La pregunta por la dominicanidad vuelve, una y otra vez, al centro de nuestras preocupaciones intelectuales. ¿Qué significa ser dominicano? ¿De qué raíces procede nuestra identidad? ¿Qué elementos de nuestra historia hemos incorporado y cuáles hemos preferido silenciar? Y, sobre todo, ¿podemos seguir pensando la nación desde categorías identitarias construidas en otras épocas, frente a una sociedad que ha cambiado profundamente?

Estas preguntas no son exclusivamente académicas. Interrogar la dominicanidad significa preguntarnos también qué sociedad hemos construido, cuáles valores deseamos preservar y qué país queremos legar a las generaciones futuras.

En este horizonte adquieren particular relevancia las reflexiones de Julio Cuevas y Manuel Matos Moquete, a las que se suma, desde una perspectiva política, la propuesta de Radamés Martínez sobre la construcción de ciudadanía y de poder desde abajo.

La dominicanidad, desde esta perspectiva, no puede ser entendida como una esencia concluida ni como una fórmula definitiva. Es un proceso histórico, cultural, político y ético en permanente construcción; una obra abierta en la que cada generación incorpora nuevas preguntas, nuevas experiencias y nuevas formas de comprender el pasado y proyectar el futuro.

Radames Martínez.

La identidad como problema histórico y filosófico

La cuestión de la identidad nacional ha ocupado un lugar central en el pensamiento dominicano. Sin embargo, durante mucho tiempo la búsqueda de una definición de lo dominicano estuvo vinculada a concepciones esencialistas: la necesidad de establecer una imagen aparentemente definitiva de quiénes somos y, en ocasiones, quiénes no somos.

Este procedimiento puede conducir a una paradoja: mientras más rígida se vuelve una identidad, menos capacidad tiene para explicar la complejidad real de una sociedad.

La nación no es una pieza arqueológica.

Es una construcción histórica.

Sus símbolos, valores, relatos y memorias se transforman con el tiempo. También cambian las preguntas que cada generación formula acerca de su pasado.

Por eso, pensar la dominicanidad en el presente exige superar la tentación de convertirla en una definición cerrada y comprenderla como una experiencia colectiva en permanente proceso de elaboración.

El cimarronaje como principio de libertad

Una de las categorías más sugerentes vinculadas al pensamiento de Julio Cuevas y Manuel Matos Moquete es la del cimarronaje.

Históricamente asociado a la resistencia de los esclavizados que escapaban de los espacios de dominación, el cimarronaje puede adquirir una dimensión cultural y filosófica mucho más amplia. Ya no se trata únicamente de una fuga física, sino de la voluntad de romper con toda estructura que pretenda reducir al ser humano a la obediencia, al silencio o a la subordinación.

El cimarronaje se convierte así en una ética de la libertad.

Puede manifestarse en la educación que enseña a pensar, en la literatura que cuestiona los relatos establecidos, en la creación artística que desafía los cánones, en la memoria que recupera aquello que fue olvidado y en la ciudadanía que se resiste a aceptar como natural cualquier forma de dominación.

Desde esta perspectiva, el cimarronaje permite pensar la dominicanidad como una ontología de lo inacabado.

Ser dominicano no consistiría simplemente en repetir una identidad heredada, sino en tener la capacidad de recrearla frente a las circunstancias históricas.

La nación deja entonces de ser monumento para convertirse en movimiento.

Fanon: la colonización de la conciencia

Frantz Fanon.

Esta reflexión puede profundizarse mediante el diálogo con Frantz Fanon.

Fanon mostró que el colonialismo no domina únicamente mediante la ocupación territorial, la fuerza militar o la explotación económica. Su poder alcanza también la conciencia del colonizado. La dominación puede interiorizarse hasta el punto de que el sujeto comienza a contemplarse a sí mismo desde la mirada del dominador.

En Piel negra, máscaras blancas, Fanon analiza los efectos psicológicos y culturales de esta situación. El sujeto colonizado puede experimentar una profunda alienación, sentir que su propia cultura carece de valor y buscar reconocimiento mediante la aproximación a los modelos impuestos por quien lo domina.

