Encontrarme ahora con Tus dos altas banderas que suscribo, de Aquiles Julián, ha sido una sorpresa. Conozco a Aquiles desde hace muchos años, he seguido su trayectoria literaria e intelectual y, sin embargo, nunca había leído este poema. En realidad, muy pocos tuvieron oportunidad de conocerlo. Fue premiado en 1976, en el Primer Concurso Nacional de Literatura Joven patrocinado por The Royal Bank of Canada, y publicado al año siguiente en un cuadernillo que reunió los trabajos ganadores. Después prácticamente desapareció de circulación.
Un poema que pudo perderse
La historia de cómo ha regresado el poema merece ser contada. Aquiles había extraviado su ejemplar de aquel cuadernillo y durante años no tuvo una copia disponible. Fue Pedro Pablo Fernández, compañero suyo de generación, quien hizo posible su recuperación. Pedro Pablo había publicado íntegramente el poema en el suplemento Artes & Letras del Listín Diario y conservó una copia de aquella publicación. Gracias a esa previsión, o quizás a ese sencillo hábito de guardar lo que uno considera valioso, Aquiles pudo reencontrarse con un poema suyo que creía perdido. Fue él mismo quien posteriormente lo proporcionó a la revista literaria española La Torre del Ojo, que ahora lo pone nuevamente ante los lectores.
El dato me provoca una reflexión que va más allá de este poema. Aquiles señala que aquellos cuadernillos del Concurso Nacional de Literatura Joven son hoy prácticamente inasequibles y que no se encuentran depositados en la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña ni, según ha podido comprobar, en otras bibliotecas. Algunos de los escritores que participaron en aquellos concursos han muerto. Entonces uno se pregunta cuántos poemas, cuentos, obras teatrales, revistas, suplementos y publicaciones que forman parte de nuestra historia literaria estarán desapareciendo silenciosamente porque un día alguien no guardó un ejemplar. En este caso hubo suerte. Pedro Pablo Fernández guardó el poema.Y gracias a eso podemos leerlo hoy.
Para mí hay además una circunstancia particular. No estoy regresando a un poema que conocí en aquellos años. Lo estoy leyendo por primera vez medio siglo después de haber sido premiado. Y mientras avanzaba por sus versos pensaba inevitablemente en 1976. ¿Cómo sonaba entonces un poema como este? Porque aun leído desde el presente sorprenden su libertad, su fuerza verbal, su sensualidad y, sobre todo, esa cantidad de imágenes con las que Aquiles convierte una parte del cuerpo femenino en un territorio prácticamente inagotable.

Éramos muchachos
Conocí a Aquiles en el Gupo Teatro de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en aquellos años de tanta efervescencia cultural, política y artística en la universidad. Después compartimos también en el grupo Cine Militante y, si mal no recuerdo, en el grupo literario Jacques Viau Renaud. Fueron años en que el teatro, el cine, la literatura y las discusiones sobre lo que estaba ocurriendo en el país se mezclaban de una manera muy natural en nuestras vidas. Aquiles recuerda que para la época del concurso era miembro del Teatro Universitario, dirigido por Haffe Serrulle. Después la vida nos llevó por caminos distintos y durante algunos años perdimos aquella cercanía, hasta que volvimos a reencontrarnos. Aun en la distancia, sin embargo, he seguido su trayectoria literaria e intelectual.
Y entre las cosas suyas que nunca se me borraron de la memoria está aquel extraordinario cuento, Mujer que llamo Laura. Lo recuerdo particularmente porque allí Aquiles hacía algo que siempre me llamó la atención: narraba, sí, pero la poesía se le metía en la prosa. Ahora, al leer por primera vez Tus dos altas banderas que suscribo, encuentro al poeta que, de alguna manera, ya había reconocido en aquel narrador.
Hay otro dato que permite comprender mejor el momento en que apareció el poema. El Primer Concurso Nacional de Literatura Joven estaba dirigido a escritores menores de 25 años. Aquiles decidió participar en las tres categorías convocadas: poesía, cuento y teatro. Y terminó ganando dos. Obtuvo el premio de poesía con Tus dos altas banderas que suscribo y el de teatro con Hay un ángel caído en primer plano.
El jurado de aquella primera convocatoria estaba integrado por Pedro Mir, Aída Cartagena Portalatín y Jeannette Miller. No eran nombres menores para un escritor que comenzaba. Aquiles recuerda todavía el elogio que recibió de Pedro Mir por el poema y el de Aída Cartagena Portalatín por su obra teatral. Medio siglo después dice que guarda aquellas palabras en el corazón.
