fundamentales concebidos por Duarte en su Proyecto de Constitución; muy por el contrario, han sido fundamentalmente entreguistas y proimperialistas, antipopulares y represivos, fraudulentos e ilegítimos, no representativos de los intereses del pueblo, autoritarios, antidemocráticos y corruptos hasta la saciedad.
Con ese mal comportamiento, los diferentes gobiernos que hemos tenido han contravenido el principio de honradez proclamado y practicado coherentemente por Juan Pablo Duarte. La puesta en práctica de este principio se evidenció con la designación de Duarte con el rango de general de brigada adjunto al general Pedro Santana en la primera campaña militar contra el ejército haitiano, hacia el 21 de marzo de 1844, cuando éste había abandonado a su suerte la ciudad de Azua, tras el resonante triunfo en la batalla del 19 de marzo.
El general Santana rehusó la propuesta del patricio encaminada a diseñar conjuntamente un plan ofensivo para colocar a las tropas haitianas de aquel lado de la frontera dominico-haitiana. En cambio, Santana procedió a escribirle a la Junta Central Gubernativa para que mandara a buscar a Duarte, ya que lo consideraba un estorbo para sus planes de lograr el protectorado con Francia, procediendo ese organismo días después a ejecutar dicho pedimento, bajo el argumento pueril de que su presencia era más necesaria en Santo Domingo.
Junto con el oficio donde se le designaba para tan alta y digna posición, a Duarte se le entregó la suma de mil pesos fuertes, de los cuales, en el trayecto de ida y vuelta a Sabana Buey, Baní, tan sólo gastó $173.00, ofreciendo un informe detallado de todo lo gastado para racionar la tropa, para cubrir enfermedades, para gastos misceláneos y para reconocer el buen comportamiento de algunos soldados y oficiales.
Al regresar a Santo Domingo, Duarte procedió a entregar al Tesoro de la República, en la persona de Miguel Lavastida, la suma de $827.00, el 12 de abril de 1844. Este tipo de comportamiento no lo mostró nunca ni el general Pedro Santana ni otros oficiales que tuvieron una participación destacada en la guerra de independencia. Asimismo, en épocas posteriores, esa conducta no lo ha mostrado la mayor parte de los funcionarios civiles y militares que han estado al frente de la cosa pública en los diferentes gobiernos que ha tenido la República Dominicana desde 1844 hasta la fecha.
De igual modo, una muestra clara de que a Duarte no le animaban ambiciones personales en su accionar político, sino un verdadero interés por la colectividad, cónsono con la concepción que tenía de la política: “la ciencia más pura y más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles” (Vetilio Alfau Durán, 1998: 25), fue su decisión de no aceptar la postulación como Presidente de la República, realizada por los pueblos del Cibao, y en especial por el de Puerto Plata. Esto así, porque quien se encontraba ejerciendo la Presidencia de la República era el patricio Francisco del Rosario Sánchez, el cual había asumido la conducción de La Trinitaria en su ausencia y jamás en la vida iba a pasar por su cabeza traicionar a su compañero de ideal. Y es que Duarte consideraba la gratitud y el respeto a la amistad sincera, como las dos mejores prendas que debe acompañar a todo ser humano que se respeta y respeta al prójimo.
