"La poesía revela este mundo; crea otro". (Octavio Paz) 

 

A tres excelentes gestores literarios de mi lar nativo: Fari Rosario, Basilio Belliard y Eugenio Camacho. 

 Es innegable que la poesía constituye la sustancia originaria de toda ficción literaria y el fundamento invisible sobre el cual se levanta cualquier obra que aspire a trascender la mera comunicación de acontecimientos. Antes de que un texto se defina como cuento, novela, drama o poema, existe en la conciencia del escritor un estremecimiento creador: una intuición que altera el orden habitual de las cosas, una imagen que reclama forma, una emoción penetrada por el pensamiento o un pensamiento que comienza a adquirir temperatura emocional. En ese instante germinal todavía no existen los géneros ni las clasificaciones establecidas posteriormente por la crítica; solamente actúa una fuerza verbal que impulsa al autor a mirar la realidad de otra manera y a fundarla nuevamente mediante la palabra. La creación literaria comienza cuando algo de la existencia cotidiana deja de ser común ante los ojos del escritor y se transforma en una revelación, en una pregunta o en una presencia que exige ser nombrada.   

Octavio Paz resumió esa facultad transformadora al afirmar que la poesía no se limita a reproducir el mundo conocido, sino que lo revela y, simultáneamente, crea otro. La poesía es, por consiguiente, mucho más que el poema: es una manera de percibir, relacionar, imaginar y nombrar; es el espacio donde la experiencia se convierte en símbolo y donde el lenguaje deja de ser un simple instrumento comunicativo para transformarse en conocimiento, descubrimiento y revelación.  Puede decirse, entonces, que la poesía diseña secretamente la ficción porque le proporciona sus imágenes fundamentales, su música interior, sus zonas de silencio, sus símbolos y la profundidad emotiva e intelectual mediante la cual una historia particular consigue expresar una verdad universal.  

En todo texto de auténtico valor literario —poético, cuentístico, novelesco o dramático— se produjo primero un arrebato creador permeado por un empuje reflexivo, un vuelo intuitivo y un desorden ordenado de los sentidos, para decirlo así y recordar las reflexiones de Althur Rimbeau en ese orden de ideas. Pues ese impulso inicial enhebra la propuesta estética, organiza la configuración lingüística y determina la forma mediante la cual el autor convierte la realidad inmediata en una realidad imaginada. El creador literario no se limita a copiar aquello que observa: selecciona, elimina, combina, exagera, desplaza y reconstruye los elementos de su experiencia para otorgarles una significación nueva. Incluso cuando una obra parte de acontecimientos históricos o autobiográficos, estos dejan de pertenecer exclusivamente al dominio de los hechos y pasan a formar parte de un universo verbal regido por sus propias leyes.   

Aristóteles en su "Poética" comprendió tempranamente que la esencia de la poesía no dependía exclusivamente del verso, pues observó que “el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa”. La diferencia fundamental reside en que el historiador cuenta lo sucedido, mientras el poeta representa aquello que podría suceder según la verosimilitud o la necesidad. Por eso el filósofo añadió que “la poesía es más filosófica y elevada que la historia”.  Tal afirmación permite comprender que lo poético reside en la capacidad de trascender el dato particular para alcanzar una verdad humana más amplia, no en el uso obligatorio de la rima, la métrica o la disposición versal. Una novela escrita en prosa puede ser profundamente poética si sus imágenes, su ritmo y sus símbolos amplían nuestra comprensión de la existencia; del mismo modo, un texto distribuido en versos puede carecer de verdadera poesía si no posee intensidad verbal, imaginación creadora ni profundidad espiritual.  

