Hay palabras que aparecen en las redes sociales y que, a primera vista, parecen destinadas a desaparecer con la misma rapidez con la que se vuelven virales. Sin embargo, algunas expresiones, aunque sean nuevas, consiguen nombrar experiencias mucho más antiguas. Eso me ocurre con una expresión que en los últimos meses ha comenzado a circular con fuerza entre las nuevas generaciones: “farmear el aura”.
No me interesa aquí explicar una moda digital ni hacer una defensa de ella. Me interesa preguntarme qué puede decirnos este nuevo lenguaje sobre la sociedad que estamos construyendo. En República Dominicana tampoco estamos ajenos a este fenómeno. La circulación de estos nuevos lenguajes culturales forma parte de una sociedad conectada, donde las tendencias viajan rápidamente entre países y generaciones.
Hace poco, durante una visita a Panamá, observé a varios jóvenes participando de estas prácticas. Gestos, movimientos, poses, formas de caminar y maneras de ocupar el espacio parecían formar parte de un código que ellos comprendían perfectamente. Yo podía no conocer todos los significados de aquello que estaba observando, pero precisamente esa distancia fue la que despertó mi curiosidad antropológica. Como antropólogo, he aprendido que cuando una práctica cultural inicialmente nos resulta extraña, la primera pregunta no debería ser si es buena o mala. La pregunta debería ser: ¿qué significa para quienes la practican? Y como docente, esa pregunta me llevó todavía más lejos.
Pensé en mis propias aulas, en los años de práctica pedagógica y en algo que todos los maestros sabemos, aunque pocas veces lo nombremos de esa manera: Los maestros siempre hemos farmeado el aura. Solo que no teníamos esa palabra.
Buscando información sobre el termino para documentarme y compartir esta reflexión, he encontrado que “Farmear el aura” viene del inglés aura farming, una expresión surgida en la cultura digital contemporánea. El término farming procede del lenguaje de los videojuegos y se relaciona con la repetición de acciones para acumular recursos, experiencia o ventajas. “Aura”, en el lenguaje juvenil de internet, comenzó a utilizarse para referirse al carisma, la presencia, el estilo o esa capacidad de una persona para proyectar una imagen que genera reconocimiento, corrobora esta definición encontrada y que se apoya de nuevos aportes de información de mis estudiantes en la universidad desde la mirada de ellos.
De esa combinación surge aura farming, utilizada para describir la acción de cultivar o acumular simbólicamente una determinada presencia, carisma o reconocimiento ante los demás (Dictionary.com, 2025). Es importante señalar que no existe un autor individual de la expresión “farmear el aura”. No fue creada por un académico, antropólogo ni por un sociólogo. Es una expresión producida y transformada colectivamente dentro de la cultura digital. En mi búsqueda me he dado cuenta que las fuentes que documentan la historia del término sitúan algunas de sus primeras apariciones en redes sociales alrededor de 2024, aunque no existe base suficiente para atribuir su creación a una sola persona.
Esta precisión me parece importante porque también nos dice algo sobre la cultura contemporánea: el lenguaje ya no se produce solamente desde las instituciones culturales tradicionales. Las comunidades digitales crean palabras, las transforman y las convierten en categorías de uso cotidiano y nosotros estamos en la obligación de pensarlas. Esta generación ha encontrado una manera particular de nombrar algo que los seres humanos hemos hecho durante siglos: construir nuestra presencia frente a los demás.
Desde mi mirada antropológica, aquí comienza lo verdaderamente interesante. La necesidad de construir una determinada presencia frente a los otros no nació con TikTok. Los seres humanos siempre hemos utilizado el cuerpo, la palabra, la vestimenta, los gestos, los rituales y los espacios para comunicar quiénes somos. Erving Goffman (1959) mostró que la vida cotidiana tiene una dimensión de representación. En nuestras interacciones presentamos determinadas versiones de nosotros mismos y procuramos producir determinadas impresiones en quienes nos rodean.
Cuando observe hace poco en Cali a un joven “farmeando el aura”, encuentre una resonancia interesante con esta perspectiva. No porque Goffman haya hablado de aura farming, evidentemente no pudo hacerlo, sino porque su teoría nos proporciona una herramienta para comprender cómo las personas construyen y negocian su presencia frente a los demás.
