Hace unos días leí de nuevo el poema De Ítaca de Constantino Cavafis en el cual habla de ese viaje místico del héroe como antigua figura arquetípica que nos acompaña a todos y todas en nuestro andar por el mundo.
Es un poema de buena escritura que nos baña de esos estadios medievales, donde se busca los lugares santos, a través de la peregrinación con la finalidad de encontrar la misericordia de Dios y los milagros de la transformación.
El poema de Cavafis es para todos los humanos que cuestionamos nuestra existencia en esta tierra. El trayecto que tratamos de realizar y que buscamos con la fuerza del espíritu material o espiritual.
Es una búsqueda de lo creativo y por ende de la planificación de la vida. El resultado es siempre inesperado, por eso me he cuestionado el éxito, dado que esto ha estado construido por la cultura, pues lo que significa éxito para uno, no lo es para otros. Así que el camino es una dosis de mucho trabajo y de elecciones que enmarcan el agrado o desagrado de lo que impulsa nuestras vidas.
He pensado sobre lo que poetiza Cavafis sobre sus ideas de los caminos que trazamos en la vida. El poeta es vital y su escritura es un vaso de agua fresca. El poema de Cavafis es un significante en el marco de lo simbólico.
Es por igual una oración sencilla, la cual rezamos para aparcar el miedo y fortalecer la fe. Es lo que la gente llama el propósito que ha de cumplirse, si queremos crear al escribir, pintar, teatralizar, esculpir, y pensar sobre las tormentas de la vida.
Ese poema me recordó, a la terapeuta y ensayista Caroline Myss, la cual señala que a pesar del cansancio y el dolor hay que continuar un camino, en particular el nuestro, el cual vamos construyendo y disfrutándolo o nos va doliendo, ya que todo los demás se va revelando durante ese viaje. Expresa que las oportunidades se van acercando a las personas, a través de situaciones que nos enseñan a mirarnos, a través de nosotros mismo. A eso, se le llama elección de vida desde el corazón.
El camino es diferente para cada uno. Yo lo miro como una imagen poética, en la que remamos, nos hundimos o volamos para levantarnos y seguir nuevos senderos. Este bello poema de Cavafis me recordó la historia de un hombre que por azar de la vida, lo conocí en un supermercado y con el cual hablé por un buen tiempo cada semana y a la misma hora. Un encuentro accidental y que me sorprendió, pero me dejó una buena experiencia para mi propia vida. Así fue que conocí a Román Ramos Urías, un hombre que creó con casi nada en las manos unos de los comercios más importantes de la República Dominicana.
Este buen hombre, un día cualquiera de primavera, se me acercó para ayudarme a elegir unos productos del supermercado. No me pareció extraño, porque muchas veces uno habla con las personas que están comprando sus productos vegetales y que necesitan revisarse para precisamente elegir el producto de calidad.
Él me ayudó a elegir los productos de mejor calidad, los vegetales y los embutidos. Yo creí, al principio, que era un comprador como yo, pero luego vi en la siguiente semana que no tenía un carrito de compra y pensé que este hombre es un “gondolero” que trabaja aquí y que de alguna manera me ayuda con mis compras, un nuevo servicio del supermercado, según mis primeras impresiones.
A la tercera semana del encuentro, le pregunté, ¿usted trabaja aquí en el supermercado? y me contestó que sí. Entonces, pensé para mi interior que era una investigación de mercado, porque sus palabras eran muy correctas y con un buen castellano, por tanto, no quise preguntar más. Me veía comprar y de alguna manera desaparecía, para traerme los productos más frescos y me explicaba de dónde venían. A la cuarta semana le pregunté su nombre y me dijo Román, ya que él me llamaba Doña Fátima, por tal, razón le pregunté su nombre. Cuando terminaba mi compra y me iba a pagar se retiraba a tomar algunos productos de las otras góndolas.
En la siguiente semana, cuando no lo volví a ver, pensé, pues tal parece que ya terminó el estudio del señor Román. Caminé por los pasillos y no lo encontré. Logré pagar y me marché a casa. Luego recibí una llamada a mi casa, donde se me ofrecía una tarjeta especial del supermercado, la cual rechacé, porque yo tenía una personal.
A la siguiente semana, volví al supermercado y lo encontré y me dijo, ya podrá comprar productos orgánicos, lo trajeron con una casa que estará ofreciendo el producto al supermercado. Me ayudó a elegir los mejores y le pregunté si esos productos estarían llegando regularmente al negocio, porque lo pedía cada semana a unos campesinos que lo llevaban a un lugar para distribuirlo. Respondió que sí. Me pidió el teléfono de esos vendedores, para también solicitarle los productos, porque, le gustaban también a él, los productos orgánicos.
Le busqué el teléfono de los campesinos y llevó mi carrito al área de queso para explicarme, cuales eran los mejores quesos españoles y cuales eran de calidad dudosa. Me mostró los productos que más le gustaban. Le dije que esos que a él le gustaban eran muy caros para mi bolsillo y sonrió.
