Análisis de Paul Khalifeh desde Beirut
"Oh Líbano, ¡eres un pedazo del cielo!". Estas palabras de la leyenda de la canción folclórica libanesa, Wadih el-Safi (1921-2013), se han convertido en un leitmotiv que historiadores, políticos y ciudadanos libaneses de a pie llevan décadas repitiendo para describir la belleza y la perdurabilidad de su país.
Mencionado desde la Antigüedad en varias tablillas de la epopeya de Gilgamesh (2100 a. C.) y decenas de veces en la Biblia, el Líbano ha sido desde siempre una tierra de acogida para diversos pueblos y un refugio para comunidades religiosas a veces perseguidas, en particular los cristianos.
Más de dos milenios después del nacimiento de Cristo, los cristianos siguen allí. Incluso cuando el Levante se convirtió en el corazón palpitante de los imperios islámicos que se sucedieron durante los últimos quince siglos, nunca se marcharon.
Al contrario, su papel y su influencia han ido creciendo con el paso del tiempo, hasta alcanzar su apogeo con la creación del Gran Líbano en 1920, con la ayuda de la potencia mandataria francesa, antes de quedar consagrados en los textos fundadores de la República Libanesa en 1943.
Ochenta y dos años después, y tras varias ocupaciones extranjeras (siria, israelí), guerras civiles (1958, 1975), colapsos económicos (1985, 2019) y explosiones cataclísmicas (la tragedia del puerto de Beirut, el 4 de agosto de 2020) más tarde, los cristianos siguen desempeñando un papel destacado en un Líbano que lucha por sobrevivir.
Redistribución del poder en 1990
Es cierto que los cristianos perdieron, o al menos no ganaron, la última guerra civil (1975-1990), que se cobró 150 000 vidas. Pero el "acuerdo de paz de Taif", firmado en la ciudad saudita del mismo nombre (1989), no los apartó del poder.
La filosofía de estos textos refundadores se basaba en una reorganización de las instituciones del país con una redistribución del poder que tuviera en cuenta las nuevas realidades demográficas. Estas se caracterizaban por un crecimiento exponencial de la población musulmana y un descenso del número de cristianos debido, esencialmente, a una fuerte emigración y a una disminución de la natalidad.
A pesar del desequilibrio demográfico a favor de los musulmanes, el acuerdo de Taif, que dio lugar a la nueva Constitución de 1990 (31 artículos modificados), consagra de manera inalienable el principio de paridad en las instituciones políticas (Consejo de Ministros, Parlamento), a nivel de los funcionarios de primera categoría (Administración), del cuerpo judicial (Justicia) y de los oficiales del ejército y los servicios de seguridad (Fuerzas Armadas).
El acuerdo de Taif también consagra el carácter fundamental del Pacto Nacional, celebrado en 1943 entre los líderes maronitas y sunitas. Este acuerdo no escrito e informal estipula que el presidente de la República es un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán sunita y el jefe del Parlamento un musulmán chiíta.
Desde 1943, esta norma nunca se ha incumplido, salvo en un breve paréntesis (1988-1989) cuando, al final de su mandato, el presidente Amine Gemayel nombró primer ministro al jefe del ejército, el general maronita Michel Aoun, para garantizar la continuidad del poder a la espera de la elección de un nuevo presidente. Sin embargo, los musulmanes rechazaron este nombramiento y siguieron considerando al primer ministro saliente, el sunita Salim el-Hoss, presidente del Consejo de Ministros. En aquella época, el Líbano tenía dos gobiernos rivales.
Es cierto que el acuerdo de Taif atribuyó gran parte de las prerrogativas del presidente de la República al Consejo de Ministros. Sin embargo, el Gobierno, institución madre del poder ejecutivo, sigue estando formado por musulmanes y cristianos en igualdad de condiciones.
Los maronitas en puestos clave
Además de la presidencia de la República, los maronitas ocupan otros puestos clave dentro del Estado. El comandante en jefe del ejército siempre procede de esta comunidad, al igual que el gobernador del Banco del Líbano (BDL), el presidente del Consejo Supremo de la Magistratura (CSM), el director general de Aduanas, el director de la Inspección Central y decenas de otros puestos de menor importancia.
La paridad se respeta estrictamente en la Cámara de Diputados, la institución política más importante del país, a la que corresponde, entre otras funciones, la elección del presidente de la República.
Dirigido por un chiíta, el Parlamento está compuesto por 128 miembros, 64 musulmanes y otros tantos cristianos. Con 34 diputados, es decir, la mitad de los escaños reservados a los cristianos, los maronitas son la comunidad mejor representada en el poder legislativo. Los sunitas tienen 27 escaños, los mismos que los chiitas. Los drusos disponen de 8 escaños y los alauitas de 2 (total: 64 diputados musulmanes). El vicepresidente del Parlamento siempre se elige entre los diputados greco-ortodoxos.
La paridad también se respeta en el poder judicial, con el mismo número de jueces cristianos que musulmanes. El Consejo Supremo de la Magistratura, encargado de los nombramientos judiciales, está presidido por un maronita. El fiscal general de la República es siempre sunita y el jefe de la fiscalía financiera, chiita. Los cristianos ocupan la mitad de los puestos de fiscales regionales, mientras que el tribunal más importante del país, el Tribunal de Justicia (una jurisdicción especial cuyas sentencias son inapelables), está presidido por un maronita.
En el ámbito militar, se aplica la paridad entre los oficiales, pero los puestos más importantes están ocupados por maronitas. Además del comandante en jefe, la dirección de inteligencia militar, la dirección de operaciones y otras altas funciones están a cargo de generales maronitas. En cuanto a los suboficiales y soldados, el número de musulmanes (sunitas y chiitas juntos) sería el doble, aunque no hay cifras oficiales.
Fuerte influencia económica
Los cristianos también tienen mucha influencia en las organizaciones económicas del país. La Asociación de Industriales, la Unión de Compañías de Seguros, la Agrupación de Empresarios y la poderosa Asociación de Bancos están dirigidas por cristianos, aunque nada lo exige en sus estatutos. Algunas organizaciones socioprofesionales, como el Colegio de Abogados, también están tradicionalmente dirigidas por cristianos.
Si se aplicara la lógica de la representación confesional proporcional, se vería claramente que los cristianos están ampliamente sobrerrepresentados en todas las instituciones del país.
El último censo de población se realizó en 1932, durante el mandato francés. Hoy en día, hablar de lo que los libaneses llaman el "recuento" es un tema tabú. Pero el hecho de que los cristianos no representen más de una cuarta parte de la población es un secreto a voces.
Aunque la Iglesia maronita ha visto disminuir el número de sus fieles a lo largo de los años, sigue siendo uno de los mayores terratenientes del Líbano.
Para mantener la unidad de este país multiconfesional, los musulmanes aceptan el principio de la paridad y no cuestionan el Pacto Nacional que distribuye los altos cargos del Estado. Sin embargo, muchos libaneses, tanto cristianos como musulmanes, son conscientes de que este sistema no puede seguir funcionando indefinidamente. Y ninguna fuerza política tiene el valor ni la madurez necesarios para proponer otra fórmula de gobierno más viable y duradera.
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