Pierre Bourdieu (1986), por su parte, nos permite pensar en términos de capital simbólico: prestigio, reconocimiento y legitimidad que adquieren valor dentro de determinados espacios sociales. Aquí encuentro otra conexión sugerente. Cuando alguien dice que una persona “tiene aura”, está reconociendo una cualidad que posee valor dentro de un determinado grupo. Ese reconocimiento no está necesariamente relacionado con riqueza económica o poder institucional. Tiene que ver con la manera en que una persona es percibida y valorada socialmente. Por eso digo que la presencia siempre ha sido social. El aura no está solamente en quien la proyecta; también está en quienes la reconocen.
Mi experiencia en Panamá me hizo pensar que estamos frente a una generación que ha desarrollado nuevos códigos para producir presencia. Lo interesante no era únicamente lo que aquellos jóvenes hacían, sino la manera en que los demás entendían lo que estaban haciendo, además, como nos impresionaban a quienes estábamos ahí. Había reconocimiento, complicidad, códigos compartidos y, sobre todo, pertenencia.
Clifford Geertz (1973) planteó la cultura como una trama de significados que los seres humanos producen y comparten. Desde esa perspectiva, una práctica cultural no necesita ser solemne para ser significativa. Un gesto puede ser cultura. Una palabra puede ser cultura. Una forma de vestir puede ser cultura. Una manera de ocupar una plaza también puede ser cultura. Por eso no me interesa mirar “farmear el aura” desde la superioridad adulta que suele decir: “eso es una tontería más de esta generación”.
Prefiero preguntarme como cientista social, qué significa para quienes participan de ello. La antropología me ha enseñado que comprender no significa necesariamente aprobar; significa entender antes de juzgar. Y quizás esa sea una de las tareas más importantes de quienes trabajamos con la cultura: acercarnos a aquello que no comprendemos inicialmente, no para romantizarlo o folklorizarlo, sino para descubrir qué relaciones, significados e identidades se están produciendo detrás de una práctica aparentemente sencilla. Esa es la gran riqueza que tiene la antropología para quienes la hemos estudiado y por eso tenemos muy claro que muchas veces esas miradas nuestras no encajan o no son bien vistas.
Hay algo que me resulta particularmente fascinante: el papel del cuerpo. En muchas de estas prácticas no hace falta un discurso. El cuerpo habla. Una postura comunica seguridad. Una caminata puede comunicar confianza. Un gesto puede expresar pertenencia. Una determinada forma de aparecer ante los demás puede convertirse en una marca de identidad. Víctor Turner (1969), desde sus estudios sobre ritual y performance, mostró cómo las acciones corporales y simbólicas pueden producir experiencias colectivas y reforzar vínculos entre quienes participan.
En esa misma dirección, Butler (1990) permitió pensar la importancia de las prácticas corporales reiteradas en la construcción y expresión de identidades. Cuando observo estas prácticas juveniles, no estoy diciendo que constituyan exactamente los rituales estudiados por Turner ni que sean una demostración directa de la teoría de Butler. Lo que encuentro es una posibilidad de diálogo teórico: el cuerpo es también un lugar donde se produce cultura y el uso del cuerpo es un acto político. Y eso es algo que como docentes deberíamos recordar. Nuestros estudiantes también hablan con sus cuerpos. Antes de responder una pregunta, ya comunicaron algo con su mirada. Antes de participar, ya nos dijeron algo con su postura. Antes de pronunciar una palabra, ya están ocupando un espacio.
El fenómeno se vuelve todavía más interesante cuando estas prácticas dejan las redes sociales y llegan al espacio público. Por eso cualquier plaza, parque, calle, callejón o sala de una casa, puede convertirse en escenario. Una calle puede transformarse en lugar de encuentro. Un grupo de jóvenes puede convertir un espacio cotidiano en un territorio de expresión y reconocimiento, sobre todo desde los contextos de las periferias de nuestros territorios, eso no es nada nuevo, siempre ha ocurrido.
Si estudiamos a Michel de Certeau (1984) nos muestra la importancia de las prácticas cotidianas mediante las cuales las personas recorren, utilizan y resignifican los espacios. Desde mi lectura, aquí aparece una dimensión que no deberíamos ignorar: la apropiación cultural del espacio público. Y con ella aparece la política. Porque la ocupación del espacio público, la producción de identidad y la disputa por la visibilidad tienen una dimensión política.
Ojo, no estoy afirmando que todo joven que “farmea el aura” esté realizando conscientemente una acción política. No sería serio sostenerlo. Lo que planteo es algo diferente: es desde esta manera, ampliar la mirada y hacer visible una identidad, ocupar un espacio y producir reconocimiento son prácticas que pueden tener consecuencias políticas. La política no ocurre únicamente en los parlamentos o en los partidos. También ocurre en la calle, en el cuerpo, en la cultura y cuando determinados grupos reclaman su derecho a aparecer. Todo es político y eso lo tenemos claro.
