Ocho meses después de la captura de Nicolás Maduro, un acuerdo petrolero de dimensiones extraordinarias devuelve actualidad a una pregunta planteada antes del 3 de enero. Estados Unidos tendrá participación y capacidad de control sobre una operación que abarca 17 campos y unos 65,000 millones de barriles de reservas venezolanas. Lo que entonces podía discutirse como hipótesis comienza ahora a expresarse en cifras, contratos y derechos adquiridos.
Antes de la captura escribimos que petróleo, recursos, rutas y poder formaban parte de una misma partida, y que las grandes potencias rara vez se mueven únicamente por razones morales. El acuerdo anunciado ahora no demuestra que todo haya sido por el petróleo. Demuestra algo menos simple y acaso más importante: que tampoco era un asunto secundario. Venezuela vuelve así a recordarnos una vieja lección de la historia: detrás de las grandes disputas por principios suelen viajar también intereses, recursos y ambiciones de poder.
1. Antes de que ocurriera
Vale la pena volver atrás. No para buscar en lo escrito la cómoda certificación de haber tenido razón, sino para someter aquellas reflexiones al contraste menos complaciente de todos: los hechos.
En septiembre de 2025, en una serie de artículos publicados en Acento, entre ellos El trilema venezolano: dictadura, intervención o pasividad, sosteníamos que el drama de Venezuela no podía reducirse a la naturaleza autoritaria del régimen ni al comprensible deseo de ponerle fin. Una eventual intervención estadounidense introducía otra dimensión. Allí estaban el petróleo, el gas, el oro y otros recursos; y una historia latinoamericana en la que las grandes potencias no siempre llegaron para curar, sino —ante todo— para «dominar, controlar y extraer». Una de aquellas entregas terminaba con una expresión deliberadamente coloquial: «Vienen por la comida. No quepan dudas».
Un mes después ampliábamos el foco. Ya no se trataba solamente de petróleo, sino de «rutas, recursos y estabilidad», piezas de un mismo tablero en un Caribe donde Estados Unidos procuraba recuperar espacios frente a la creciente presencia de China, Rusia e Irán.
Llegó después el 3 de enero y, con él, la captura de Maduro. En las entregas siguientes reapareció la sospecha: «Vienen por el petróleo». Pero también la cautela. Haber salido de Maduro podía representar un alivio para muchos venezolanos sin convertir por ello a Washington en un actor desinteresado. Advertíamos otro riesgo: que la intervención derivara en tutela, control o rediseño de Venezuela desde fuera.
Ahora, algunas de aquellas preguntas comienzan a encontrar respuestas. No todas. Ni necesariamente las más tranquilizadoras.
Consummatum est.
No porque los hechos permitan afirmar que todo fue por el petróleo; sería demasiado simple. Pero sí porque aquello que entonces pertenecía al terreno de la hipótesis geopolítica ha comenzado a tomar cuerpo en cifras, contratos y derechos adquiridos.
El Verbo se hizo carne.
2. Es la geopolítica, estúpido
Ahora conviene mirar la arquitectura del acuerdo. Contempla inversiones de hasta 100,000 millones de dólares. Estados Unidos tendría, además, derechos preferentes sobre la producción, capacidad de veto en decisiones de la nueva estructura empresarial y acceso al crudo para necesidades estratégicas y de seguridad nacional.
Para Washington, la racionalidad es bastante visible: seguridad energética, acceso privilegiado a una fuente extraordinaria de petróleo y recuperación de influencia en un espacio donde China y Rusia habían ganado posiciones. La propia Casa Blanca presenta el acuerdo en términos de seguridad nacional y de reafirmación del predominio estadounidense en el hemisferio.
Pero detenernos ahí sería incompleto. Venezuela también tiene su racionalidad. Una riqueza enterrada es riqueza potencial, no desarrollo. El país necesita capital, tecnología, infraestructura y mercados para recuperar una industria largamente deteriorada. El acuerdo prevé inversiones, empleos y cerca de 200,000 millones de dólares en regalías e impuestos durante sus primeros 25 años: recursos que, bien administrados, podrían contribuir a la reconstrucción económica y al desarrollo social.
