“La vergüenza debe cambiar de bando” Gisèle Pelicot

El mes pasado, el periódico estudiantil The Cornell Daily Sun de la Universidad de Cornell, una de las más prestigiosas de Estados Unidos, publicó un editorial nombrando a los 7 estudiantes acusados de violar en grupo a una joven que en ese momento era estudiante de Cornell. La editora del periódico, Sophia Dasser, decidió publicar sus nombres ante la falta de respuesta de la universidad, a pesar de que la estudiante periodista Cereese Qusba había dado seguimiento al caso durante casi dos años desde que ocurrió la violación a finales de 2024. Desde septiembre, la universidad enfrenta un escándalo mediático tremendo por la publicación del periódico y porque la víctima demandó a la universidad, a la fraternidad en la que ocurrió la violación grupal y a otras personas y organizaciones. La víctima ha intentado preservar su anonimato usando el nombre “Jane Doe”, el nombre ficticio que la policía usa cuando se desconoce la identidad de una mujer. (Tatiana Rosario y yo también analizamos el caso en el episodio de esta semana de Cacica Podcast).

Para darles un poco de contexto, las fraternidades y sororidades son casas donde viven, respectivamente, hombres y mujeres estudiantes en muchas universidades estadounidenses y constituyen una tradición importante en muchas de ellas. Lamentablemente, las fraternidades son consideradas lugares inseguros para las mujeres desde hace décadas debido a la alta frecuencia de violaciones y maltratos contra las estudiantes, perpetrados por muchos “hermanos” de las fraternidades. Pero las medidas tomadas hasta la fecha son insuficientes, en parte, porque muchas universidades cuentan con sus propias fuerzas de policía y los casos no son conocidos fuera del campus que fue justamente lo que ocurrió en Cornell. Jane Doe informó a la policía de Cornell, pero esta no pasó esa información a las autoridades y, por tanto, no se utilizó y el fiscal local decidió no seguir con el caso.

Mucha gente está indignada porque es claro que la universidad considera a los estudiantes culpables. De hecho, expulsó a dos de ellos, suspendió temporalmente a otros y puso a escribir “ensayos de reflexión” a dos más sin informar de la gravedad de sus acciones a las autoridades. El escándalo ha sido tan grande que muchas personas han solicitado la renuncia del rector Michael Kotlikoff. Y las protestas han seguido aumentando a medida que se conocen más detalles, como, por ejemplo, que los acusados anunciaron la violación en el chat de la fraternidad “invitando” a otros miembros a participar. Finalmente, el sábado pasado, el rector manifestó que la universidad está de acuerdo en que una firma de abogados/as independiente revise la respuesta de la institución y con la decisión de la gobernadora del estado, Kathy Hochul, de remitir la investigación a la procuraduría general de Nueva York. Sin embargo, el abogado de la víctima recalca que Jane Doe sigue siendo acosada por haberse atrevido a denunciar.

El caso de Cornell ha vuelto a poner sobre la mesa, como ocurre cada cierto tiempo, lo extendida que continúa siendo la violencia sexual y la poca importancia que le seguimos dando a este problema tan grave. En nuestro país circula la información de que, justamente la semana pasada, una estudiante de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) habría sido violada por un grupo de seis estudiantes de la universidad después de haber sido drogada y luego abandonada en el mismo parqueo de la institución. UTESA publicó un comunicado en el que confirma que la estudiante asistió a la universidad y que se le ofreció apoyo, pero que “los hechos alegados” no tuvieron lugar en sus instalaciones. Y desde el año pasado han salido a la luz varios casos de violaciones grupales en diferentes localidades, como Villa González, Majagual (Azua) y San Pedro de Macorís. Pero las personas expertas en estos temas coinciden en señalar que representan un porcentaje ínfimo de lo que ocurre realmente.

