En esta entrega de Kalunga, reflexionamos sobre la importancia de poner el foco en quienes mantienen viva nuestra tradición. Ser gestor o investigador es, ante todo, un compromiso de respeto y acompañamiento. El reto está en lograr que nuestro trabajo sirva para fortalecer a la comunidad y sus patrimonios, asegurando que el verdadero protagonista sea siempre el portador de tradición.
Además, nace de la urgencia de cuestionar esa "limpieza" que se le hace a la memoria cuando se sube al altar de la ciencia, donde se le quita la tierra de las uñas y el sudor de la frente para que sea presentable ante un tribunal de pares que nunca han pisado el territorio. No podemos seguir permitiendo que la validación académica sea el verdugo de la identidad colectiva.
Los investigadores desde que hacemos el primer contacto con el campo de investigación, percibimos una tensión como quien entra en una mina, buscando el mineral precioso del saber para procesarlo, refinarlo y acuñarlo bajo nuestro propio nombre en los circuitos del prestigio académico.
La academia convencional, heredera de la lógica moderna, ha operado bajo lo que Theodor Adorno y Max Horkheimer (1944) definieron como la "razón instrumental" en su Dialéctica de la Ilustración. Para estos pensadores, la modernidad convirtió al mundo en un objeto de administración y consumo; el conocimiento dejó de ser un camino de sabiduría para ser una herramienta de dominio.
Cuando un investigador toma un saber popular o se involucra en una manifestación patrimonial, estudia los portadores y sus rituales, pero con la intención de despojarlo de su nombre original para convertirlo en una categoría antropológica, está ejerciendo una violencia simbólica que lo anula como sujeto.
Aquí, Boaventura de Sousa Santos (2010) es tajante al hablar de "epistemicidio": la destrucción de las formas propias de conocer el mundo para imponer una visión hegemónica. Ese tema en esta columna ya lo hemos abordado. Al no devolver la referencia, al no citar al portador de tradición como el verdadero teórico de su propia vida, el referente o fuente por excelencia de ese saber, la ciencia sacrifica la memoria colectiva en el altar del ego académico. Este extractivismo intelectual es la herencia de lo que Aníbal Quijano (2000) llamó la "colonialidad del poder", donde el saber del "otro" solo tiene valor si el "blanco/académico" lo traduce y lo firma.
Saberes situados frente al espectáculo del patrimonio
Frente a la mirada científica que pretende ser universal y fría, surge la necesidad de los saberes situados. Como bien ha planteado Rita Segato (2015), el conocimiento debe estar enraizado en el territorio y en la red de afectos que lo sostiene.
En el Caribe, esto lo vemos con claridad en nuestras cofradías, hermandades, grupos patrimoniales, y en el uso de la botánica o la folkmedicina, por ejemplo, desde las prácticas de nuestras abuelas curanderas y comadronas. En este caso, ellas son las autoridades científicas de la tierra y del saber, son las que enseñan al investigador para que lo analice y sistematice, pero el sistema actual prefiere la "folklorización" y la "festivilización" y claro la comercialización de esos saberes culturales.
Néstor García Canclini (1989), que quienes me leen saben que lo estudio bastante, advierte sobre cómo las culturas populares son a menudo editadas por el mercado y el turismo para ser consumibles, y ojo eso no es turismo cultural, ni religioso.
Por ejemplo, quienes trabajamos en el campo del patrimonio cultural, teneos muy claro, que al transformar un rito ancestral en una pieza para la "Lista Representativa de la UNESCO", se corre el riesgo de vaciarlo de su contenido político y transformarlo en un objeto decorativo, como en ocasiones ocurre.
El verdadero patrimonio no es una medalla burocrática o un pergamino; es el ecosistema cultural que permite que la gente siga resistiendo. Por eso es que en mis clases universitarias de patrimonio les digo a mis estudiantes que el patrimonio lo crea el portador, el entorno, la ritualidad, el traspaso de saberes.