En ese momento llegó un señor vestido de oficina, quién le dijo señor Ramos, lo están buscando en su despacho. Se despidió, y me dijo, no se sonroje, porque se dio cuenta que fue en ese momento que me di cuenta que el amigo que conversaba conmigo desde hace tantas semanas era el dueño de una de las cadenas de supermercado más grande del país.
Fui a caja y pagué mi cuentas. Al llegar a casa, me dije qué cosa más extraña, como yo podía estar hablando con el dueño del supermercado y no me había dado cuenta. En ese momento, pensé que cosas más raras me pasan.
Yo volví al supermercado, y lo encontré por la misma área donde lo conocí. Como siempre era amable y me ayudaba a elegir los productos y me preguntaba sobre mi familia. Hasta que un día le dije: yo soy anarquista y siempre he tenido problemas con las élites. Se echó a reír, y expresó, espero que seas pacifista, le contesté: “claro que sí, yo soy pacifista”.
Después de un silencio, me dijo, yo llegué a este país sin un centavo, trabajé como obrero y con mucho esfuerzo levanté este negocio que hoy es grande. Eso significa que fue el producto de mucho trabajo, sin ayuda de un padre o dinero mal conseguido. Le contesté, esto te da permiso de ser mi amigo, y él contestó sonriendo, es una buena señal ser amiga de una mujer como usted. Y expresó con mucha calma: “lo que he podido crear, ha sido por medio de un trabajo duro y digno”.
Seguí la conversación hurgando entre las papas y las batatas del Cibao y con toda la calma del mundo le expresé, me siento a gusto de hablar contigo, porque yo soy hija de la clase obrera, vengo de una familia trabajadora y pobre. Cada paso de mi vida ha sido de mucho trabajo y lo poco que he logrado con mi trabajo es fruto del esfuerzo de cada día y me hace sentir alegre y satisfecha conocer a un hombre que ha logrado por su trabajo levantar un negocio como el que usted ha creado.
Me dijo, eso te hace grande, he leído tus trabajos publicados en el periódico y me gusta tu fuerza. Le pregunté desde cuándo usted me lee o me distinguió, y contestó: "desde ese primer día que te conocí buscando un producto vegetal de calidad y orgánico, leí tu nombre y te busqué en la prensa". Ese día yo llevaba un carnet que identificaba que era profesora de la UNPHU.
Nos reímos juntos, pero también me dijo, “yo siempre bajo al área del supermercado, porque me gusta conocer y juntarme con las personas que compran en el supermercado, eso me recuerda cuando yo llegué a este país y trabajaba vendiendo telas o limpiando las oficinas donde me dieron trabajo al migrar de España.
A ese razonamiento, yo contesté: cualquier cosa que nos recuerde de dónde venimos y qué camino elegimos, nos da la fuerza para continuar y cumplir con nuestra creación o trabajo. Y continué diciéndole, eso nunca se puede olvidar, porque nos habla de la profundidad de nuestras almas. Él asintió y le seguí diciendo, yo siempre recuerdo de dónde vengo, me aclara el camino, para saber que hay momentos difíciles que tenemos que recorrer, a pesar de tener muchas tormentas. Hoy reflexioné sobre esos encuentros y realmente me lleva a otros tiempos, donde yo también tenía que hacer elecciones de vida. Cada momento de nuestra historia nos lleva a crear y elaborar los trazos que conducen a encontrar el poder interior que se sostiene en la fe.
Me alegra haberte conocido Román Ramos. Usted con su sencillez y calidad humana, me mostró que el camino hacia nuestros logros personales, sociales y comunitarios es producto de una madurez espiritual y de un largo proceso de trabajo exterior e interior. Sus logros fueron el fruto de un esfuerzo de mucho trabajo e ingenio. El suyo fue un largo camino, sin dañar su corazón. En el fondo, aunque usted, no lo expresó en mi presencia, logró entender tempranamente que en su vida, las cosas materiales, no pueden proporcionar poder interior real.
Yo era una compradora más del supermercado. Sin embargo, su verdad de sentir y recordar para usted y los tuyos era una bella memoria que en cada paso que damos, hacemos una elección y múltiples expresiones de poder invisibles y superiores a nosotros. A eso, yo le llamo un gran misterio divino. Usted, Román Ramos, trazó un camino con elegancia, sencillez y claridad.
Hoy no voy a hablar del altruismo que logró en ese andar por la isla. Simplemente, gracias, buen amigo. Puedo hoy, aprovechar y apreciar las palabras del poeta al recordar, que Ítaca, nos invita a realizar un hermoso viaje.
El camino es una geografía que tiene relieve de montañas y llanuras, dolor y alegría. Doy gracias a Dios por conocerle y saber que las dificultades son tan sólo momentos, como lo viven todos los humanos, al pasar por este planeta de Dios. Esas fueron tus palabras, una tarde de primavera, la cual todavía atesoro conmigo por todos estos años.
Ahora, esos días desaparecen, se lo han llevado los buenos vientos. Un sol ilumina sus pasos, en este nuevo camino para su alma, yo sé que encontrará, ese lago tranquilo, os dejo un adiós para un buen viaje.
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