‘’Los indígenas fueron, al principio, derrotados por el asombro’’. Eduardo Galeano

Hay historias que parecen pertenecer al pasado, pero que, cuando se leen con los ojos del presente, comienzan a hablarnos de nosotros mismos. ‘’Zumeca’’ (2019), de Lucía Amelia Cabral, con ilustraciones de Pascal Meccariello es una de esas historias. Bajo la belleza de sus paisajes, sus ríos, sus árboles, sus cantos y sus personajes, se encuentra una pregunta profundamente humana: ¿qué sucede cuando aquello que amamos entra en contacto con aquello que deseamos poseer?

La historia de ‘’Zumeca’’ puede leerse como una historia de amor, pero también como una reflexión sobre la identidad, la naturaleza, la maternidad, la espiritualidad, la ambición y la pérdida. Es la historia de una mujer que vive en armonía con su mundo y que recibe al extraño sin convertirlo inmediatamente en enemigo. Miguel llega desde otra tierra, perdido, cansado y vulnerable. Al principio es recibido con alimento, cuidado y hospitalidad. Zumeca no sabe quién es, pero tampoco permite que el miedo destruya su capacidad de comprender. La cacica representa así una idea esencial: el otro no tiene que ser conocido para ser tratado con dignidad.

Cuando Miguel aparece, la multitud siente miedo ante aquello que no comprende. Sin embargo, Zumeca actúa desde la prudencia y el deber. Ella sabe que gobernar no significa dominar, sino custodiar. Su autoridad está vinculada al bienestar de su pueblo y a la conservación de la paz. El texto la presenta como una mujer cuyo pensamiento está guiado por el honor y la responsabilidad.

Esta primera actitud de Zumeca plantea una cuestión filosófica: ¿quién decide quién es el extraño? Muchas veces llamamos extraño a quien simplemente no conocemos. El miedo nace, en ocasiones, no de la maldad del otro, sino de nuestra incapacidad para comprenderlo. Miguel es extraño por su apariencia, su lengua, sus costumbres y su procedencia, pero poco a poco deja de ser un monstruo para convertirse en un ser humano. La mirada cambia cuando aparece el conocimiento, y el conocimiento abre la puerta a la empatía.

Zumeca: entre el amor, la tierra y el oro

Llegaste desde otro horizonte,

con el río pegado a la piel,

con miedo en los ojos

y barro en los pies.

Yo no sabía tu nombre,

tú no sabías el mío,

pero el agua nos reconoció

antes que nosotros mismos.

Porque quizá el extraño

no es quien viene de lejos,

sino quien no se atreve

a mirar al otro de cerca.

Y aquella tarde,

cuando el miedo guardó silencio,

dos mundos comenzaron a escucharse.

Lucía Amelia Cabral.

El encuentro entre Zumeca y Miguel se transforma posteriormente en amor. Pero el amor que presenta la obra no es solamente una emoción romántica; es también una posibilidad de construir un puente entre dos mundos. Ambos pertenecen a realidades distintas y, aun sin compartir completamente el lenguaje, aprenden a comprenderse. Zumeca escucha sin entender y Miguel aprende a entender sin escuchar todas las palabras.

Esto conduce a una segunda reflexión: ¿es posible amar sin comprender completamente al otro? Quizás sí. El lenguaje más profundo no siempre se encuentra en las palabras. A veces aparece en una mirada, en una mano extendida, en la comida que se comparte, en el cuidado de una herida o en la decisión de permanecer junto a alguien cuando todavía no conocemos su mundo.

El amor de Zumeca y Miguel nace como una especie de descubrimiento. Él encuentra en ella una fuerza que no había conocido; ella descubre en él una presencia distinta que modifica su rutina. La cacica, acostumbrada a gobernar y cuidar, permite que el amor introduzca incertidumbre en su vida. Y aquí aparece una paradoja: la mujer que puede organizar su pueblo no puede organizar su corazón. El amor demuestra que existe una parte de la existencia que no obedece completamente a la voluntad.

Había un río entre nosotros,

pero no era distancia,

era camino.

Tú venías de un mar desconocido,

yo nací donde el agua

aprendió a llamarme hija.

