La educación dominicana se encuentra en un proceso de transición. Este es un período especial en el que la clave sustantiva es la transformación del sistema educativo del país. La consulta nacional sobre los aspectos prioritarios para tener en cuenta en el proceso de transformación ha finalizado con cierto éxito. Pero, ahora inicia un trabajo a toda velocidad para que la ruta trazada no sufra los efectos de una campaña electoral que se perfila intensa y dura. Es lo propio cuando los partidos sienten que les llegó la hora de ejercer el poder presidencial y cameral. Las leyes 66-97 y la 139-01, Ley General de Educación y Ley de Educación Superior, respectivamente, son las que están en vía de desgaste y en el limbo.
Estas leyes han sido sometidas a revisiones. Se designan comisiones; las comisiones trabajan, presentan los resultados de las revisiones; se publican las fotos de las entregas de los resultados; y no pasa nada. Todo sigue igual. El trabajo realizado es el fruto de una comisión más. El tiempo invertido no tiene importancia. Pero, todavía es más preocupante la multiplicación de las comisiones revisoras; y, al final, no se sabe en qué gaveta, en qué escritorio queda ni qué funcionario es el que controla los resultados del trabajo realizado durante meses. Se realiza un trabajo gratuito y corresponsable al que al final no se confiere el valor que tiene.
La revisión de la Ley 139-01 viene de gobiernos anteriores. La Ley 66-97 hace al menos dos años que fue revisada a profundidad. Los actores implicados en las revisiones han sido plurales; mostraron una posición corresponsable y enfocada durante el proceso de revisión. Ahora se reiniciará una nueva ruta con nuevas comisiones, nuevos actores, resultados y destino. Esto es lo que produce desgaste; sobre todo, si las acciones y los procesos se quedan estancados y los resultados no se aplican, no se les otorga la relevancia que amerita. Esto crea la cultura de la banalización del tiempo, de la producción intelectual compartida y de la colaboración profesional.
Las dos leyes están en el limbo, porque no se percibe claridad en lo que realmente se desea. Por ello, es necesario que antes de reiniciar el proceso de revisión, se tenga claro qué es lo que se busca, qué es lo que se necesita y se espera. Aunque el trabajo de las comisiones es gratuito, hay una inversión, los costes están presentes y se producen. Los trabajos que se diseñan e impulsan han de tener final y resultados. Estos resultados, a su vez, han de aplicarse. Si se quedan en el limbo, se acentúa la falta de eficiencia, se retrasa el desarrollo de la educación, del país. Para arribar a resultados y aplicarlos, es preciso que la planificación sea realista y tenga base de sustentación. Por el contrario, se avanza, pero en más de lo mismo.
Se espera que las dos leyes sean revisadas de nuevo y que den origen a una ley que oriente y regule los resultados del proceso de transformación de la educación. Se espera, además, que la revisión sea informada a la ciudadanía; sea participativa y con posibilidades reales de aplicación. Aunque hay insumos que se pueden aprovechar de las revisiones anteriores, se espera un trabajo más complejo, puesto que es una ley que ha de responder a un sistema único de educación. La unidad en la diversidad se ha de visualizar en su concreción.
Las dos leyes se transformarán en una ley. Se espera que la sociedad no tenga que observar más desgaste ni tampoco la encuentre de nuevo en el limbo. Se espera que el proceso de revisión se realice con el rigor, la transparencia y la información pública necesaria.
Por favor, no más desgaste, no más limbo. Se ha de procurar una acción pensada, planificada, con el rigor que demanda y con una participación plural, que garantice visión estratégica y sistémica. La ciudadanía se ha de mantener como sujeto veedor permanente, como sujeto que articule propuesta e interpelación. Esto dará como resultado una ley que responda a las necesidades sentidas de la sociedad, del sector educación y de los tiempos en los que vivimos. Pero, todo esto requiere tiempo de calidad. No resiste improvisación ni, mucho menos, prisa electoral.
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