En respuesta a la solicitud del pueblo de Puerto Plata, Duarte le escribe una carta el 20 de julio de 1844, donde expresa lo siguiente:
"Conciudadanos: Sensible a la honra que acabáis de hacerme, dispensándome vuestros sufragios para la Primera Magistratura del Estado, nada me será más lisonjero que saber corresponder a ella llenando el hueco de vuestras esperanzas, no por la gloria que de ello me resultaría, sino por la satisfacción de veros, cual deseo, libres, felices, independientes y tranquilos, y en perfecta unión y armonía llenar vuestros destinos, cumpliendo religiosamente los deberes que habéis contraído para con Dios, para con la Patria, para con la Libertad y para con vosotros mismos. Me habéis dado una prueba inequívoca de vuestro amor, y mi corazón agradecido debe dárosla de gratitud. Ella es ardiente como los votos que formo por vuestra felicidad. Sed felices, hijos de Puerto Plata, y mi corazón estará satisfecho aún exonerado del mando que queréis que obtenga, pero sed justos, lo primero, si queréis ser felices. Ese es el deber del hombre; y sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos, y la Patria será libre y salva. Yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro, al veros libres, felices, independientes y tranquilos".[32]
Con esta decisión, Duarte buscaba garantizar la unidad del pueblo dominicano y de todos los sectores patrióticos del país para enfrentar y vencer conjuntamente a los enemigos de la patria y garantizar la independencia absoluta de la República Dominicana. En el artículo 18 de su Proyecto de Ley Fundamental, Juan Pablo Duarte expresa el punto cardinal de su utopía: “La Nación Dominicana es libre e independiente y no es ni puede jamás ser parte integrante de ninguna otra Potencia, ni el Patrimonio de familia ni persona propia ni mucho menos extraña.”[33]
En esta frase, Duarte deja ver con entera claridad que la Nación dominicana es propiedad colectiva de todos los dominicanos, razón por la cual no debe estar sujeta a ninguna otra Nación, por más poderosa que ésta sea, y que, por tanto, tampoco puede ser patrimonio o propiedad de familia o persona alguna, por más poder económico, político o militar que posea. Eso es lo que está ocurriendo en la actualidad, donde no más de veinte familias poderosas son las dueñas de la República Dominicana, mientras la mayoría del pueblo dominicano sufre las más espantosa miseria y padece las más escalofriantes carencias y dificultades materiales y espirituales.
De igual manera, su nacionalismo y antiimperialismo radicales nos dejan estupefactos al retratar de cuerpo entero el carácter entreguista de las clases dominantes dominicanas durante todas las épocas, en contraposición al deseo de libertad y autodeterminación plenas que siempre ha animado al pueblo dominicano.
Veamos lo que nos expresa Duarte en su carta-oficio del 7 de marzo de 1865 -desde Caracas-, dirigida al entonces Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Provisorio Restaurador, su amigo el general Manuel Rodríguez Objío:
"En Santo Domingo no hay más que un Pueblo que desea ser y se ha proclamado independiente de toda potencia extranjera, y una fracción miserable que siempre se ha pronunciado contra ese querer del pueblo dominicano, logrando siempre por medio de sus intrigas y sórdidos manejos adueñarse de la situación y hacer aparecer al pueblo dominicano de un modo distinto de cómo es en realidad; esa fracción o mejor diremos esa facción ha sido, es y será siempre todo menos dominicana; así se la ve en nuestra historia representante de todo partido antinacional y enemiga nata por tanto de todas nuestras revoluciones y si no, véase ministeriales en tiempos de Boyer, y luego Rivieristas, y aún no había sido el 27 de febrero cuando se les vio proteccionistas franceses y más tarde anexionistas americanos, y después españoles y hoy mismo ya pretenden ponerse al abrigo de la vindicta pública con otra nueva anexión, mintiendo así a todas las naciones la fe política que tienen, y esto en nombre de la patria, ellos que no tienen ni merecen otra patria sino el fango de su miserable abyección".[34]
La visión que tuvo Duarte sobre nuestra clase política dominante durante la Primera República tiene toda la vigencia del mundo, ya que, tanto ayer como hoy, era y sigue siendo entreguista y anexionista, mayoritariamente. Ayer lo fue frente a Francia, España, Inglaterra o Estados Unidos, hoy lo es frente a los Estados Unidos, Europa, Japón o China.
Esa clase política no daba ayer, y no da hoy, un solo paso en favor de la población si no ve que en él estén garantizados claramente sus intereses personales o grupales. Esta clase política es la que ha entregado el país parcial o totalmente a grupos nacionales minoritarios y a ciertos emporios internacionales en diferentes momentos históricos, a través de la anexión, cesión, entrega o arrendamiento de lugares como la Bahía y Península de Samaná, las islas Alto Velo, Beata y Catalina, o de lugares como Puerto Plata, Sosúa, Cabarete, Bávaro, Uvero Alto, Punta Cana, La Romana, Bahía de las Águilas, Cotuí, Bonao, La Vega y otros puntos país no menos importantes, degradando así el medio ambiente y secuestrando sus playas, sus espacios públicos y las riquezas provenientes del subsuelo, en perjuicio del disfrute pleno por parte de la población dominicana.