Un caso paradigmático de esa indistinción entre narración y poesía es Jorge Luis Borges. Cuando leemos cuentos como “El Aleph”, “Las ruinas circulares”, “La casa de Asterión”, “El jardín de senderos que se bifurcan”, “El inmortal” o “La escritura del dios”, resulta difícil separar la estructura narrativa de la irradiación poética que la sostiene. En Borges, la anécdota constituye apenas el punto de partida para una meditación sobre el tiempo, la identidad, el infinito, la memoria, los espejos, la muerte y la condición ilusoria del universo. Sus cuentos avanzan mediante símbolos, correspondencias, paradojas y metáforas que podrían pertenecer igualmente a sus poemas. El Aleph, por ejemplo, no es solamente un objeto fantástico escondido en un sótano, sino la imagen poética de la totalidad contemplada desde un punto imposible; sus laberintos no son simples espacios arquitectónicos, sino representaciones del universo, de la inteligencia humana, del destino y de la imposibilidad de alcanzar una verdad definitiva. Los espejos, los tigres, las bibliotecas, los sueños y los dobles reaparecen en su obra como imágenes de una mitología personal que comunica la poesía con la filosofía y la narración. En su escritura, el narrador, el pensador y el aeda se confunden hasta formar una sola conciencia creadora; por eso, cuando pasamos de sus cuentos a poemas como “El Golem”, “Ajedrez”, “Límites”, “Poema de los dones” o “Everness”, percibimos que seguimos recorriendo el mismo universo imaginativo. Su prosa posee exactitud conceptual, pero también música, asombro y fulguración metafórica. Borges demuestra que un cuento puede funcionar como un poema intelectual y que la poesía puede asumir la forma de una narración especulativa, pues en su obra ambas expresiones brotan de una misma necesidad de interrogar los enigmas de la existencia.  

Jorge Luis Borges.

Algo semejante ocurre en la dramaturgia de William Shakespeare. “Hamlet”, “Macbeth”, “El rey Lear”, “Otelo”, “Romeo y Julieta”, “Julio César” y “La tempestad” son obras concebidas para la representación teatral, pero su permanencia no depende únicamente de la eficacia de sus conflictos ni de la intensidad psicológica de sus personajes. Su grandeza nace también de un lenguaje capaz de convertir las pasiones humanas en imágenes perdurables. Shakespeare no se limita a decir que Macbeth ambiciona el poder, que Hamlet duda, que Otelo siente celos o que Lear ha perdido la razón: convierte la ambición, la incertidumbre, la culpa, los celos y la locura en presencias verbales que adquieren una dimensión universal. Cada monólogo suspende momentáneamente la acción dramática para abrir un abismo de reflexión poética donde el personaje se contempla a sí mismo y, al hacerlo, revela las contradicciones fundamentales del ser humano. El célebre cuestionamiento de Hamlet sobre el ser y el no ser trasciende su circunstancia particular y se convierte en una interrogación sobre el sufrimiento, la muerte y el sentido de la existencia.   

Asimismo, las palabras de Próspero en “La tempestad” transforman la escena teatral en una meditación sobre la fugacidad del mundo, los sueños y la naturaleza ilusoria de la vida. De ahí que T. S. Eliot recordara que “el verso dramático está pensado para causar una impresión inmediata, colectiva” (“La función social de la poesía”, pág. 13). En Shakespeare, la palabra no acompaña simplemente la acción: la crea, la profundiza y le concede una resonancia espiritual que permite que personajes surgidos en circunstancias históricas determinadas continúen hablando a los seres humanos de todas las épocas. Su dramaturgia posee, por tanto, un indiscutible estatus poético, porque el conflicto representado se eleva mediante el lenguaje hasta convertirse en una exploración de la condición humana.  

La presencia germinal de la poesía también puede reconocerse en novelistas que transformaron radicalmente la narrativa. Miguel de Cervantes convirtió los caminos polvorientos de La Mancha en el escenario simbólico de la lucha entre el ideal y la realidad, entre la imaginación creadora y las limitaciones de un mundo incapaz de comprenderla. Gustave Flaubert hizo de la insatisfacción de Emma Bovary una cadencia interior sostenida por el ritmo, la precisión verbal y la correspondencia entre el paisaje y el estado emocional del personaje. Virginia Woolf disolvió la narración lineal para seguir el movimiento ondulante de la conciencia, los recuerdos y las sensaciones; Marcel Proust levantó, a partir del sabor de una magdalena, una de las más vastas arquitecturas literarias de la memoria; y Gabriel García Márquez transformó Macondo en un territorio mítico donde lo cotidiano, lo histórico y lo maravilloso conviven sin contradicción. Asimismo, Juan Rulfo hizo hablar a los muertos de Comala mediante una prosa austera, espectral y profundamente lírica; Alejo Carpentier otorgó sonoridad barroca a la historia americana; José Lezama Lima transformó la novela en un universo de imágenes, asociaciones culturales y revelaciones; y Toni Morrison convirtió la memoria de la esclavitud en una escritura poblada por fantasmas, silencios, heridas colectivas y voces que se resisten al olvido. Estos autores no escribieron sus novelas como poemas extensos, pero comprendieron que la narración alcanza su plenitud cuando la palabra no solo cuenta, sino que sugiere, evoca, simboliza y funda una atmósfera irrepetible. En ellos, el espacio deja de ser simple escenario y se convierte en un estado del alma; los objetos pierden su neutralidad y adquieren significados simbólicos; el tiempo deja de avanzar linealmente y comienza a obedecer los ritmos de la memoria, el deseo y la imaginación. La poesía actúa así como el principio que vuelve singular una voz narrativa y convierte una historia en una experiencia estética.  

