Al Dr. Gerardo Roa Ogando
Hay poemas que nacen de una intimidad y otros que, aun brotando de una conciencia individual, terminan convirtiéndose en la respiración de una época. Este es el caso de ‘El viento frío’, de René del Risco Bermúdez: un poema donde la historia deja de ser una sucesión de acontecimientos para convertirse en una temperatura interior, en una manera distinta de caminar por las calles, de mirar a los hombres, de reconocer los rostros después de que una ilusión colectiva ha sido herida. En la anatomía de este singular ejemplar de la poesía dominicana se percibe el tránsito doloroso desde la exaltación hacia una madurez amarga, desde aquellas certezas que alguna vez parecieron capaces de transformar el mundo hasta la conciencia de que el mundo continúa, indiferente, después de que los sueños han sido golpeados. El viento que recorre este poema no es solamente meteorológico: es el aire nuevo y áspero de una década que ha visto arder sus palabras, sus esperanzas y sus antiguas convicciones. Después de la Revolución de Abril de 1965, cuando el pueblo dominicano quedó suspendido entre la esperanza de una transformación y la violencia de su frustración, René del Risco escribe desde esa zona subterránea donde la historia comienza a doler como experiencia personal. Por eso este poema puede leerse como una radiografía testimonial de las vivencias del poeta; porque no fotografía solamente lo ocurrido en su dimensión superficial, sino que penetra debajo de la piel de una generación para mostrar sus fracturas, sus silencios y esa extraña necesidad de seguir viviendo cuando ya no resulta posible regresar al lugar donde alguna vez estuvieron las certezas, los anhelos forjados de los sueños de una generación de jóvenes e ideales como nunca más volverá a entrañar nuestra historia.
Y, para ser fiel a la temperatura de ese viento frío que se dice desde el yo poético de René, un creador cuyo ideal rebosa de lo humano, de la cotidiana manera de hablar en amor con el Ser de las cosas, con ese modo suyo de dejar que la poesía le atraviese sin quebrarle; porque su poética lo hace singular, veremos cómo el poeta otea desde los encimados balcones de la tienda del día, en una ciudad que ya era memoria; pero que sigue vibrando con el ritmo de lo que está vivo, de lo inevitablemente pulsante y dice desde allí sus universos para irlos creando infatigablemente, desde la temprana mañana hasta la noche que cae unánime sobre las calles, sobre los que pasan sin ver el mundo, las casas, repitiéndose hasta el final de la mirada, sobre el mar, y aun sobre los hombres que regresan tristísimos de las oficinas, de las ruidosas fábricas, de los restaurantes, ahogados en relojes, aturdidos por el humo de los cigarrillos, sin que apenas les aliente la esperanza de que mañana o alguna vez no le congele el viento la vigilia, el otro sueño insomne que mantenía despierta una ideología, una rebelde actitud de ser … Veamos, pues, íntegramente ‘El viento frío’ de René del Risco:
Debo saludar la tarde desde lo alto, / poner mis palabras del lado de la vida / y confundirme con los hombres / por calles en donde empieza a caer la noche. / Debo buscar la sonrisa de mis camaradas / y tocar en el hombro a una mujer / que lee revistas mordiendo un cigarrillo; / ya no es hora de contar sordas historias, / episodios de irremediable llanto, / todo perdido, terminado… / Ahora estamos frente a otro tiempo / del que no podemos salir hacia atrás, / estamos frente a las voces y las risas, / alguien alza en sus brazos a un niño, / otros destapan botellas / o buscan entretenidamente alguna dirección, / una calle, una casa pintada de verde / con balcones hacia el mar… / Debo buscar a los demás, / a la muchacha que cruza la ciudad / con extraños perfumes en los labios, / al hombre que hace vasijas de metal, / a los que van amargamente alegres a las fiestas. / Debo saludar a los camaradas indiferentes / y a los que viajan hacia otra parte del mundo, / porque todo ha cambiado de repente / y se ha extinguido la pequeña llama / que un instante nos azotó, / quemó las manos de alguien, el cabello, / la cabeza de alguien. / Ahora se acaban aquellas palabras, / se harán ceniza del corazón, / se quedarán para uno mismo… / Es hermoso ahora besar la espalda de la esposa, / la muchacha vistiéndose en un edificio cercano, / el viento frío que acerca su hocico suave /a las paredes, / que toca la nariz, que entra en nosotros / y sigue lentamente por la calle, / por toda la ciudad…
