El período estival, ese fenómeno que de toda la vida ha marcado el compás de la agricultura y el descanso, se ha convertido en nuestro presente en una sentencia de hormigón y asfalto. Las olas de calor, cuya intensidad y frecuencia no hacen sino aumentar, exponen sin piedad la fragilidad de un modelo de ciudad que ha olvidado su clima y, por extensión, a sus habitantes. Ya no basta con hablar de cambio climático como una abstracción: la canícula se siente en cada calle mal orientada y en cada fachada que devuelve el calor como un horno. Este conjunto tiene un nombre: isla de calor.

El problema, como bien saben los profesionales de la arquitectura y el urbanismo, no es solo la temperatura que marca el termómetro, sino la capacidad de nuestras urbes para acumular y liberar ese calor. El efecto "isla de calor" urbano es una realidad física: los materiales densos como el asfalto y el hormigón almacenan la energía solar durante el día y la liberan lentamente por la noche, impidiendo ese descenso térmico que el cuerpo humano necesita para recuperarse. Es precisamente aquí, donde radica la primera gran conclusión: el calor extremo se convierte en un problema de salud pública agudo, no solo por los golpes de calor diurnos, sino por la imposibilidad del ambiente de refrescarse. 

En este contexto, el debate no puede limitarse a medidas cosméticas, a plantar unos árboles o abrir unos refugios climáticos, que tan progremente se han puesto de moda en muchos rincones de nuestras ciudades. Como apuntan los expertos en urbanismo bioclimático, se requiere un cambio de paradigma en la construcción y rehabilitación de edificios y espacios públicos. No se trata de una cuestión estética, sino de física aplicada: el albedo de los materiales, la orientación de las calles, la altura de los edificios y la creación de corredores de ventilación son variables que determinan si una ciudad será un horno o un espacio habitable. Aquí está la fórmula, el que quiera que la copie, o que se comunique con el autor de estas líneas para que le asesore. 

Las soluciones existen y están validadas. La investigación demuestra que la combinación de soluciones basadas en la naturaleza con el diseño bioclimático puede reducir significativamente la temperatura. Por ejemplo, la implementación de sombra vegetal o artificial es clave para reducir el estrés térmico, en ocasiones incluso más efectiva que la propia vegetación aislada. Es perfectamente demostrable que el diseño regenerativo de espacios públicos, integrando vegetación, sistemas de sombra y materiales permeables, puede reducir la temperatura del aire en hasta 1,6 °C y la temperatura superficial en hasta 11 °C. Esta no es una mejora menor, esto es una mejora significativa. 

La adaptación al calor, en su máxima expresión, no puede ser una mera gestión de la emergencia que perpetúa las desigualdades y que se resigna a los barrios más pudientes con vegetación y bombas de calor. El verdadero reto es transformar la ciudad para que todos, especialmente los más desfavorecidos, puedan vivirla sin que el estío se convierta en una amenaza.

Así pues, el urbanismo del futuro no puede permitirse el lujo de ignorar el calendario. No todas las ciudades están condenadas a ser un horno, pero sí todas están condenadas a adaptarse. La planificación urbana debe actuar como una herramienta de justicia climática y social, donde el diseño de cada calle, de cada edificio, de cada espacio público, sea más que una declaración de intenciones para resistir el embate del calor.

EN ESTA NOTA

Juan C. Sánchez González

Arquitecto

Doctor Arquitecto. Especialista en Arquitectura Bioclimática y Eficiencia Energética en la Edificación.

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