Nos miramos sin traducción,

y aun así nos entendimos.

Porque hay palabras que no tienen lengua,

caricias que no necesitan nombre,

y corazones que cruzan fronteras

sin saber que están cruzándolas.

El amor no preguntó

de qué tierra veníamos.

Solo nos sentó bajo el mismo cielo.

Lucía Amelia Cabral.

La vida compartida de Zumeca y Miguel produce una familia. Anatex y Ozema se convierten en símbolos de continuidad, de esperanza y de futuro. La maternidad de Zumeca posee una dimensión que va más allá del vínculo biológico: sus hijos representan la posibilidad de que dos mundos puedan coexistir en una nueva generación.

Zumeca no abandona sus responsabilidades al convertirse en madre. Continúa cuidando el conuco, la salud de los pequeños y el orden de la comarca, mientras atiende con amor a sus hijos. El texto destaca que sus hijos son la luz de sus ojos y que nunca permite que sus deberes disminuyan su atención hacia ellos.

La maternidad aparece entonces como una filosofía del cuidado. Cuidar es reconocer que algo o alguien depende de nosotros y que nuestra existencia adquiere significado cuando somos capaces de proteger aquello que amamos. Zumeca cuida a sus hijos, pero también cuida la tierra, el pueblo, los árboles, el río y la convivencia. Su mundo no está dividido entre naturaleza y humanidad. Para ella, todo forma parte de una misma existencia.

Esta concepción contrasta profundamente con la visión que comenzará a imponerse con la llegada de los extranjeros. Mientras Zumeca piensa en la tierra como fuente de vida, otros comenzarán a verla como fuente de riqueza.

En su vientre llevaba una luna,

y en sus brazos llevaba el mundo.

Un hijo era río,

la otra, pequeña estrella,

y ella era la tierra

que aprendió a abrazarlos.

Los alimentaba con leche,

con canciones,

con frutos,

con historias antiguas.

Pero también alimentaba al pueblo

con justicia y esperanza.

Porque ser madre,

en Zumeca,

era otra manera de gobernar:

poner la vida primero.

La naturaleza ocupa en la obra un lugar casi sagrado. Los árboles no son simples elementos del paisaje; poseen significado, memoria y función espiritual. Zumeca reconoce árboles vinculados al sol, la luna, la lluvia, la fertilidad, la salud y la protección. El bosque aparece como una especie de templo vivo, un espacio donde la naturaleza y la conciencia humana se encuentran.

Esta relación con la naturaleza contiene una profunda enseñanza filosófica. El ser humano puede vivir de dos maneras frente al mundo: como habitante o como propietario. El habitante comprende que pertenece a un lugar; el propietario cree que el lugar le pertenece.

Zumeca es habitante de su tierra. Miguel, al principio, también aprende a serlo. Participa en las labores del pueblo, ayuda a cultivar y descubre que el conocimiento de la comunidad puede mejorar la tierra. Incluso contribuye a encontrar una solución para proteger la cosecha de batata.

Pero la aparición del oro cambia progresivamente esa relación El momento en que encuentran oro es uno de los grandes puntos de ruptura de la obra. Zumeca contempla el hallazgo, pero Miguel inmediatamente piensa en España y en la recompensa que significará para los suyos. Él ya no observa solamente un río: observa una posibilidad económica. La naturaleza comienza a transformarse en objeto de deseo.

Aquí surge una de las preguntas más importantes que plantea la obra: ¿cuándo deja de ser riqueza aquello que necesitamos para vivir y comienza a convertirse en ambición aquello que queremos acumular?

El oro no es malo por sí mismo. Lo peligroso es lo que el ser humano está dispuesto a hacer por él. El oro puede permanecer quieto en el fondo del río, pero cuando entra en la imaginación humana puede convertirse en poder, conquista y destrucción.

El río guardaba oro,

pero no sabía que era oro.

Para él era simplemente piedra,

luz escondida,

una pequeña memoria amarilla

durmiendo bajo el agua.

Llegó el hombre

y le puso precio.

Entonces el río dejó de ser río

para convertirse en promesa.

Y la tierra, que había alimentado hombres,

comenzó a ser perseguida.

