Dedicado a María Amalia León

En la República Dominicana llevamos años diagnosticando la crisis educativa como quien examina un cuerpo enfermo sin escuchar el latido más profundo. Hablamos de salarios, de infraestructura, de presupuestos, de tabletas, de rankings internacionales. Pero detrás de todo eso hay un país que ha ido perdiendo algo más irremplazable: su alma pedagógica.

Porque la educación no solo transmite conocimientos; sostiene civilizaciones.

Los maestros de antes y los maestros de hoy

Es tentador comparar a los maestros de antaño con los de ahora. Y aunque hoy cobran más y tienen mejores facilidades, rara vez ganan la comparación.

El tema esencial es la vocación.

Los maestros de ayer, aun siendo en muchos casos simples bachilleres, suplían sus limitaciones académicas con profundidad humana y un deseo férreo de enseñar. Tenían dos ventajas fundamentales:

  1. Un alumnado más dispuesto a aprender.
  2. Un ejercicio docente libre de la manipulación política gremial.

Porque cuando nació la Federación Nacional de Maestros (Fenama), y luego la ADP, el magisterio se volvió botín partidario: un campo donde la lucha gremial se convirtió en estridencia y no en excelencia. Paradójicamente, ni siquiera pueden atribuirse el logro del 4% para la educación.

Hoy tenemos maestros mejor formados y mejor pagados, pero sin la orientación moral y la sensibilidad humanista que caracterizaban a los educadores que formaron generaciones enteras con dignidad y con una entrega que rozaba lo sagrado.

Y aunque sabemos que en todas las regionales existen muchos buenos maestros y funcionarios preparados, con propósitos claros y verdadera vocación —valiosos y necesarios—, también sabemos que son los menos.

El país necesita unir al maestro digno de ayer con el maestro preparado de hoy.

Necesita recuperar la sensibilidad que hacía que un profesor se sintiera no solo funcionario, sino constructor de nación.

Los cimientos de nuestra educación: Hostos, Salomé y Ercilia

Eugenio María de Hostos.

Nuestra tradición educativa nació de gigantes.

Hostos, fundador de las escuelas normales, soñó un ser humano integral: moral, racional, libre.

Salomé Ureña.

Salomé Ureña abrió el camino de la educación femenina con rigor y ternura, formando a las primeras maestras del país.

Ercilia Pepín.

Ercilia Pepín, con su valentía intelectual, reformó programas, instauró el uniforme, el laboratorio, el respeto a los símbolos patrios y el desayuno escolar.

Todos ellos entendieron algo que hoy hemos olvidado: la educación es el acto político más delicado y decisivo de una nación.

Y aunque la misión está lejos siquiera de rozar su cumplimiento, también reconocemos que en ese pequeño grupo de buenos educadores de hoy —los pocos que aún sostienen con dignidad su vocación— permanece vivo el germen del cuestionamiento y la pasión por mejorar.

Con la ayuda de Dios, serán ellos quienes emprendan la ardua y necesaria lucha por elevar la educación dominicana y dignificarla en beneficio de la nación.

El 4%: una conquista sin victoria

En 2012 celebramos la aprobación del 4% del PIB para la educación como si fuera el inicio de un renacimiento.

Doce años después, en 2025, ese 4% asciende a RD$323,826.5 millones… y sigue administrándose con torpeza: disperso en burocracia, en compras sin visión, en improvisaciones ministeriales que se anuncian con fanfarria, pero no transforman nada.

Tenemos recursos, pero no proyecto.

Tenemos presupuesto, pero no dirección.

Tenemos ministros que pasan sin dejar huella, como sombras breves en un edificio que no conocen.

Y así se nos va la década: sin excelencia y sin horizonte.

La grieta invisible: la educación ética

Podría parecer que la crisis educativa es solo administrativa, técnica o política.

Pero hay algo más hondo, más peligroso, que no aparece en los informes ministeriales ni en los discursos oficiales.

Porque existen crisis que se anuncian con ruido… y otras que llegan como un presentimiento.

Hay crisis que rugen y crisis que susurran.

La crisis de la educación ética pertenece a ese reino de lo invisible: no explota, pero corroe; no escandaliza, pero desarma.