Pero vuelvo al dato de la edad porque para mí tiene importancia. Éramos muchachos. Andábamos por los veintipico de años, metidos en el teatro, el cine, la literatura, la universidad y en todas aquellas discusiones que formaban parte de nuestra vida. Y Aquiles estaba escribiendo esto.
Cuántos dos hay en dos
A primera vista estamos frente a un poema abiertamente erótico. Los senos de la mujer constituyen su centro físico y verbal. Aquiles los nombra, los recorre, asciende y lo desciende por ellos, los contempla y los reinventa. Pero reducir el poema a la celebración sensual del cuerpo femenino sería quedarse apenas en la superficie.
Porque muy pronto esos senos dejan de ser solamente senos.
Se convierten en planetas, pozos, alturas, gorriones, hogueras, selvas, lagos, cárceles, nidos, árboles, cuevas, nubes, calles, ventanas, puertas, brasas, palomas, plazas, columnas y banderas. El cuerpo comienza siendo anatomía y termina convertido en geografía. Y, finalmente, en patria.
Ese desplazamiento es, a mi entender, una de las claves del poema. Aquiles parte de una realidad corporal concreta y, mediante una sucesión casi torrencial de imágenes, construye alrededor de ella un universo. No se limita a describir lo que contempla. Lo transforma.
Él mismo parece descubrirnos el procedimiento cuando dice:
«tus senos. Los construyo
sobre tu propia materia».
Ahí está el poeta. La materia existe, pertenece a la mujer, pero sobre esa materia la palabra construye otra realidad. El cuerpo proporciona el territorio y la imaginación levanta sobre él caminos, abismos, refugios, fronteras, ciudades y mundos.
Hay otro verso que me parece fundamental:
«¡cuántos dos hay en dos!».
La expresión puede parecer inicialmente un juego, pero encierra buena parte de lo que está ocurriendo. Son dos y, sin embargo, dentro de esos dos cabe una multitud. Alegría y tristeza. Ascenso y descenso. Refugio y prisión. Presencia y ausencia. Amparo y peligro. Deseo y memoria. El dos deja de funcionar como número y comienza a funcionar como universo. Y está la palabra. La palabra desatada.
Aquiles no parece conformarse con el vocabulario disponible. Lo estira, lo rompe, lo junta nuevamente y, cuando hace falta, inventa. Aparecen «Senosol», «Oseano», «sudando / senando / solos». No se trata únicamente de nombrar el cuerpo: también el idioma entra en el juego y se vuelve materia manipulable.
Eso explica en buena medida la musicalidad del poema. Hay reiteraciones, enumeraciones, rupturas, cambios de velocidad y palabras que regresan una y otra vez. En algunos momentos la lectura adquiere algo de letanía; en otros, de pregón; en otros parece una improvisación que va encontrando nuevas imágenes mientras avanza. Una palabra llama a otra y una imagen provoca la siguiente.
De ahí esa sensación de sinfonía verbal que produce el poema. Y aquí vuelvo otra vez al muchacho que lo escribió.
Cuando uno lee hoy Tus dos altas banderas que suscribo y piensa que aquel Aquiles tenía menos de 25 años, sorprende la seguridad con que conduce un poema largo, la libertad con que trabaja el lenguaje y esa decisión de tomar una imagen y llevarla hasta sus últimas consecuencias. No estamos ante un poema tímido de iniciación. Hay una voz que se arriesga, que por momentos se desborda, pero que sabe lo que quiere hacer con las palabras.
Han pasado cincuenta años y, sin embargo, no lo siento como un poema envejecido. Podría haber sido escrito ahora. Su lenguaje conserva tensión, movimiento y sensualidad; sus imágenes todavía sorprenden y algunos de sus hallazgos verbales mantienen una frescura extraordinaria. Eso es lo que más me impresiona: Aquiles estaba escribiendo así cuando nosotros éramos apenas unos muchachos.
Conozco la poesía que escribió después y sé de su calidad. He leído al Aquiles de otros momentos, al escritor que fue creciendo y construyendo una obra literaria e intelectual a lo largo de los años. Pero precisamente por eso este descubrimiento me resulta todavía más revelador. Aquí estaba ya, en 1976, mucho de lo que vendría después: la imaginación verbal, el riesgo, la poesía metiéndose en las palabras y llevándolas más allá de su significado inmediato.
Aquiles cuenta además que escribió este largo poema dedicado a una amiga muy querida, Ercilia Delancer, que entonces residía en Estados Unidos, y a su hija. No pretendo convertir ese dato biográfico en una explicación del poema, porque la poesía, una vez escrita, termina diciendo mucho más que las circunstancias que la hicieron nacer. Pero conocer esa dedicatoria añade una resonancia interesante a un texto donde el cuerpo femenino se mueve constantemente entre el deseo, el refugio, la vida, la protección y la pertenencia.
