El estudiante Juan Pacheco, quien formó parte de los primeros alumnos, describe la primera instalación:
“Los niñitos entrábamos a pie por la puerta vehicular, directamente al fondo de la casa, donde había una amplia enramada que servía de aula para los de Primer Curso, toda abierta, con sus pequeños pupitres pintados de distintos colores muy alegres. Disfrutábamos de una brisa muy fresca todo el tiempo, y había mucha algarabía, mucho alboroto. Así recuerdo esos primeros días. Muchas palmeras, matas de cayenas siempre florecidas, helechos, mucho verde. Tiestos también, con matas muy bonitas. Hacia el fondo, allá a la izquierda, los cuartos de baño. Es posible que en el patio también hubiera una mata de limoncillos. Más allá, bien al fondo, el Mar Caribe.”[1]
Los hermanitos Vega Boyrie quienes tenían para el momento 6 y 8 años, ingresaron en 1944. Hijos de Julio Vega Batlle, funcionario del régimen y María Teresa de Boyrie Moya, sobrina de Horacio Vásquez, fueron alumnos de la institución y ambos han relatado los recuerdos que poseen de ella. Bernardo, en el prólogo del libro de Antares Ruiz y Wenceslao en entrevista realizada por la misma escritora[2]:
“Para él (Wenceslao) las clases que recordaba eran siempre amenas, con juegos y canciones en los niveles infantiles en los que les enseñaban el repertorio del cancionero español como “ya se van los pastores para Extremadura…Arrión tira del cordón, cordón de Valencia, dónde vas amor mío sin licencia…”[3]
El equipo docente estaba conformado por un grupo multicultural de maestros, que fue conformándose en las 3 etapas del colegio: los exiliados: Emilia Benavente, Fernando Blasco, Vicent Ruiz, María López, Alfredo de la Cuesta, Vela Zanetti, Emilio Aparicio, Ángel Pingarrón, Frederich Mainbach, Janna Grunwald, la austriaca Margarita Fuerst y las dominicanas Marianela Hernández Ortega, América Fernández de Betances.
Sobre sus maestros nos dice Jhonny Pacheco:
¡Qué época aquella! Las clases que me impartía don Emilio, a mí, un niño de apenas siete años, son admirables. El Sr. Aparicio lo que me enseñaba era cultura literaria, composición, ortografía, vocabulario, dicción, declamación. En el cuaderno, salpicado con numerosísimas anotaciones hechas por don Emilio indicándome tareas o ejercicios a realizar, lo primero que me dicta es la "Plegaria", de Carmen Natalia. Luego, el "Epitalamio Aldeaniego", de Tirso de Molina, seguido por una breve biografía, y así con cada autor que estudiábamos. Poemas de Rafael de Alberti, Luis Cernuda, Juan Bautista Lamarche, Arsenio Esquerra ("Partir… decirse adiós… y en un abrazo los suspiros las lágrimas mezclar…"); ejercicios de escribir consonantes, asonantes, completar poesías, ¡escribir poesías!, completar párrafos completos intercalando la justa palabra que le diera sentido, o sustituyendo una descripción por la palabra correspondiente …[4]
Al historiador Bernardo Vega, quien se reencontró 53 años después con su otrora maestra de primaria, le fueron cedidos libros, documentos y archivos del colegio, que luego se encargó de devolver al plantel ya modernizado. En el prólogo que realizó al libro sobre su maestra, escribe:
“Cuando llegaron los refugiados españoles las opciones para estudiar en escuelas primarias para la clase media y alta dominicana eran bien reducidas… El mejor ejemplo de escuela primaria lo fue el Colegio Santo Tomás que estaba ubicado en el Callejón de Regina…bajo la égida de la Iglesia Católica urgió en 1934 el Colegio La Dominicano de La Salle a pocas cuadras del Colegio Santo Tomás. Los colegios jesuitas tan solo se establecerían, o mejor dicho, se establecerán, a partir de los años cuarenta del siglo pasado.”[5]
Bernardo, también recuerda que en una de sus conversaciones con la maestra:
“Fue entonces que ella preguntó a su exalumno si no había notado que en su escuela no había ni crucifijos ni fotografías ni bustos de Trujillo, algo extremadamente inusual en la época.”[6] No obstante, en esta fotografía publicada por el Minerd, se observa una foto del tirano sobe la puerta. Podría tratarse de una fotografía tomada en los años posteriores a la salida de Guillermina Medrano del país.
La segunda etapa del plantel, es cuando se instala en el Ensanche Primavera, con el propósito de tener espacio para incluir más niveles educativos y que, para el momento, pertenecía a la familia de Abad Henríquez, con quien más tarde sostuvo un alejamiento que marcó su tercera mudanza. El testimonio de Jhonny Pacheco refleja ese momento:
“En la primavera del Sexto Curso, 1946, se presentó en el Instituto una verdadera tormenta. Nosotros los muchachos no podíamos saber ni nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando, pero el malestar era grande. Y así fue como una tarde desagradabilísima se interrumpieron las clases, y nos fuimos todos al patio a protagonizar una gran batalla campal. De un lado, los que estaban con don Babá Henríquez, propietario del edificio del Instituto, y del otro, los que estábamos con doña Guillermina, nuestra Directora. Aquello fue increíble. Gracias a Dios que el pleito se interrumpió antes que la sangre llegara al río.”[7]
Esta última etapa fue corta. Guillermina Medrano continuó su exilio en los Estados Unidos. Algunas fuentes lo atribuyen al desencuentro político de su esposo Rafael Supervía, otros, a la imposibilidad de hacer económicamente rentable el nuevo plantel escolar.
Como dice su alumno destacado Bernardo Vega: “la escuela siguió con el mismo nombre, pero el espíritu pedagógico se fue con la fundadora. Estuvo en el país durante seis años, pero su huella fue fuerte y los dominicanos, exalumnos o no, tenemos una deuda de gratitud con ella”.[8]
[1] https://www.diariolibre.com/opinion/lecturas/el-instituto-escuela-en-mis-recuerdos-EODL245436
[2] Del Árbol Cana, Antares Ruíz, Guillermina Medrano Aranda (1912-2005) la pervivencia del magisterio republicano en el exilio, Academia dominicana de la Historia, Santo Domingo, 2015.
[3] P. 323.
[4] Jhony Pacheco
[5] P. 19
[6] P. 19
[7] https://www.diariolibre.com/opinion/lecturas/el-instituto-escuela-en-mis-recuerdos-EODL245436
[8] P.19
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