Hay ciencias que parecen vivir recluidas en la frialdad de los libros, laboratorios, archivos polvorientos o las aulas universitarias. Y hay otras que caminan codo a codo con nosotros todos los días. La antropología pertenece sin duda a este segundo grupo; habita en la mesa familiar, en la calidez con que saludamos, en la selección de las palabras que utilizamos, en las fiestas que celebramos con fervor, en los alimentos que cocinamos con devoción y en aquello que juzgamos correcto o incorrecto.

Se encuentra presente en la manera en que entendemos el cuerpo, la familia, la religión, la muerte y la memoria, en la forma en que miramos a quien consideramos diferente. Sin embargo, persiste todavía una percepción bastante limitada sobre el alcance de nuestro campo de estudio, pues para algunas personas continúa siendo la disciplina encargada de analizar pueblos distantes, culturas exóticas o sociedades extintas del pasado. Para otros, se trata de una herramienta reservada exclusivamente a investigadores de museos o académicos.

Mientras que la antropología contemporánea trasciende por completo esos marcos estrechos, estudiando las múltiples dimensiones de la experiencia humana: nuestros cuerpos, lenguajes, formas de organización social, prácticas culturales, sistemas de significados y las diversas maneras de construir la vida colectiva, refiere la American Anthropological Association. Por ello, cuando planteamos una antropología para la vida no equivale a convertir la disciplina en un recetario pragmático, sino en reconocer que sus preguntas, métodos, técnicas y formas de mirar resultan indispensables para comprender el mundo y a las personas con quienes compartimos la existencia.

Tras varios años dedicados a la investigación sociocultural, la academia y la docencia universitaria, compruebo diariamente que una de las mayores aportaciones de esta ciencia no consiste únicamente en entregarnos respuestas empaquetadas, sino en enseñarnos a formular mejores preguntas sobre lo cotidiano. Por ejemplo, preguntarse ¿por qué comemos lo que comemos?, ¿por qué determinada norma lingüística se califica como culta mientras otra se rechaza como vulgar?, o ¿por qué ciertas manifestaciones se catalogan como patrimonio mientras otras se ignoran?, todo esto exige una postura crítica.

Del mismo modo, cuestionar, ¿por qué ciertos cuerpos se juzgan deseables mientras otros sufren discriminación?, ¿por qué una familia transmite una costumbre de generación en generación?, o ¿por qué sentimos arraigo hacia un territorio particular nos obliga a salir de la zona de confort? En mis estudios de antropología en la academia mexicana aprendí con mis maestros, que preguntar antropológicamente significa detenernos frente a aquello que parece natural u obvio para interrogar su historia, sus significados implícitos, sus relaciones de poder y las condiciones sociales que lo hicieron posible. Esta explicación siempre la hago con mis estudiantes sobre todo con los de posgrados y antropología de la alimentación, para que sepan la diferencias que existen en preguntar antropológicamente y preguntar para que nos den una respuesta genérica. La antropología comienza, precisamente, cuando dejamos de considerar como algo dado o natural aquello que simplemente hemos aprendido a lo largo del tiempo.

Una de las lecciones fundacionales de la disciplina consiste en descubrir que gran parte de lo que asumimos como innato o biológico responde en realidad a construcciones sociales e históricas, ya que nacemos con determinadas capacidades biológicas, pero aprendemos comunitariamente a comer de cierta forma, a vestirnos, a expresar afectos, a celebrar la vida, a llorar a nuestros muertos, a relacionarnos con nuestros mayores y a delimitar lo aceptable dentro del tejido colectivo. La cultura no es un catálogo inerte de tradiciones acumuladas, sino un entramado de significados mediante el cual interpretamos la realidad que nos rodea. En esta línea, Clifford Geertz (1973) estructuró una antropología interpretativa orientada a desentrañar esos sentidos profundos, argumentando que analizar una práctica humana no se reduce a describir lo que las personas hacen, sino a comprender qué significa dicha acción dentro de su contexto específico. A través de su conocida propuesta de la "descripción densa", Geertz demostró que una acción aparentemente sencilla puede contener múltiples niveles de significado social y político.

El autor en una jornada académica sobre Antropología de la Alimentación, 2025.

