El mundo es la ciudad. El parque es el centro; sus ramas son las calles. Y en ese universo termina la carne y empieza la nostalgia. La poesía se alimenta de entradas y salidas, de viajes hacia dentro, de viajes hacia afuera.

Uno se siente feliz cuando leyendo algo “ajeno” (el arte genuino no tiene dueño) se encuentra con uno mismo.

No cabe duda de que leer es un acto sincero de egoísmo sano. Al extremo de que cuando encontramos un texto que nos atrapa nos decimos –casi siempre en silencio o en voz baja-: eso lo escribí yo. Es decir, el lector de repente se ha convertido en autor. Se ha roto el narcisismo que en su génesis implica todo acto creativo.

De pronto La ciudad no será nuestra, deDaniela Cruz Gilya no tiene una sola autoría. En este momento, por ejemplo, soy también quien ha escrito:

caigo de golpe en una ciudad extraña

sedienta de colores que no le pertenecen

de voces

de muerte a pedazos

una ciudad tan grande

tan larga como el amor por teléfono.

La ciudad del poema ahora es mi ciudad. Ese símil –tan urbano y tan … (me ha dejado sin palabra- ha surgido de mí.

Lo urbano me construye y me rompe. Soy Daniela y soy yo (y, por supuesto, la negación de los dos). Adicto a las palabras sigo convirtiendo lo ajeno en mío:

Daniela Cruz Gil.

Sin café

Hace tanta falta el café

para bajar en neutro

hacia la soledad de un parque

que ya no es el parque

no podré subirme a la cabeza del héroe

o sentir el derrumbe de la lluvia

una ausencia callejera me persigue

todas las aceras se quedan esperando mi despedida

mi beso robado al asfalto

mi mano muerta de ingenuidad.

El verbo es un río. El adjetivo: un charco. Huidobro se dio cuenta de ello. Verbos y sustantivos dominan la poesía que fluye, que empieza y que se dirige al siempre inicio sin nada que la detenga. Daniela Cruz Gil me ha permitido escribir (con su mano derecha) quizá mi mejor poema:

Memoria perdida

Perdí la tinta, los papeles, las manos

perdí los colores

se me extraviaron los labios, la espalda

perdí el norte y las orillas

perdí la danza, la lluvia

el tiempo se me extravió en la arena

perdí el odio

perdí la luz y la sal

huyeron de mi vista los parques y las lágrimas

perdí la mirada, la vergüenza

el veneno, la lujuria

perdí todo

 y justo ahora acabo de encontrarme.

 

Ramón Peralta

Docente y escritor

Ramón Anselmo Peralta Domínguez. Santiago, 1965. Docente, escritor y editor. Licenciado en Educación mención Filosofía y Letras y Magíster en Lingüística Aplicada a la Enseñanza de la Lengua. Ha ejercido como docente en diversos centros de educación secundaria y superior. Actualmente trabaja como profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Es autor de tres libros de poesía: Eternidades (1992), Dibujando lo fugaz (2012) y 21 ojos (2023). Ha publicado dos novelas: Olores del aula (2012) y Solamente saltar (2018). ramonperaltadominguez@gmail.com

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