Todo comienza en la arcilla.
Antes del nombre está la materia. Antes de la identidad está el cuerpo. Antes de la forma está aquello que todavía puede ser modelado.
Desde mi perspectiva crítica, esta condición permite acercarnos a Arcilla solo arcilla de José Enrique García desde una imagen que adquiere particular fuerza simbólica: la arcilla como materia originaria y, al mismo tiempo, como agente de ruptura del semblante.
El hombre construye formas porque necesita reconocerse. Construye nombres, identidades, historias, monumentos y símbolos. Construye incluso la ilusión de permanencia. Pero debajo de todas esas construcciones permanece la arcilla.
El semblante dice: «soy esto».
La arcilla responde: «eres materia en transformación».
El semblante busca permanecer. La arcilla recuerda que toda forma puede quebrarse.
Ahí comienza la fisura.
Un poemario como escena de origen
Arcilla solo arcilla puede ser leído como un largo poema unitario construido mediante un diálogo entre distintas voces: Dios, Adán, Lilith y Eva. Esta estructura convierte la creación en una escena dramática donde no solamente se pregunta por el origen del hombre, sino también por aquello que ocurre cuando la criatura comienza a separarse de la forma que le fue asignada.
No estamos, por tanto, ante una simple recreación del relato bíblico. García utiliza ese imaginario para introducir una interrogación sobre el cuerpo, la identidad, el deseo, la libertad y la transformación.
El problema de la creación termina convirtiéndose en un problema de la forma.
¿Quién modela?
¿Quién determina la forma?
¿Puede la criatura permanecer dentro del molde que la originó?
¿Y qué sucede cuando la materia comienza a resistirse?
La respuesta del poemario parece conducirnos nuevamente a la arcilla.
Del barro al sujeto
Fecha:01/10/2021
El relato de la creación puede ser leído, más allá de su dimensión religiosa, como una escena primordial de modelación. Adán aparece formado del barro. Antes de ser nombre, es materia; antes de ser identidad, es cuerpo.
Esta imagen contiene una paradoja fundamental: el sujeto recibe una forma, pero esa forma nunca consigue separarlo completamente de su condición material.
Adán es, en este sentido, una primera figura del sujeto dividido entre su deseo de permanencia y su condición de finitud.
El cuerpo se convierte así en el primer territorio del semblante. Nos reconocemos en él, lo adornamos, lo mostramos y lo ocultamos. Pero también el cuerpo nos recuerda aquello que preferimos olvidar: envejece, se transforma y muere.
El cuerpo es una forma que lleva inscrita su propia desaparición.
En Arcilla solo arcilla, esta condición material no permanece únicamente como trasfondo del relato. Regresa como problema central de la creación.
«En la arcilla, Señor, en la arcilla…»
Uno de los momentos fundamentales del poemario aparece cuando Dios pregunta por el fracaso de aquello que se había propuesto crear y Adán responde:
«En la arcilla, Señor, en la arcilla que escogiste…»
La frase desplaza el problema.
La dificultad no está solamente en la criatura.
Está en la materia.
La arcilla contiene desde el principio la posibilidad de aquello que posteriormente se revelará como conflicto. La materia no es pasiva. La forma que recibe no elimina sus posibilidades internas.
Aquí se produce una inversión significativa: aquello que parecía ser únicamente el soporte de la creación se convierte en la condición que explica su transformación.
La arcilla contiene la posibilidad de la ruptura.
El creador produce la forma, pero la materia conserva una potencia que desborda la intención del creador.
El semblante, entonces, no fracasa porque la forma esté mal construida. Fracasa porque ninguna forma consigue dominar completamente la materia que la sostiene.
Lilith: la materia que se resiste al molde
Esta tensión alcanza una expresión decisiva en «La hechura».
García presenta la creación de Lilith a partir de una materia que no posee la pureza idealizada de un origen perfecto. Dios toma «inmundicias y sedimentos», les insufla vida y de esa materia surge una mujer.
La creación vuelve así a la materia.
Pero Lilith no permanece dócil dentro de la forma recibida. Reclama su propio ser.
La importancia simbólica de Lilith reside precisamente ahí: la criatura descubre que su origen material también le pertenece.
Si procede de la misma materia creadora, ¿por qué habría de aceptar una condición subordinada?
La arcilla puede ser moldeada, pero también puede resistirse al molde.
Con Lilith aparece la fisura.
La forma deja de ser destino.
La identidad comienza a reclamar su propia transformación.
Eva, el otro y la aparición del deseo
Eva introduce otra dimensión: el otro, la mirada y el deseo. Con ella, el sujeto deja de estar encerrado en sí mismo.
Aparece aquello que falta y, con la falta, aparece el deseo.
Desde una perspectiva lacaniana, esta relación resulta fundamental. El sujeto necesita una identidad, pero nunca coincide plenamente con ella. Necesita un nombre, una posición frente al otro y una imagen de sí mismo; sin embargo, ninguna de esas construcciones consigue cancelar la falta.
