Durante décadas, las adicciones fueron interpretadas principalmente como un problema moral. El consumo de alcohol, tabaco o drogas ilícitas era visto como una señal de debilidad de carácter, falta de disciplina o incluso delincuencia. Sin embargo, los avances de la psiquiatría, la neurociencia y la salud pública han transformado profundamente esa percepción.
Durante la conferencia “Las adicciones entre el cerebro y lo psicosocial: nuevas miradas”, realizada en la PUCMM y encabezada por el defensor del Pueblo, Pablo Ulloa, el psiquiatra José Miguel Gómez afirmó que uno de los principales retos es eliminar el estigma que rodea a las personas con adicciones y comprender que se trata de una enfermedad que afecta el cerebro, la salud mental y la vida social.

Este cambio de enfoque implica reconocer que detrás del consumo problemático existen factores biológicos, psicológicos, familiares y comunitarios que influyen en el desarrollo y mantenimiento de la dependencia. En consecuencia, las respuestas deben ir más allá del castigo o la exclusión social y centrarse en la prevención, el tratamiento y la reinserción.
El cerebro adicto: cuando el placer altera la capacidad de decidir
Uno de los aspectos centrales de la exposición fue la explicación del papel que desempeña el cerebro en el desarrollo de las adicciones.
De acuerdo con Gómez, cuando una persona entra en contacto con una sustancia o una actividad que le genera placer, se activan mecanismos cerebrales vinculados al sistema de recompensa. En ese proceso interviene la dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer, la motivación, el aprendizaje y la impulsividad.
El problema aparece cuando esa búsqueda de placer comienza a modificar la capacidad de autocontrol. Con el tiempo, la persona puede perder la habilidad de distinguir entre aquello que le produce satisfacción inmediata y aquello que realmente le conviene para su bienestar. Por esa razón, muchos pacientes reconocen los daños que les ocasiona una sustancia o una conducta, pero aun así sienten una necesidad intensa de continuar consumiendo.

La adicción afecta especialmente áreas cerebrales relacionadas con la toma de decisiones, el juicio crítico, la evaluación de riesgos y el control de impulsos. Esto explica por qué muchas personas mantienen conductas autodestructivas incluso cuando conocen las consecuencias negativas para su salud, sus relaciones familiares o su situación económica.
Las adicciones tradicionales siguen siendo un desafío de salud pública
Aunque el debate actual suele centrarse en las nuevas tecnologías, las adicciones tradicionales continúan teniendo un enorme impacto en la sociedad.
El alcohol, el tabaco, la marihuana, la cocaína y otras sustancias siguen representando importantes factores de riesgo para la salud física y mental. Su consumo prolongado puede provocar deterioro cognitivo, trastornos emocionales, problemas familiares, abandono escolar, desempleo y exclusión social.

La dependencia de sustancias también mantiene una estrecha relación con otros trastornos mentales como la ansiedad, la depresión y las conductas suicidas. En muchos casos, las personas utilizan las drogas como una forma de aliviar sufrimientos emocionales previos, mientras que en otros el propio consumo termina desencadenando o agravando problemas psicológicos.
Esta relación bidireccional demuestra que las adicciones y la salud mental no pueden abordarse por separado. Ambas forman parte de una misma realidad compleja que requiere intervenciones integrales y sostenidas.
La revolución digital y el surgimiento de nuevas adicciones
Sin embargo, una de las reflexiones más relevantes planteadas durante la conferencia es que las adicciones ya no se limitan al consumo de sustancias.
La humanidad ha experimentado transformaciones aceleradas durante las últimas décadas. La expansión de internet, el desarrollo de las redes sociales, la digitalización de la vida cotidiana, el comercio electrónico, las plataformas de entretenimiento y más recientemente la inteligencia artificial han cambiado la forma en que las personas trabajan, se relacionan y utilizan su tiempo libre.
En este nuevo escenario han surgido conductas adictivas que no entran por la boca ni por las vías tradicionales de consumo, sino por los ojos y las pantallas.

