I. Mariz

Desde lejos, una voz de sal cantaba en medio de la desolación:

Fèy, oh!
Sove lavi mwen
Nan mizè mwen ye, oh!…

—Hola, ¿hay WiFi aquí?

No esperaba encontrar internet en aquel hotel barato. Me levanté de la cama altísima, con un espejo roto por cabecero, y abrí la puerta de madera desgastada.

En el pasillo, una muchacha fregaba el suelo.

Llevaba una playera blanca y un jean. Su cuerpo firme, acostumbrado al trabajo, contrastaba con la tristeza del lugar. Era una mujer negra, hermosa, concentrada en el piso. Mientras trapeaba, tarareaba aquel viejo canto vodou de las montañas, como si la melodía se hubiera quedado atrapada en su garganta.

—Una disculpa, ¿hay WiFi aquí? —repetí.

Dejó de trapear.

Levantó la cabeza.

—Dame teléfono.

Me lo dijo en un español todavía inseguro.

Le entregué el mío. Tecleó la contraseña y me devolvió el aparato.

Su silencio tenía algo que reconocí antes de saber por qué.

Añoranza.

Entonces pregunté:

—¿De dónde eres?

—De Haití.

Sentí ese calor extraño que produce encontrar a un compatriota lejos de casa.

Le hablé en creole.

Mwen tou wi…

—Se vre?

—Wi. Kijan w rele?

—Mwen rele Mariz.

Su rostro cambió.

Seguía con el trapeador en la mano.

No hablamos más.

Yo tenía que enviar mensajes a Haití. Desde la última llamada de emergencia, hecha en la frontera el día anterior, mi familia y quienes nos esperaban no habían vuelto a saber de mí ni de mi colega mexicana.

Al final, sí había WiFi.

La contraseña nos alcanzó para los dos.

Abrí WhatsApp.

Y entonces Pétion-Ville se me vino encima.

Nou Pétion-Vil depi a 5è. Premye bis la rive, apre sa dezyèm nan, men nou pa wè w ladan l. Fè m konnen si tout bagay anfòm.

Estamos en Pétion-Ville desde las cinco. Llegó el primer bus, después el segundo, pero no te vimos. Dime si todo está bien.

Otro mensaje:

Ki kote ou ye? Nou enkiete, ban nou nouvèl ou.

¿Dónde estás? Estamos preocupados. Mándanos noticias.

Decenas de mensajes.

Audios.

Bertina, desde Estados Unidos, había dejado cuatro.

Ralph, tres llamadas perdidas.

Mi madre llevaba toda la noche marcando.

Sin internet, las llamadas no entraban.

Me instalé en un rincón del pasillo donde la señal era más fuerte y fui respondiendo uno por uno.

Estoy vivo.

Estoy bien.

Ya llegaremos.

Todavía no sabía cómo contarles lo que había ocurrido en Jimaní.

II. El viaje por tierra

Habíamos llegado a Santo Domingo para tomar un autobús hacia Haití.

El aeropuerto principal de Puerto Príncipe era entonces inaccesible para nosotros, así que había que buscar otra ruta.

Las mujeres haitianas a las que íbamos a acompañar habían recibido dos veces la negativa de una visa para Lima. Por eso decidieron organizar el encuentro en Puerto Príncipe, junto con otras organizaciones de América Latina.

Si no puedes ir a Roma, que Roma venga a ti.

Aunque para muchos ni Roma puede ir hacia ellos, ni ellos pueden llegar a Roma.

De todo el equipo previsto, al final solo viajamos Liliana y yo.

Ni la fisioterapeuta mexicana ni la activista argentina pudieron sumarse.

Pasamos toda la noche en avión, desde la Ciudad de México hasta Santo Domingo.

Afuera del aeropuerto de Las Américas nos esperaba un haitiano que sería nuestro Uber hasta la estación de autobuses.

Tenía unos treinta y dos años, aunque parecía más joven. Llevaba una playera, un jogger y chanclas. Tenía la cara de quien no había dormido.

Eran las siete de la mañana.

El autobús salía a las siete y media.

No había tiempo.

Nos subimos a su coche.

