Cuando el crítico se enfrenta a un libro como El fabulador, de José Enrique García, comprende pronto que no está ante una obra más, ante un conjunto de poemas fácilmente comparable a otras colecciones, sino a una obra mayor y unitaria. Sin duda ha sido reconocido por dos generaciones como una de las cimas de la poesía dominicana, y lo estimo también uno de los libros poéticos latinoamericanos más destacables en la segunda mitad del siglo XX.
El fabulador muestra la existencia de un mundo poético real e íntimamente sentido, que prescinde de todo sentimentalismo (porque es, de inicio, un sentimentalismo literario, no tanto personal) y de cualquier forzamiento retórico, para expresar la tragedia que va unida a lo más profundo de la existencia humana y del ser del poeta. El lector, claro es, se enfrenta a una serie de dificultades que se agranda o disminuye en virtud de sus conocimientos de las tradiciones poéticas y filosóficas. Nuestro autor sólo otorga una facilidad, una clave para el discernimiento del libro: utiliza letras distintas y disposiciones diferentes para que el lector pueda separar mejor los discursos —distintos pero íntimamente construidos— que, más o menos alternados, componen el volumen. Y es que el libro se divide en tres partes que el autor cuida mucho de distinguir por medio de variaciones en el tipo de letra.
La teoría
La primera parte, que se inicia con el primer poema; cuestiona y construye la fábula posible del poeta que fabula y constituye el eje y sostén de la obra. El poeta comprende que tiene que ser el portador de la palabra y ésta, como bien sabemos en la historia de la poesía, es la que atraviesa el tiempo y lo anula, lo hace eterno, presente y futuro, pero sabiendo que ha nacido en un pasado remoto inalcanzable para el hombre. José Enrique García acompaña a grandes poetas de la modernidad que entendieron que la poesía es una corriente que atraviesa la historia o, si lo prefieren, la vida de la humanidad concebida como un “continuum” simbolizado por la flor de Novalis, la música natural de Baudelaire, el himno de Bécquer, el agua de Antonio Machado o el concepto de poema y obra de Juan Ramón Jiménez.
Conoce el creador esa palabra poética misteriosa, enigmática, gracias a las canciones que acompañaron los trabajos y los días, al curso continuo del agua o al viento que recorre el universo desde la primera vez en que fue pronunciada. Sabe bien el poeta, sin embargo, que la fábula no es la realidad, sino un discurso posible de una historia supuesta de la que depende otra vida también probable, o que puede revelarse inalcanzable, dudosa en su realidad definitiva. Porque —y ahí radica parte del misterio— la fábula se une íntimamente a quien la dice aunque sea siempre la misma y repetida. Es una en su incontable variedad. Por eso, bien que cada gran poeta diga aparentemente lo mismo, cada uno de ellos pronuncia algo distinto, pues su fabular consiste en un sumergirse dentro el agujero negro de la poesía, que lo absorbe en su realidad sin tiempo ni contexto. El fabulador, condenado a una intemporalidad, sólo puede construir sueños, es decir, una realidad inexistente, imaginada y suya.
Sin embargo, el poeta sabe que no es un mero adorno de la humanidad, un encaje, una floritura, una superficialidad. Como fabulador, es un descubridor y su fábula, paradójicamente, un testimonio. He aquí la trágica contradicción: la fábula únicamente es suya, pero es un testimonio de todos. Es a la vez imaginada y real. Construye el fabulador una vida posible, soñada, que debería ser válida para todos los hombres y para cada uno de ellos individualmente. Por eso, no puede ser sino un fabricante de sueños, es decir, un inventor de deseos. Sin embargo, es un trabajo que nadie quiere tomar, porque es mucho más difícil y comprometido de lo que aparenta, ese trabajo de fabulador, de constructor de la leyenda, que alguien elige o acepta porque está predispuesto a él, es lo que ata con fuerza el poeta, que lo amarra irremisiblemente a la tierra como constructor de sueños y de fábulas.
El fabulador quisiera construir un sueño para él, pero descubre que su sueño únicamente puede ser el sueño de los otros. No le da tiempo a construir el suyo propio, su proyecto vital. Es un ser entregado, pues la razón de sí mismo como fabulador es ser para los otros. De ahí que el trabajo de poeta tiene mucho de sacerdocio y, en las culturas primitivas, pertenecía de hecho a los chamanes, a los brujos, a aquellos que también contaban la historia de la tribu, incluido el nacimiento del mundo y la relación con él. Es una suerte de recitador, de aedo antiguo —porque el aedo siempre es antiguo, aunque sea de hoy mismo— que recorre fabulando el mundo, las cosechas, las siembras o las guerras, viendo, soñando, imaginando, testimoniando como, trágicamente, todo camina hacia la muerte, incluso su propia fábula.