Por ello, para Fanon, la liberación no puede reducirse a un acontecimiento político o militar. La descolonización implica también una reconstrucción del sujeto, una recuperación de su dignidad y de su capacidad para afirmarse y producir una imagen propia de sí mismo y de su mundo.

Aquí aparece una pregunta particularmente fecunda para el pensamiento sobre la identidad nacional:

¿Puede una sociedad alcanzar la independencia política y conservar, sin embargo, formas de dependencia cultural, simbólica o psicológica?

La pregunta no significa afirmar que la experiencia dominicana sea idéntica a la situación colonial analizada por Fanon. Sería históricamente incorrecto. Su valor reside en proporcionarnos una herramienta crítica para examinar la manera en que determinadas sociedades pueden interiorizar modelos, valores y representaciones provenientes de relaciones históricas de poder.

La dominación no siempre aparece bajo la forma visible de un ejército extranjero.

También puede sobrevivir en los criterios con los que valoramos nuestra propia cultura, en los modelos que imitamos, en las imágenes que construimos de nuestra historia y en la manera en que aprendemos a mirarnos a nosotros mismos.

Freire: la educación como práctica de libertad

Paulo Freire.

Paulo Freire lleva una preocupación semejante al terreno de la educación.

En Pedagogía del oprimido, cuestiona la denominada educación bancaria, mediante la cual el educador aparece como depositario del conocimiento y el estudiante como receptor pasivo.

Para Freire, este modelo puede reproducir relaciones de dominación porque enseña al sujeto a adaptarse al mundo existente en lugar de desarrollar su capacidad para cuestionarlo y transformarlo.

Frente a ello propone una educación dialógica y problematizadora, en la que el educando participa activamente en la construcción del conocimiento y desarrolla la denominada concientización: la capacidad de comprender críticamente la realidad, identificar las estructuras que condicionan la existencia y asumir la posibilidad de intervenir sobre ellas.

En este sentido, alfabetizar no significa únicamente enseñar a leer palabras.

Significa también aprender a leer el mundo.

El sujeto deja de ser objeto de la historia para reconocerse como protagonista de ella.

Fanon y Freire convergen, por tanto, en una preocupación fundamental: la opresión no actúa solamente desde fuera. Puede penetrar en la subjetividad, producir silencio, resignación, dependencia e interiorización de los valores del dominador.

Pero conviene establecer una precisión: Freire no constituye simplemente una prolongación pedagógica de Fanon. Su pensamiento también se nutre de otras tradiciones filosóficas, políticas, humanistas y educativas. La relación entre ambos debe entenderse como un diálogo intelectual en torno a la emancipación.

Podríamos decir, de manera sintética:

Fanon diagnostica la herida; Freire desarrolla una pedagogía para que el sujeto pueda reconocerla, comprenderla y actuar sobre las condiciones que la producen.

Memoria, diversidad y pluralidad

Este diálogo conduce inevitablemente al problema de la memoria.

Pensar la dominicanidad como proceso obliga a revisar la imagen homogénea de la nación.

La República Dominicana es resultado de múltiples confluencias históricas. En nuestra formación participan las herencias indígenas, africanas, europeas y caribeñas, junto a migraciones, desplazamientos y transformaciones sociales que han continuado modificando el rostro del país.

Nuestra identidad no es, por tanto, una línea recta.

Es una trama.

En ella conviven memorias, conflictos, desplazamientos, mestizajes, resistencias, apropiaciones y contradicciones. Precisamente por eso, cualquier intento de reducir lo dominicano a una sola raíz, una sola interpretación histórica o una determinada imagen cultural termina empobreciendo la complejidad de nuestra experiencia colectiva.

La diversidad no constituye una amenaza para la identidad nacional.

Puede ser, por el contrario, una de sus mayores riquezas.

Pero reconocer la diversidad exige también una memoria crítica.

No basta con recordar aquello que confirma nuestra imagen de nación. Es necesario recuperar también las voces que quedaron en los márgenes: las de los sectores populares, las mujeres, las comunidades afrodescendientes, los migrantes y todos aquellos grupos cuya participación en la construcción de la sociedad dominicana no siempre ha recibido la misma visibilidad en los relatos oficiales.

Una nación madura no es aquella que únicamente celebra su memoria.