El primer movimiento del poema está gobernado por una palabra que se repite como una obligación interior: “Debo”. No dice simplemente que el poeta quiere salir, mirar, caminar o encontrarse con los demás; dice que debe hacerlo, como si después de la experiencia histórica hubiera surgido una nueva responsabilidad ante la vida. El verbo posee aquí una densidad moral. Dice: “Debo saludar la tarde desde lo alto, / poner mis palabras del lado de la vida / y confundirme con los hombres”. Se expresa aquí que ya no se trata del poeta apartado en su torre de marfil, sino del hombre que necesita descender hacia la calle y mezclarse con la existencia cotidiana. Hay en esos versos una renuncia deliberada al ensimismamiento y, al mismo tiempo, una especie de reconciliación con la realidad. El poeta comprende que permanecer eternamente hablando de la derrota sería otra forma de quedar atrapado en ella. Por eso manifiesta tener por necesidad “poner mis palabras del lado de la vida”: que la poesía deja de ser entonces solamente memoria del dolor y se convierte en una forma de atravesarlo. La tarde que comienza a caer y los lugares donde empieza la noche son, en este sentido, una imagen perfecta de ese momento histórico: que no estamos todavía en la oscuridad absoluta, pero la luz ya declina, y el hombre debe aprender a caminar precisamente en esa hora incierta en que una época termina y otra comienza a levantarse.
Esa voluntad de reintegrarse al mundo adquiere una dimensión particularmente conmovedora cuando el poeta abandona las abstracciones y empieza a mirar los seres que componen la ciudad: la mujer que “lee revistas mordiendo un cigarrillo”, los camaradas, el hombre que fabrica vasijas, la muchacha que atraviesa las calles, quienes buscan una dirección, quienes destapan botellas, quienes asisten a las fiestas. La historia, después de haber pasado como una llamarada sobre la conciencia colectiva, vuelve a encontrarse con la humilde materia de lo cotidiano. Y ahí aparece uno de los grandes hallazgos del poema, citamos: “ya no es hora de contar sordas historias, / episodios de irremediable llanto, / todo perdido, terminado…”. No se trata de negar el sufrimiento ni de borrar lo ocurrido, sino de comprender que la vida posee una fuerza que continúa aun después de la catástrofe. El poema comienza así a desplazarse de la épica hacia la existencia común; por eso: alguien alza a un niño, otros descorchan botellas, alguien busca una calle, una casa verde que abre sus balcones hacia el mar. En esas imágenes aparentemente sencillas está la verdadera radiografía de la década: una sociedad que ha conocido la violencia y la pérdida, pero que debe continuar respirando, amando, trabajando, conversando, celebrando la vida, la leve existencia que se resigna a latir en común con los días iguales. La historia no detiene la vida; la modifica. Y quizás esa sea una de las intuiciones más profundas de ‘El viento frío’: que después de la gran conmoción, los hombres vuelven a sus pequeñas ceremonias, pero ya no son exactamente los mismos.
Sin embargo, esa vuelta a lo cotidiano no significa que la herida haya desaparecido. Cuando el poeta afirma “Ahora estamos frente a otro tiempo / del que no podemos salir hacia atrás”, aparece la conciencia irreversible del tránsito. Ese “otro tiempo” es mucho más que una nueva fecha en el calendario: es la constatación de que una generación ha cruzado un umbral y que ninguna nostalgia puede devolverla al punto de partida. El pasado permanece, pero ya no puede ser habitado desde la resistencia. De ahí que la enumeración de rostros y situaciones adquiera una tonalidad casi cinematográfica, como enuncia a continuación: “la muchacha que cruza la ciudad / con extraños perfumes en los labios”; también cuando dice: “el hombre que hace vasijas de metal”; o en esta parte: “los que van amargamente alegres a las fiestas”. Ese último contraste, “amargamente alegres”, concentra quizá toda la psicología de una generación. La alegría existe, pero está atravesada por la amargura; la fiesta continúa, pero debajo de ella permanece la memoria de lo perdido. El poeta no construye personajes heroicos: observa seres humanos que intentan acomodarse a la nueva realidad, hombres y mujeres que llevan consigo una historia que ya no pueden contar como antes. La revolución, entonces, no aparece únicamente en sus acontecimientos visibles, sino en esa transformación silenciosa de la sensibilidad: en la manera en que un hombre mira una fiesta, una mujer, un cardumen de paraguas desde el balcón o un niño después de haber visto cómo las antiguas palabras podían incendiarse.