El fabulador construye día a día, con las maderas de la naturaleza, una casa que quisiera para sí, pero sabe que será el otro quien se refugie bajo su techo. La madera que lo aleja de la tierra, de la humedad, del sol y del viento, acaba siempre sepultándolo, al ser más fuerte o más definitiva que él mismo. La fábula es su vida, también su sepultura.
Tragedia del fabulador es saberse necesariamente reflejo del otro, de la multitud y, aunque busque aislarse, aunque intente ser él mismo, su propio destino de compromiso lo devuelve al sueño colectivo. Se encuentra en los rostros de los demás y comprende que ese ser suyo, ese oficio que atraviesa el tiempo, le trae cada día la historia de la primera venganza, aquella historia bíblica de Caín, que hizo llorar sin duda a Adán. La fábula arrastra el llanto desde el principio de los tiempos para alimentar el sueño. “Cómo pesa este hombre que me dieron”, dice el poeta; es decir: cómo pesa este modo de justificarme como hombre siendo para los demás y no obteniendo nunca satisfacción para mí. Es un peso del que no puedo desprenderme, piensa. Por eso he traído la historia de Caín a estas páginas. De las causas que provocaron la expulsión del paraíso, según el Génesis, podía obtenerse perdón (y de hecho el Nuevo Testamento viene a resolverlo con la misión de Cristo), pero el asesinato de Abel por su hermano no puede nunca olvidarse ni redimirlo el padre. Es esa traición la que marca míticamente la historia de la humanidad.
El fabulador quisiera ser únicamente para sí mismo, pero no puede conseguirlo porque sabe, porque conoce, porque recuerda en medio de un mundo todo confusión. Se ha echado encima el deber de explicar que siempre nos amenaza el acto cainita que acecha a nuestra espalda, porque el terreno está sembrado de quijadas de asno.
En el saber se incluye la obligación de decirlo, pero ¿cómo hacerlo y qué consecuencias tendría? No sabemos si somos un Abel, amenazado por los actos de Caín, o un Caín que espera la venganza de los hijos de Abel. En cualquier caso, pende la condena.
Pero el fabulador va aún más lejos. Comprende que una doble tragedia lo domina: por un lado es quien lleva la carga del conocimiento, la carga del saber; por otra parte, es el testimonio de una vida perenne que conduce a la muerte. Al fin y al cabo, la lengua que conoce oculta no es la que todos hablan y entienden, sino aquella de Gustavo Adolfo Bécquer en su “Rima I”: “Yo sé un himno gigante y extraño…”. Gigante porque en él cabe todo el conocimiento. Extraño porque “en vano es luchar” —dice Bécquer—, no hay forma de expresarlo. El fabulador es un hombre de voluntad comunitaria, pero fuera de lo común y, por ende, misterioso, trágico, peligroso y, posiblemente, inútil.
Esto me trae a la cabeza aquella impresionante novela de Miguel de Unamuno titulada San Manuel Bueno, mártir. Un sacerdote deja de creer. ¿Cuál es su obligación, subir al púlpito al domingo siguiente y decirle a los fieles que aquello que ha venido predicando no le parece ya cierto? Pero si lo hiciera, ¿sería lícito dejar a los fieles sin referencia moral, en un vacío de fe que podría arrasarlos interiormente? ¿Qué decisión debe tomar? Es la conciencia del peligro que toda verdad puede conllevar.
El fabulador se ve también enfrentado al caos. Lo descubre y busca comunicarlo. Nuestro poeta decide expresarlo en el libro a través cinco textos o “poemas concretos”, de los que los dos primeros son un rimero de letras. La Real Academia Española considera sinónimos de “rimero”: montón, cúmulo, amontonamiento, hacina, caterva, pila… Todas estas palabras insisten en la idea de desorden, de caos. El tercer texto se limita a decir: “un espacio / un espacio”. El cuarto consiste en una única palabra que va cayendo como por un acantilado, “precipitándose”. El quinto son dos versos, abajo de la página, que destacan la ausencia como un instante. El caos tal vez pudiera ordenarse si tiempo y espacio se cohesionaran.