Por eso me pregunto: ¿farmear el aura puede ser un acto político? Mi respuesta sería que puede serlo, dependiendo del contexto, de la intención y de los efectos de la práctica. Puede ser simplemente juego, entretenimiento o una tendencia de internet. Pero también puede producir comunidad, identidad, visibilidad y apropiación del espacio. Y cuando una práctica cultural produce esas dimensiones, merece ser observada por las ciencias sociales, y es lo que hago con esta reflexión de hoy.
La cuestión política que encuentro detrás del fenómeno no es solamente quién tiene más aura. Es otra: ¿quién tiene derecho a ser visto? ¿Quién puede ocupar una plaza sin ser inmediatamente cuestionado? ¿Quién puede expresarse corporalmente? ¿Qué formas de presencia consideramos legítimas y cuáles consideramos ridículas simplemente porque no pertenecen a nuestra generación o a nuestras creencias? Estas preguntas me parecen mucho más importantes que decidir si “farmear el aura” está bien o mal. La cultura también es un campo donde se negocia el reconocimiento.
Y aquí regreso a mi experiencia como docente. Los maestros conocemos perfectamente el valor de la presencia. Entramos al aula y, antes de decir una palabra, ya estamos comunicando. Nuestra manera de caminar, nuestra forma de mirar, el tono de nuestra voz, la seguridad con que ocupamos el espacio y la manera de relacionarnos con los estudiantes forman parte de la experiencia pedagógica. Desde mi práctica docente he aprendido que una clase comienza mucho antes de la primera explicación. Comienza con el encuentro. Un estudiante percibe si estamos realmente presentes. Percibe si creemos en aquello que estamos enseñando. Percibe si tenemos pasión. Percibe si lo reconocemos como sujeto o simplemente como alguien que debe recibir información.
Por eso, cuando escucho hablar de “farmear el aura”, no puedo evitar hacer una asociación con la docencia. ¿Cuántos maestros hemos construido una presencia en el aula sin llamarla aura? ¿Cuántos hemos aprendido a utilizar una historia para captar la atención? ¿Cuántos hemos encontrado una manera particular de explicar? ¿Cuántos hemos logrado que un grupo difícil guarde silencio porque nuestra presencia consiguió establecer una relación? Eso también es construir aura. Los maestros siempre hemos farmeado el aura. La diferencia es que nosotros no lo hacemos para acumular seguidores. Lo hacíamos y seguimos haciéndolo para construir un encuentro pedagógico.
Pero aquí debemos tener cuidado. No quiero convertir el concepto de aura en una celebración superficial del carisma docente. Un maestro no es bueno simplemente porque tiene presencia. La presencia sin conocimiento puede convertirse en espectáculo. El carisma sin ética puede producir manipulación. Paulo Freire (1996) nos recuerda que la práctica educativa es una práctica ética, dialógica y profundamente humana. Enseñar exige respeto por el otro, compromiso y responsabilidad. Por eso, la pedagogía de la presencia no significa “actuar” para conseguir admiración. Significa estar verdaderamente presente en el encuentro educativo.
Significa, estar atento, escuchar, observar, dialogar, interpelar, acompañar y también saber cuándo hablar y cuándo dejar que el otro hable. Por eso una frase se me vuelve indispensable: aprender a escuchar sin renunciar a enseñar. Ese debería ser uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea. No necesitamos convertirnos en jóvenes para comprender a los jóvenes. Necesitamos comprender el mundo cultural en el que ellos están construyendo sus identidades.
La escuela tiene una responsabilidad enorme frente a las nuevas culturas juveniles. No puede perseguir cada tendencia de internet, pero tampoco puede ignorar aquello que forma parte de la vida cotidiana de sus estudiantes. Los jóvenes llegan al aula con sus propias músicas, imágenes, memes, videojuegos, redes, lenguajes y formas de relacionarse. Eso también forma parte de su experiencia cultural. El maestro no tiene que renunciar a su autoridad para acercarse a ese mundo. Tampoco necesita hablar como sus estudiantes. Necesita escucharlos lo suficiente para comprenderlos. Y ahí encuentro una conexión profunda entre antropología y pedagogía. La antropología me enseñó a observar. La docencia me enseñó a escuchar. Ambas me han enseñado que el otro no puede ser reducido a aquello que inicialmente no comprendemos.