Los senos no permanecen como simples objetos de contemplación erótica. Adquieren poder. Tienen memoria, historia y hasta rebeldía. Son «zonas insurgentes», «sublevaciones», «plazas sitiadas». El vocabulario amoroso y corporal comienza a mezclarse con otro que pertenece a la política, al territorio, a la lucha y a la historia.
Es entonces cuando el título comienza a revelarse plenamente: Tus dos altas banderas que suscribo.
Para llegar a las banderas, el poema ha tenido que recorrer un largo camino. Esos senos han sido antes alimento, habitación, naturaleza, deseo, cárcel, refugio, geografía. Solo después pueden convertirse en patria.
El hablante se reconoce «náufrago», «huérfano» y «desterrado» y termina proclamando:
«proclamo en ellos mi patria
y los levanto como mis banderas».
A esa altura ya estamos bastante lejos de una simple celebración erótica. El hombre está hablando también de pertenencia. Busca un territorio donde reconocerse, un lugar simbólico donde refugiarse y desde el cual reconstruir su propia historia. El cuerpo amado termina respondiendo a una necesidad mucho más antigua y profunda: encontrar un lugar al cual pertenecer.
Hay igualmente una resonancia maternal que resulta difícil ignorar. Los senos son objeto del deseo, pero también están asociados desde el origen humano al alimento, la protección y la vida. Esa doble condición recorre el poema. Son hogueras y son nidos; son cárceles y refugios; son deseo y alimento; son territorio conquistado y lugar al cual se regresa.
Ahora entiendo mejor la frase con la que Aquiles describió su recuperación: volver a estos versos, dijo, le produjo una alegría semejante a la de quien se reencuentra décadas después con un hijo que creía perdido para siempre. En su caso sí hay un reencuentro. En el mío hay un descubrimiento.
Él recupera una criatura que escribió siendo muy joven; yo descubro ahora una zona de su poesía que, a pesar de los años de amistad y de haber seguido su literatura, me era desconocida. Y eso me devuelve al Aquiles que conozco.
Conozco al poeta, pero conozco también al amigo, al hombre cercano en la amistad desde aquellos tiempos del Teatro de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Precisamente por eso he querido leer el poema con cuidado. La amistad no debe ser una razón para elogiar una obra; en todo caso, obliga a encontrar en la obra las razones del elogio.
Aquí las encuentro. El poema tiene excesos. ¿Cómo no tenerlos? Su propia naturaleza es excesiva. Quiere nombrarlo todo, abarcarlo todo, convertir dos formas del cuerpo en una multiplicidad casi interminable de cosas. Su enumeración por momentos parece no querer detenerse. Pero ese exceso forma parte de la apuesta. Aquiles no quiso escribir sobre dos senos solamente. Quiso construir un mundo a partir de ellos. Y lo hizo siendo un muchacho.
Las banderas vuelven a levantarse
Aquiles me dice ahora, consciente incluso de que la afirmación pudiera parecer inmodesta, que considera Tus dos altas banderas que suscribo uno de los grandes poemas escritos en aquella década. No me corresponde convertir esa afirmación en un veredicto de la historia literaria dominicana. Pero después de leerlo cincuenta años más tarde, puedo entender perfectamente por qué su autor conserva esa valoración de un poema escrito en los comienzos de su trayectoria.
Podemos leerlo desde otra sensibilidad, interrogar algunas de sus imágenes, discutirlo, encontrar versos que nos golpean más que otros. Todo eso forma parte de la literatura que permanece viva. Lo difícil es pasar indiferente ante la fuerza de su lenguaje, su ritmo, su musicalidad y esa imaginación empeñada en demostrar, como él mismo dice, «cuántos dos hay en dos».
Pero la recuperación de este poema deja también otra inquietud. Si Pedro Pablo Fernández no hubiera conservado aquella publicación de Artes & Letras, ¿dónde estaría hoy Tus dos altas banderas que suscribo? Quizás esa pregunta sea suficiente para recordar que la memoria literaria de un país también depende de esas pequeñas fidelidades: alguien que guarda un suplemento, una revista, un cuadernillo, una página que otros consideraron pasajera. Pedro Pablo Fernández guardó aquella página. Aquiles recuperó su poema. Y nosotros recuperamos con él una pequeña parte de nuestra memoria literaria.
Después de tantos años de conocer a Aquiles, resulta curioso que un poema escrito por él cuando ambos éramos mucho más jóvenes venga a presentárseme ahora. Y me alegra que haya ocurrido. Porque aquel Aquiles Julián de 1976 que convirtió dos senos en planetas, caminos, hogueras, memoria, refugio, patria y banderas estaba haciendo poesía.
Cincuenta años después, sus dos altas banderas vuelven a levantarse, ahora en el imaginario de la literatura dominicana.