Es aquella que se atreve a interrogarla.

La dominicanidad en el horizonte del pensamiento descolonial

Julio Cuevas y Manuel Matos Moquete.

Las reflexiones de Cuevas y Matos Moquete pueden colocarse en diálogo con diversas corrientes del pensamiento crítico contemporáneo.

Fanon examinó la alienación producida por la dominación colonial. Freire convirtió la educación en una práctica de libertad. Édouard Glissant cuestionó las identidades construidas alrededor de una única raíz y propuso pensar la relación, la diversidad y el rizoma como formas de comprender las culturas caribeñas. Enrique Dussel colocó la experiencia del excluido en el centro de una ética de la liberación. Benedict Anderson mostró que las naciones son comunidades históricamente construidas e imaginadas.

José Martí, desde Nuestra América, había planteado la necesidad de pensar nuestra realidad desde nosotros mismos, sin renunciar por ello al diálogo con el mundo.

En todos estos planteamientos existe una coincidencia fundamental: la identidad no es una sustancia inmóvil; es una construcción histórica.

Y toda construcción histórica puede ser revisada, cuestionada y recreada.

Desde ahí adquiere fuerza la posibilidad de pensar la dominicanidad como una identidad relacional, capaz de reconocerse en sus múltiples raíces y, al mismo tiempo, de dialogar con otras culturas sin perder su especificidad.

La palabra como acto de cimarronaje

En este proceso, la literatura ocupa un lugar privilegiado.

La palabra literaria no solamente describe la realidad. También puede interrogarla, desestabilizarla y contribuir a transformarla.

Cuando un escritor recupera una memoria olvidada, da voz a una experiencia silenciada o cuestiona una interpretación convencional de la historia, la escritura adquiere una dimensión que rebasa lo estrictamente estético.

Es entonces un acto de libertad.

En esta dirección puede entenderse la relación entre escritura y cimarronaje en el pensamiento de Manuel Matos Moquete. La palabra puede convertirse en espacio de resistencia frente a los discursos dominantes y en instrumento para ampliar los límites de aquello que una sociedad considera pensable.

La literatura dominicana tiene, en este sentido, una responsabilidad particular.

No está llamada únicamente a reproducir la imagen que tenemos de nosotros mismos, sino también a preguntarnos si esa imagen continúa siendo suficiente.

Toda gran literatura introduce una incomodidad.

Nos obliga a mirar nuevamente aquello que creíamos conocer.

La filosofía como praxis

El pensamiento sobre la identidad nacional tampoco puede quedar encerrado en las universidades, los libros o los congresos académicos.

Una reflexión sobre la dominicanidad adquiere verdadero sentido cuando se transforma en praxis.

Debe llegar a la escuela que enseña a pensar críticamente; a la universidad que investiga nuestra historia sin prejuicios; a las instituciones que reconocen la pluralidad cultural; a los espacios comunitarios donde se preserva la memoria; a la literatura que rescata voces olvidadas y a una ciudadanía capaz de participar activamente en la construcción de su propio destino.

La educación tiene aquí una responsabilidad fundamental.

No podemos enseñar a las nuevas generaciones una identidad reducida a símbolos, fechas patrias y episodios heroicos. Necesitamos enseñarles también a formular preguntas, a reconocer contradicciones, a comprender nuestra complejidad histórica y a valorar las diferentes raíces que conforman nuestra sociedad.

Una identidad que no admite preguntas termina convirtiéndose en dogma.

Y una nación que convierte su historia en dogma corre el riesgo de quedar prisionera de su propio pasado.

Radamés Martínez: ciudadanía y poder desde abajo

Ciudadanía y poder, de Radamés Martínez.

En este punto adquiere especial relevancia la propuesta de Radamés Martínez, desarrollada en Ciudadanía y Poder: Alternativas y desafíos para construir el poder desde abajo.

Martínez propone una reconfiguración del horizonte político: la construcción de ciudadanía como condición para la disputa efectiva del poder y para una transformación democrática del Estado.

Su planteamiento desplaza el centro de la acción política. El Estado deja de aparecer como el único espacio desde el cual puede producirse la transformación social y la ciudadanía adquiere un papel protagónico.