Llegados a este punto, la expresión “farmear el aura” me interesa menos como moda y mucho más como una puerta para pensar la presencia como fenómeno social. Me interesa porque nos permite hablar de cómo construimos identidad, porque nos obliga a pensar el cuerpo como lenguaje, porque nos lleva al espacio público, porque nos habla de visibilidad y reconocimiento y porque, sobre todo, nos permite mirar la educación desde otra perspectiva.
La pedagogía de la presencia parte de una idea sencilla: educar también es estar. Estar frente al otro, escucharlo, reconocerlo, interpelarlo, acompañarlo y también dejar una huella. Los grandes maestros no solamente transmiten información. Construyen experiencias. Y esas experiencias permanecen en la memoria. Quizás eso sea, después de todo, una de las formas más profundas de “farmear el aura”: no buscar que todos nos miren, sino conseguir que alguien, algún día, recuerde que nuestra presencia hizo posible que pudiera mirar el mundo de otra manera.
Después de pensar este fenómeno desde la antropología y desde mi propia práctica pedagógica, “farmear el aura” me interesa menos como tendencia y mucho más como una puerta para comprender nuestro presente. Es una palabra nueva para una experiencia antigua: la construcción social de la presencia. Goffman nos ayuda a comprender la presentación del yo; Bourdieu, el reconocimiento y el capital simbólico; Geertz, los significados culturales; Turner, la dimensión ritual y performativa; de Certeau, la apropiación cotidiana del espacio; Butler, la dimensión corporal de la identidad; y Freire, la dimensión ética y dialógica de la educación.
Ninguno de estos autores explica “farmear el aura”, y eso también es importante decirlo. La categoría pertenece a la cultura digital contemporánea; la lectura antropológica que propongo aquí es mi propia interpretación. Mi interés está precisamente en poner en diálogo un lenguaje juvenil emergente con preguntas que las ciencias sociales llevan mucho tiempo formulando.
¿Qué significa aparecer? ¿Qué significa ser reconocido? ¿Qué significa ocupar un espacio? ¿Qué significa construir identidad frente a otros? ¿Qué significa enseñar desde la presencia? Y, finalmente, ¿qué nos está diciendo todo esto sobre la sociedad contemporánea? Quizás las nuevas generaciones simplemente encontraron una palabra nueva para nombrar algo que nosotros ya conocíamos. Quizás por eso, como maestro, no puedo mirar el fenómeno desde afuera. Porque también yo he tenido que aprender a construir presencia. He tenido que aprender a entrar a un aula, a mirar, a escuchar, a comunicar, a despertar curiosidad, a generar confianza y a hacer que una clase permanezca en la memoria.
Y si la nueva generación llama a eso “farmear el aura”, entonces quizás podamos conversar. Ellos desde su lenguaje. Nosotros desde nuestra experiencia. La educación puede ser precisamente ese lugar de encuentro. Porque aprender a escuchar no significa renunciar a enseñar. Significa reconocer que nuestros estudiantes también producen cultura y que nosotros, como educadores, seguimos aprendiendo de las transformaciones sociales que ocurren frente a nosotros. Significa aceptar que la presencia también es una forma de relación, de reconocimiento y sobre todo de acción política. Y significa reconocer algo que nosotros, los maestros, sabemos desde hace mucho tiempo: la presencia también enseña.
Quizás por eso, cuando ahora escucho hablar de “farmear el aura”, no puedo evitar pensar en tantos maestros que durante décadas entraron a un aula, ocuparon su espacio, levantaron la mirada y consiguieron que todos escucharan. No tenían millones de seguidores. No tenían algoritmos. No tenían TikTok. Pero tenían presencia. Reitero, los maestros siempre hemos farmeado el aura. Y después de todo lo dicho, me queda una última pregunta, quizás la más sencilla de todas: ¿Algún otro maestro como yo está claro que también farmea el aura desde su práctica pedagógica? Hasta la próxima semana.
Referencias
Bourdieu, P. (1986). The forms of capital. En J. G. Richardson (Ed.), Handbook of theory and research for the sociology of education (pp. 241–258). Greenwood.
Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity. Routledge.
de Certeau, M. (1984). The practice of everyday life. University of California Press.
Dictionary.com. (2025, October 24). Aura farming. "Dictionary.com" (https://reference-url-citation.invalid/0)
Freire, P. (1996). Pedagogía de la autonomía: Saberes necesarios para la práctica educativa. Paz e Terra.
Geertz, C. (1973). The interpretation of cultures. Basic Books.
Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Doubleday.
Turner, V. (1969). The ritual process: Structure and anti-structure. Aldine.
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