Duarte avizoró con una clara visión de presente y de futuro el interés de los franceses, españoles, ingleses y norteamericanos por posesionarse de las riquezas naturales de la República Dominicana y controlarla política y económicamente. Así lo expresa en estas palabras:
"Visto el sesgo que por una parte toma la política franco-española y por otra la angloamericana y la importancia que en sí posee nuestra isla para el desarrollo de los planes ulteriores de todas cuatro Potencias, no deberemos extrañar que un día vean en ella fuerzas de cada una de ellas peleando por lo que no es suyo. Entonces podrá haber necios que por imprevisión o cobardía, ambición o perversidad correrán a ocultar su ignominia a la sombra de esta o aquella extraña bandera y como llegado el caso no habrá un solo dominicano que podrá decir yo soy neutral, sino que tendrá cada uno que pronunciarse contra o por la Patria, es bien que yo os diga desde ahora (más que sea repitiéndome) que por desesperada que sea la causa de mi Patria será la causa del honor y que siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre".[35]
Aquí Duarte deja ver la disposición de las grandes potencias de pelearse por nuestro territorio, tomando en cuenta su ubicación, sus condiciones geo-estratégicas, los diferentes microclimas y las riquezas naturales y materiales que posee. También el patricio destaca que hay malos dominicanos que por cobardía, ambición o perversidad se colocan bajo el color de la bandera extranjera que más les garantice prebendas y beneficios particulares. En ese momento, Duarte es enfático al plantear que no se puede argüir neutralidad, sino que cada quien está en la obligación de tomar partido en contra de la Patria o en favor de ella. Es evidente que nuestro Padre Fundador tenía la más profunda convicción de que el lugar que les corresponde a los dominicanos honorables, responsables y patriotas es el de la defensa a ultranza de la enseña tricolor, aún a costa de su propia vida.
Las palabras inmortales de Duarte contra todos los traidores, entreguistas y vacilantes, así como contra todas las potencias imperialistas de la tierra que muestren interés por secuestrar a la República Dominicana, segregarla total o parcialmente en su beneficio, o limitar el ejercicio pleno de su soberanía, fueron éstas: “Nuestra Patria ha de ser libre e independiente de toda potencia extranjera o se hunde la Isla.”[36]
Duarte comprendió perfectamente que su utopía no había alcanzado plena realización con la independencia nacional del 27 de febrero de 1844 ni con la Guerra Restauradora de 1863-1865, sino que únicamente había alcanzado un desarrollo cada vez más pronunciado. Es por ello que en una carta enviada al historiador José Gabriel García el 29 de octubre de 1869, desde Caracas, manifiesta su esperanza en que las generaciones venideras hagan realidad su utopía, siguiendo su ejemplo imperecedero:
"Lo poco o lo mucho que hemos podido hacer o hiciéramos aún en obsequio de una Patria que nos es tan cara, y tan digna de mejor suerte, no dejará de tener imitadores y este consuelo nos acompañará a la tumba".[37]
La fe y la esperanza en el porvenir son dos de las divisas más importantes que encontramos en el pensamiento de Juan Pablo Duarte, muy a pesar de las enormes adversidades que tuvo siempre que enfrentar para mantener incólume su concepción sobre la independencia absoluta de la República Dominicana. Por esa razón confiaba en que las generaciones futuras tuvieran el honor, la vergüenza y la hidalguía de ser fieles continuadores de su ideal patriótico, lo único que le permitiría irse totalmente tranquilo a la morada definitiva. En esa misma perspectiva, le escribió una carta al poeta Félix María del Monte, su amigo y compatriota de la Filantrópica, en la que le decía:
Félix, no hay reposo ya para nosotros sino en la tumba; y es que el amor de la patria nos hizo contraer compromisos sagrados para con la generación venidera, necesario es cumplirlos o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la Historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes…Tú escribe y trabaja y bastante, y trabajemos, quise decir, por y para la Patria, que es trabajar para nuestros hijos y para nosotros mismos. Sí, caro amigo, trabajemos sin descansar; no hay que perder la fe en Dios, en la justicia de nuestra causa, y en nuestros propios brazos, pues nos condenaríamos por cobardes, a vivir sin Patria, que es lo mismo que vivir sin honor![38]
Con estas palabras inolvidables, Duarte nos expresa con meridiana claridad su decisión inquebrantable de luchar para legarnos una Nación libre e independiente de toda dominación extranjera, de manera que aparezcamos ante el tribunal de la Historia como seres humanos honorables, fieles y perseverantes.