No se trata simplemente de conquistar posiciones de poder, sino de construir previamente las capacidades sociales, organizativas y participativas que permitan a los ciudadanos intervenir de manera efectiva en la vida pública.

Desde esta perspectiva, el poder no debe concebirse únicamente como algo que se conquista desde arriba. También es una capacidad que puede construirse desde abajo, mediante la organización comunitaria, la participación, el diálogo, la deliberación y la articulación de intereses colectivos.

La ciudadanía deja así de ser un simple estatus jurídico para convertirse en una práctica social, política y ética.

Aquí la propuesta de Martínez encuentra un punto de convergencia con Paulo Freire. La concientización freiriana supone el tránsito del individuo pasivo al sujeto capaz de leer críticamente su realidad y actuar sobre ella. En Martínez, esa conciencia adquiere una dimensión organizativa y política: ciudadanos capaces de reconocerse como sujetos colectivos pueden construir vínculos, articular demandas y desarrollar formas de participación que trasciendan el momento electoral.

También resulta fecundo el diálogo con Fanon. Si la dominación puede penetrar en la conciencia y producir sujetos subordinados, la construcción de ciudadanía supone un movimiento contrario: recuperar la capacidad de pensar, decidir, organizarse y actuar colectivamente.

Desde la perspectiva de Julio Cuevas y Manuel Matos Moquete, esta construcción de ciudadanía y poder desde abajo puede ser interpretada como una expresión contemporánea del cimarronaje.

El cimarronaje deja entonces de significar únicamente resistencia frente a una dominación externa para convertirse también en emancipación intelectual, cultural, social y política.

El ciudadano cimarrón es aquel que deja de ser espectador de la historia para convertirse en sujeto de ella.

De ahí que la pregunta política pueda desplazarse:

No solamente quién ocupa el Estado, sino quién construye ciudadanía; no solamente quién ejerce el poder, sino cómo se construye el poder desde abajo.

Esta inversión resulta particularmente importante para pensar la democracia dominicana más allá de las coyunturas electorales. Una democracia sólida no depende únicamente de elecciones, partidos e instituciones; necesita ciudadanos capaces de pensar críticamente, participar activamente, organizarse y reconocer que la construcción de la nación no termina en las urnas.

En este sentido, la propuesta de Martínez completa un recorrido conceptual que atraviesa todo este ensayo:

de la identidad a la conciencia; de la conciencia a la ciudadanía; de la ciudadanía a la organización; y de la organización a la construcción democrática del poder.

La dominicanidad como proyecto inacabado no puede limitarse, por tanto, a preguntarse quiénes somos.

Debe preguntarse también:

¿Qué ciudadanía estamos construyendo?

¿Qué formas de poder queremos construir?

¿Y qué República Dominicana queremos hacer posible desde abajo?

La dominicanidad como obra abierta

Quizás la pregunta fundamental ya no sea solamente quiénes somos, sino qué República Dominicana queremos construir.

La diferencia parece pequeña, pero encierra una profunda transformación.

La primera pregunta mira hacia atrás en busca de una definición.

La segunda mira hacia adelante y convierte la identidad en responsabilidad.

Desde esta perspectiva, la dominicanidad no es un patrimonio terminado que debamos conservar intacto. Es una obra abierta que cada generación recibe y transforma.

Tenemos la responsabilidad de conservar aquello que nos dignifica, pero también de cuestionar aquello que reproduce exclusiones, desigualdades o prejuicios.

La tradición no debería ser una cárcel.

Tampoco el cambio debería significar la negación de la memoria.

El verdadero desafío consiste en establecer un diálogo fecundo entre memoria e innovación, tradición y transformación, identidad y diversidad.

Solo así podremos construir una idea de nación capaz de reconciliarse con su pasado sin quedar atrapada en él.

Hacia un nuevo discurso de la identidad nacional

Necesitamos, por tanto, un nuevo discurso sobre la dominicanidad.

Un discurso que no tenga miedo de reconocer nuestra diversidad.

Que no confunda identidad con exclusión.

Que no transforme la historia en una herramienta de confrontación permanente.

Que comprenda que la nación es una construcción colectiva y que, por consiguiente, todos tenemos responsabilidad en su futuro.