Espacio e instante. Tras el derrumbe del discurso, el poeta recupera fuerza y busca tiempo y lugar para emprender un curioso trabajo de construcción y destrucción. Claro que esa labor nos recuerda inmediatamente el trabajo de Penélope, la mujer de Ulises que, por ganar tiempo, o por buscar el modo de retornar continuamente al principio, deshacía por la noche la labor del día. A escondidas, casi oculta, aparece, efectivamente, Penélope en el libro, construyendo el engaño con hilo, agujas y esperanza. Pero el fabulador sabe que la vida resbala por el hilado, por un vacío imposible de llenar. Incluso el amor, aquel que daba fuerzas a la mujer de Ulises, acaba alguna vez corrompiéndose. La ilusión del día termina también en el silencio de la noche.
Para concluir, el fabulador comprende que sólo puede testimoniarse el vacío, la nada que se sacrifica una y otra ves en un sueño o deseo. El fabulador aprende que sólo puede comunicarse el silencio y, por lo tanto, su destino trágico es ser un fabulador íntimamente incapaz de fabular.
La experiencia de los hombres
La segunda parte componente del libro, impresa en letras de un tipo menor, responde a la experiencia que el fabulador conoce en los seres humanos.
El hombre nunca es libre, porque “nacemos ignorando el nacer”. Además, no nacemos, nos nacen. Somos, así, deudores y esclavos de nuestro origen. La infancia es la edad dorada, aquella en la que no se es consciente ni de uno mismo pero, después, al poco, no hay otro camino que empezar una tarea tal vez heredada u obligada, una navegación que conduce irremisiblemente al naufragio.
Si el fabulador es consciente de su tragedia, también pueden llegar a conocer la propia todos seres humanos. Sabemos con este libro que todos los hombres, a los que pensamos distinguibles uno a uno, son iguales y, por lo tanto, indistinguibles. Uno, cuando se cruza con otro, ve su propia imagen y, tras la muerte, hecho ceniza, renace como el ave Fénix, para ser de nuevo, aunque teóricamente distinto o aparente serlo.
Los seres humanos no vienen a ser sino uno solo repetido de continuo, reproducido.
Son formas idénticas, como gotas de agua, como las hojas de los árboles, como las ramas cuya diferencia, de existir, no, percibimos.
Cada instante es igual al precedente o al que le sigue, un siglo no es sino la síntesis de siglos, las luces y las sombras sólo se diferencian porque se oponen y los sueños jamás traen serenidad, sino inquietud.
La memoria no es sino recuerdo repetido, un hoy anunciado, un mañana previsto.
Por eso, todo termina en la muerte y ésta es vida que renace y se repite.
La luz es sombra, el agua sangre, el rostro el mismo rostro, la caída no deja nunca huella, el instante es el tiempo, la casa construida es el polvo en que se convierte, la realidad un mar que viene y se retira, el agua que corre es la vida que muere en la misma agua.
El ser humano está instalado en una circularidad completa, pues es para no ser y el mundo surgió y desaparecerá en la nada o en sí mismo camino del vacío. La religiones explican con facilidad la creación del mundo, pero aterradas por el posible vacío final, imaginan una nueva vida, un paraíso, un recomenzar que, obviamente, sólo puede conducir a un nuevo fin y a un ciclo repetitivo. La vida eterna. El budismo, menos metafórico, concibe un proceso de construcción, destrucción, reconstrucción, nueva destrucción… Como dice el poeta, “la luz […] hoy sucumbe en sus propios fuegos”.
¿Es consciente la humanidad de ese ser sin saber para qué? Es un saber tan trágico, tan brutal, tan terrible, que ella misma construye la protección contra el conocimiento: una mirada inspectora que impide que el ser humano sepa lo que ve, entienda lo incomprensible, conozca lo que no sabe. “Y tú estás mirando sin advertir tu mirada, / en los ojos de otros estás despertando en luz, / con los ojos de otros te morirás ciego”. Es el sistema de control “político” más perfecto: cada uno acaba vigilándose a sí mismo, censurándose.
La experiencia del fabulador
El libro ha ofrecido la teoría sobre la que se sustenta el fabulador. Después, se ha detenido en cómo esa teoría de la existencia se patentiza en los seres humanos y los condiciona. Por último, el fabulador habla de sí mismo como hombre que fabula. De alguna manera, se confiesa.
Naturalmente, será una confesión fragmentaria, centrada en unos cuantos rasgos o percepciones, pero que simbolizan el recorrido vital de un individuo que, al fin y al cabo, nace, crece y muere, con la particularidad de que posee la conciencia de que será sustituido por otro.