No había podido lavarlo porque su esposa acababa de dar a luz a su primer bebé y él había pasado la noche en el hospital.

Se llamaba Jeandy.

Manejaba como si la ciudad fuera una carrera.

Liliana, la tanatóloga mexicana, miraba por la ventana aquel Caribe que acababa de descubrir.

Yo miraba el reloj.

Treinta minutos después llegamos.

Y allí apareció mi primera sorpresa.

La estación era un espacio asfixiante, desordenado, de apenas unos metros cuadrados, perdido en una zona popular de Santo Domingo.

Detrás de un módulo, una muchacha vestida de negro, despeinada, cobraba cien dólares por pasaje.

Todo nos parecía peligroso.

O quizá nosotros simplemente no sabíamos leer aquel lugar.

No distinguíamos quién era dominicano y quién haitiano.

Solo veíamos cuerpos moviéndose bajo presión.

Hombres cargando maletas.

Mujeres reclamando.

Niños.

Voces.

Prisa.

Liliana estaba asustada.

Yo también.

Pero hacía todo lo posible por parecer tranquilo.

Había que transmitir seguridad cuando uno mismo no la tiene.

Me habían hablado de la única línea de autobuses que comunicaba Santo Domingo con Pétion-Ville. Imaginaba un servicio convencional.

No lo era.

Era un autobús viejo, maltratado, con los restos de unas cortinas rosas bordadas que me hicieron pensar en aquellos videos de YouTube sobre el transporte en la India.

No parecía preparado para un viaje tan largo.

Adentro, cada pasajero defendía su pedazo de espacio.

Fuimos de los últimos en subir.

No podíamos sentarnos.

Una señora había colocado su mochila en el asiento de al lado.

Según ella, había pagado lo suficiente para ella y para su bulto.

Los demás pasajeros protestaron hasta que finalmente retiró la mochila y dejó sentarse a Liliana.

Yo ocupé el asiento de la otra fila, junto a una muchacha que ya dormía.

Todos los pasajeros eran haitianos.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Gente sencilla que regresaba a casa.

Liliana y yo destacábamos.

Nuestro viaje tenía que atravesar Croix-des-Bouquets, territorio que, según nos habían informado, estaba controlado por los bandi, donde los choferes debían pagar para pasar.

Alguien comentó que meses atrás el pasaje costaba cincuenta dólares.

Ahora costaba cien.

La última mujer subió sus dos grandes maletas.

Su hija dejó de llorar.

Hubo protestas.

Reclamos.

Risas.

El autobús finalmente arrancó más de una hora y media después de lo previsto.

El camión de las maletas iba delante.

Entonces comprendí que el viaje sería largo.

La señora de la mochila tenía unos cincuenta años.

Llevaba una pañoleta floreada, un mouchwa, alrededor de la cabeza.

Durante el trayecto yo había ayudado a levantar su bulto cada vez que alguien necesitaba pasar.

Al final, aceptó cambiar su asiento conmigo para que pudiera estar cerca de Liliana.

Y entonces me dijo, casi en secreto, que su problema no era con nosotros.

Era con el sistema.

En la cultura popular haitiana, heredada de una memoria africana profunda, al extranjero se le ofrece la silla.

El mejor cuarto.

El mejor plato.

Ella acababa de demostrarlo.

Durante las siguientes cinco horas casi no ocurrió nada.

Música cristiana en las bocinas.

Quejas.

Calor.

Paradas.

En un momento, varias personas bajaron a orinar al borde de la carretera porque no había baño.

Después volvimos a detenernos.

El chofer bajó.

Hablaba por teléfono.

Su ayudante, un joven haitiano nacido en Santo Domingo, empezó a colocar huacales de plástico a lo largo del pasillo.

Nadie entendía.

Esperamos.

Entonces apareció otro autobús.

Bajaron más haitianos.

Los subieron al nuestro.

Ya no cabía nadie.

Hubo gritos.

Protestas.

El chofer no respondió.

Los nuevos pasajeros terminaron sentados sobre los huacales.

El autobús volvió a arrancar.

Más adelante se detuvo otra vez.

El ayudante subió bolsas de comida y comenzó a lanzarlas de un extremo al otro del pasillo.