Qué extraño es el oro:

brilla poco en la tierra,

pero puede oscurecer

el corazón de quien lo mira.

La tragedia de ‘’Zumeca’’ nace precisamente de esa transformación. El extranjero que había llegado como un hombre perdido comienza a relacionarse cada vez más con el mundo que representa el oro. El texto señala cómo Miguel comienza a necesitar nuevos entusiasmos y cómo la cosecha de las aguas ocupa cada vez más su pensamiento.

El río que antes era espacio de convivencia comienza a convertirse en frontera. A un lado está el mundo de ‘’Zumeca’’: la familia, la tierra, los niños, los árboles y las tradiciones. Al otro, el mundo de los extranjeros: las embarcaciones, los ruidos, los animales desconocidos, las nuevas costumbres y la búsqueda de riquezas.

La llegada de los españoles provoca desconcierto en el pueblo. Zumeca observa las grandes embarcaciones y las nuevas formas de vida con preocupación. El mundo que conocía comienza a transformarse ante sus ojos.

La historia adquiere entonces una dimensión histórica y ética. El encuentro entre culturas puede producir aprendizaje, pero también puede convertirse en dominación cuando una cultura considera que sus deseos tienen más valor que la vida de la otra.

Incluso la religión aparece en este proceso de encuentro. Zumeca acepta el bautismo de su hijo y recibe el nuevo nombre de Catalina, pero no abandona completamente sus antiguas creencias. Intenta integrar el nuevo dios con los dioses que ya forman parte de su mundo espiritual.

Esta actitud resulta especialmente significativa porque muestra que la identidad no siempre funciona como una puerta que debe estar completamente abierta o completamente cerrada. Puede ser un territorio capaz de incorporar elementos nuevos sin desaparecer.

Zumeca no necesita dejar de ser Zumeca para convertirse en Catalina. Su identidad se transforma, pero no se borra.

Sin embargo, hay pérdidas que ninguna capacidad de adaptación puede evitar.

La enfermedad de Ozema constituye uno de los momentos más dolorosos de la historia. La niña enferma y Zumeca intenta protegerla con todos los recursos que posee: sus remedios, sus conocimientos, sus oraciones y su amor. La tragedia adquiere un carácter profundamente humano porque frente al sufrimiento desaparecen las diferencias culturales. La madre solo puede ser madre ante la posibilidad de perder a su hija.

La muerte de Ozema representa mucho más que la muerte de una niña. Representa la fragilidad de un mundo que comienza a ser transformado por fuerzas que sus habitantes no pueden controlar. La tristeza se vuelve colectiva, y hasta Miguelico pierde algunas de las costumbres que antes le daban alegría.

La filosofía de la obra alcanza aquí una verdad dolorosa: no todo puede ser salvado por el amor. El amor puede acompañar, cuidar, sostener y recordar, pero no siempre puede impedir la pérdida.

Zumeca: entre el amor, la tierra y el oro

Después de ti,

el río siguió corriendo.

Los árboles siguieron dando sombra,

la luna volvió a levantarse,

y el amanecer, indiferente,

volvió a pintar de oro las aguas.

Pero una madre sabe

que el mundo puede continuar

y, aun así,

haber cambiado para siempre.

Tu risa quedó escondida

entre las ramas,

tu nombre en la memoria,

y tus pasos pequeños

en la tierra de tu pueblo.

No te fuiste del todo.

Hay ausencias que se vuelven raíces

y crecen dentro del corazón.

La muerte de Ozema hace todavía más evidente la contradicción central de la obra. Mientras una niña representa la vida más frágil y preciosa, el oro representa el deseo de acumulación. En un mismo territorio conviven dos formas de valorar el mundo: valorar lo que puede vivir y valorar lo que puede poseerse.

Por eso Zumeca puede interpretarse como una reflexión sobre la diferencia entre valor y precio. Algo puede tener un valor inmenso sin tener precio. La vida de un hijo, la memoria de una madre, un río, un árbol, una canción o una tradición no pueden reducirse a una cifra. Sin embargo, cuando una sociedad comienza a medirlo todo desde la utilidad y la riqueza, corre el riesgo de olvidar aquello que realmente la sostiene.