En al menos dos de estos casos, los violadores filmaron el crimen y compartieron el video en redes sociales. La violencia sexual se multiplica exponencialmente cuando los violadores la comparten en línea. Más aún, sabemos por las investigaciones recientes sobre las “academias para violar” que miles de hombres utilizan el entorno virtual para compartir sus “técnicas” para drogar, emborrachar, desorientar y aislar a las mujeres (incluyendo sus parejas) con el fin de violarlas. Incluso hay grupos en los que los violadores graban y comparten el video en tiempo real. Por ejemplo, en un reportaje que se hizo viral en marzo, la red estadounidense CNN compartió la investigación realizada por uno de sus equipos de periodistas. Para que tengan una idea de las dimensiones, uno solo de estos portales basado en EEUU recibió 62 millones de visitas en febrero. El problema de fondo es que estos no son casos aislados, sino expresiones de lo que en sociología se denomina la “cultura de la violación”: un ambiente que aumenta la probabilidad de que ocurran violaciones porque se minimiza, se justifica o incluso se apoya el abuso sexual, en parte porque se ve a las víctimas como inferiores o culpables del abuso que sufren.

Otro caso famoso que recordarán muchas y muchos de ustedes es el de Gisèle Pelicot, la señora mayor francesa, que fue drogada y violada por su marido durante años y que valientemente decidió renunciar al anonimato para crear conciencia sobre la gravedad de este tipo de crímenes. Uno de los aspectos más escalofriantes de su caso, y que mejor refleja lo que es la cultura de la violación, es que ninguno de los docenas de hombres invitados por el esposo violador de Gisèle Pelicot lo denunció. Ni siquiera los que rechazaron participar y se regresaron a sus casas informaron a la policía. Por eso, su entonces esposo, Dominique Pelicot, pudo seguir violándola durante casi una década sin sufrir ninguna consecuencia. Y que conste que sabía muy bien lo que estaba haciendo. (La carpeta donde guardaba los videos de las violaciones y que la policía encontró en su computadora se llamaba “Abusos”). Pero gracias al coraje de Gisèle, tanto él como 50 hombres más fueron condenados.

La cultura de la violación, y, en general, de la violencia o “guerra contra las mujeres”, como la denomina la antropóloga feminista Rita Segato, también se manifiesta en que, en la mayoría de las sociedades, se ve la violencia contra las mujeres por parte de los hombres como inevitable. Por eso, hasta las personas bienintencionadas dan consejos a las mujeres y a las jóvenes sobre cómo evitarla, pero no les dicen nada a los hombres para que no la ejerzan. Además, esos consejos asumen que los posibles violadores son desconocidos, cuando las estadísticas a nivel mundial nos dicen que, en la gran mayoría de los casos, los violadores son parejas, exparejas, amigos e incluso familiares de las víctimas.

Otro mito muy dañino es el de que los hombres violadores son siempre “monstruos” o “enfermos”, gente desviada y para nada “normal”. El juicio a Dominique Pelicot evidenció, como ocurre con los pocos casos que finalmente llegan a juicio, que los violadores eran banqueros, empresarios, bomberos, periodistas, carpinteros y de otras profesiones y oficios, incluso un enfermero y hasta un soldado que se perdió el nacimiento de su hija porque estaba violando a Gisèle Pelicot. De hecho, fueron condenados 51 hombres pero la policía francesa cree que el grupo de violadores llega a 72. Recordemos también que los condenados no solo eran de diferentes clases sociales sino también de un rango amplio de edades: entre 26 y 74. No todos los hombres son violadores, pero casi todas las violaciones las cometen hombres, y muchos de ellos son personas supuestamente “normales” y “decentes”, como usted y como yo.

Como me comentó Miguel Lorente, uno de los principales expertos a nivel internacional en prevención de la violencia contra las mujeres, con frecuencia personas, incluidos muchos hombres, se le acercan al finalizar sus presentaciones para contarle que se han sensibilizado sobre el tema porque tienen hijas y no quieren que les pase algo tan horrible. Sin embargo, como nos contó para otro episodio de Cacica Podcast, nadie se le ha acercado a pedirle consejo porque no quiere que sus hijos varones se conviertan en agresores. Y es que, como también dice Don McPherson, otro hombre espectacular que educa a hombres jóvenes para prevenir la violencia contra las mujeres, este es uno de los pocos temas en los que ignoramos quiénes cometen el hecho para fijarnos solamente en las víctimas.

