A pesar de las influencias, las modas literarias y las diversas teorías que poblaron el universo literario —con extremas y escandalosas vanguardias— hasta mediados del siglo XX (tal vez un poco más, tal vez un poco menos), al paso del tiempo la poesía dominicana estableció su propio ritmo y su sello estético inconfundible. Trabajando hacia adentro una gama variopinta de motivos que van desde el amor, la muerte, la denuncia social, las intervenciones militares, la guerra y la dictadura, así como la cuestionada existencia del hombre desde su origen hasta los problemas metafísicos y existenciales, estos han sido los temas principales de nuestros poetas. Dentro de ese contexto, la poesía dominicana ha producido símbolos importantes, producto de una extraordinaria función del lenguaje. En ese largo periplo del quehacer poético se estableció el discurso fundacional de una poética firme. Me refiero a una poesía de factura cultural bien acabada, que marca el origen ancestral y étnico de nuestro pasado, y a otra de orden social, la que refleja a grandes rasgos el sesgo cultural e histórico, en un sentido más amplio y eminentemente antropológico, que ha definido en gran medida el carácter que apuntala la identidad cultural.
Desde un principio, la poesía dominicana ha ido en búsqueda de las esencias del hombre, referidas al ser como tal, aclimatando los valores de la vida y de los secretos escondidos en los afluentes de la cultura, aquellos que han calado como un río para cincelar la dominicanidad. Repartidos en este arcoíris racial que es la República Dominicana, los distintos movimientos literarios que aglutinaron a nuestros poetas —con actitudes vanguardistas o no— siempre soñaron con fortalecer la dominicanidad.
Así que, en este definido contexto histórico, nos encontramos con Pedro Mir, que define en cierto sentido el ser político nacional, partiendo de la idea de mirar a la patria desde adentro y con dolor, en la que el autor establece un sistema de signos paralelos: por un lado, los valores del paisaje; por el otro, la denuncia social, mirando a un país “tórrido y pateado como una adolescente en las caderas, un país triste y oprimido”. Desde esa visión podemos afirmar que la poesía de Pedro Mir es altamente dominicana, porque nombra en su decir lo que somos y esa idea define al dominicano como habitante de un territorio único e irrepetible.
En Manuel del Cabral la poesía alcanza un alto grado de autenticidad desde el punto de vista de la preocupación por la dominicanidad, en su afán por redefinir la condición espiritual y las características del hombre dominicano en su magnífico Compadre Mon, una obra, sin duda, singular en nuestro canon poético.
El hecho de que la identidad pueda visualizarse a través de la poesía como sentimiento de una colectividad constituye, para una nación de poetas, un acto valioso de la imaginación, la cual sitúa al creador dominicano en un punto altamente significativo dentro del panorama de la vanguardia latinoamericana. Esta no es más que una fiel aseveración de que el ser poético nacional transita con acierto en nuestras raíces culturales.
La que aborda la idea del ser nacional desde una onda ontológica, metafísica y filosófica que ve y retrata al dominicano más allá de sus propias raíces y lo coloca en un espacio, en un universo sideral. Aquí volvemos a Manuel del Cabral con Los huéspedes secretos, a Lupo Hernández Rueda con Círculo y a Franklin Mieses Burgos en Paisaje con un merengue al fondo.
Así que los principios ideológicos y estéticos que orientan la poesía dominicana reafirman el carácter del ser nacional, lo que en gran medida robustece el compromiso con la identidad. Sin dejar de ser universal —nuestra poesía—, se destaca en el conjunto de las demás gracias a su contenido y a los efluvios de una lengua y de un español muy dominicano, rítmico y tropical, en el cual se sientan las bases del espíritu caribeño. Leer poesía es releer entre líneas las interioridades del alma dominicana, la que nos acerca al relato de un presente continuo y cotidiano. Vista así, la poesía dominicana es la historia de un gerundio. Para los poetas, cada vez estamos siendo, cada vez más, el canto de la nación se subleva en las palabras, cada vez la identidad se cohesiona alrededor de un discurso que construye día a día un universo llamado República Dominicana y esa particularidad, que se encamina más allá de las fronteras, ha creado con el tiempo un principio de alteridad. De ahí que el acoplamiento de una poesía vigorosa y potente como la de este país también parta de un sentimiento profundo expresado en la grandeza de una lengua a la que le hemos dado brillo y calor; mejor dicho, alrededor de la cual hemos construido un discurso novedoso que alienta las pasiones y nacionaliza con furor los valores de la nación en la voz de los poetas.
La poesía dominicana ha forjado así una tradición que transita sin tropiezos, con pasos firmes. En ese sentido ha cosechado y escrito páginas de gloria en la historia literaria de las Antillas. También ha tenido momentos de reconocimiento y acogida en todos los ámbitos de la vida social: en el colegio, en los liceos, en la música popular, en el teatro, en los ámbitos académicos y cenáculos literarios, y se ha expandido por todo lo largo y ancho del territorio nacional, expoliando el universo de lo netamente popular y lo académicamente culto.