Hay, además, un factor que suele olvidarse: el tiempo. Nadie puede asegurar que dentro de cincuenta años el petróleo bajo tierra conserve el valor estratégico que tiene hoy. La transición energética, las nuevas tecnologías y los cambios en la matriz mundial pueden alterar profundamente esa ecuación. De poco serviría preservar intacta una riqueza si mañana valiera mucho menos, por no haberla transformado a tiempo en inversión, infraestructura y bienestar.
Dicho en dominicano, Venezuela correría el riesgo de quedarse sin pito y sin flauta.
El problema, por tanto, no es que Estados Unidos obtenga beneficios ni que Venezuela procure explotar su petróleo. En un acuerdo, cada parte espera ganar algo. La cuestión es qué recibe cada una, cuánto entrega y bajo qué condiciones.
Y ahí el petróleo deja de ser solamente una mercancía. Importa quién lo explota, quién compra primero, quién decide, qué competidores quedan fuera y qué posiciones de poder se consolidan. Venezuela no es solo petróleo: es también Caribe, rutas, proximidad territorial y un espacio de competencia entre potencias.
Democracia y petróleo, por tanto, no son explicaciones necesariamente excluyentes. Pueden coexistir varias motivaciones: salir de Maduro, estabilizar Venezuela, recuperar producción, contener a China y Rusia, asegurar recursos y reafirmar influencia hemisférica.
¡Es la geopolítica, hermano! Siempre fue así.
3. La cuenta empieza a llegar
Hasta aquí, la racionalidad económica. Pero los países no son solamente balances y barriles. También son instituciones, soberanía, legitimidad y capacidad para decidir su propio destino. Es ahí donde comienzan las preguntas incómodas.
Una parte de los venezolanos recibió la captura de Maduro como el final de una situación que consideraba insoportable. Es comprensible. Después de años de autoritarismo, deterioro institucional, empobrecimiento y emigración masiva, discutir desde fuera el valor abstracto de la soberanía resulta más sencillo que vivir cada día sus consecuencias. Para quienes ansiaban un cambio que no parecía posible desde dentro, la intervención estadounidense pudo representar un mal necesario.
Pero los males necesarios también pasan factura.
La cuestión no es si Venezuela necesita inversión extranjera. La necesita. Tampoco si debe explotar su petróleo mientras conserva enorme valor económico y estratégico. Tiene razones poderosas para hacerlo. La cuestión es quién negoció, con qué legitimidad, bajo qué condiciones y hasta dónde llegan los compromisos asumidos.
Y ahí aparece una paradoja. Washington desconoció la legitimidad de Maduro y terminó capturándolo y sometiéndolo a la justicia estadounidense. Pero Delcy Rodríguez, su vicepresidenta y parte del mismo poder cuya legitimidad se cuestionaba, pasó de no ser reconocida a ser reconocida por Estados Unidos como presidenta interina, sin que mediara elección alguna que modificara su legitimidad democrática. Es ese gobierno el que ahora suscribe un acuerdo petrolero de enorme alcance —y eventualmente otros— con Washington. Todo ello ocurre en un país sin democracia, con instituciones severamente debilitadas y bajo un gobierno cuya legitimidad sigue profundamente cuestionada.
Eso devuelve la discusión al punto del que nunca debió apartarse: la democracia. Si liberar a Venezuela del autoritarismo formaba parte de la justificación de la intervención, la reconstrucción económica no puede sustituir indefinidamente la reconstrucción institucional. El petróleo puede ayudar a reconstruir un país; no puede decidir quién debe gobernarlo.
Quizá estemos, entonces, ante una nueva versión del viejo trilema venezolano. Ya no exactamente dictadura, intervención o pasividad, sino reconstrucción, dependencia o soberanía recuperada. Y acaso tampoco exista una elección limpia entre ellas.
Salir de Maduro pudo ser necesario. Explotar el petróleo también puede serlo. Ninguna de las dos cosas convierte cualquier precio en aceptable.
Epílogo
Tal vez la pregunta nunca fue solamente si Estados Unidos vendría por la comida. La verdadera era qué precio terminaría pagando Venezuela por salir de donde estaba. Maduro cayó; el petróleo comienza a moverse y la geopolítica muestra sus cartas. Queda por saber si el país logrará convertir esa oportunidad en desarrollo sin hipotecar su soberanía.
La cuenta empieza a llegar. ¡Vaya usted a saber cuánto costará!
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