Hoy en día a diferencia de los años posteriores al Concilio: la década de los 70 y los 80, vemos a los nuevos sacerdotes muy uniformados con sus camisas clericales y algunos un tanto exagerado de sotana. Cada tiempo tiene sus preocupaciones y demandas, pero cada gesto simbólico tiene su razón de ser y algo con él se quiere comunicar, además de que en una sociedad plural los grupos con su micropolítica, buscan identificarse, como también algo que se quiere ocultar o evitar y no dejarse ver por el brillo y el oropel del ropaje que se usa.

También se está dando un resucitar de los antiguos ornamentos que usa el cura y una gran preocupación por lo litúrgico, que no esta mal en cierta forma, pero unido a una gran despreocupación por lo social, que era la nota principal de las décadas citadas. Claro está, la situación de aquellas épocas no era la de hora, vivíamos en un país más pobre y con gran fragilidad institucional, no es que hemos logrado superar esas deficiencias, pero las cosas hoy día son diferentes y mucho hemos avanzados, aunque como decía un antiguo presidente: ´´Todavía falta mucho por hacer´´, en los citados renglones.

Pero si dejamos de cantarnos y llorarnos ante lo que sucede con una parte del clero actual de la Iglesia católica, en sí hay unos aires de añoranzas del pasado, con unos visos  disfrazados de preocupación por la Tradición de la Iglesia, unidos a unas ideologías conservadoras de ultraderecha, que llama a preocupación; pues tenemos la impresión de una Iglesia que lo que quiere es refugiarse en su sacristía, solo en sí misma, y no una iglesia en Salida, como a cada momento llamaba el Papa Francisco y recuerda el Papa actual León XIV, es decir, una Iglesia en misión, en constante acción misionera hacia el mundo, sin miedo a entrar en diálogo con todos, de acoger, no de excluir y condenar, y ver lo que hay de Dios en los demás; las semillas del reino, que nos puedan unir y trabajar por el bienestar del mundo en que estamos y seguir luchando por el mundo que merecemos.

A las puerta de la celebración de los 20 años de la quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, en Aparecida, Brasil; allí nuestra Iglesia hizo un llamado a todos sus miembros, a que sean ´´Discípulos misioneros´´, pues los Obispo sentían que a eso el Espíritu convoca al hoy de la Iglesia en nuestra tierra, por que esa es en sí la esencia de la Iglesia: Aprender de su maestro Cristo (ser discípulo), y salir a anunciar el mensaje (ser misionero), en todos los areópagos del mundo que nos habrán sus puertas y a todos los hombres y mujeres sin exclusión, y de manera especial a aquellos necesitados de su misericordia. Hoy día el asunto no es ser cura o laico en y de la Iglesia, el asunto es ser misionero, portadores de una palabra y un accionar que no es nuestro sino de Cristo, llevando esperanza a todos lo que la requieran, en base al nuevo lenguaje del amor y de la misericordia, no el de la condena a grupos y personas, y por ende el de la exclusión y la indiferencia ante las necesidades de nuestros hermanos más vulnerables y en situación de vulnerabilidad.

La Iglesia no puede ni debe ser refugio de gente frustrada y pesimista ante el mundo de hoy, y menos de gente que tenga miedo al futuro y a entablar un diálogo cara a cara y en busca de consenso de acción con el mundo. No debe resguardarse en sus muros o como decíamos en su sacristía o esconderse en ropajes, lenguaje o estética del pasado, sino salir al mundo de los hombres con valentía y seguridad en el mensaje que tiene, no para avasallar, sino para conciliar y así dar cumplimiento a la misión que el mismo Dios por mediación de su hijo puso en sus manos.

EN ESTA NOTA

William Arias

Vicario de Pastoral de la Arquidiocesis de Santiago. Administrador parroquial de la parroquia santuario Divino Niño. Director de la Escuela de Teología de la PUCMM Santiago. Secretario de la Comisión Nacional de la Animación Bíblica de la Pastoral.

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