El color púrpura y el derecho a recuperar la vida que también nos pertenece
Hay personas que llegan a cierta edad y descubren algo desconcertante: han cumplido casi todo lo que se esperaba de ellas, pero no están del todo seguras de haber vivido la vida que querían.
Fueron hijos responsables, padres presentes, esposos, esposas, trabajadores, cuidadores, proveedores, amigos. Respondieron cuando alguien los necesitó. Pagaron cuentas, resolvieron problemas, acompañaron enfermedades, criaron hijos, sostuvieron relaciones, cumplieron horarios y aprendieron a posponer deseos porque siempre parecía haber algo más urgente.
Y un día, quizá sin que ocurra ninguna tragedia particular, aparece una pregunta:
¿Dónde quedé yo en todo esto?
No necesariamente se trata de arrepentimiento. Podemos amar profundamente muchas de las cosas que hemos construido. Podemos mirar a nuestros hijos, nuestras familias, nuestras carreras o las personas que hemos acompañado y saber que buena parte de nuestros sacrificios valió la pena.
El problema comienza cuando descubrimos que, durante el proceso de convertirnos en todo aquello que los demás necesitaban, dejamos de preguntarnos quiénes necesitábamos ser nosotros.
Esa es una de las preguntas que quedan después de leer El color púrpura, de Alice Walker.
Celie comienza su historia prácticamente sin concebirse como una persona independiente. Desde muy joven aprende que su función consiste en soportar. Primero sobrevive al abuso y después a un matrimonio en el que su voluntad importa muy poco. Trabaja, obedece, cuida y resiste. Durante años, la vida parece algo que sucede a su alrededor, mientras su tarea consiste simplemente en mantenerse en pie.
Pero Walker no construye únicamente la historia de una víctima.
Construye la historia de un despertar.
Poco a poco, a través de otras mujeres, del amor, de la amistad, del trabajo y finalmente de su propia voz, Celie comienza a descubrir algo que debería resultar obvio y, sin embargo, para muchas personas constituye uno de los descubrimientos más difíciles de la existencia: su vida también le pertenece.
La experiencia de Celie está profundamente marcada por las condiciones históricas de ser una mujer negra y pobre en el sur de Estados Unidos de principios del siglo XX. Esa realidad no puede separarse de la novela. Pero la pregunta que surge de su transformación atraviesa fronteras de raza, género, época y condición social.
Porque existen muchas maneras de desaparecer sin irse físicamente de ningún lugar.
Una persona puede desaparecer dentro de un matrimonio.
Puede desaparecer dentro de la maternidad o la paternidad.
Puede desaparecer cuidando durante años a padres enfermos.
Puede desaparecer dentro de una profesión que un día dejó de representar lo que quería.
Puede desaparecer intentando satisfacer las expectativas de una familia.
Puede incluso desaparecer detrás de la imagen que construyó para que los demás la aceptaran.
No todas esas renuncias son producto de la opresión. Algunas nacen del amor. Otras de la responsabilidad. Muchas son necesarias durante determinadas etapas de la vida.
El problema no está necesariamente en sacrificarnos por alguien.
El problema aparece cuando el sacrificio deja de ser una circunstancia y se convierte en nuestra identidad.
Entonces comenzamos a confundir bondad con renuncia, responsabilidad con desaparición y amor con la obligación de colocarnos siempre al final.
Quizá por eso resulta tan importante distinguir el amor propio del egocentrismo.
El egocentrismo coloca al yo en el centro y reduce las necesidades de los demás a algo secundario. El amor propio hace algo diferente: reconoce que el yo también pertenece al círculo de personas que merecen consideración.
Amarse no significa elegirnos siempre por encima de los demás.
Significa dejar de elegirnos siempre por debajo.
Significa comprender que puedo amarte profundamente sin entregarte el derecho de decidir quién debo ser. Puedo cuidar de ti sin abandonar indefinidamente mi propia vida. Puedo acompañarte sin caminar permanentemente en una dirección que no es la mía. Puedo hacer sacrificios por quienes amo sin convertir mi existencia completa en uno de ellos.
Tal vez la verdadera madurez consista precisamente en aprender esa diferencia.
Porque durante mucho tiempo hemos admirado especialmente a quienes “lo dieron todo”.
Pero pocas veces preguntamos qué quedó después de haberlo dado.
Y entonces aparece el color púrpura.
En uno de los momentos más significativos de la novela, Shug Avery conduce a Celie hacia una concepción distinta de Dios y de la existencia. Lo divino deja de estar limitado a una figura distante y comienza a encontrarse en aquello que vive, crece y nos rodea. De allí surge una imagen extraordinariamente sencilla: el color púrpura que aparece en algún lugar de un campo y que Dios habría colocado allí esperando que alguien se detuviera a contemplarlo.
La idea parece pequeña.
No lo es.
Porque, para detenernos a mirar una flor, primero tenemos que concedernos el derecho de detenernos.
Y muchas personas han olvidado cómo hacerlo.
Vivimos rodeados de obligaciones que siempre parecen justificar la postergación siguiente.
Cuando los niños crezcan.
Cuando termine de pagar esto.
Cuando consiga aquel ascenso.
Cuando mi familia esté más estable.
Cuando tenga más dinero.
Cuando termine este proyecto.
Cuando me jubile.
Después.
Siempre después.
Mientras tanto, seguimos caminando junto al color púrpura.
Lo extraordinario de la metáfora de Walker es que la belleza no necesariamente está escondida. Somos nosotros quienes podemos estar demasiado ocupados para verla.
Quizá el color púrpura sea un viaje que llevamos veinte años posponiendo.
Quizá sea volver a estudiar.
Quizá sea escribir.
Pintar.
Aprender un idioma.
Sentarnos una tarde sin sentir culpa por no estar produciendo nada.