Es una grieta fina que avanza por las paredes del país, anunciando, sin palabras, que algo profundo está dejando de sostenernos.

Y en esa grieta —no material, sino moral— se cuela una atmósfera que asfixia todo: valores vaciados, pantallas encendidas, vulgaridad celebrada como éxito, espectáculo convertido en orientación nacional.

Los adolescentes caminan sin mapa interior, y el país entero parece navegar sin una idea clara de sí mismo.

Fue en medio de esa reflexión que una gran amiga, viendo el deterioro moral de muchos programas de radio, televisión y medios digitales, me dijo una frase que resume el espíritu de esta época:

 “Somos extranjeros en nuestra propia tierra. Y no sé si estamos en un punto de no retorno.”

Ese es el verdadero epicentro de la crisis:

no la falta de dinero, sino la pérdida de referentes;

no la ausencia de tecnología, sino la ausencia de propósito;

no el déficit académico, sino el déficit de conciencia.

La escuela sin alma

Hoy vemos construcciones modernas, pero vacías de filosofía, de disciplina, de arte, de literatura, de diálogo y de valores humanos.

La técnica aplasta la sensibilidad.

La burocracia asfixia la vocación.

El Ministerio de Educación se llena de consultores y burócratas, pero no de pedagogos.

Tenemos infraestructuras, pero no humanidad.

Tenemos dispositivos, pero no pensamiento crítico.

Tenemos edificios brillantes, pero no maestros faro.

La reconstrucción posible

La salida no está en más pruebas estandarizadas ni en nuevos parches administrativos.

La reconstrucción moral de un país siempre empieza en lo pequeño: en el maestro que inspira, en el aula donde un niño pregunta, en la conversación que despierta, en el libro que abre un mundo, en el arte que revela la condición humana.

Restaurar la educación ética no significa crear una asignatura más.

Significa convertir toda la escuela en un espacio de formación interior.

Que el arte vuelva a ser puente.

La literatura, guía.

El teatro, revelación.

El maestro, faro.

La familia, aliada.

Y el Estado, garante, no administrador caótico.

Responsabilidad histórica

Los gobiernos no pueden seguir gestionando el 4% como un botín político ni como una vitrina de obras.

La educación dominicana necesita estadistas, no improvisadores.

Ministros con visión, no funcionarios que entran contando los días para salir ricos.

Un país puede soportar déficits económicos, pero no puede sobrevivir a un déficit de conciencia.

Llamado final

Ha llegado la hora de mirar hacia el aula sin estadísticas en la mano, sino con la certeza de que allí, en esa frágil frontera donde un joven aprende a nombrar el mundo, se decide el destino moral de la patria.

Porque cuando la escuela deja de cultivar dignidad, la nación pierde su centro.

Pierde su voz.

Pierde su futuro.

Por eso hoy, más que nunca, necesitamos convocar a los mejores: a los profesionales, a los pensadores, a los maestros, a los artistas, a los padres y madres conscientes.

Necesitamos que asuman la educación como el desafío ético más urgente de la República Dominicana.

Y necesitamos que los gobiernos —este y los que vendrán— comprendan que la educación no es un premio para un aliado político, sino la línea que separa a una nación de la barbarie.

Allí comienza todo.

Allí debe renacer todo.

Y es ahora. No después.

Para recordarlo, volvamos al origen: a la palabra fundacional que iluminó la primera investidura de maestras en 1881, cuando Salomé Ureña bajo la mirada visionaria de Hostos,  pronunció un verso que hoy vuelve a resonar como un llamado irrenunciable:

 “De la patria el porvenir en vuestras manos está”.

Ese verso, sencillo, puro y encendido sigue siendo nuestro norte.

Porque las naciones no mueren por pobreza ni por errores: mueren cuando renuncian a educar con dignidad.

Pero aún queda una llama encendida, tibia, frágil y obstinada en las manos de nuestros buenos maestros.

De nosotros depende que esa llama vuelva a ser fuego.

Si permitimos que se apague, no habrá futuro posible.

Pero si la avivamos, todavía podremos levantar un país que se mire sin vergüenza y se reconozca en su propia luz.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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