No obstante su trayectoria, la poesía dominicana ha debido mirarse a sí misma para emanciparse, para jerarquizar sus valores formales y afianzar sus presupuestos estéticos. No en vano, iniciando el siglo XX, ella arrancó al amparo de la vanguardia latinoamericana, con el Vedrinismo de Vigil Díaz y el Postumismo de Moreno Jimenes. A partir del Postumismo se inició formalmente el versolibrismo en la poesía y desaparecieron los temas bizarrros en la literatura para optar por un orden filosófico y universalista. Pero lo más importante aún para los poetas fue la idea de crear una poesía nueva y propia; una “poesía con el hombre universal”, que estuviera más cercana a los valores estéticos que marcaban el rumbo de los nuevos tiempos, pero sin alejarse del contenido y de los propósitos esenciales que alentaban la dominicanidad: crear una poesía a la moda del momento sin dejarse contaminar por ideas foráneas le dio la oportunidad de afianzar el arquetipo imaginario del hombre dominicano, sus sueños, sus fantasías, sus esperanzas, sus amores y desamores. Junto a ellos arrastró también la fuerza de su originalidad.
Como constructo ideológico hay en la poesía dominicana una fuerte cristalización de los sentimientos patrióticos expresados en las obras de algunos poetas del siglo XIX. Sin embargo, en las obras de Pedro Mir, Domingo Moreno Jimenes, Manuel del Cabral, Tomás Hernández Franco y Franklin Mieses Burgos es donde mejor se expresa esa incesante búsqueda del ser nacional. Una poesía que refleja el poder actualizado de un género capaz de rastrear el sentimiento de una nación; una poesía que conquistó el favor de la crítica literaria y que orientó significativamente a futuras generaciones de poetas en nuestra literatura.
No menos cierto es que la identidad poética dominicana comenzó a fraguarse en el siglo XIX. Sin embargo, esa visión se consagró sin duda durante el siglo XX, con la poesía de los años cuarenta hasta la década de los sesenta, la que sin duda echó raíces en la conciencia popular. “Hay un país en el mundo colocado en el mismo trayecto del sol” constituye el inicio de un discurso que disparó el imaginario colectivo hacia otra galaxia. Estos versos que calaron con tanta fuerza en la memoria del dominicano lograron que el poema de Pedro Mir fuera visto, mejor, como un canto a la dominicanidad y se convirtiera en emblema de la cultura.
Bajo esta premisa, la identidad poética dominicana se enalteció significativamente en el tiempo. Por eso hay que verla en sus dos grandes vertientes: la primera, cómo los poetas asumen el tema de “lo nacional” en su poesía; y la segunda, cómo la nación dominicana asume a los poetas, en los que ve cifrados sus sueños y esperanzas. En ese contexto se puede señalar que la poesía dominicana, específicamente la del siglo XX, afianza el tema de la identidad en tres grandes pilares: el primero tiene que ver con nuestro origen étnico y la que afianza el cruce de lo racial en el poema Yelidá de Tomás Hernández Franco, una de las “cumbres más altas de nuestra poesía”, que sin duda ha contribuido al fortalecimiento de la identidad literaria en nuestro país; lo segundo, aquella que enarbola el canto a la patria con Emilio Prud’Homme, Salomé Ureña y José; sin embargo, fue Pedro Mir quien con su famoso poema “Hay un país en el mundo” logró dimensionar a grandes rasgos el sentimiento patriótico y ayudó a echar raíces en la conciencia popular. No obstante, con sobrada razón, este poema le hizo valer el título de “Poeta Nacional”.
Lo tercero, la que aborda la idea del ser nacional desde una onda ontológica, metafísica y filosófica que ve y retrata al dominicano más allá de sus propias raíces y lo coloca en un espacio, en un universo sideral. Aquí volvemos a Manuel del Cabral con Los huéspedes secretos, a Lupo Hernández Rueda con Círculo y a Franklin Mieses Burgos en Paisaje con un merengue al fondo.
Así también una pléyade de poetas no menos importantes ha contribuido de manera sistemática a que veamos la poesía dominicana como el género que mejor representa la idea de lo “nacional literario” y a que la visualicemos en su conjunto como símbolo de la cultura. En ese tenor es pertinente señalar aquellas producciones literarias que están en la cumbre de nuestra poesía, me refiero a poemas de largo aliento que sin duda son íconos representativos de la literatura y que enlazan el canon dominicano. Entre ellos hay que destacar: Ruinas, Yelidá, Vía, Rosa de tierra, Círculo, Hay un país en el mundo, Una mujer está sola, Paisaje con un merengue al fondo, Compadre Mon, Viejo negro del puerto, Patria montonera, El viento frío, Banquetes de aflicción, El fabulador, Poema 24 al Ozama. Obras que, en buena medida, representan el sumun y la esencia de lo que somos. Una poesía que de manera épica y lúdica le ha cantado con alegría y dolor a todas las épocas, a todas las almas y bajo todos los motivos posibles: la que al fin encontró en las raíces de la cultura el arquetipo del hombre dominicano.
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