Recuperar una amistad.
Salir de una relación que hace mucho dejó de ser amor.
O simplemente volver a preguntarnos qué cosas nos producen alegría ahora, porque incluso nuestros deseos tienen derecho a cambiar con los años.
Hay personas que llegan a la mitad de la vida y sienten miedo ante esa pregunta.
“¿Quién soy?”
Durante décadas tuvieron respuestas inmediatas.
Soy la madre de.
Soy el esposo de.
Soy la hija de.
Soy quien trabaja en.
Soy quien cuida a.
Pero esas respuestas describen nuestros vínculos y nuestras responsabilidades. No necesariamente responden quiénes somos.
Y cuando algunas de esas funciones cambian —los hijos se marchan, termina un matrimonio, llega la jubilación, mueren los padres que necesitaban cuidados o desaparece el empleo alrededor del cual organizábamos nuestros días— puede producirse un silencio inesperado.
Entonces queda la persona.
Y quizá no la conocemos tan bien como pensábamos.
Reencontrarse con uno mismo después de media vida no significa necesariamente destruir lo construido ni emprender una búsqueda dramática de una identidad completamente nueva.
A veces significa algo mucho más sencillo.
Recordar.
Recordar qué nos interesaba antes de que estuviéramos permanentemente ocupados. Qué soñábamos antes de aprender a considerar algunos sueños imprácticos. Qué música escuchábamos. Qué lugares queríamos conocer. Qué nos hacía reír. Qué cosas toleramos porque alguna vez pensamos que no teníamos derecho a exigir algo diferente.
Pero también significa descubrir.
Porque no somos únicamente la persona que fuimos antes de sacrificarnos.
Los años nos transformaron.
Las personas que amamos nos transformaron.
Las pérdidas, los errores, las responsabilidades y también las alegrías nos hicieron diferentes.
Por eso regresar a nosotros mismos no consiste en retroceder veinte o treinta años buscando a alguien que ya no existe.
Consiste en conocer a quien sobrevivió esos veinte o treinta años.
Preguntarle qué quiere ahora.
Y escuchar la respuesta.
Celie empieza a hacerlo.
Uno de los símbolos más hermosos de su transformación es precisamente el trabajo. Cuando comienza a fabricar pantalones, algo aparentemente cotidiano adquiere una dimensión enorme: crea algo suyo, descubre una capacidad propia y alcanza independencia económica. Sus manos, que durante tantos años trabajaron para sostener las vidas de otros, empiezan también a construir la suya.
Pero hay algo todavía más importante.
Celie no aprende a amarse convirtiéndose en alguien incapaz de amar.
Ese sería un final demasiado sencillo.
Su crecimiento no consiste en sustituir la entrega absoluta por el egoísmo absoluto. Consiste en descubrir que puede relacionarse con otras personas sin desaparecer dentro de ellas.
Ahí reside quizá una de las formas más difíciles del amor.
Amar sin poseer.
Acompañar sin controlar.
Dar sin vaciarnos.
Recibir sin sentir que hemos contraído una deuda.
Permanecer sin convertir la permanencia en una prisión.
Y marcharnos cuando permanecer exige dejar de ser nosotros mismos.
El amor propio no debería alejarnos del mundo.
Debería permitirnos regresar a él completos.
Tal vez por eso encontrarse a uno mismo a los cuarenta, cincuenta, sesenta o setenta años no sea una tragedia tardía, sino una oportunidad extraordinaria.
Mientras estamos vivos, todavía existe vida que puede ser vivida.
No podemos recuperar literalmente los años que pasaron. Tampoco tiene sentido despreciarlos: incluso los años dedicados principalmente a otros forman parte de quienes somos.
Pero podemos negarnos a entregar automáticamente los que quedan.
Podemos mirar alrededor.
Podemos preguntarnos qué queremos conservar, qué necesitamos abandonar y qué hemos pospuesto durante demasiado tiempo.
Y podemos hacerlo sin dejar de amar.
Porque quizás ahí estaba el error desde el principio: creer que teníamos que escoger entre nosotros y los demás.
No siempre existe esa elección.
Podemos ser generosos sin borrarnos.
Podemos ser responsables sin convertir la responsabilidad en una sentencia.
Podemos cuidar y permitir que nos cuiden.
Podemos amar a nuestros hijos, parejas, padres, amigos y comunidades y reservar al mismo tiempo un espacio inviolable para la persona que somos.
Amarse no es elegirnos en lugar de los demás. Es dejar de excluirnos de la lista de personas que merecen nuestro amor.
Quizá eso sea lo que Celie termina aprendiendo.
Y quizá sea también la razón por la que El color púrpura continúa hablándonos tantos años después.
Porque, de una manera u otra, casi todos hemos pasado alguna vez junto a nuestro propio color púrpura sin detenernos.
Estábamos ocupados.
Alguien nos necesitaba.
Había cosas que resolver.
Pensamos que habría tiempo después.
Y posiblemente todavía lo haya.
Pero quizá no deberíamos seguir esperando a que todas las obligaciones desaparezcan para concedernos permiso de vivir. Porque probablemente nunca desaparecerán por completo.
La vida no comienza cuando finalmente terminamos de cumplir con ella.
La vida está ocurriendo mientras cumplimos.
Tal vez la pregunta no sea cuánto tiempo perdimos.
Tal vez sea qué vamos a hacer con el tiempo que todavía tenemos.
Mirar.
Escuchar.
Elegir.
Amar a los demás.
Amarnos también.
Y de vez en cuando, cuando aparezca nuestro propio color púrpura al borde del camino, tener la sabiduría de detenernos.
Porque sobrevivir es necesario.
Pero haber sobrevivido no debería ser, al final, lo único que podamos decir de nuestra vida.
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