Después llegaron las botellas de agua.

Eran más hielo que agua.

Durante todo el viaje, la señora de la mochila había observado que yo ayudaba a mover su bulto.

Cuando repartieron el arroz con pollo, nos pasó a Liliana y a mí dos comidas y dos botellas de agua antes de tomar la suya.

Me conmovió.

Bay yo pran anvan —le dijo a la chica que estaba a su lado.

Que ellos coman primero.

Y aquel plato austero, casi miserable, hizo algo que ninguna palabra había conseguido hasta entonces:

nos calmó.

Las bocas se mantuvieron ocupadas.

III. Jimaní

Cuando estábamos a punto de llegar a la frontera, después de más de seis horas de camino, subieron al autobús dos cambistas.

Sudaban.

Hablaban un creole atropellado.

Ou ap chanje peso? Konbyen kob ou genyen?

Uno de ellos se limpiaba la cara con una mano sucia.

El ambiente cambió.

Merengue.

Después compas.

Sudor.

Dinero.

Mal aliento.

Los cambistas avanzaban por el pasillo, pasando literalmente sobre las cabezas de los pasajeros para llegar al fondo.

El chofer permanecía en silencio.

El autobús estaba demasiado lleno.

Todo parecía fuera de lugar.

Era un teatro sin escenario.

Y entonces llegamos a Jimaní.

Todos bajamos.

El puesto de control migratorio era un vestíbulo desierto, cubierto de polvo.

Dos inspectores dominicanos, una mujer y un hombre, atendían detrás de un mostrador de madera.

Alrededor de ellos se movían gestores que ofrecían acelerar trámites.

La gente esperaba.

Los documentos circulaban.

El cansancio se acumulaba.

Fue allí donde comenzó nuestra verdadera pesadilla.

Yo había escuchado que únicamente quienes tenían visa dominicana necesitaban sello de salida.

Por eso estaba tranquilo.

La inspectora pidió nuestros pasaportes.

Le entregué el mío y el de Liliana.

Cuando vio el pasaporte mexicano de ella, preguntó si tenía un permiso especial para entrar a Haití.

Le explicamos que el consulado haitiano en México nos había dicho que los mexicanos no necesitaban visa para entrar al país.

Llamó a otro inspector.

Le entregó nuestros pasaportes.

Y nos dejó esperando.

Fue entonces cuando entendí que la burocracia también sabe enseñar los dientes.

Pasó el tiempo.

Casi todos se habían ido.

Me acerqué al mostrador.

El inspector tenía nuestros pasaportes en la mano.

—No pueden viajar a Haití.

—¿Por qué?

—Todos los extranjeros necesitan un permiso especial.

—¿Dónde se solicita?

—Es una disposición del gobierno dominicano por la situación de violencia en Haití.

Miré mi pasaporte.

Entonces pensé:

Si Liliana necesita un permiso especial porque es mexicana, ¿por qué tienen también mi pasaporte?

Yo soy haitiano.

El permiso no aparecía en ninguna página web.

No aparecía en ningún consulado.

No aparecía en ninguna ley.

Existía solamente allí.

En aquella antesala.

En la cabeza de aquel inspector.

Y parecía tener un precio.

Pedí a alguien que me compartiera su WiFi.

Llamé a Haití.

La persona responsable de la organización que nos esperaba confirmó lo que ya sospechábamos:

el documento no existía.

Además, era domingo.

No podía hacer ninguna gestión ante la Oficina de Relaciones Exteriores.

Pero antes de que la llamada se cortara por la mala señal, me dijo algo:

allí siempre había una manera de arreglar las cosas.

Había que hacer un desembolso discreto.

Mientras tanto, Liliana salió sola del vestíbulo para buscar nuestras maletas.

Estuvieron a punto de regresarnos a Santo Domingo.

A ella, porque no tenía el supuesto salvoconducto que el gobierno haitiano no exigía.

A mí también.

Aunque yo fuera haitiano.

Entonces apareció un hombre.

Me ofreció resolver el problema por ciento cincuenta dólares.

Unos 8,700 pesos dominicanos.

Yo habría pagado lo que fuera por volver a ver a mi familia.

No la veía desde 2020.