Por eso no tiene sentido alguno que se declaren patrimonios desde los organismos públicos encargados de esto sin que se involucren a los portadores de ese saber y sus comunidades y peor aún, que ellos se enteren por los medios de comunicación o las redes sociales, de que su ritual o manifestación fue declarada, como ha ocurrido con declaratorias realizadas por el Congreso Nacional dominicano o las alcaldías.
Ética antropológica y despojo a la soberanía del territorio
La antropología ha lidiado históricamente con la tensión entre el estudio y la explotación. Si bien Bronisław Malinowski (1922) propuso la observación participante y Franz Boas (1940) insistía en el relativismo cultural para frenar el racismo, la ética contemporánea debe ir más allá: no basta con "observar", hay que reconocer la soberanía intelectual. El investigador hoy debe entender que es un invitado, no un dueño, y esto debe ir también para los llamados gestores culturales, ya que la gestión cultural por lo menos como se entiende en Republica Dominicana, es sumamente compleja y muchas veces se queda en el nombre.
La gestión cultural en R.D.: protagonismo vs. profesión
En la República Dominicana, la gestión cultural padece de un fenómeno de intrusismo, falta de marco jurídico, académico, formativo y ético. Mientras que la gestión cultural es la arquitectura que permite que la cultura suceda (planeación, procuración de fondos, mediación, logística, seguimiento, apoyo a los portadores y la manifestación, capacitación, etc), en la práctica y esto lo diga con sinceridad se confunde con un protagonismo personal.
Uno de los puntos más críticos de los gestores culturales y sus espacios de incidencias como fundaciones, casas, centros y escuelas culturales, es la relación con los portadores de tradición del país. Existe una tendencia y una práctica paternalista donde el gestor se siente "dueño" o el representante en la ciudad del grupo de palos, de la cofradía, del artesano, del carnavalero. Así andamos y lo tengo que decir.
Y como si este análisis fuera un aplica lo que comprendiste, tal como hacíamos en la escuela y aprovechando que esta columna la lee y le llega a mucha gente, de forma llana, lo que estoy diciendo es, que el gestor, el centro cultural, la organización, la escuela o el centro, no es el dueño de la tradición; es un facilitador, un apoyo, un enlace y nada más.
Y también que plateado, que cuando el gestor cultural se asume como el intermediario indispensable de los portadores, terminan invisibilizando al verdadero protagonista que es el portador, para ser ellos quienes reciban el aplauso, la admiración, el contrato o el apoyo que debe ir única y exclusivamente a los espacios patrimoniales.
Confusión entre práctica y gestión
Saber bailar una bachata, ser un buen carnavalero, asistir a una velación a la virgen, bailar atabales ser profesor en una escuela o centro cultural nos vincula a tener participación cultural, no gestionar la cultura. Por ejemplo, ahora que viene el carnaval, es importante saber, que ponerse una careta es un acto de expresión, diferente a gestionar el carnaval o dirigir una comparsa de carnaval, que conlleva muchas acciones, desde organizar el grupo, buscar patrocinio, documentar, garantizar la participación, el transporte, la alimentación.
Ese trabajo de gestión cultural del carnaval es admirable, ya que vemos esas comparsas un día en un desfile, pero ese fue un trabajo de preparación de un año. Y es por eso, que reitero, confundir o asumirse ser un gestor y un participante, es una falta de respeto a la complejidad administrativa y de gestión que requiere la cultura.
El gestor cultural selfie
Otro tema que es grave y nadie lo analiza, es (el gestor cultural selfie"), o los fotorreporteros de la cultura, que van a las manifestaciones y celebraciones a veces sin ser invitados a disfrutar y bailar todo lo que tocan y cantan, beber romo y todas las bebidas alcohólicas que encuentren, a contradecir a los portadores en sus rituales, y tomarse fotos, lo que está de moda que no incomoda, pero en esas fotos solo salen ellos en todas. Sin saber que esta práctica se llama extractivismo cultural en los estudios culturales y la antropología. En la que se utiliza la manifestación (el enclave, el rito, el baile, los saberes del portador y hasta los momentos de trances) como un "background" para alimentar una marca personal en redes sociales.