Octavio Paz.

También en el cuento la poesía actúa como una fuerza de condensación, intensidad y revelación. Edgar Allan Poe, Antón Chéjov, Guy de Maupassant, Horacio Quiroga, Julio Cortázar, Clarice Lispector y Juan Bosch demuestran, desde estéticas diferentes, que un relato no se sostiene exclusivamente por aquello que sucede, sino por la tensión verbal que convierte un acontecimiento particular en una experiencia significativa. Poe organiza cada elemento para producir un efecto único y hace que el ambiente, los sonidos, los colores y los objetos participen de una misma intensidad emocional; Chéjov descubre el drama escondido en las acciones más comunes y revela, mediante pequeños gestos, la soledad y la frustración de sus personajes; Maupassant transforma la observación de la vida cotidiana en una visión crítica de la sociedad y de sus apariencias; Quiroga convierte la selva en una presencia viva, fascinante y amenazadora; Cortázar abre grietas fantásticas en la aparente normalidad; Lispector convierte los gestos cotidianos en revelaciones interiores; y Juan Bosch capta, mediante una prosa precisa y sensible, la dignidad, las privaciones y los conflictos del ser humano dominicano. En todos ellos, el cuento se aproxima al poema por su concentración, su economía expresiva y su capacidad para hacer que una imagen, un silencio o una palabra adquieran múltiples significados. La poesía no aparece como un adorno añadido a la narración, sino como el principio secreto que selecciona, relaciona y carga de intensidad cada componente del relato. Un buen cuento, como un buen poema, elimina lo innecesario y concentra su fuerza en unas pocas imágenes capaces de permanecer durante largo tiempo en la memoria del lector. Esa permanencia demuestra que la verdadera literatura no concluye cuando termina la lectura, sino que continúa creciendo en la conciencia de quien la recibe.  

La teoría lingüística moderna también ayuda a explicar por qué lo poético rebasa los límites del poema. Roman Jakobson sostiene que la función poética se produce cuando el lenguaje llama la atención sobre la construcción del propio mensaje, sobre su ritmo, sus correspondencias, sus repeticiones y su organización interna. El teórico advierte que “cualquier intento encaminado a reducirla a poesía o viceversa” constituye una simplificación engañosa (“Lingüística y poética”, pág. 37). Esto significa que la función poética puede aparecer en una novela, una obra teatral, un cuento, un discurso religioso e incluso en ciertas expresiones del habla cotidiana. Su presencia se hace dominante cuando las palabras dejan de ser transparentes y obligan al lector a percibir su sonoridad, su colocación, sus asociaciones y sus significados posibles. Por eso una página de Federico García Lorca, Ramón María del Valle-Inclán, James Joyce, José Lezama Lima, Marguerite Duras o Clarice Lispector puede poseer una intensidad poética tan poderosa como la de un texto escrito en versos. Lo poético no depende del molde exterior, sino de la transformación interior que el lenguaje experimenta en manos del creador. La repetición de una palabra, la ruptura de una oración, la disposición de una imagen, una pausa inesperada o una determinada cadencia pueden producir un sentido que no se encuentra exclusivamente en la definición de los vocablos, sino en la manera en que estos han sido organizados.  La literatura comienza a adquirir espesor poético cuando el lector no solo recibe una información, sino que percibe el cuerpo mismo del lenguaje: su respiración, su movimiento, su música, su capacidad de ocultar y revelar simultáneamente. De ese modo, la función poética convierte la lengua cotidiana en materia artística y permite que una expresión aparentemente sencilla contenga resonancias emocionales, filosóficas y simbólicas.  