La identidad es necesaria, pero incompleta.
El semblante organiza la imagen del sujeto, pero no consigue clausurar aquello que permanece fuera de la imagen.
Por eso puede establecerse una oposición central:
semblante, forma, identidad
frente a
arcilla, materia, falta, transformación.
La forma pretende fijar.
La arcilla transforma.
«El Otro»: cuando el yo descubre que no es uno
Esta problemática adquiere una dimensión especialmente poderosa en el poema «El Otro».
El poema comienza con una escena de desdoblamiento:
«No lejos de mí, en mi persona, sin escándalo, está naciendo un hombre.»
El otro no llega desde fuera.
Está naciendo en la propia persona.
La materia corporal se convierte en lugar de nacimiento de una segunda identidad. El poema radicaliza esa imagen cuando afirma que ese hombre se levanta «con la sangre de mi propio barro».
Aquí la arcilla adquiere una dimensión decisiva.
Ya no es únicamente la materia con la que fue creado Adán.
Es la materia misma del sujeto.
El otro nace de mi barro.
Por eso la identidad no puede ser entendida como una unidad completamente cerrada. Dentro del yo existe la posibilidad de otro.
El sujeto contiene aquello que pretende distinguir de sí mismo.
La arcilla es entonces materia de identidad, pero también materia de desdoblamiento.
El semblante dice «yo».
La arcilla responde: «dentro de ti también está el otro».
La materia debajo de la forma
La arcilla puede convertirse en vasija, figura, ídolo, cuerpo, monumento, fragmento o escombro. Cambia de estado, pero conserva una memoria de su condición material.
La mano la modela.
El fuego la transforma.
El tiempo la erosiona.
La muerte modifica nuevamente su estado.
Por eso toda forma contiene potencialmente su propia ruptura.
Esta idea permite leer la arcilla como una crítica material de la identidad. La identidad dice: «esto soy». La materia responde: «esto puedes dejar de ser».
No se trata de negar la identidad, sino de recordar que ninguna identidad es definitiva.
La arcilla introduce una temporalidad distinta: no la permanencia de la forma, sino la continuidad de la transformación.
«Revelación»: el final estaba en el comienzo
En «Revelación», la problemática del cuerpo alcanza otra intensidad. El sujeto reconoce el límite de su propia corporeidad:
«No puedo ya con este cuerpo»
Y poco después aparece una de las formulaciones más significativas para esta lectura:
«Este final que está al comienzo»
La afirmación permite establecer una relación directa con la idea de que toda forma contiene potencialmente su propia ruptura.
El final no llega únicamente desde fuera.
Está inscrito en el comienzo.
La desaparición no constituye una interrupción absoluta de la forma, sino una posibilidad contenida en ella desde su origen.
El cuerpo, por tanto, no es solamente aquello que nos proporciona identidad. Es también aquello que lleva inscrita la conciencia de su límite.
La materia contiene la transformación.
La forma contiene la fractura.
El comienzo contiene el final.
Tierra, memoria y muerte
La tierra constituye el reverso de toda identidad.
Los nombres desaparecen. Los monumentos se derrumban. Las ciudades cambian. Los cuerpos regresan a la materia.
Pero la tierra permanece como archivo.
No recuerda como recuerda el sujeto. No conserva necesariamente los nombres. Sedimenta las huellas.
El sujeto recuerda; la tierra sedimenta.
Esta diferencia abre una dimensión importante para leer la obra de García: la materia puede convertirse en memoria sin necesidad de conservar intacto aquello que recuerda.
La muerte adquiere entonces otro significado. No tiene que ser entendida únicamente como desaparición. Puede ser también desaparición de una forma.
Muere el individuo.
Se deshace el rostro.
Desaparece el nombre.
Pero la materia continúa.
La muerte destruye el semblante; la materia prosigue su transformación.
«Solo la arcilla permanece intacta»
La propia voz de Eva lleva esta reflexión a un punto culminante cuando afirma:
«Solo la arcilla permanece intacta».
La frase contiene una paradoja.
Todo cambia, pero la materia permanece.
Las identidades se modifican. Las relaciones se transforman. El proyecto inicial se descompone. El mundo «tomó su propio rumbo, distinto del que nos propusimos».
La creación ya no pertenece completamente a su creador.
La materia ha adquirido historia.
Aquí la arcilla deja de ser solamente el principio de la creación y se convierte en testigo de la transformación de la creación.
Dios crea.
El sujeto se transforma.
Lilith se rebela.
Eva observa.
El mundo toma otro rumbo.
Y la arcilla permanece.
No permanece porque sea inmóvil.
Permanece precisamente porque puede transformarse.
Su permanencia no es la permanencia de una forma, sino la continuidad de la materia.
El fuego y la segunda forma
El fuego introduce otra paradoja.
La arcilla blanda debe atravesar una transformación para convertirse en cerámica. Lo provisional adquiere otra consistencia. Sin embargo, esa nueva forma tampoco es absoluta: puede quebrarse.