Y también quería llevar a Liliana hasta Haití.

Ella había pasado dos meses preparando una conferencia para las mujeres haitianas.

Le expliqué la situación.

Pensamos.

Recordé un viejo proverbio haitiano:

Tout chen jennen mòde.

Todo perro acorralado muerde.

Pagamos.

La tragicomedia acababa de comenzar.

El hombre regresó.

Habló con uno de los inspectores.

Él recibió el dinero.

Nos dijo que todo estaba arreglado.

Los pasaportes serían entregados en la puerta fronteriza.

Subieron nuestras maletas a otro autobús.

También era viejo.

También estaba destartalado.

Pero esta vez viajaban las maletas adentro.

El autobús arrancó.

Por un instante pensé que habíamos salido.

Liliana apenas empezaba a respirar.

Entonces subió un agente encargado de custodiar la puerta fronteriza.

Pidió nuestros pasaportes.

No los teníamos.

Nos habían dicho que nos los entregarían en la salida.

Antes de que pudiera explicarlo, gritó:

—¡Bájense!

Me puse de pie.

—¿Y si nos tratamos con un poco de respeto, señor? —dije—. Está usted asustando todavía más a una mujer que ya está temblando.

Bajamos.

Afuera había entre seis y siete hombres.

Todos uniformados.

Un comandante dejó su botella de cerveza debajo de una silla.

Nos amenazó con arrestarnos.

Nadie quería escuchar explicaciones.

Liliana estaba paralizada.

Yo intentaba hablar.

Alrededor, la frontera seguía funcionando como si nada.

Cambistas.

Coyotes.

Comerciantes.

Mendigos.

Contrabandistas.

Ladrones.

Gente esperando.

Gente huyendo.

Gente regresando.

Entonces vi algo que todavía me cuesta olvidar.

A unos pasos de nosotros llegó un camión.

Tenía un calabozo por dentro.

Un calabozo con ruedas.

En su interior, hombres y mujeres haitianos estaban amontonados cuerpo contra cuerpo.

Parecían mercancía.

Los deportaban a Haití.

Miré aquella escena y sentí que algo se me rompía por dentro.

Era mi gente.

Pero no podía detenerme a llorar.

Primero había que salir.

Todavía faltaba pagar.

El precio siguiente fue recuperar nuestros pasaportes.

Después aparecieron las maletas.

Tuve que cargar la de Liliana y la mía detrás de una motocicleta.

Otros ciento treinta dólares.

Finalmente nos condujeron bajo custodia a otro autobús que regresaba a Santo Domingo.

Cincuenta dólares por persona.

Eran las cuatro de la tarde.

Habíamos salido de Santo Domingo por la mañana.

Nuestro delito era sencillo:

haber querido cruzar una frontera para hacer algo por otros.

Para intentar curar, aunque fuera por unas horas, una herida histórica.

El autobús de regreso iba lleno.

Pero nosotros íbamos vacíos.

En las provincias fronterizas había puestos de control cada pocos kilómetros.

Migración.

Militares.

Revisión de documentos.

La visa americana nos evitó nuevos problemas.

A los demás no.

Los pasajeros haitianos bajaban.

Pagaban discretamente.

Subían.

Volvían a bajar.

Volvían a pagar.

Vi a un hombre con su hijo entregar dinero en uno de aquellos retenes.

Había unos veinte en el trayecto entre Jimaní y Santo Domingo.

Liliana no habló.

No comió.

Durante ocho horas.

Yo miraba por la ventana.

Pensaba en mi familia.

En mi madre.

En Haití.

En los kilómetros que nos separaban de casa.

Kilómetros que, aquella tarde, parecían infinitos.

Habíamos pagado más de doscientos ochenta dólares para que una frontera nos dijera algo que todavía me cuesta aceptar: que la solidaridad también puede ser tratada como contrabando.

 

 “Sin abandonar jamás
el reino de la solidaridad.”

Mateo Morrison

Evans Okan

Escrito entre Jimaní y Santo Domingo, agosto de 2026.

EL FLYING DOG II: TRAGICOMEDIA A LA DOMINICANA
Continuación de “El Flying Dog: mis reflexiones durante un viaje a Lima”.