Pensemos, por ejemplo, en la dimensión simbólica y social de un plato de comida. Desde una perspectiva estrictamente nutricional, la ciencia analiza carbohidratos, proteínas, vitaminas o balance calórico; sin embargo, desde la antropología de la alimentación formulamos interrogantes sustancialmente distintos: ¿qué memoria histórica alberga ese plato?, ¿quién enseñó la técnica de su preparación?, ¿en qué territorio específico se originó?, ¿qué dinámicas familiares o comunitarias reproduce?, ¿qué identidades étnicas o regionales expresa?, y ¿qué estructuras económicas posibilitaron la circulación de sus ingredientes?

Un plato de mangú, un sancocho, un moro de guandules o la elaboración de dulces tradicionales dejan de ser meras fuentes de alimento para convertirse en ventanas de acceso hacia la memoria colectiva, la territorialidad, las economías campesinas, el parentesco y el patrimonio vivo. Eso es precisamente lo que la mirada antropológica logra con la cotidianeidad: transformar lo ordinario en una pregunta profunda sobre nuestra propia humanidad.

Sobre el tema en reflexión, Pierre Bourdieu (1984) nos ayuda a comprender que aquello que interpretamos como un gusto o preferencia puramente individual se encuentra profundamente entrelazado con nuestra trayectoria social, las experiencias educativas y las posiciones que ocupamos en la estructura social. Nuestro gusto tiene una historia incorporada. La manera en que comemos, hablamos, vestimos, escuchamos música o distribuimos el tiempo libre no brota de manera espontánea en la conciencia, sino que responde a disposiciones duraderas que incorporamos socialmente a lo largo del ciclo vital.

El concepto de habitus por ejemplo, resulta fundamental en este punto, pues nuestras prácticas diarias nos parecen naturales porque las hemos interiorizado hasta el punto de dejar de cuestionar su origen. Y aquí entra la antropología y nos hace interpretar la capacidad de asombro y formularnos preguntas clave: ¿por qué actuamos como actuamos?, ¿quién nos transmitió estas costumbres?, ¿qué vínculos mantienen con nuestra clase social, nuestra comunidad o nuestra memoria territorial? En este sentido, adentrarse en la antropología equivale inevitablemente a revisar nuestra propia biografía, esto nos decía siempre un maestro querido de la academia colombiana.

Más allá de la autoindagación, una de las contribuciones más urgentes del pensamiento antropológico para la sociedad contemporánea radica en su capacidad para ofrecer herramientas frente a la alteridad. Habitamos sociedades crecientemente complejas y diversas, atravesadas por procesos migratorios, convivencias pluriculturales y diversidades generacionales, religiosas y de género. Aunque los entornos digitales y las redes sociales han multiplicado el contacto con manifestaciones de todo el planeta, la mera exposición a la diferencia no garantiza su comprensión ni su respeto.

Resulta paradójico que podamos observar dinámicas culturales distantes en la pantalla de un teléfono móvil mientras reproducimos prejuicios contra el vecino que habita en nuestro propio entorno. La antropología combate directamente el etnocentrismo, tema que hemos analizado en esta columna, esa inclinación a juzgar las formas de vida ajenas utilizando las normas propias como escala universal, no para validar acríticamente cualquier práctica, sino para comprender su lógica interna dentro de su propio contexto antes de emitir un juicio apresurado.

Esta postura resulta ética y socialmente indispensable en un panorama marcado por la polarización, la xenofobia y los discursos de odio. De hecho, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, 2023) sostiene que la educación contemporánea debe orientarse hacia el respeto de la diversidad cultural, el pensamiento crítico, la empatía y la convivencia pacífica, capacidades que la antropología lleva más de un siglo cultivando. Sin embargo sabemos que estas convenciones y sus tratados se quedan en los discursos, las firmas y los documentos.

Frente a este panorama, surge una pregunta inevitable que interpela de forma directa a nuestros sistemas educativos: ¿por qué esperamos a que un estudiante ingrese a la universidad para ofrecerle herramientas de comprensión cultural? No se trata de sobrecargar los currículos escolares con nuevas asignaturas especializadas ni de pretender que cada niño se titulé como antropólogo, sino de integrar el pensamiento antropológico como una postura transversal en el aula.

Paulo Freire.

Un estudiante puede aprender a indagar el origen de las celebraciones de su comunidad, investigar la procedencia de sus alimentos, entrevistar a sus abuelos sobre la transformación de los saberes tradicionales o analizar cómo se transforma el lenguaje en las calles de su barrio. Eso también es hacer ciencia, educar para la vida y formar ciudadanía. Siguiendo la pedagogía crítica de Paulo Freire (1970), educar no consiste en depositar información de manera pasiva en el estudiante, sino en desarrollar la capacidad de leer críticamente la realidad para participar conscientemente en su transformación. La antropología y la pedagogía crítica se encuentran en este eje fundamental: aprender no es acumular datos sobre el mundo, sino aprender a interpretarlo.