Ilustración digital,
por Carlos Sánchez.
Tus dos altas banderas que suscribo
(Aquiles Julián)
Provengo
arribo
adquiero carta de presencia
llego calladamente
y amarrado a tus senos
al jugo denso de tus senos
tus tantos senos
tus demasiados senos
colgado del aire de tus senos, mujer
tus dos planetas de la dicha
Ciudadanía la que tengo
tus dos pozos
vocabulario que poseo
tus alturas
pan el que me sostiene
tus gorriones
sendas por las que transito
tus hogueras
manantiales en los que me baño
tus dos selvas
casas en la que habito
tus industrias
armas las que yo esgrimo
tus dos lagos
Palabras esas las que yo pronuncio
y las que me pronuncian
quedamente
No sé
tus senos. Los construyo
sobre tu propia materia
Senosol
Oseano
Alturas las tuyas las que solo
un alpinista
que ande con algo de lumbre
subterránea
logrará
ascender / descender
o abarcar
en su extensión de locos universos
parajes cimarrones
habitación del júbilo
o alcanzar su metal
piedra que se fragmenta en agua sonora
armándose en tus ojos
Los desarmas
Son hechos de memoria
o recipientes del olvido
Para saberlos bien quiero olvidar tus senos
Espacio el tuyo donde la bruma se despeja
Tiempos que hacen el tiempo
hechos de carne temporal
que se prolonga
hacia zonas ignotas y lugares distantes
¿Dónde nacen
mujer
tus manantiales
esos amaneceres broncos
esos dos astros permanentes
tus confluencias
tu pregón de amor
tus fortalezas
mis cárceles
mis nidos
dónde mis madrigueras se originan?
Tan solo quiero desandar esos caminos
ascender / descender
o provocar el vértigo
y levantar en ellos mis dominios
Insondables abismos de sus cimas
donde desciendo en toda mi ascendencia
Acudo
y me regreso
en torno al abrasarme
quebrarme
o destrozarme
Tus senos
mis cadenas
mis árboles
mis nichos
mis alturas
mis cuevas
mis nubes
mis lluvias
mis esquinas
mis puentes
mis palabras
mis ángeles
mi muchedumbre
mi mayoría
mis brasas
mi soledad
mis calles
mis ventanas
mis llaves
mis puertas
mis futuros
mi ausencia
mis poemas
Tus senos
mis amigos o mis enemigos
Con ellos, ¡cuántos dos hay en dos, niña!
¡Qué dupla mi alegría y mi tristeza!
Tus dos cotiledones
tus zonas insurgentes
tus dos sublevaciones
Por sus laderas
resbalan mis palabras
y es un trinar su desnudez vestida
de un vendaval de luchas congénitas, inéditas
y entregas
Tus dos plazas sitiadas por mis labios
tus palomas
tus flores
tus historias
mi realidad
mi materia
brasas
duplas crisálidas para las mariposas del amor
Por sus profundos pasadizos
sus laberintos secretos
la palabra es ya blanca y corre alada
la palabra es ya nube y llueve tibia
para nutrir la vida y levantarla
Esas dos bestias mudas que cabalgo
Yo soy el náufrago que se ahoga en ellos
yo soy el del periplo tormentoso
El que truena sus fuerzas en sus costas
y el que en ellos planta su escritura
¡Ah, mujer!
¡Ah, candela!
¡Ah, dorada piedra de soledad!
Alto silencio por donde mi voz anda derruida
en torres invertidas que se quiebran
¡Ah, templo y más que templo
plaza pública!
Tú
antigua cifra
hecha de polvo y de un sudor que peina canas
que encanecen
sudando / senando / solos
Surtidores ancianos que siempre se renuevan
Herencia de siglos y de siglos recibida
Tus senos andariegos
eternos en su minuto efímero
relojes que marcan mi hora
guarismos para mi matemática
túmulos
viento
inflorescencia o arcoíris
cristal que esparce nombres
para nombrarlo todo
Tus senos
incendios desafiantes
pájaros limitados
en su vuelo hacia alturas más distantes
Tus ráfagas
Raíz mundial es esa y yo la clamo
zona de luz es esa y yo me embebo
dedos son esos para que me señalen
He aquí que hoy defiendo
brazudo
tus alaridos
Planto en la historia tu historia
y con tu historia
formo mi propia historia
de inválido agredido
Huérfano general, me acojo a su tutela
desterrado final
proclamo en ellos mi patria
y los levanto como mis banderas
Florezco y
parto y permanezco
y digo
enervado en mis pelos de silencio
con que trenzo la vida
Suscribo la alegría de todos
el derecho de todos
la libertad de todos, para todos
Humildándome
suscribo tus columnas
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