Las redes sociales, los videojuegos, las apuestas en línea, las compras compulsivas por internet y el consumo excesivo de pornografía se han convertido en fenómenos cada vez más frecuentes, especialmente entre adolescentes y jóvenes.
Estas conductas activan mecanismos cerebrales similares a los observados en las adicciones químicas. Los sistemas digitales están diseñados para captar la atención de manera constante mediante recompensas inmediatas, notificaciones, algoritmos personalizados y estímulos permanentes que favorecen la repetición de determinadas conductas.
La consecuencia es una creciente dificultad para desconectarse, regular el tiempo de uso y mantener hábitos saludables. Cada vez son más comunes los problemas relacionados con la falta de sueño, el aislamiento social, las dificultades académicas, la disminución de la concentración y el deterioro de las relaciones familiares.
El peso del estigma y la necesidad de una mirada más humana
Uno de los principales obstáculos para enfrentar las adicciones sigue siendo el estigma.
Muchas personas continúan asociando la dependencia con falta de voluntad o ausencia de valores, ignorando la evidencia científica que demuestra los cambios neurobiológicos producidos por estas enfermedades. Como resultado, miles de pacientes retrasan la búsqueda de ayuda profesional por miedo al rechazo social o a ser etiquetados como delincuentes o fracasados.
La desestigmatización implica comprender que una persona con una adicción necesita tratamiento del mismo modo que alguien que padece diabetes, hipertensión o cualquier otra enfermedad crónica. Esto no significa minimizar las consecuencias del consumo, sino reconocer que el castigo por sí solo no resuelve el problema.

Desde esta perspectiva, la recuperación requiere apoyo psicológico, atención psiquiátrica, acompañamiento familiar, reinserción social y acceso a servicios especializados de salud.
Los desafíos de República Dominicana frente a las adicciones y la salud mental
En los últimos años, la salud mental ha comenzado a ocupar un lugar más visible dentro de las políticas públicas dominicanas.
Las autoridades sanitarias han reconocido la necesidad de ampliar los servicios de atención psicológica y psiquiátrica, fortalecer las unidades de intervención en crisis y mejorar la capacidad de respuesta ante trastornos mentales y problemas de consumo de sustancias.
Durante su exposición, el doctor José Miguel Gómez sostuvo que la respuesta al problema de las adicciones no depende necesariamente de grandes inversiones económicas, sino de decisiones estratégicas y voluntad política. Según explicó, República Dominicana necesita fortalecer la red pública de salud mental mediante la creación de unidades de desintoxicación, ampliar los servicios especializados y garantizar procesos de rehabilitación e inserción social para las personas afectadas.
También insistió en que las adicciones deben abordarse desde una perspectiva médica y científica, dejando atrás la visión exclusivamente punitiva. Para el especialista, la combinación de tratamiento psiquiátrico, apoyo psicológico, acompañamiento familiar y políticas públicas enfocadas en la prevención puede generar resultados más efectivos que los modelos centrados únicamente en la represión o el castigo.
En ese mismo orden, otros especialistas han insistido en la importancia de desarrollar unidades especializadas de desintoxicación y rehabilitación, debido a que los trastornos asociados al consumo de drogas representan una parte significativa de la demanda de atención en salud mental.
Los retos, sin embargo, siguen siendo considerables. La creciente incidencia de ansiedad, depresión, consumo problemático de alcohol y nuevas adicciones digitales plantea la necesidad de fortalecer la prevención comunitaria, la educación en salud mental y el acceso oportuno a tratamientos especializados.
De la visión del vicio al reconocimiento de una enfermedad
Las adicciones constituyen uno de los fenómenos más complejos de la sociedad contemporánea. Lejos de ser únicamente un problema de sustancias ilegales, hoy abarcan un amplio conjunto de conductas que involucran desde el alcohol y las drogas hasta las redes sociales, los videojuegos, las apuestas y las compras compulsivas.
Los avances científicos han demostrado que se trata de enfermedades que afectan el cerebro, alteran la capacidad de decisión y generan profundas consecuencias personales, familiares y sociales. Por estas razones, el principal desafío consiste en abandonar los prejuicios y adoptar una visión basada en la evidencia, la comprensión y el tratamiento integral.
Entender las adicciones como un problema de salud mental no solo permite ayudar mejor a quienes las padecen, sino también construir una sociedad más preparada para enfrentar los desafíos que plantean tanto las viejas como las nuevas formas de dependencia.
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