Esta necesidad de alfabetización cultural cobra un carácter aún más apremiante en la era de los algoritmos y la inteligencia artificial. Vivimos hiperconectados y sumergidos en una sobreabundancia de datos, pero la inmediatez informativa no asegura el entendimiento social. Un algoritmo puede recomendar un video sobre una práctica ancestral, pero no explica los procesos de despojo o resistencia que la atraviesan; una plataforma puede proyectar imágenes de una comunidad, pero no permite comprender sus dinámicas internas. Mientras la tecnología digital nos conecta, la antropología nos recuerda que detrás de cada dato existen sujetos históricos, detrás de cada manifestación hay memorias acumuladas y detrás de cada representación operan relaciones de poder.

Desde mi propia trayectoria en la antropología de la alimentación y la gestión del patrimonio cultural inmaterial, investigar lo que consumimos y celebramos me ha confirmado que la vida cotidiana está impregnada de un valor extraordinario. Cuando investigamos los alimentos tradicionales o las expresiones rituales dominicanas, no estamos catalogando recetas viejas o bailes folklóricos; estamos escuchando a las comunidades, reconociendo sus luchas, registrando sus memorias territoriales y valorando las formas en que defienden su dignidad. La antropología enseña que el patrimonio no es un objeto estático guardado bajo vitrina, sino un proceso vivo que los pueblos crean, recrean, significan y transmiten cotidianamente. En tiempos de incertidumbre y transformaciones aceleradas, la antropología nos invita a pausar el juicio, a escuchar antes de opinar y a comprender que la diversidad no es una amenaza a neutralizar, sino la riqueza fundamental de la experiencia humana.

En última instancia, la mayor enseñanza de esta disciplina reside en que comprender al otro exige inevitablemente interrogarnos a nosotros mismos, que, al cuestionar los prejuicios ajenos, nos vemos forzados a desarmar los nuestros; al indagar el origen de una tradición distante, descubrimos la historia de nuestras propias prácticas. En un mundo que nos empuja al consumo vertiginoso y a la opinión apresurada, la antropología nos propone detenernos, reflexionar y desarrollar sensibilidad humana.

Una sociedad que produce millones de datos, pero resulta incapaz de interpretar sus diferencias culturales sería una sociedad tecnológicamente avanzada pero éticamente empobrecida. Por ello, más que preguntarnos para qué sirve la antropología, deberíamos cuestionarnos qué clase de sociedad construiremos si prescindimos de ella. Necesitamos una educación que enseñe a leer el mundo y una antropología que abandone los muros académicos para caminar por las calles, porque estudiar la cultura no es solo estudiar a los seres humanos: es, en el fondo, aprender a ser humanos entre los demás.

Referencias

American Anthropological Association. (s. f.). What is anthropology? https://www.americananthro.org/AdvanceYourCareer/Content.aspx?ItemNumber=2150

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A social critique of the judgement of taste (R. Nice, Trad.). Harvard University Press.

Freire, P. (1970). Pedagogy of the oppressed (M. B. Ramos, Trad.). Herder and Herder.

Geertz, C. (1973). The interpretation of cultures: Selected essays. Basic Books.

UNESCO. (2023, 20 de noviembre). Recommendation on education for peace and human rights, international understanding, cooperation, fundamental freedoms, global citizenship and sustainable development. https://www.unesco.org/en/legal-affairs/recommendation-education-peace-and-human-rights-international-understanding-cooperation-fundamental

Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural

MSc. Jonathan De Oleo Ramos: Antropólogo, docente-investigador y consultor en patrimonio cultural y políticas culturales. Doctorante en Humanidades y Patrimonio Cultural enfocado en la Investigación. Maestro en Gestión del Patrimonio Cultural, con especialización en antropología de la alimentación, estudios afrolatinoamericanos, derechos humanos y políticas culturales. Becario Mellon (DSI, City College of New York) 2024. Docente en FLACSO-RD y UNIBE. Miembro de la Sociedad Dominicana de Antropología; World Anthropological Union; Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Consejo Mundial de Académicos e Investigadores Universitarios. Autor de Antropología del Plátano y Cofradías Dominicanas del Espíritu. jonathan.deoleoramos@gmail.com

Ver más