La poesía es, además, la fuerza que impide que la literatura quede reducida a información, testimonio o reproducción mecánica de los hechos. Una novela puede contener datos históricos; un drama, conflictos políticos; y un cuento, descripciones sociales; pero solamente alcanzan una categoría artística perdurable cuando esos materiales son transfigurados por una mirada capaz de descubrir relaciones invisibles. Fiódor Dostoievski transforma el crimen en una exploración de la culpa, la libertad y la conciencia; Franz Kafka convierte la burocracia en una pesadilla metafísica; Albert Camus hace del absurdo una interrogación sobre la responsabilidad y el sentido de la existencia; Pedro Mir eleva la injusticia padecida por el pueblo dominicano a canto colectivo; Manuel del Cabral convierte el cuerpo, el trabajo y la negritud antillana en materia simbólica; y Aída Cartagena Portalatín enlaza la experiencia femenina, la historia y la conciencia insular mediante una escritura de profunda intensidad lírica. A estos nombres pueden agregarse los de Pedro Henríquez Ureña, Marcio Veloz Maggiolo, Hilma Contreras, René del Risco Bermúdez,  Pedro Antonio Valdez, Eugenio Camacho, Gustavo Olivo Peña, entre otros más, cuyas escrituras, desde perspectivas distintas, revelan que la literatura dominicana también ha recurrido constantemente a la imaginación poética para interpretar la historia, la identidad, la ciudad, la marginalidad, la memoria y los conflictos sociales. La poesía amplía nuestra percepción y refina nuestra sensibilidad, pues la verdadera obra literaria comunica, como explica Eliot, “una experiencia nueva, o una comprensión renovada de lo familiar” (“La función social de la poesía”, pág. 14). Allí donde el lenguaje nos hace ver por primera vez aquello que siempre estuvo delante de nosotros, se encuentra actuando la poesía. Su misión más profunda consiste precisamente en rescatar las cosas de la costumbre, devolverles su misterio y mostrarnos que la realidad nunca está completamente agotada por las explicaciones racionales.  

Aída Cartagena Portalatín.

La poesía debe entenderse, por tanto, como la matriz profunda de toda creación literaria y no únicamente como uno de los géneros que integran la literatura. Es el aliento inicial que precede al cuento, la novela y el drama; la energía prístina que pone en marcha la sensibilidad, la imaginación, la intuición y la reflexión del escritor durante el difícil parto creador. Sin esa energía, la narración se convertiría en una sucesión inerte de acontecimientos; el teatro, en una conversación desprovista de trascendencia; y la novela, en un inventario de personajes, lugares y acciones. Homero, Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Dostoievski, Borges, Woolf, Kafka, García Márquez, Rulfo, Juan Bosch y tantos otros pertenecen a tradiciones, épocas y géneros distintos, pero comparten la facultad de transformar el lenguaje ordinario en una forma superior de revelación. En ellos, la poesía no siempre adopta la apariencia reconocible del verso: unas veces se convierte en personaje; otras, en atmósfera, símbolo, ritmo, silencio, imagen, mito o interrogación metafísica. La encontramos en la locura visionaria de don Quijote, en los tormentos interiores de Raskólnikov, en la pesadilla administrativa de Josef K., en los laberintos de Borges, en la memoria desenterrada de Comala, en la soledad de Macondo y en el paisaje humano y social de los cuentos de Juan Bosch. Todas esas obras se mantienen vivas porque detrás de sus argumentos existe una respiración poética que las vuelve inagotables y permite que cada generación encuentre en ellas sentidos diferentes.  

El verdadero lector sabe reconocer la poesía aun cuando esta se oculte detrás de una trama novelesca, de un diálogo dramático o de la aparente sencillez de un cuento, porque siente que las palabras han dejado de limitarse a nombrar las cosas y han comenzado a descubrirlas nuevamente. Allí donde una obra consigue alterar nuestra mirada, conmover nuestra conciencia y permitirnos experimentar la existencia desde una perspectiva insospechada, la poesía está presente: invisible diseñadora de la ficción, respiración secreta del lenguaje y centro luminoso desde el cual la literatura funda, interroga y reinventa incesantemente el mundo. Por eso no es necesario que un escritor haya publicado un poemario para reconocer en él la presencia del poeta. El aeda puede manifestarse en la construcción de una escena, en la descripción de un paisaje, en la voz atormentada de un personaje, en la atmósfera de una habitación, en la evocación de un recuerdo o en el silencio que queda después de una revelación.   

Por lo que, en definitiva, todo verdadero creador literario posee, de alguna manera, esa mirada poética que descubre lo extraordinario dentro de lo cotidiano y lo universal dentro de lo particular. La poesía es el impulso que permite que la palabra supere su función utilitaria, se interne en las zonas más profundas de la conciencia y nos devuelva un mundo enriquecido por el misterio. Ella es, en última instancia, el origen y el destino de la literatura: la energía que despierta la creación, organiza su universo y garantiza que una obra pueda sobrevivir a su época, dialogar con generaciones futuras y continuar revelando, bajo nuevas luces, la complejidad inagotable del ser humano

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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