Ese nuevo discurso debe ser capaz de integrar la memoria histórica con los desafíos contemporáneos: la desigualdad social, las transformaciones culturales, la migración, la globalización, la revolución tecnológica, la crisis ambiental y las nuevas formas de participación ciudadana.

La dominicanidad del siglo XXI no puede ser idéntica a la del siglo XIX ni a la del XX.

No porque debamos renunciar a nuestras raíces, sino porque las raíces mismas adquieren nuevos significados cuando cambia el mundo.

La identidad auténtica no teme transformarse.

El cimarronaje contemporáneo como horizonte ético

Tal vez ahí se encuentre el sentido más profundo del cimarronaje contemporáneo: hacer de la libertad una forma de conocimiento; de la memoria, un ejercicio de justicia; de la cultura, un espacio de creación colectiva; de la ciudadanía, una práctica de participación; y de la identidad, un horizonte ético.

El cimarronaje de nuestro tiempo no necesariamente implica escapar de un territorio.

Puede significar escapar de los prejuicios.

De las categorías que nos dividen.

De los relatos que nos reducen.

De las certezas que nos impiden pensar.

Y, sobre todo, de la tentación de creer que ya hemos terminado de definir quiénes somos.

La dominicanidad permanece abierta porque la historia permanece abierta.

Cada generación recibe una nación, pero también recibe la responsabilidad de transformarla.

Por eso, la gran pregunta no es únicamente de dónde venimos.

Es también hacia dónde queremos ir.

En última instancia, esa puede ser una de las grandes enseñanzas que se desprenden del pensamiento de Julio Cuevas y Manuel Matos Moquete, en diálogo con las aportaciones de Radamés Martínez, Frantz Fanon y Paulo Freire: la dominicanidad no es un punto de llegada, sino un camino; no es una herencia que se recibe pasivamente, sino una responsabilidad que se construye mediante el pensamiento, la memoria, la educación, la ciudadanía, la organización social, la creación cultural y el compromiso con la dignidad humana.

Pensarla de ese modo significa asumir que la nación es una obra colectiva y que su futuro dependerá de nuestra capacidad para convertir la memoria en conciencia, la cultura en diálogo, la educación en libertad, la ciudadanía en participación y el poder en una construcción democrática desde abajo.

La República Dominicana todavía está escribiendo su propia definición.

Y esa definición, como toda obra verdaderamente viva, permanece inconclusa.

Referencias

Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Fondo de Cultura Económica.

Dussel, Enrique. Filosofía de la liberación. Fondo de Cultura Económica.

Fanon, Frantz. Piel negra, máscaras blancas.

Fanon, Frantz. Los condenados de la tierra.

Freire, Paulo. Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Glissant, Édouard. Poética de la relación. Universidad Nacional de Quilmes.

Martí, José. Nuestra América.

Martínez, Radamés. Ciudadanía y Poder: Alternativas y desafíos para construir el poder desde abajo. 2025.

Cuevas, Julio. Obras y ensayos sobre pensamiento, cultura y dominicanidad.

Matos Moquete, Manuel. Obras y ensayos sobre literatura, cultura, identidad y cimarronaje.

Ike Méndez

Poeta, educador y ensayista

Ike Méndez es ensayista y metapoeta dominicano. Coautor de obras como *"San Juan de la Maguana, una Introducción a su Historia de Cara al Futuro"* (Primer premio en el Concurso Nacional de Historia 2000) y *"Símbolos de la Identidad Sanjuanera"* (Segundo premio en 2010). Ganó el Segundo premio en el Concurso de Literatura Deportiva “Juan Bosch” (2008) y colaboró en la serie *"Fragmentos de Patria"* de Banreservas. También coeditó las antologías *"Voces Desatas"* (poesía, 2012) y la primera antología de cuentistas sanjuaneros (2015). Ha publicado seis poemarios: *Al Despertar* (2017), *Flor de Utopía* (2018), *Ruptura del Semblante* (2020), *Baúl de Viaje* (2022), *Al Borde de la Luz* (2023) y *El Joyero de Ébano* (2024), que reflejan una evolución poética constante. E-mail: jemendez@claro.net.do

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