Entender lo que es la cultura de la violación y, en general, las características de la violencia contra las mujeres, es un paso imprescindible para eliminarla. Para eso no necesitamos demonizar a los hombres. Muchos hombres no son violentos y desaprueban la violencia contra las mujeres. Sin embargo, en la sociología y otras ciencias sociales sabemos que este es un problema social y, por tanto, debemos decidir cambiar como sociedad para erradicarlo.

Les comparto un último ejemplo. Una de las lecturas que asigno en mis clases es sobre un estudio realizado en 1996, hace exactamente 30 años, justamente sobre las violaciones en las universidades en EEUU. Las investigadoras observaron el comportamiento de las y los jóvenes estudiantes de una universidad en tres lugares distintos: 4 fraternidades denominadas por las estudiantes como “de alto riesgo”, 4 fraternidades “de bajo riesgo” y dos bares. Los resultados indican que la probabilidad de que ocurriera una violación era significativamente menor en los espacios mixtos (los dos bares) y en las fraternidades “de bajo riesgo” porque había menos ruido, más espacio para conversar y, especialmente, porque las normas reflejaban un alto nivel de respeto hacia las mujeres y una interacción frecuente entre hombres y mujeres; mientras en las fraternidades “de alto riesgo” ocurría todo lo contrario.

Así como las instituciones privadas pueden establecer políticas y prácticas para reducir y eventualmente erradicar la violencia sexual, de la misma manera, no podremos llegar a erradicarla si no contamos con políticas públicas en todos los ámbitos. Las autoridades educativas deben incluir contenido sobre el consentimiento y la no violencia en sus currículos y entrenar a las profesoras y profesores sobre el tema, las autoridades de salud deben crear, y si ya existen, asegurarse de que se cumplan los protocolos de cuidado de las víctimas, todos los ministerios deben coordinar con el ministerio que exista de igualdad y equidad (en nuestro caso, el Ministerio de la Mujer) para trabajar con toda la población y especialmente con los hombres para desmontar la cultura de la violación y así sucesivamente.

En República Dominicana nos falta mucho y todavía mucha gente no entiende lo extendido que está el problema. Por eso es importante reconocer que algunas instituciones han iniciado ese camino, como nuestro Ministerio de la Mujer. Pero es imprescindible que las autoridades comprendan que la violencia contra las mujeres es un asunto de todo el Estado, no de un solo ministerio. Y todas estas acciones y políticas deben basarse en los datos y en los estudios existentes, no en los prejuicios que todavía tiene mucha gente. No perdamos más tiempo.

Esther Hernández-Medina

Doctora en sociología

Es una académica, experta en políticas públicas, activista y artista feminista apasionada por buscar alternativas para garantizar el ejercicio de los derechos de las mujeres y de los grupos marginados de todo tipo en la construcción de políticas públicas y sociedades más inclusivas. Es Doctora en Sociología de la Universidad de Brown, egresada de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard y egresada de la Licenciatura en Economía (Summa Cum Laude) y de la Maestría en Género y Desarrollo del INTEC universidad donde también fue seleccionada como parte del Programa de Estudiantes Sobresalientes (PIES). Su interés en poner las instituciones y políticas públicas al servicio de la ciudadanía, la llevó a colaborar en procesos innovadores como el Diálogo Nacional, la II Consulta del Poder Judicial y el Programa de Igualdad de Oportunidades para las Mujeres (PIOM) en la década de los ’90 y principios de la siguiente década. Años después la llevaría a los Estados Unidos a estudiar la participación ciudadana en políticas urbanas en la República Dominicana, México y Brasil y a continuar investigando la participación de las mujeres y otros grupos excluidos en la economía y la política dominicana y latinoamericana.

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