Zumeca comprende esta diferencia. Miguel comienza a perderla.

Lo más trágico es que Miguel no aparece inicialmente como un hombre malvado. Fue capaz de amar, de cuidar, de aprender y de formar una familia. Precisamente por eso su transformación resulta más profunda. La ambición no siempre entra en la vida humana como una monstruosidad evidente. A veces entra como una esperanza: la posibilidad de regresar a casa, obtener reconocimiento, alcanzar prosperidad o ser perdonado. El problema aparece cuando esa esperanza comienza a valer más que las personas.

La obra, por tanto, no presenta simplemente una oposición entre buenos y malos. Presenta seres humanos enfrentados a sus deseos, sus miedos y sus contradicciones.

Y quizá ahí reside su mayor riqueza filosófica.

Zumeca representa la posibilidad de permanecer humana en medio de los cambios. Es madre, cacica, amante, creyente y protectora.

Su fortaleza no consiste en no sufrir, sino en continuar viviendo después del sufrimiento. Ella misma reflexiona sobre la necesidad de trabajar el tiempo, proteger a los hijos y enseñarles a ser afables, honestos y justos.

Su pensamiento podría resumirse en una idea sencilla: la vida no debe limitarse a pasar; debe ser construida.

El tiempo, como la tierra, necesita cuidado. Un pueblo no existe solamente porque sus habitantes respiren en el mismo lugar; existe porque comparten memoria, valores, afectos y responsabilidad. Cuando esos vínculos se destruyen, la comunidad puede continuar físicamente, pero algo de su espíritu desaparece.

Por eso el río funciona como uno de los grandes símbolos de la obra. El río une y separa. Lleva mensajes, personas, alimentos y riquezas. Es camino y frontera. Es vida y, al mismo tiempo, testigo de la transformación. Sus aguas continúan corriendo, aunque los hombres cambien, aunque las familias sufran, aunque las culturas se encuentren y aunque el oro sea extraído de sus profundidades.

El río parece decirnos que el tiempo no se detiene para nadie.

Pero también nos recuerda que todo lo que hacemos deja una huella.

‘’Zumeca’’ es, finalmente, una historia sobre el encuentro con el otro y sobre el peligro de olvidar quiénes somos cuando deseamos demasiado aquello que posee el otro. Es una historia sobre el amor que une mundos, pero también sobre la ambición que puede separarlos. Es una historia sobre la maternidad y la pérdida, sobre la espiritualidad y la identidad, sobre la naturaleza como hogar y no como mercancía.

Zumeca permanece como una figura de resistencia porque no permite que la tragedia destruya completamente su capacidad de amar. Puede perder, puede llorar y puede conocer el desengaño, pero continúa siendo madre, cacica y protectora. Su existencia demuestra que la fortaleza no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de encontrar sentido después de él.

Quizá la pregunta más profunda que deja la obra sea esta: ¿qué queremos dejar detrás de nosotros cuando nos marchemos?

Miguel encuentra oro. Zumeca deja hijos, memoria, canciones, enseñanzas y una forma de comprender la tierra.

El oro puede pasar de una mano a otra. Puede esconderse, venderse, transportarse y acumularse. Pero una enseñanza permanece de otra manera: vive en quien la recibe.

Y por eso, al final, la verdadera riqueza de Zumeca no está enterrada en el río.

Está en la memoria.

Está en Ozema, cuyo nombre permanece, aunque su vida haya sido breve. En Anatex, que aprende de su madre. En Miguelico, que descubre el dolor y la ausencia.

Está en Zumeca, que convierte su vida en una forma de cuidar.

Y en el río, que continúa llevando consigo la historia de quienes alguna vez se miraron en sus aguas.

Y está también en nosotros, lectores, porque cada historia que nos obliga a preguntarnos qué vale realmente la vida, continúa viviendo después de haber sido leída.

Quizá esa sea la última enseñanza de Zumeca: el mundo no se hereda para poseerlo, sino para cuidarlo.

El verdadero tesoro no es aquello que brilla en el fondo del río.

Es aquello que, después de nosotros, todavía consigue iluminar el corazón de alguien.

EN ESTA NOTA

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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