Al nombrar la palabra eco para construir un concepto teórico lingüístico, ha de evocarse su origen en la cultura griega, el relato de Eco—ἠχώ (ēkhō)—, ninfa de maravillosa voz, y el de “el precioso cazador Narciso, hijo de la ninfa Liríope”. En una de las versiones, Pan provocó la locura en los hombres del lugar, quienes despedazaron a la ninfa y esparcieron por la tierra los fragmentos de su cuerpo que aún cantan”. Son voces repetidas y andariegas, ondas multioscilantes.
Las voces reiteradas de los ecos se esparcen como metáforas del lenguaje. Se proyectan y se multiplican, creando espacios semióticos que dan autonomía y esencia a las cosas. Siendo los ecos del lenguaje una construcción metafórica, se pueden abrir nuestras puertas epistemológicas y adentrarnos en descripciones donde se tiente contra los límites del lenguaje mismo. Esto así, por la facilidad de planear en un mundo de esteticidades, de alucinantes intuiciones capaces de transmutar otras verdades del ser en su construcción ontológica.
En algún momento, en este mismo espacio, escribimos sobre los ecos del inconsciente y no habrá de dudarse de que estos están hechos de material lingüístico y de imágenes procesadas más allá del cerebro mismo en plena actividad de lo mental.
En cada lengua retumban los ecos de otras lenguas, símbolos y culturas. A cada instante se construyen lenguajes con las “voces lejanas de los que ausentes están”. Y nos persiguen los rastros ancestrales de verdades ocultas o sepultadas en la perturbación del tiempo. Los ecos referidos fueron sonidos, voces orales, cantos… Algunos, camuflados en imágenes, son develados en las más insólitas obras creativas de pensamiento y arte. Quizá hoy estemos repitiendo las voces de nuestros muertos, del universo en sus manifestaciones.
En aquellos rastros de culturas, civilizaciones, modelos, símbolos y arquetipos colectivos —presentes en el zaguán de la historia y lo imaginario—, allí están los ecos del lenguaje, pasión perpetua del despertar de la conciencia en los planos de la intuición. Esos ecos superponen lenguas, sentimientos, emociones y pensamientos; se convierten en las mariposas resonantes de la imaginación.
El lenguaje también se construye como facultad humana y, por esa condición, se puede escribir este texto, pero solo somos los medios que repetimos aquellas voces constituidas en todo el espectro mental de la naturaleza. Desde nosotros se esparcen los ecos como seres en plena diáspora, que se enlazan, rebotan y retumban en la memoria, en los vacíos insondables de la acción universal.
Lo que existe y lo que no existe tiene su lenguaje, el cual sufre transformaciones a cada instante; se disuelve y compacta, se condensa y se evapora a la vez. Los ecos no viajan al pasado como suele percibirse: vienen del pasado y se proyectan al futuro con una insólita naturaleza ontológica de eternidad.
El lenguaje tiene sus límites, porque ningún sistema de lengua alcanzaría su propia infinitud. Por eso hace paradas automáticas o deliberadas en las estaciones del cerebro, la mente y la conciencia universal. En esas paradas, los ecos se manifiestan para llenar los vacíos, la materia oscura del lenguaje mismo. Allí tiene explicación el mito de Eco y Narciso; las voces se repiten o se transforman, mirándose en la fuente cristalina de una metáfora escrita en los espejos del agua.
Las voces de ayer que parecen alejarse como diáspora en busca de algún sentido, siempre están en un eterno presente, agazapadas en los intersticios del lenguaje, en el humano y el universal. Todo se mueve en la perturbación del tiempo, se transmuta, cambia de cuerpo. En el lenguaje se presenta en lo sonoro y lo escrito. Viaja dejando una huella que rueda sobre espacios de entropía, multiplicándose, con la inagotable aptitud de congregarse en subsistemas de expresión.
Y uno se pregunta: ¿de dónde vienen las palabras? Ligero, podría responderse: de los ecos. Vienen de la materia esparcidas en la construcción de un tiempo que riela y palpita en la intuición cósmica del ser. El ser, memoria y transformación, contención y porosidad. Todo en un mismo espacio-tiempo, en sus infinitas proximidades, entre lo poético y lo prosaico. Entonces, la individuación como tal es la suma de todos los lenguajes en un punto crítico hacia la dispersión.
El mito de Eco nos conduce a la interpretación de los eternos ciclos del lenguaje, de los subsistemas de las lenguas en constante proyección. El de Narciso, a la transformación de las palabras en imágenes, las cuales se presentan a partir de nuestra contemplación, o de las ondas rumorosas de un individuo imbuido por la paz o la agitación.
El hipertexto es también un eco del lenguaje, engrampado en el relato como fragmento de la lengua que se ha resistido a la transformación, a despojarse de sus poses de autonomía, resistente a la dispersión, no solo de la lengua, sino de la identidad ontológica.
Dado lo anterior, la creación artística es la suma de los ecos del lenguaje.
Domingo 25 de enero de 2026
Publicación para Acento No. 175
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