No estamos acostumbrados a solicitar permisos a los dueños de las celebraciones para tomar foto y compartirlas en las redes. En lugar de usar la cámara para documentar y preservar la memoria del otro, se usa para validar la "superioridad moral" o "intelectual" de quien captura la imagen para elevar su narcicismo cultural. En el caso nuestro, por ética profesional no compartimos ninguna información sin el consentimiento del tercero, pero eso muchos de nuestros llamados gestores no lo saben por desconocimiento, y es ahí donde entra en tema de la formación de los gestores culturales. Y grave y vergonzoso es saber que también hay profesionales de investigacion que lo hacen frecuentemente, y no se pregunta sin son influencer o investigadores o no se han leído media hoja de la literatura de Canclini y la ética.
Los saberes populares no pueden ser alterados para encajar en una tesis, ni comercializados sin el consentimiento de la comunidad. El protagonista de los procesos y de las manifestaciones debe ser el territorio y su gente. Cuando un investigador ignora esto, repite la lógica colonial de "descubrimiento". La verdadera ética radica en lo que Catherine Walsh (2013) llama interculturalidad crítica: un diálogo de saberes donde la ciencia no esté por encima de la memoria, sino al servicio de ella, respetando los secretos, los rituales y los tiempos de cada expresión cultural.
El territorio como protagonista
Para que la ciencia sea verdaderamente liberadora, debe bajar del altar y caminar con los pies descalzos. Un conocimiento que nace del sacrificio de la identidad de un pueblo no es progreso, es despojo. Los ecosistemas culturales patrimoniales deben entenderse fuera de los discursos de marketing; son sistemas vivos de conocimiento que merecen respeto absoluto.
Los investigadores debemos entender que muestro trabajo no termina en la publicación de un libro, sino en el fortalecimiento de la comunidad que nos abrió las puertas. La verdadera justicia cultural ocurrirá cuando los portadores de tradición dejen de ser "informantes" para ser reconocidos como los maestros que son. Mientras el poder global se retira de sus responsabilidades financieras, nosotros debemos redoblar el compromiso con la memoria.
Que en nuestras escrituras especialmente en espacios como esta columna, el laboratorio y el relato popular se reconozcan como espejos de una misma búsqueda de dignidad, como siempre tratamos de hacer. Ya que el futuro de nuestra cultura depende de que el saber no sea una mercancía, sino un escudo. En lo que corresponde a nosotros, desde este espacio hacemos la reflexión como alerta de lo que hace años ocurre, aunque a algunas no le suene de la mejor manera. Por eso entendemos que, al que le sirva el sombrero que se lo ponga. Hasta la próxima semana.
Referencias
Adorno, T. W., & Horkheimer, M. (1944). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta (Edición de 1998).
Boas, F. (1940). Race, Language, and Culture. New York: Macmillan.
Fals Borda, O. (2009). Una sociología sentipensante para América Latina. Bogotá: Siglo del Hombre Editores.
García Canclini, N. (1989). Culturas híbridas: Estrategias para entrar y salir de la modernidad. México D.F.: Grijalbo.
Malinowski, B. (1922). Argonauts of the Western Pacific. London: Routledge & Kegan Paul.
Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. Revista Internacional de Ciencias Sociales, 153, 201–246.
Santos, B. de Sousa. (2010). Descolonizar el saber, reinventar el poder. Montevideo: Trilce.
Segato, R. L. (2015). La crítica de la colonialidad en ocho ensayos: Antropología y apuesta política. Buenos Aires: Prometeo Libros.
Walsh, C. (2013). Interculturalidad crítica y pedagogía decolonial. Revista de Educación, 362, 25–48.
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