El psicólogo clínico Luis Norberto Verges plantea que la corrupción no debe entenderse únicamente como una conducta individual aislada, sino como un fenómeno psicológico y estructural que se reproduce de manera sistemática en contextos donde confluyen poder, vulnerabilidad social y debilidad institucional.
En su artículo “Psicología de la corrupción: Radiografía mental de los depredadores silenciosos”, el especialista sostiene que la población suele quedar en una posición de indefensión frente a prácticas que se sostienen mediante mecanismos estructurales que facilitan el desfalco de recursos públicos y privados, normalizando con el tiempo conductas basadas en el engaño y la apropiación indebida de lo público.
Verges advierte que, aunque los actos de corrupción suelen ejecutarse de forma sigilosa, sus efectos son acumulativos y afectan dimensiones materiales, morales y emocionales de la sociedad, generando empobrecimiento, pérdida de confianza institucional, frustración social y una sensación extendida de impotencia colectiva.
Desde una perspectiva psicológica, el autor define la corrupción como una falla en la capacidad humana de autorregulación ética frente a sistemas de recompensas inmediatas, particularmente atractivos para personas con una mentalidad de corto plazo, poco sensibles al impacto social de sus decisiones.
Tipos de corrupción desde el enfoque psicológico, según Verges
Como parte central de su análisis, Verges propone una taxonomía psicosocial que permite identificar distintos perfiles de personas corruptas, a partir de rasgos psicológicos y patrones de comportamiento observados durante décadas. Entre los principales tipos se encuentran:
- El corrupto psicopático: actúa sin remordimiento ni empatía, aun siendo consciente del daño que provoca. Considera a las personas como instrumentos y puede recurrir a la violencia cuando se siente amenazado.
- El corrupto altruista o solidario: desfalca recursos y luego distribuye una parte como ayudas, generando complicidades pasivas y una imagen pública de sensibilidad social.
- El corrupto compulsivo: roba para aliviar ansiedad y vacíos emocionales. Encuentra en el acto corrupto una fuente de gratificación que requiere montos cada vez mayores.
- El corrupto colectivista: justifica sus acciones en nombre de una causa partidaria o grupal, diluyendo la responsabilidad individual y normalizando el desfalco como práctica compartida.
- El corrupto narcisista: utiliza la corrupción para obtener estatus, poder y reconocimiento, con una marcada tendencia a la humillación de los demás.
- El corrupto histriónico: incurre en actos corruptos para llamar la atención, exhibiendo el botín como forma de validación personal.
- El corrupto hedonista: encuentra placer en el acto mismo de robar y en la adrenalina que produce evadir controles y sanciones.
- El corrupto nepotista: emplea el poder para beneficiar a familiares, ya sea mediante cargos, contratos o privilegios indirectos.
- El corrupto generalista: combina rasgos de varios perfiles, lo que lo hace más adaptable y difícil de identificar dentro de las estructuras institucionales.
El autor plantea interrogantes sobre la posibilidad de erradicar la corrupción, la capacidad de transformación de quienes la practican y las limitaciones de los sistemas de control existentes, especialmente cuando quienes fiscalizan también operan dentro de estructuras vulnerables.
Verges concluye que la corrupción funciona como un sistema abusivo que se sostiene en gran medida por el silencio social y la normalización de prácticas indebidas, y que su debilitamiento depende de una negativa colectiva a justificar, encubrir o tolerar conductas que afectan la dignidad y el bienestar de la población.
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