Al igual que Pedro Henríquez Ureña, Duarte era del parecer que la única forma de lograr la concreción material y espiritual de las utopías es trabajando, por lo que termina su carta a Félix María del Monte con su aleccionadora frase: “¡Aprovechemos el tiempo!”[39]
[1] Pedro Henríquez Ureña. Obras Completas, Tomo V. Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2003, p. 461
[2] Ibidem, pp. 462-463.
[3] José Martí. Obras Completas, Tomo 6. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 18.
[4] Pedro Henríquez Ureña. Obras Completas, Tomo V. Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2003, p. 462.
[5] Ibidem, p. 463.
[6] José Martí. Obras Completas, Tomo 28. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 293.
[7] Juan Sánchez Ramírez. Diario de la Reconquista. Proemio y Notas de Fray Cipriano de Utrera. Ciudad Trujillo: Academia Militar Batalla de las Carreras y Aviación Militar Dominicana, 1957, pp. 92-125; Wenceslao Vega. Los documentos básicos de la historia dominicana. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2010, pp. 65-67.
[8] Manuel A. Machado Báez. La Trinitaria. Ciudad Trujillo: Impresora Dominicana, 1956, p. 8.
[9] Franklin J. Franco. Historia de la UASD y de los Estudios Superiores. Santo Domingo: Editora de la UASD, 2007, p. 54.
[10] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 38-40.
[11] Frank Moya Pons. Manual de Historia Dominicana. Santiago: Universidad Católica Madre y Maestra, 1978, p. 223.
[12] Ibidem.
[13] Wenceslao Vega. Los documentos básicos de la historia dominicana. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2010, p. 187.
[14] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 39-41.
[15] Ibidem, pp. 318 -319.
[16] Juan Isidro Jimenes-Grullón. La ideología Revolucionaria de Duarte. Santo Domingo: Educarte, 2003, pp. 29-30.
[17] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 41-42.
[18] José María Serra. Apuntes para la Historia de los Trinitarios. Santo Domingo: Educarte, 2003, p. 11.
[19] Vetilio Alfau Durán. Ideario de Duarte. Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1998, p. 15.
[20] José María Serra. Apuntes para la Historia de los Trinitarios. Santo Domingo: Educarte, 2003, p. 15.
[21] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, p. 68.
[22] José María Serra. Apuntes para la Historia de los Trinitarios. Santo Domingo: Educarte, 2003, pp. 11-12.
[23] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, pp. 46-47.
[24] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, p. 290.
[25] Wenceslao Vega. Los documentos básicos de la historia dominicana. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2010, p. 216.
[26] Ibidem.
[27] Emilio Rodríguez Demorizi. Guerra Dominico-Haitiana, Ciudad Trujillo: Academia Militar Batalla de Las Carreras-Aviación Militar Dominicana, 1957, pp. 46-47.
[28] Emilio Rodríguez Demorizi. La Constitución de San Cristóbal 1844-1854. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, 1980, p. 166.
[29] José María Serra. Apuntes para la Historia de los Trinitarios. Santo Domingo: Educarte, 2003, p. 25.
[30] Rosa Duarte y Juan Pablo Duarte. Apuntes de Rosa Duarte. Archivo y Versos de Juan Pablo Duarte, Santo Domingo: Instituto Duartiano, 1999, p. 223.
[31] Ibidem, p. 227.
[32] Ibidem, pp. 86-87.
[33] Ibidem, p. 225.
[34] Ibidem, p. 275.
[35] Ibidem, p. 276.
[36] Ibidem, p. 272.
[37] Ibidem, p. 149.
[38] Ibidem, pp. 284-285.
[39] Ibidem, p. 285.
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