La segunda parte del poema profundiza esa transformación mediante una de las imágenes más poderosas de todo el texto, la que sentencia: “porque todo ha cambiado de repente / y se ha extinguido la pequeña llama / que un instante nos azotó”. La llama pertenece al pasado, pero no es presentada como una luz serena; fue una fuerza que “azotó”, que “quemó las manos de alguien, el cabello, / la cabeza de alguien”. La metáfora contiene la ambivalencia de aquella experiencia histórica: la llama fue esperanza, pero también violencia; iluminación y quemadura; promesa de futuro y devastación. Por eso su extinción no produce solamente tristeza: produce también una especie de vacío. Aquello que alguna vez incendió las conciencias ya no está, y sus protagonistas deben aprender a vivir después del fuego. En este punto el poema se vuelve particularmente revelador como testimonio de la desilusión posterior a Abril: no habla desde la indiferencia, sino desde alguien que conoció la intensidad de una esperanza y ahora contempla sus cenizas. La frase “se harán ceniza del corazón” lleva esa derrota hacia el interior del individuo: las palabras que antes podían convocar, movilizar o encender una generación ahora quedan encerradas dentro de cada conciencia. Y cuando afirma “se quedarán para uno mismo…”, René del Risco registra uno de los síntomas más profundos de la desilusión: aquello que antes era lenguaje colectivo comienza a convertirse en secreto personal.
Pero precisamente cuando las palabras parecen agotarse y la llama se convierte en ceniza, el poema encuentra una salida inesperadamente humana: el amor, el cuerpo, la intimidad, la respiración. Y lo manifiesta con la actitud de quien regresa a su condición humana después de andar distraído por algo con lo que de pronto se reconcilia muy dentro; y dice a su modo, desde el vórtice de un portal que se abre como un loto: “Es hermoso ahora besar la espalda de la esposa”. Y esto constituye una ruptura deliberada con el tono histórico de los versos anteriores. Después de los espacios comunes, de los camaradas, de las llamas, de las palabras que se extinguen, aparece la piel. Después de la historia aparece el cuerpo, el aroma de la otredad en la que nos reencontramos a ratos. Y ese desplazamiento no es una fuga, sino una recuperación de la vida desde su raíz primordial. El poeta descubre que cuando las grandes palabras han perdido su poder incendiario, todavía existe la posibilidad de besar con besos, de mirar mirando, de sentir el cuerpo de otro ser humano y sentir que se está en el territorio al que se pertenece, de percibir el viento que toca el aliento y entra lentamente en nosotros. La muchacha que se viste en el edificio cercano, la esposa, el aire frío, la ciudad: todo pertenece ahora a una dimensión donde la existencia ya no necesita justificarse mediante grandes discursos. En esa intimidad hay una forma de resistencia. El hombre que ha perdido las certezas históricas puede todavía afirmar la vida mediante el amor, mediante los sentidos, mediante la natural experiencia de estar vivo. Es como si el poema descubriera que, después del derrumbe de las ideologías y de las ilusiones colectivas, queda una verdad elemental que ninguna derrota puede destruir: el cuerpo respira, la piel siente, el deseo permanece, la ciudad continúa, el aliento se trenza y se sostiene a sí mismo.