Nació “hecho cuerpo de pura sangre e intenciones”, conoció la edad de oro, la primera, pero de aquel niño tenía que surgir un hombre que se hizo actor en el escenario de la vida, en el centro de la tierra y del tiempo. Va poco a poco viviendo, empieza a conocer el efecto del tiempo: “Muchos días han muerto en los ojos, en las manos, sin que yo los matara”. Descubre la ciudad, el entorno, la conciencia de la muerte. La transformación de los cuerpos. Construye la casa, se descubre en el otro. Al correr del tiempo, ha llegado a ser maduro, luego un anciano, y concluye en un resto de polvo. Las otras partes del libro nos ha descrito la historia, aquí y ahora, en la tercera parte, la vivimos en primera persona.
Aquel niño que era se hizo un caminante continuo, un viajero, y ha llegado a la mitad de la vida. La referencia literaria nos llega inmediata. “Nel mezzo del camin di nostra vita”. Es el inicio de la Divina Comedia, de Dante. Dice el fabulador que él es “el hombre ya hecho hombre, el hombre alcanzando al hombre, el hombre reteniendo por no sabe cuánto tiempo su plenitud de nombre”. No puedo detenerme en la importante detener nombre. Sin nombre no se existe, según la tradición antropológica, pero contextualicemos al viajero en el texto del Dante: el poeta advierte “mi ritrovai per una selva oscura, / ché la diritta via era smarrita”, perdido el camino, se encuentra en una selva tan oscura, áspera y salvaje que sólo con pensarla produce terror. Tan terrible es que, con poco más, sólo sería la misma muerte. Y el poeta no recuerda cómo llegó hasta allí, “tant’era pien di sono a quel punto”, porque tenía mucho sueño entonces, como el fabulador también construye sueños y en ellos se sumerge.
Nuestro niño llegado a la mitad de la vida, nuestro caminante, nuestro marinero, nuestro fabulador se encontraba a sí mismo en cada uno de los otros, así también Dante encuentra en el poeta Virgilio un doble, un poeta que sirve de guía para penetrar en la sombra. Guía y modelo. Molde de comportamiento y escritura. Como dice el fabulador: “Aún no decae la forma de la primera forma”.
La vida ha ido transcurriendo. El poeta ha tropezado con las dificultades del dominio de la naturaleza, de la construcción de la casa, con la noche, como Dante se vio amenazado por la orza o la loba. Ahora, en esa geografía del tiempo, se descubre a sí mismo como una suerte de Penélope, tejiendo y destejiendo. De sus dedos “salían los hilos persistentes, infinitos que sostienen por los siglos la agonía del mundo”. Recordemos que “agonía” significa “tragedia”.
Nadie puede librarnos del oficio de la vida, del tejido constante del tiempo. Nuestra vida es un tejer y destejer. Un castigo perenne. Como Dante penetra en el infierno, como Eneas también entró en el averno, según la Eneida. Así también el fabulador se inserta en la propia fábula, que es la vida.
Hay un momento en que parece que el poeta puede salvarse por el amor. Del mismo modo que Dante amó a Beatriz, el fabulador se encuentra con una mujer. Pero, si al principio aprecia “Tú y tus labios en mis manos resbalando, cayendo hasta los labios ávidos del deseo que guarda la vida detrás de las desdichas”, los fuegos se apagarán y sólo va a quedar un llanto. “El recuerdo preciso de la tarde en que lloramos juntos” será la única huella. Un poema propio de la “poesía concreta” lo expresa también visualmente. Los versos forman dos triángulos opuestos de los que el primero se refiere a la noche amorosa y el segundo a la ruptura de la mañana. Ni siquiera hay un espacio abierto para el pronombre femenino, para ella, sino que los vértices de los triángulos lo constituyen el pronombre del propio fabulador: yo.
El fabulador es consciente, no sólo de que únicamente se vive para morir, sino de que el ser humano sólo es materia y en ella se crece, se envejece y se muere. La sangre del nacimiento conduce al polvo, a las cenizas de la sepultura. A la única huella que permanece, la de la destrucción.
No es El fabulador un libro fácil, tampoco grato, en el sentido de un libro que toque la fibra sentimental del lector. No describe paisajes hermosos, amores sutiles, horizontes profundos. Su hermosura, su sutileza y su hondura residen en el sentido de la tragedia de la vida humana. Una tragedia que está más arriba que todas las creencias y todos los convencimientos, que responde a la conciencia de la función imprescindible del poeta que sólo puede, paradójicamente, fabular sobre la imposibilidad de decir la fábula, como un nuevo Manuel Bueno, santo y mártir unamuniano, que bien quisiera llevar consigo la palabra verdadera.
La indecibilidad de la fábula que, sin embargo, y como burla grotesca, únicamente conocemos porque se escribió: la fábula de lo inefable.
Jorge Urrutia. Catedrático emérito Universidad Carlos III de Madrid
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