El fuego no elimina la transformación.
La profundiza.
De ahí una secuencia posible:
arcilla → fuego → forma → fractura.
La forma no vence a la materia.
Es solamente una de sus estaciones.
La pieza cocida no deja de ser materia transformada. Su nueva consistencia no cancela su origen; lo contiene.
García: el poeta como alfarero
En este punto aparece José Enrique García como modelador de la palabra.
El poeta trabaja con una materia semejante a la arcilla. Amasa el lenguaje. Lo corta. Lo estira. Lo quiebra. Lo reorganiza.
La palabra adquiere forma, pero nunca queda completamente asegurada.
El poema puede entenderse entonces como una pieza de alfarería: hay materia, modelación, forma, fuego, fractura y posibilidad de una nueva forma.
La escritura no clausura el misterio.
Lo abre.
Por eso García no sería simplemente un poeta que escribe sobre la arcilla. En esta lectura, es un escritor que piensa desde ella.
La arcilla se convierte en una forma de pensamiento.
Y el poema, en el lugar donde esa materia busca una forma sin dejar de ser materia.
La tensión del lenguaje
La palabra intenta nombrar la transformación mientras esta ocurre, generando una angustia expresiva donde el verbo busca aprehender un centro que continuamente se desplaza.
El lenguaje quiere fijar aquello que se mueve.
Quiere convertir la experiencia en forma.
Pero la experiencia se resiste.
De ahí que la escritura pueda entenderse como un proceso de modelación y desmodelación: construir una forma para descubrir inmediatamente su fragilidad.
El poema modela el sentido, pero el sentido se resiste a quedar definitivamente modelado.
Como la arcilla, la palabra conserva las huellas de aquello que la transforma.
Solve et coagula
La lectura esotérica permite añadir otra dimensión: solve et coagula, disolver y volver a coagular.
Disolver una forma para permitir otra.
Abandonar una identidad para atravesar una transformación.
En este sentido, la muerte simbólica puede representar la desaparición de una identidad anterior. El sujeto deja de ser aquello que creía ser para entrar en otra posibilidad.
La transformación no consiste en conservarse idéntico.
Consiste en dejar de ser idéntico.
La arcilla expresa perfectamente esa condición: recibe una forma, la pierde, adquiere otra y continúa siendo materia.
Una poética de la transformación
Desde esta perspectiva, las figuras del universo simbólico de Arcilla solo arcilla pueden reunirse en una misma constelación:
Dios: creación y ausencia.
Adán: cuerpo y finitud.
Lilith: resistencia y ruptura.
Eva: otro, deseo y falta.
Arcilla: materia y transformación.
Tierra: memoria y retorno.
Fuego: transformación de la forma.
Muerte: desaparición del semblante.
Poema: conversión de todo ese movimiento en lenguaje.
Aquí reside, a mi juicio, una de las claves para acercarnos a José Enrique García: la forma nunca está completamente cerrada porque debajo de ella permanece la materia.
Una espiral, no un círculo
Todo comienza en la arcilla.
La mano produce la forma.
La forma produce identidad.
La identidad produce semblante.
El semblante intenta ocultar la falta.
La falta produce deseo.
El deseo abre la fisura.
La fisura desestabiliza la forma.
La muerte destruye el contorno.
Y la materia retorna.
Pero el retorno no significa volver al mismo lugar.
Es transformación.
Por eso la secuencia final no constituye un círculo cerrado, sino una espiral:
arcilla → forma → semblante → deseo → fisura → muerte → retorno → misterio.
El movimiento no regresa exactamente al punto de partida porque la materia ha sido transformada por el recorrido.
La arcilla que retorna ya no es exactamente la misma arcilla.
El sujeto que atraviesa la transformación tampoco vuelve a ser exactamente el mismo.
El poema como lugar de la ruptura
Quizá ahí se encuentre el núcleo de esta lectura.
El hombre construye formas para olvidar que es arcilla.
La arcilla permanece para recordarle que ninguna forma es definitiva.
Y entre ambas —la necesidad de tener una forma y la imposibilidad de conservarla para siempre— aparece el poema.
La palabra intenta nombrar la transformación mientras esta ocurre.
El poeta intenta fijar en el lenguaje aquello que se desplaza.
Pero cada palabra deja una huella y, al mismo tiempo, abre una nueva fisura.
La escritura no encuentra un centro definitivo.
Descubre que el centro se desplaza.
Por eso la poesía de José Enrique García puede ser leída como una escritura de la materia, del cuerpo, de la forma y de su transformación.
La arcilla no constituye solamente una imagen del origen.
Es el principio que desestabiliza toda pretensión de permanencia.
La forma nace de la materia.
El semblante nace de la forma.
Y la ruptura comienza cuando la forma vuelve a revelar la materia que la sostiene.
Todo comienza en la arcilla.
Y cuando el semblante se quiebra, lo que aparece debajo no es el vacío.
Es, otra vez, la materia.
**Arcilla.
Solo arcilla.**
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