Y es justamente ahí donde el título adquiere toda su profundidad. El “viento frío” no aparece como una simple decoración atmosférica, sino como una presencia que atraviesa el poema entero y termina convirtiéndose en su símbolo central. Ese viento “…acerca su hocico suave / a las paredes, / toca la nariz, entra en nosotros / y sigue lentamente por la calle, / por toda la ciudad…”. La imagen es extraordinaria porque el viento posee simultáneamente algo animal, íntimo y colectivo: tiene “hocico”, toca el cuerpo, penetra en el individuo y finalmente recorre la ciudad. Así, lo que comienza como sensación física termina convertido en metáfora histórica. El frío es el clima espiritual de una época que ha perdido el calor de ciertas convicciones, pero también es el aire nuevo que obliga a respirar de otra manera. Entra en nosotros, como entra la historia en la conciencia; recorre las paredes, como recorrió la violencia los espacios de una ciudad; pasa lentamente por las calles, como pasa el tiempo sobre una generación. Y, sin embargo, el poeta no termina cerrando las ventanas ni huyendo de ese aire. Lo siente. Lo deja entrar. Esa aceptación es profundamente significativa: después de la desilusión no queda necesariamente el nihilismo, sino una forma distinta de lucidez. El frío no destruye la vida; la hace consciente de su propia fragilidad.
Por eso ‘El viento frío’ puede leerse como la radiografía poética de una década en la que una generación dominicana tuvo que aprender a vivir después de haber creído intensamente en la posibilidad de otro país. El poema no pretende reconstruir la historia mediante fechas, consignas o acontecimientos; hace algo más profundo: registra lo que la historia dejó dentro de los hombres. La revolución aparece transfigurada en una llama que quemó, en unas palabras que ahora se convierten en ceniza, en camaradas que se han vuelto indiferentes, en quienes parten hacia otra parte del mundo, en quienes permanecen celebrando con una alegría que lleva escondida su amargura. Pero también aparece en la obstinación de la vida cotidiana, en el niño que alguien alza entre sus brazos, en la mujer que fuma mientras lee, en la casa verde con balcones hacia el mar, en la esposa cuya espalda todavía puede ser besada. De esta manera, René del Risco Bermúdez no escribe simplemente sobre una derrota: escribe sobre la transformación del hombre después de la derrota. Y esa es la razón por la cual el poema trasciende su circunstancia histórica. La década está allí, sí, pero también está la condición humana enfrentada al tiempo irreversible, a la pérdida de las certezas y a la necesidad de reconstruir el sentido desde las pequeñas cosas que permanecen cuando las grandes palabras se han quemado.
Al final, el poema no ofrece una respuesta política ni una conclusión cerrada; ofrece algo más sutil y, acaso, más verdadero: un hombre que sigue caminando mientras el aire frío entra en él y continúa por toda la ciudad. Dice: “Ahora estamos frente a otro tiempo / del que no podemos salir hacia atrás”… Y esa frase podría contener el corazón entero de esta radiografía, porque vivir consiste precisamente en aceptar que ninguna conciencia puede regresar intacta al lugar donde alguna vez creyó estar. El pasado permanece como ceniza, como memoria, como cicatriz, pero la existencia sigue abriendo sus pequeñas ventanas hacia el mundo. De ahí que el poema termine sin estridencia, casi en un susurro, dejando que el viento avance “lentamente por la calle, / por toda la ciudad…”. No hay aquí una victoria ni una derrota absoluta: hay continuidad. Hay un hombre que ha comprendido que las antiguas palabras quizá ya no pueden incendiar el mundo, pero que todavía puede poner sus palabras “del lado de la vida”. Y quizá en esa elección se encuentre la última y más profunda enseñanza de ‘El viento frío’: que cuando una época pierde sus certezas, no siempre queda el vacío; a veces queda la respiración. Queda el cuerpo. Queda el amor. Quedan los parques donde, a pesar de las miradas oblicuas, los jóvenes se dan a besarse, a tocarse las manos como arañas que tiemblan, como si estuvieran solos en el mundo. Queda la memoria. Queda la poesía. Y sobre todo queda ese viento que, aunque frío, entra en nosotros para recordarnos que todavía estamos en la carne, que aun vibramos… Es así. Y así lo precisa Robin Williams, en su personaje del profesor John Keating, en el filme ‘La sociedad de los poetas muertos’: “No leemos y escribimos porque sea tierno; escribimos y leemos poesía porque somos miembros de la humanidad y la humanidad rebosa pasión”.
Compartir esta nota